sábado, 1 de noviembre de 2008

Para Celia Hart, por el profesor Dax Toscano


Tal vez Celia Hart haya sido una de las flores más bellas que brotó dentro de la Revolución Cubana. Tuvo la dicha de pertenecer a una familia de insignes revolucionarios como su tío Abel Santamaría Cuadrado, torturado y asesinado por los esbirros de la dictadura batistiana tras ser capturado luego del ataque perpetrado por Fidel y otros camaradas el 26 de julio de 1953 contra el cuartel Moncada; o su madre, Haydée Santamaría quien fuera una de las más brillantes revolucionarias que, junto al Che, luchó por la creación heroica de un socialismo descontaminado de los dogmas del modelo soviético, donde lo que prime sea lo humano; o su padre, Armando Hart, quien ha sido y continúa siendo un destacado luchador y dirigente de la Revolución, hombre de grandes conocimientos políticos, filosóficos, timonel en el desarrollo del campo cultural en Cuba.
Pero Celia María, más allá de esos maravillosos y especiales lazos familiares que le hicieron especial, brilló con luz propia. Sus ojos saltones siempre reflejaban cariño y ternura por todas y todos quienes ponían un granito de arena para luchar por el socialismo; pero asimismo irradiaban un profundo odio hacia las injusticias dimanadas principalmente por el oprobioso sistema capitalista. Su sonrisa era maravillosa. Era una mujer alegre en medio de los muchos dolores que le embargaban, principalmente el sufrimiento generado por la muerte de su madre. No obstante, siempre fue positiva, segura del triunfo de la causa revolucionaria sobre los enemigos del género humano. Fue una mujer consecuente, solidaria y honesta como lo demuestra su lucha por la libertad de los cinco antiterroristas cubanos secuestrados en cárceles de Estados Unidos.
Celia practicaba lo que pensaba. Ahí estaba siempre, en cada lugar, en cada rincón, en cada espacio defendiendo las ideas del Che y de su Comandante en Jefe, como a ella le gustaba referirse a Fidel, revolucionarios a los que estudió profundamente y con delectación de artista. Eso le permitió en seminarios, foros y reuniones políticas no sólo desenmascarar a los explotadores capitalistas y neoliberales, sino a los reformistas, a los burócratas y los stalinistas. Porque ella fue además lectora y defensora de las ideas del gran revolucionario ruso, Lev Davidóvich Bronstein, Trotsky.
Esa confluencia maravillosa de pensamientos y de autores herejes, le hizo que mantenga una postura crítica dentro de la Revolución Cubana, proceso histórico que Celia no dudó un instante en defender combatiendo a aquellos que dentro Cuba pretenden destruir la revolución conduciéndola por el camino que lo hicieron los burócratas chinos o a aquellos que todavía añoran los tiempos del stalinismo soviético.
Celia fue una internacionalista: no dudo un instante en respaldar los procesos revolucionarios en Venezuela, Bolivia, Colombia, Ecuador y otras partes del mundo. Lo hizo frontalmente. Sin tapujos, pero tampoco con alabanzas propias de los oportunistas, expresó su solidaridad con la Revolución Bolivariana Venezolana. De igual manera defendió y levantó su voz solidaria en defensa de las FARC-EP cuando muchos “izquierdosos” establecían distancias o se sumaban a los ataques de falsimedia contra esta organización revolucionaria. Así fue Celia.
Un trágico, infeliz, desgraciado accidente de tránsito priva a las y los revolucionarios de poder seguir contando con los aromas maravillosos que Celia siempre dejó a través de sus exquisitos escritos, su dulce palabra y su mirada tierna.
Junto a ella también murió su hermano Abel, lo que hace todavía más dolorosa la noticia.
A sus hijos José Julián y Ernesto, a su padre Armando Hart Dávalos la fraternidad de todas y todos los revolucionarios a los que Celia dio la alegría de conocerla, de quererla y de aprender de ella.
Con tu ejemplo, ¡venceremos!

Hasta la victoria siempre, querida Celia.

Dax Toscano | Insurgente | 9-9-2008