sábado, 3 de diciembre de 2016

Cuba (y Fidel y el Che) en América Latina




Sesenta años de influencia

Ningún proceso político marcó la región latinoamericana con huella tan profunda como la revolución cubana. Ni las revoluciones indias de Túpac Amaru y Túpac Katari, ni la revolución negra en Haití. Ni siquiera la potente revolución mexicana de Villa y Zapata o la casi desconocida revolución boliviana de 1952. Lo sucedido en Cuba electrizó al continente. Consiguió imantar la vida política en dos poderosos polos que, en resumidas cuentas, se decían anti y pro imperialismo.
Quien revise la prensa de la época, como el semanario Marcha –donde escribían Mario Benedetti y Juan Carlos Onetti y que estuvo dirigido por Eduardo Galeano–, podrá detectar la polarización que se registró entre sus lectores. Pero, sobre todo, el apasionamiento en la defensa de la revolución, pilotada por jóvenes que esgrimían argumentos sencillos y contundentes, que hablaban sin vueltas y lanzaban invectivas al imperio que pocos se habían atrevido a pronunciar antes.
La influencia del Che y de Fidel en América Latina tuvo la fuerza de un maremoto entre los más jóvenes, que descubrían que se podía hacer política de otro modo, sin dobleces ni retóricas va­cías; que se podía decir pan al pan y vino al vino, algo que las élites de la época habían olvidado en el tan largo como inútil ejercicio del poder.
Hacia comienzos de la década de 1960, la región había girado hacia la izquierda, primero en el terreno de la cultura, poco después en la política. De modo que había un clima favorable para aceptar la realidad de una Cuba revolucionaria, que enseñaba que el camino de la acción directa era más fecundo que las decepcionantes liturgias electorales que replicaban una y otra vez los partidos comunistas. La revolución cubana interpeló las estáticas estrategias comunistas, razón de más para entusiasmar a una juventud estudiantil ávida de acciones callejeras desafiantes para las oligarquías.
La revolución cubana fue llama que pretendió incendiar el continente. Del 3 al 14 de enero de 1966 se reunió la Primera Conferencia de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina en La Habana, conocida como Tricontinental, que albergó fuerzas revolucionarias de 82 países. La proclama de la conferencia mostraba un tono optimista: “La situación mundial favorece el desarrollo de la lucha revolucionaria y antiimperialista de los pueblos oprimidos”.
Defendía la lucha armada como el principal método para derrotar al imperialismo. Eran los años de la guerra en Vietnam, pero también de las luchas armadas en Venezuela, Guatemala, Perú, Colombia; y, en África, del despliegue de las guerras anticoloniales en Guinea, Mozambique, Angola y Congo. Estaban frescas aún las victorias en Argelia y en Dien Bien Phu ante el colonialismo francés. La Conferencia de Bandung (1955) que alumbró el movimiento de paí­­ses no alineados, del cual Cuba fue participante, mostraba un mundo en rápida transformación.
En 1967 se fundó la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS) en un encuentro en La Habana, que albergó a casi toda la izquierda de la región. Fidel clausuró el encuentro marcando distancias con los partidos comunistas: “Nadie se haga ilusiones de que conquistará el poder pacíficamente en ningún país de este continente, nadie se haga ilusiones; y el que pretenda decirles a las masas semejante cosa las estará engañando miserablemente”.
En su crítica a los comunistas ortodoxos fue más lejos: “Hay veces que los documentos políticos llamados marxistas dan la impresión de que se va a un archivo y se pide un modelo; modelo 14, modelo 13, modelo 12, todos iguales, con la misma palabrería, que lógicamente es un lenguaje incapaz de expresar situaciones reales. Y muchas veces los documentos están divorciados de la vida. Y a mucha gente le dicen que es esto el marxismo... ¿Y en qué se diferencia de un catecismo, y en qué se diferencia de una letanía y de un rosario?”.
En los años siguientes a la crea­ción de la OLAS se produjo un viraje profundo, en la isla y en toda la región. En octubre de ese año murió en combate el Che en Bolivia y se palparon los límites del movimiento armado. En 1968 se produjo la masacre de Tlatelolco en México. La anunciada cosecha de los diez millones de toneladas de caña de azúcar se saldó con un fracaso que llevó a la dirección cubana a acercarse a las posiciones “realistas” de la URSS. A principios de los 70 la potencia del movimiento revolucionario, tanto en el campo como en las ciudades, mostraba fragilidades y derrotas. En 1970 Salvador Allende ganó las elecciones y se convirtió en el primer presidente marxista en llegar al gobierno por la vía electoral.

