domingo, 2 de noviembre de 2008

Celia Hart Santamaría y su “Escarabajo” celeste


Es difícil escribir sobre Celia, cuando hace pocos días recibía su último correo electrónico, contándome que ya había regresado de la Argentina y podíamos retomar los diálogos cotidianos y los proyectos conjuntos. Dejé pasar unos días para escribirle más extensamente, dado que estaba con algunas actividades pendientes. Luego la compañera Chela Rodríguez, del Centro de Estudios Martianos y colaboradora directa de Armando Hart, me enviaba un correo, donde me recomendó que leyera el último artículo de Celia, sobre el ciclón. Tenia ilusión por leerlo, aunque preferí estar tranquilo y relajado, porque sabía que sus artículos son largos y a mi me gustaba disfrutar de su frescura y originalidad.
Dos días después, desde Cuba, el Moncadista Pedro Trigo, amigo personal de Celia, me enviaba la triste noticia, que nunca pensé jamás recibir. El accidente mortal de Celia y Abel. Pedro recién llegaba a su casa conmovido, después de velar a los dos hermanos.
En el tiempo en que nos conocimos en La Habana nos unieron muchas cosas. Fueron casi 15 días de hablar intensamente de la historia de Cuba, de la revolución, de las tareas que teníamos que hacer los que nos consideramos comunistas. También, como era lógico de las propias dificultades de Cuba y de los grandes aciertos. Hablamos mucho de Venezuela, de su amigo el Comandante Chávez.
Tuve el honor de que ella presentara mi libro último: "Cuba, los gallegos y el Che" hace uno pocos meses en La Habana. Estuve en su casa, donde aún está la fatídica cama de Haydée. Miré sus fotos familiares, todas desordenadas, donde me di cuenta que en ellas estaba parte de la historia de la revolución cubana.. Haydée y Melva en la prisión. Haydée con Silvio y la Nueva Trova. Entre ellas estaban las fotos de su abuelo Eliseo Santamaría Rodríguez y la de sus bisabuelos Benigno Santamaría y María Rodríguez. De aquella gallega María de Prexigueiro en el municipio de Ribadavia, es de donde proviene su nombre María. A Celia le tenía preparado el árbol genealógico de los Santamaría, para darle una sorpresa. La información le podía servir a la Casa Museo Abel Santamaría, para así desvelar aspectos desconocidos de esta familia emigrante, como los Castro, o los Ameijeiras o los hermanos Pais, entre otros. Ella quería encontrar sus raíces gallegas, aunque como buena guevarista, era ciudadana del mundo.
En aquel encuentro habanero intenso y casi frenético, fui invitado por Celia a participar del último cumpleaños de Armando Hart, rodeado de antiguos compañeros del Movimiento 26 de julio, junto a nuevas camadas de martianos.
Con su coche VW tipo "escarabajo" de los años 60, heredado de su madre Haydée, fuimos de un lado al otro de La Habana, entrevistándonos con gallegos que estuvieron en la revolución: el gallego Manolo Díaz, Dora Carcaño, Oscar Fernández Mel, el nieto del mártir comunista Claudio Bouzón. Aquel coche antiguo era siempre un motivo para hablar de Haydée. Cada tanto se paraba y volvía a arrancar. Como le faltaba el espejo retrovisor, me había puesto en campaña en Vigo, para conseguirle uno que se adaptara al carro.
Su casa era el desorden. Las maletas siempre preparadas para un próximo viaje. En una pared estaba colgado el retrato de Trotsky, en otra la del Che. La mesa y los sillones estaban desbordados de libros. Mientras preparaba un café, yo jugaba en el salón con un balón de fútbol, con su hijo pequeño. Mientras su hermano Abel con su mirada tierna y ausente se metía para adentro, sin decir palabra. Mientras fumaba su cigarrillo con calma. Abel era abogado, después de la muerte trágica de su madre -que el presenció siendo muy pequeño-, comenzó a meterse como les dije para adentro, hasta llegar a fundirse en Celia y Celia en Abel.
Ella era una mujer apasionada, se sentía a sí mismo como parte de la revolución. La revolución no la explicaba formalmente, ni ortodoxamente, ni cinicamente, ni oportunistamente. La explicaba como era, una revolución que ella amaba profundamente. Lograba mezclar al mismo tiempo inteligencia, originalidad, convicciones, pasión.
Algunos le llamaban la troska o la guevarista. Ella ante todo era una revolucionaria que se había enamorado de todos los pensadores que lucharon y luchan por el socialismo. Creía que había que romper viejos moldes de la izquierda, que era necesario crear una Nueva Internacional dejando de lado los matices ideológicos que tanto mal le han hecho a la izquierda. Por ello, tanto podía amar a Trotski, como al Che como a Fidel. Así como arremetía contra los métodos estalinistas tan dañinos, también se animaba a decir que muchos trotskistas actuaban como estalinistas. Ella no ocultaba su pensamiento, aunque a veces se equivocara.
No hace mucho que empezó su labor revolucionaria. En poco tiempo, de física o hija de dos héroes de la revolución, se convirtió en una referente intelectual de la izquierda alternativa. En estos años, quería devorar todo libro que sobre marxismo caía en sus manos. Estaba ansiosa por saber más. Por lograr elaborar una mejor interpretación de los acontecimientos que estaban sucediendo en América. Especialmente en Venezuela, revolución que apoyó desde su inicio.
La última vez que la vi, como ya conté en otra oportunidad, fuimos solemnemente ante la tumba que guarda las cenizas de Julio Antonio Mella. Después tomando un café me habló de algunos proyectos. Me contó que estaba organizando una biblioteca marxista dentro de la histórica Librería del Centenario, para dejar en calidad de préstamo, libros para que los jóvenes del barrio leyeran material revolucionario. Soñaba con tener una pagina Web que llevara el nombre de "Son lo mismo" en homenaje a su tío Abel, que había editado con ese nombre un periódico clandestino, durante la dictadura de Batista.
Aquel domingo trágico, cuando se acercaba el huracán acechante, cerró los ojos y soñó como siempre...como siempre. Emocionada de ver movilizado a su pueblo combatiente. Se sentía orgullosa de ser parte de una revolución que protegía a los niños y a los ancianos. Y siguió soñando...
Recordó algunos versos de José Martí, que tanto le gustaba recitar. De pronto despertó del sueño, miró el Malecón por última vez y se subió junto a su hermano en aquel viejo "escarabajo" para empezar a volar, hasta que se perdió en el cielo, en el infinito. Ahora es una de las tantas estrellas que brillan, como las que nos relataba Jorge Amado, en sus libros de héroes y heroínas.

Celia y Abel ¡Hasta la Victoria Siempre!
Por una Marea Socialista que cubra todas las playas del mundo como tu soñaste.

Lois Perez Leira | Para Kaos en la Red | 11-9-2008

http://www.loisperezleira.blogspot.com