El realismo

El realismo enterró los sueños de asaltar el poder. Sin embargo, la revolución cubana se mantuvo en el imaginario latinoamericano como una referencia ineludible, pese a los errores y los fracasos, a la restricción de las libertades y a no haber alcanzado nunca el desarrollo económico de otros países de la región.
Encuentro tres razones principales para que este fervor por Cuba (por Fidel y el Che) se haya mantenido en el tiempo.
Una: el apoyo irrestricto de la dirección cubana a las izquierdas latinoamericanas que, en el acierto o en el error, buscaban la revolución. Fue en ese periodo cuando la estrella cubana comenzó a brillar en el firmamento rebelde de la juventud latinoamericana y se fraguó el compromiso cubano con América Latina. La muerte del Che confirmaba esta vocación desde una ética del sacrificio y del ascetismo.
Dos: Fidel y los demás dirigentes cubanos cometieron errores, y algunos horrores, pero nunca se corrompieron, nunca vivieron como burgueses.
Tres: Cuba es solidaria como nunca nadie lo ha sido con los latinoamericanos. Los miles de médicos que trabajan en Haití, donde Cuba no espera cosechar nada para ella, o las decenas de miles de pobres operados gratuitamente de la vista por oculistas cubanos, están ahí como testimonio de una revolución que no los defraudó. Solidaridad que no pide nada a cambio.

Raúl Zibechi, analista y responsable de Internacional en el semanario uruguayo ‘Brecha’

jueves, 1 de diciembre de 2016

Fidel o Trump: la vida o la muerte




En Cuba decimos que “a palabras necias oídos sordos”, sin embargo en estos días de recordación y homenaje, traspasan más allá de este órgano auditivo cualquier insulto a la memoria de nuestro líder histórico. Máxime cuando provienen, no desde el odio o el rencor propio, sino desde la arrogancia, por la reproducción irresponsable de la impotencia de los que nunca pudieron -ni podrán-, matar su liderazgo y su ejemplo, en la Patria de Martí, en Latinoamérica y en todo el Sur Político.
Fidel Alejandro Castro Ruz fue un estadista como no abundan en estos tiempos y así lo valoraron durante sus años en ejercicio, hasta sus propios adversarios. El actual presidente Barack Obama dijo en estos días: “La historia guardará y juzgará el enorme impacto de esta figura singular en la gente y en el mundo” [1]. Sanders, el mejor candidato a estadista que ha podido producir la sociedad estadounidense para su propio bien, respaldó las declaraciones de Obama y reconoció en 1985 que “Fidel Castro educó a los niños, les dio salud, transformó la sociedad”; ¿cómo entonces el aborrecible Trump -quien reúne todas las características del antipresidente, y anti político-, el peor candidato a presidente del Imperio, osa valorar su estatura, y de tal manera? [2]
Se hace evidente el desconocimiento de Cuba y de Fidel que tiene el futuro presidente. Pero no es para menos, con los asesores o clientes que se ha buscado, los “congelados integrantes de la “Asociación de Veteranos Brigada 2506”. ¿Sabrá el magnate que la mayoría de los integrantes de la brigada de mercenarios eran defensores y lacayos del “brutal dictador “que si fue Fulgencio Batista, quien llegó por primera vez al poder mediante un golpe militar el 15 de enero de 1934 y repitió “la jugada” el 10 de marzo de 1952, con el beneplácito del gobierno de los EE. UU.?
Tal vez el multimillonario ignore -oprimido por la “libertad de prensa” que le impuso la historia de la “isla totalitaria”- que Fidel no asaltó al poder desde la Sierra, fue el tercer presidente después del Triunfo de la Revolución y renunció al cargo en dos ocasiones: al de Primer Ministro en el verano de 1959 -luego de ser nombrado en el cargo por el Decreto No. 563 del primer Presidente de la República, Manuel Urrutia Lleó- y al de Presidente del Consejo de Estado y de Ministros en febrero del 2008, por problemas de salud. Que como Primer Ministro del Gobierno Provisional mantuvo el apoyo mayoritario de la población cubana, que tuvieron como expresiones contundentes el reclamo popular para su retorno después de aquella renuncia como Primer Ministro, las dos declaraciones de La Habana (1960 y 1962) y la de Santiago de Cuba (1964).
Si Trump tuviese cabeza para leer más de 140 caracteres, podría informarse que, después de aprobada la Constitución de la República en 1976 con la participación del 98 % de los 5.717.266 que fueron convocados y la aprobación del 97,7% (5.473.534); Fidel fue electo presidente del Consejo de Estado por la inmensa mayoría de los miembros de la Asamblea Nacional del Poder Popular. Que desde 1993 hasta el 2008 tuvo que ser aprobado primero como diputado por el voto directo en una circunscripción santiaguera, como miembro del Consejo de Estado por los diputados y luego como presidente por este órgano colegiado; siempre con más del 98 % de los que votaban en cada instancia.
¿Qué derecho supranacional se atribuye “el elegido”, para opinar sobre el sistema político de Cuba o para defender su pueblo de la supuesta tiranía?
¿De qué libertad habla Trump? ¿Acaso la de acudir el 1% con la libertad de comprar y el otro 99 % con la libertad y el derecho de vender su fuerza de trabajo? ¿Será democrático que la mayoría del pueblo estadounidense que votó por Hillary Clinton sea gobernada por el otro candidato con 1,7 millones de votos populares menos que la demócrata? ¿Qué retroceda en la normalización de las relaciones entre EE. UU. y Cuba, cuando más de la mitad de sus compatriotas apoya los avances alcanzados?
¿Quién lo mandato para hablar en nombre de los cubanoamericanos de La Florida? ¿No se habrá informado que en las tres ciudades donde viven la mayor cantidad de cubanoamericanos ganó su oponente Hillary Clinton? En Miami Dade -la principal guarida de la Asociación de Veteranos y donde se retuercen en lo más profundo por la imposibilidad para siempre de asesinar al líder cubano-, la demócrata le sacó el doble de los votos.
No sabe Trump -o no “le da la cuenta” aceptar- que Fidel -por defender valores-, fue también defensor de los valores que los alarmados “liberales” estadounidenses auguran peligrar con su llegada a La Casa Blanca. Tal como lo señalara, ya en febrero de 1957, el editorialista de The New York Times Herbert L. Matthews: “Sus ideas de libertad, democracia, justicia social, necesidad de restaurar la constitución, de celebrar elecciones, están bien arraigadas”.
Sus asesores de la 2506, tal vez no le contaron al candidato del Ku Klux Klan, que el Eterno Comandante en Jefe en su primera visita a su país, fue acogido con júbilo en el histórico barrio afroestadounidense de Harlem, y compartió allí con los pobres del ghetto, el líder por los derechos civiles Malcolm X y los poetas Langston Hughes y Allen Ginsberg. Ni que a donde llegaba se “ganaba el show” con su hablar pausado y sus oportunos e inteligentes comentarios.
Tal vez desde su alta y lujosa torre, el millonario no ha caído en la cuenta, de que Fidel fue mucho menos Castro que lo que él ha sido un Drumpf. En la terrenal verdad de que “El Guerrillero del Tiempo” se hizo conocido no solo por enfrentar a 11 presidentes del Imperio, sino también por luchar incansablemente por la causa de los pobres en cualquier rincón del mundo y en eso fue por siempre un vencedor. Que por ello, ante el desastre humano causado por el huracán Katrina, ofreció mil 600 médicos, hospitales de campo y 83 toneladas de material médico; una ayuda solidaria rehusada por el presidente republicano George W. Bush.
Parafraseando la respuesta del líder histórico de la Revolución Cubana a la revista Playboy en 1985 y recordada hace unos días por el New York Times [3]: Si el poder de Trump “incluye algo tan monstruosamente antidemocrático como la capacidad de ordenar una guerra termonuclear”, ¿Quién será más dictador: el presidente de los Estados Unidos o el de Cuba?
El estadista cubano se adelantó en la Cumbre de Río de 1992 de los peligros para la especie humana del cambio climático, Trump considera -a estas alturas- que los informes científicos que así lo avalan, son puros inventos.
En resumen, el insider de la dictadura del mercado no tiene moral para calificar al líder de la dictadura del humanismo. Como defensor del Capitalismo seguirá siendo un defensor de la muerte y Fidel será por siempre un guerrillero por la Globalización de la Solidaridad, y la Glocalización de la Vida.

J. A. Téllez Villalón

Notas:

1.http://cnnespanol.cnn.com/2016/11/26/esto-es-lo-que-dijo-barack-obama-sobre-la-muerte-de-fidel-castro/
2.http://cnnespanol.cnn.com/2016/11/26/lo-que-dijo-donald-trump-tras-la-muerte-de-fidel-castro/
3. http://www.nytimes.com/es/2016/11/26/fidel-castro-lider-de-la-revolucion-cubana-y-simbolo-de-la-izquierda-muere-a-los-90-anos/

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Raúl Castro: ¡Hasta la victoria siempre, Fidel!




Con motivo del fallecimiento del líder histórico de la Revolución Cubana, Fidel Castro Ruz, la Mesa Redonda transmitirá hoy a las 7:00 pm por el canal Cubavisión, Cubavisión Internacional, Radio Habana Cuba y el canal en Youtube de la Mesa Redonda una emisión especial del programa.

¡Hasta siempre querido Comandante!

En Memoria de Fidel

Supe de él desde muy pequeño. Quizás tendría cinco o seis años. Mi padre, telegrafista trabajaba entonces en las noches frías de aquel pueblito olvidado. Ese fue el tiempo de la guerra con nuestro cercano vecino. Vivíamos en La Esperanza. Quizás por la altura, las ondas hertzianas de Radio Habana llegaban muy bien. Mi padre había comprado una radio con tocadiscos, que ahora conservo como reliquia familiar. Este tenía tres bandas: MW, SW1, SW2. Mi padre le había puesto un largo alambre que serpenteaba por las altas paredes de adobe de aquella vieja casa, hasta salir al corredor. Era impresionante escuchar en su única bocina radios de lugares lejanos que no podíamos imaginar, Francia, Moscú, Londres. Entre estas, una de las favoritas era la radio insignia cubana. Así conocimos a Fidel.
Los discursos de aquel hombre nos impactaron. Su palabra encendida, las verdades dichas de aquella manera, la forma en que desnudaba al crimen y los problemas más acuciantes de esa época no daban lugar a dudas. Era un líder diferente. Se atrevió en aquel tiempo a pensar y actuar en contra de los poderes establecidos y triunfó. La coherencia entre lo que decía y hacía marcó su existencia. El valor de la verdad como política de estado fue el cimiento mas fuerte con el que construyó la relación con su pueblo y, a su vez, la fortaleza de estos para enfrentar los más difíciles retos a los que, sociedad alguna, le haya tocado durante tanto tiempo: desafiar al más grande imperio de la tierra. David contra Goliat.
Sin dudas, el otro valor que Fidel desarrolló, difundió y que ha caracterizado a Cuba y a su pueblo en su historia moderna es la solidaridad. Cuba ha dado una lección sin par en el mundo. Una pequeña isla del caribe, inundando de amor a los pueblos pobres del mundo. El ejército de hombres y mujeres con sus batas blancas llevando un poco de lo que ellos mismos disfrutan desde la revolución: la salud como derecho fundamental de cualquier ser humano. La verdad y la solidaridad son la rosa blanca de la que nos habló Martí en sus hermosos versos y que pudimos comprobar en nuestro país con el Fifí en 1974 y a partir del Mitch en 1998, hasta nuestros días, solo posible por la voluntad y la solidaridad de Fidel y la revolución.
Con el tiempo, dejamos La Esperanza y nos venimos a Tegucigalpa. Según nuestros padres, para que pudiéramos tener una mejor educación. Viendo hacia atrás en el tiempo, cuanta razón tuvieron en tomar esa difícil decisión. La educación pública en Honduras se degrada cada vez mas, para desgracia de nuestro pueblo. En Cuba en cambio, logra los más altos estándares a nivel mundial. ¡Cuanta razón tuvo Fidel en hacer todo el esfuerzo posible para educar a su pueblo! No hay razón que legitime la ignorancia en el nuestro.
Una vez en Tegucigalpa, seguimos encontrando las referencias de aquel gigante que continuaba librando batallas y escribiendo páginas gloriosas en la historia de los pueblos del mundo. Las impresiones, venían con la carga de los hechos detrás. Si el río suena, es que piedras trae dice el dicho popular. Nos debatíamos entre las mentiras diarias de los medios y las verdades a las que podíamos acceder por la onda corta. Aprendimos así a leer entre líneas y a discernir la verdad de la mentira. De la mano de Fidel pudimos contrastar las vertientes que alimentaban a los medios y los intereses que se escondían en sus diatribas. De igual manera entendimos la deuda y los inmorales compromisos a los que sometían a nuestros pueblos: la nueva esclavitud. Supimos que la religión, la verdadera, no era incompatible con la revolución, pues los unía la solidaridad y la búsqueda de la justicia.
Fue poco a poco, a golpe de verdades que Fidel se fue constituyendo en el guía, en el comandante más grande que la historia de nuestros pueblos ha tenido. En una estrella que guiaba no sólo a su pueblo, sino a los pueblos sojuzgados del mundo. Fidel lo dijo cuando alguien se lo preguntó, “…mi chaleco es moral…” ¿Cuántos de nuestros líderes pueden decir lo mismo, sin ser simple retórica? La coherencia es un bien en peligro de extinción. El cinismo y la ambición sustituyeron los valores fundamentales que hoy Cuba sigue enarbolando con orgullo, gracias a Fidel.
Más allá de las virtudes del gran estadista, del visionario, del estratega militar y político, Fidel fue sin dudas, una persona con una sensibilidad muy desarrollada y especial. Seguro que no habría sido lo que fue, sin esta cualidad tan escasa hoy en día. Sus fotografías son testigos de esa virtud. La ternura que muestran las impresiones gráficas sólo prueban el amor por su pueblo, la convicción de su compromiso y el temple de un líder que se forjó en la lucha por devolver la dignidad y las esperanzas que el capitalismo arrebató a la gente común. Además a un ser humano que pese a sus responsabilidades, nunca se separó de su pueblo y de las cosas más sencillas que le llenaban su enorme corazón.
Mis hermanas y hermanos tomaron sus caminos. Aunque cada quien con su propia historia, seguimos manteniendo los principios que nuestros padres nos inculcaron. La verdad, la justicia, la solidaridad. Nos preguntamos de donde venían esos valores. Aunque no lo hayamos hablado, seguro coincidimos en que uno de nuestros guías fundamentales además de ellos, ha sido Fidel y la revolución cubana. Algunos tuvieron la suerte de conocerle personalmente. Una de mis hermanas tuvo la oportunidad de conversar con él y estrecharle su mano durante un encuentro continental de mujeres. Mi madre, también pudo verlo de cerca, a pocos metros. Nos contó que en un acto público en La Habana, ella casi quería salirse de la valla para ir a saludarlo, pero al final, se contuvo. Mi cuñada Karen tiene una foto que se tomó con él en una visita que mujeres solidarias hicieron a Cuba hace un montón de años y la tiene con mucho orgullo en su mueble en New York. Mi compañera también estrechó su mano y sintió su bondad y su tierna energía. Nuestra recordada y querida compañera Gladys incluso se tomó una foto con él. Estaba orgullosa de ella. Ambos con una hermosa sonrisa y una mirada cómplice de quienes se saben, trabajando por la justicia. Nuestro hermano adoptado grabó los discursos para llevárselos a su tío en Chiquimula.
Yo, apenas puedo conformarme con haberle visto a través de los noticieros, los videos, leer sus escritos y admirarle en silencio. Me quedo con la ilusión de que Fidel haya visto o leído hace siete años, en el boletín electrónico Rebelión, un artículo que escribí dos días antes del golpe –en el que presagiaba el crimen y la maldad de las fuerzas ocultas y los demonios que hoy andan sueltos en nuestra patria-. Si así fue, será el honor más grande de mi vida. Sino, me queda la gran satisfacción que compartí la portada de ese boletín con un escrito del Comandante Fidel.
Ahora que nos llegó la noticia de su irreparable pérdida, nos ponemos a pensar sobre la gente en Cuba. La emoción nos embarga y escuchando a Silvio no podemos evitar se nos rueden las lagrimas. ¿Cómo no echar de menos a un ser tan excepcional? ¿cómo no sentir dolor por aquel que vivió la máxima del Che, de sentir cualquier injusticia, cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo? Y no sólo la sintió y la vivió, sino que hizo lo que pudo en consecuencia para acabar con ellas. ¿cómo no sentir dolor por quien hizo posible sueños, devolvió la esperanza por un mundo mejor, sin exclusiones, ni privilegios? ¿cómo no sentir dolor por la partida de quien inspiró procesos, motivó utopías y movilizó multitudes? ¿Cómo no sentir simpatía por quien desafió y triunfó frente al más grande imperio de la tierra?
Pensamos también en toda esa gente pequeña, que habita en los rincones más empobrecidos de nuestro país. En aquellos que recibieron atención digna con los médicos cubanos. Quizás muchos no sepan quien fue Fidel, pero seguro les puede parecer extraña, pero buena, la forma en que los tratan esas doctoras y especialistas. Es posible que se pregunten de donde salieron y por qué son tan amables. Si les dicen, son cubanas o cubanos, quizás ni idea tengan donde queda ese país, pero es bastante probable que sí sepan diferenciar. Por eso, cuando llegan a la sanidad o al Hospital Escuela, ahora extrañan que ya no estén. Porque cuando estaban, las filas en sus cubículos eran interminables. Fidel también hizo posible, no sólo que tuviéramos la posibilidad de contar con ellas y ellos, sino de que los nuestros se formaran en Cuba para cambiar esa odiosa realidad de la práctica médica en nuestro país.
Esa realidad que queda clara cuando hay desastres nacionales. Para muestra, un botón. Las y los médicos cubanos, desde el Mitch, vieron más de 29 millones y medio de casos, realizaron casi 800 mil cirugías, entre ellas, casi 160 mil mayores de un riesgo considerable y atendieron mas de 175 mil partos, entre otras importantes actividades. Todo esto resultó en un estimado de más de 251 mil vidas salvadas. Todo eso lo hicieron apenas 2,153 colaboradores cubanos. La ELAM por su parte ha graduado centenares de profesionales de la medicina de Honduras de forma gratuita. Cada beca le cuesta al pueblo cubano aproximadamente diez mil dólares por año. Lo mejor de todo es que son médicos de ciencia y conciencia como les llamó Fidel. Estos han renovado el juramento hipocrático para devolverle la dignidad a este sufrido pueblo. Digna lo confirmó en Ciriboya al contarnos que eran muchos milagros para su pueblo Garífuna, con los médicos cubanos primero, el hospital después y sus propios hijos, graduados de médicos en Cuba. Esto durante el maravilloso acto de inauguración del primer hospital Garífuna, fruto del esfuerzo de ese pueblo aguerrido, del gobierno y pueblo cubanos y de la solidaridad de los sindicatos de California. Luther, pionero de aquel esfuerzo, es testigo de esa obra maravillosa.
Hoy no podemos pensar a Cuba sin pensar en Fidel y no podemos pensar en Fidel sin lo que es hoy Cuba. Y es que el compromiso de Fidel y los revolucionarios cubanos devolvieron a Cuba su respeto y su dignidad. La revolución transformó profundamente la historia cubana, latinoamericana y mundial para siempre. Sin lugar a dudas Fidel fue un visionario que se adelantó a su tiempo. La fortaleza de Cuba en la educación, en las ciencias, en la biomedicina, en la cultura, en el deporte, en fin, no sería posible sin Fidel y la revolución.
Nos queda el dolor de su partida, la alegría de haberle conocido a través de sus incontables obras y la certeza de que vivirá por siempre en su pueblo, en nuestro corazón y en el de millones de seres humanos que en todo el mundo, admiran y siguen su ejemplo. Nos queda el privilegio de acompañar a su familia, que es hoy todo el pueblo cubano. En estos tiempos en que nos debatimos en una tremenda frustración, en una sociedad destruida por la falta de solidaridad, de la verdad como premisa fundamental y de la falta de guía ética y revolucionaria, nos queda la responsabilidad de asumir su legado y continuar sus ideales. Hart Dávalos dijo que la característica que mas resalta y define a Fidel es su pensamiento ético, ese que nos falta tanto hoy en día.
El acecho continuará sobre Cuba que seguirá siendo lucero del continente y del mundo. Nos toca a quienes amamos a ese país y su pueblo, continuar e incrementar la solidaridad para defenderla de la perversidad y la barbarie que hoy está en contra de cualquier modelo que sea independiente y digno.
Ahora que miro su foto en el monte Turquino, con su mochila, su fusil, su uniforme, las botas gastadas, y su frente en alto, mirando al porvenir, me lo imagino en otra dimensión, siempre dispuesto a batirse contra la arbitrariedad, la injusticia y el crimen. Ahora junto al Che, a Camilo, con Allende, con Celia y Haydee y tantas y tantos que dieron su vida, siguiendo su ideal de justicia y dignidad para su pueblo.

¡Rindamos honores al Comandante Fidel Castro!

¡Gloria al camarada Fidel!

¡Hasta la Victoria Siempre, Comandante Fidel!

Guido Eguigure

Fidel, el camarada Alejandro

Fidel Castro es un mito, lo era antes de morir. Lo es en la doble acepción del concepto: como parte de una historia imaginaria en la que se deforman las verdaderas cualidades de una persona, y como elemento movilizador de la política en el que se sintetizan proyectos y anhelos colectivos.
Sobre Fidel Castro se han contado multitud de relatos fantásticos. Hay quienes aseguran que buscó, sin suerte alguna, jugar beisbol con los Yanquis de Nueva York y con los Senadores de Washington. Se dice también que, en 1946, a los 20 años de edad, fue extra en dos producciones de Hollywood: el musical Holiday in Mexico y la comedia Easy to Wed. En 2005, la CIA informó que sufría mal de Parkinson.
Estos inventos (y muchos otros por el estilo) son inofensivos al lado de la andanada de calumnias que sus enemigos le fabricaron para tratar de desprestigiarlo. Forbes lo acusó sin dar una sola prueba de tener 900 millones de dólares en una cuenta, cuando es más o menos evidente la sencillez con que vivía, que personalidades cercanas han descrito como casi espartana. Vivió sin lujos. Otros le imputaron ser un monarca, un torturador y lindezas por el estilo.
Hay quienes, escandalizados, le achacaron promover el culto a la personalidad. Sin embargo, en Cuba no hay calles, estatuas o plazas que lleven por nombre el de Fidel Castro. Más aún, él rechazó en vida que su fotografía se colgara en las oficinas de los edificios públicos. Algo inusual en el mundo de la política ­institucional.
Quienes lo trataron son testigos de su capacidad de escuchar y preguntar. Ignacio Ramonet lo describe como un hombre casi tímido, bien educado y muy caballeroso, que presta interés a cada interlocutor y habla con sencillez, sin afectación. Con modales y gestos de una cortesía de antaño, siempre atento a los demás.
El asunto es otro. Sus detractores nunca lo absolvieron de tener la osadía de levantarse en armas contra el tirano Fulgencio Batista, organizar un ejército con un puñado de hombres, ganar la guerra, derrocar la dictadura, enfrentarse al imperio, frenar el despojo, hacer realidad la soberanía nacional, emprender la construcción del socialismo, redistribuir la riqueza, involucrarse activamente en la lucha anticolonial en África, resistir junto a su pueblo el bloqueo económico, sobrevivir al derrumbe de la Unión Soviética, retirarse ordenadamente del poder y ver cómo su semilla libertaria germinaba en América Latina.
Nunca lo exoneraron del delito de nadar contra la corriente y demostrar que se puede ir contra la lógica del capital y de las grandes metrópolis imperiales; de hacer evidente que se puede vivir con valores como la solidaridad, la cooperación y la ayuda mutua, haciendo a un lado la lógica del darwinismo social capitalista y del mercado como escuela de virtud; de poner como prioridad de gobierno la salud y la educación del pueblo.
Pero, sobre todo, no le perdonaron su más grave pecado: salir victorioso en un buen número de sus grandes apuestas. Ciertamente no fueron todas, pero sí la mayoría. Los señores del poder y del dinero pueden darse el lujo de exculpar a quienes los desafiaron y perdieron la vida en el intento, pero no de indultar a quienes los derrotaron. Fidel Castro fue uno de ellos.
La afrenta del comandante les resultó imperdonable. Vaya, ni siquiera pudieron asesinarlo, como intentaron hacerlo en más de 600 ocasiones. Falleció entre los suyos de muerte natural. Hasta sus últimos días fue visitado por quienes lo quisieron y admiraron. Incluso se dio el lujo de escribir un último artículo sobre sus 90 años de vida pocas semanas antes de morir.
Fidel Castro fue (es) también un mito, entendido no como ficción, sino en el sentido que le dan a este concepto Georges Sorel y José Carlos Mariátegui. Su figura es una imagen-fuerza que evoca sentimientos, un imán que convoca a la acción colectiva, un momento de condensación de la historia viva de América Latina, de representación de la voluntad continental de cambio hacia otro mundo más justo.
Prácticamente durante casi toda la segunda parte del siglo XX y lo que va del XXI, el comandante Castro y la revolución cubana suscitaron en otros países olas ininterrumpidas de lucha a favor de la independencia nacional, la democracia profunda y el socialismo. Fidel reconoció y estimuló la vitalidad de los pueblos latinoamericanos y caribeños, y su capacidad para hacer su propia historia.
Dotado de un excepcional sentido de la historia, Fidel supo ser, a lo largo de más de seis décadas, un hombre de su tiempo. Analista profundo de las situaciones concretas, se colocó, una y otra vez, en la cresta de los cambios de época.
El seudónimo de Fidel Castro en su exilio mexicano fue Alejandro, su segundo nombre real. Con ese alias preparó el desembarco de su expedición armada a Cuba, hace ya 60 años. En ese nombre de guerra se sintetizan su extraordinaria capacidad como conspirador y la firmeza inquebrantable de sus principios. Y, a pesar de ser un jefe de Estado, el comandante siempre fue a lo largo de su vida el Alejandro de los principios éticos y convicción revolucionaria de su aventura mexicana.
El comandante fue un líder que inspiró a una diversidad generaciones en los más distintos países. No puede decirse lo mismo de muchos personajes de la política contemporánea. A juzgar por las expresiones universales de duelo que se han hecho patentes estos días, del cariño que una parte de la juventud planetaria le profesa, el mito de Fidel sobrevivirá a su muerte, no como un logo reproducido en camisetas, sino como ejemplo a emular. Como un reconocimiento a la congruencia de Fidel Alejandro.

Luis Hernández Navarro
La Jornada

martes, 29 de noviembre de 2016

Lecciones de Fidel




Realizar el sueño de Martí anunciando que venía “una revolución nueva” fue un decir y hacer del Manifiesto del Moncada y del proceso revolucionario cubano. Desde entonces las expresiones personales o colectivas de Fidel y sus compañeros del 26 de Julio, y, después, del nuevo Partido Comunista Cubano, lograron una identidad entre la palabra y el acto que es necesario entender, pues si no, no se entiende nada.
La realidad es más rica que la palabra, y ya enriquecida, ésta vuelve a enriquecerse con lo nuevo que deja ver el pensarla y hacerla. Así, en la expresión del párrafo anterior se trae a la memoria un sueño, el de José Martí, quien será realmente considerado como “autor intelectual de la revolución cubana”.
Es un sueño del pasado, pero es un sueño que anunció una revolución nueva en la que, con otros héroes e intelectuales cubanos, tendrían también fuerte presencia Marx y Lenin, y en que al socialismo de estado, encabezado entonces por la URSS, la República Popular China y múltiples movimientos de liberación nacional, Fidel y la Revolución Cubana añadirían objetivos y valores fundamentales –martianos-, en los que no sólo destaca la moral como reflexión ética sino como moral de lucha, como arma contra la corrupción, como meta para la cooperación, la solidaridad, y la mente. Esos sueños, renovados una y otra vez, buscaron y buscan superar, en todo lo que se puede, el “individualismo”, el “consumismo”, el “sectarismo” y la “codicia”, enemigos jurados de los oprimidos y explotados de la Tierra.
En algo no menos importante se diferenció la Revolución Cubana, y es que en su paso por el socialismo de estado, siempre se empeñó en lograr que sucediera a la insurrección y a la guerra de todo el pueblo un socialismo de estado de todo el pueblo. Ese objetivo planteó varios problemas ineludibles, entre ellos, la necesidad de combinar las organizaciones jerárquicas centralizadas y las descentralizadas, con las autónomas y horizontales, en que las comunidades del pueblo ejercieran una democracia directa y otra indirecta nombrando a candidatos que sin propaganda alguna merecieran la confianza de quienes los conocían.
Allí no quedó el empeño. Como reto para realizarlo se planteó, ante la opresión y la enajenación, la necesidad de animar los sentimientos, la voluntad y la mente de los insumisos, para que hicieran suyo el nuevo arte de luchar y gobernar. Al mismo tiempo las propias vanguardias buscaron liberarse de los conceptos dogmáticos que sujetaban al pensamiento crítico y creador.
Al desechar el “modelo de la democracia de dos o más partidos entre los que elegir”, un “modelo” que originalmente sirvió a aristocracias y burguesías, para compartir el poder, el Partido Comunista Cubano tampoco siguió los modelos de la URSS y China. A impulsos del Movimiento del 26 de Julio, que a raíz de su triunfo decidió disolverse, al Partido Comunista Cubano le fue asignado el objetivo de asegurar y defender la Revolución de todo el pueblo, con la participación y organización de sus trabajadores, campesinos, técnicos, profesionales, estudiantes y en general con la juventud rebelde.
La lógica de organizar el poder del pueblo estuvo muy vinculada con la de hacer fracasar cualquier intento de golpe de estado, invasión o asedio, lo que se probaría a lo largo de más de medio siglo, frente a las reiteradas incursiones del imperialismo y frente al criminal bloqueo que habría hecho caer a cualquier gobierno que no contara con la inmensa mayoría del pueblo organizado.
Si en la invasión de Playa Girón y a lo largo de su desarrollo Cuba contó con el apoyo de la URSS y del campo socialista, ni la estabilidad de su gobierno ni las reformas y políticas revolucionarias que logró emprender se habrían realizado si el gobierno de todo el pueblo hubiera sido suplantado por un régimen autoritario, burocrático o populista. El gobierno del pueblo cubano no sólo mostró ser una realidad militar defensiva, sino particularmente eficaz en el impulso a la producción, a los servicios –que en medio de grandes trabas y errores inocultables—logró grandes éxitos, muchos de ellos reconocidos como superiores a los de países “altamente desarrollados”.
A las garantías internas y externas de la democracia de todo el pueblo, de su coordinación y unidad necesarias, se añadió el carácter profundamente pedagógico y dialogal del discurso político, y todo un programa nacional de educación, que iba desde la alfabetización integral –literal, moral, política, militar, cultural, social, económica y empresarial- hasta la educación superior y el “impetuoso desarrollo de la investigación científica”.
Es cierto que en todos esos ámbitos, el movimiento revolucionario enfrentó problemas que no siempre pudo resolver, o resolver bien; pero en medio de los más de 50 años de criminal bloqueo y de incontables asedios por parte del poderoso vecino del Norte, de las corporaciones imperialistas y su complejo militar-empresarial, político y mediático, y tras la restauración del capitalismo en el inmenso campo socialista, Cuba fue y es el único país que mantiene su proyecto socialista de un “mundo moral”, o de “otro mundo posible” como se acostumbra decir, o de “otra organización del trabajo y la vida en el mundo” como dijo el clásico.
Entre las nuevas y viejas contradicciones, Cuba sigue hasta hoy poniendo en alto un socialismo que, con Martí presente, es respetuoso de todos los humanismos laicos y religiosos. Es más, Cuba sigue haciendo suya la lucha contra el poder de los dictadores y contra la opresión y explotación de los trabajadores, sin que por ello haya olvidado la doble lucha, que sus avanzadas propusieron desde el l959: “una rebelión contra las oligarquías y también contra los dogmas revolucionarios”.
Si en tan notables batallas hay contradicciones innegables, no por eso han dejado de oírse, y en parte de atenderse, enérgicas reconvenciones que con frecuencia han hecho Fidel y numerosos dirigentes históricos de la Revolución contra corrupciones, incumplimientos, abusos, que con la economía informal y el mercado negro, han sido y son –hoy más que nunca- el peligro estructural e ideológico más agresivo, que renueva y amplía la cultura de la tranza, del individualismo y el clientelismo, de la corrupción, la cooptación y la colusión.
No es cosa de referirse aquí a todo lo que frente a las incontables ofensivas, nos enseñan Fidel y la Revolución Cubana para la emancipación de los seres humanos y para la organización del trabajo y de la vida en la tierra. Ni es cosa aquí de profundizar en las lecciones que nos da un líder como Fidel que se negó a que se hablara de “castrismo”, y que logró frenar todo culto a la personalidad. Pero si hasta para sus enemigos a menudo resulta imposible acallar el respeto que se ven obligados a tenerle, no son de olvidar tantos y tantos actos de su vida que se inscriben en un reconocimiento necesario.
Este enunciado de algunas lecciones de Fidel que aparecen en sus discursos y no sólo en sus numerosas contribuciones a la Revolución Cubana, quiere ser más bien un ejercicio de pedagogía por el ejemplo, un llamado que preste atención a aquéllos modos de pensar, actuar, construir, luchar y expresarse, que permiten comprender por qué, tras la restauración del capitalismo en el “campo socialista”, con la firmeza de Fidel y del pueblo cubano, sólo la pequeña Isla de Cuba ha logrado mantener la verdadera lucha socialista, que incluye la democracia como gobierno de todo el pueblo, y como reorganización de la vida y el trabajo por una inmensa parte de trabajadores y ciudadanos organizados. Y en esa lucha, que va a las raíces de la condición humana, se cultiva y defiende el respeto a los distintos modos de pensar y creer de laicos y religiosos, con búsqueda permanente de la unidad en medio de la diversidad de insumisos y rebeldes y con una clara postura martiana y marxista.
Precisar –con otros muchos-- los pensamientos compartidos por Fidel y por las masas revolucionarias del pueblo cubano, es adentrarse en una historia particularmente rica de un pueblo en lucha por la emancipación. Fidel, el “Movimiento 26 de Julio” y el pueblo cubano son sucesores de vigorosas proezas rebeldes en las que destaca, la de Maceo, héroe primero de la larga lucha por la independencia y por la libertad, a la que siguió, como gran revolucionario, muerto en batalla, uno de los pensadores más profundos y precisos de la historia universal, como fue José Martí, expresión máxima del liberalismo radical, pues no sólo fue uno de los primeros en descubrir el imperialismo como una combinación del colonialismo y el capital monopólico, sino en descubrir los lazos de los movimientos independentistas de su tiempo con las luchas de los pobres y los proletarios, posición que lo hizo sumarse a los homenajes póstumos a Carlos Marx por haber sido éste, como dijo “un hombre que se puso del lado de los pobres”.
Fidel, y el Movimiento 26 de Julio vienen de esa cepa. En su pensar y luchar los acompaña incluso la inteligencia de aquellos teólogos que destacaron en la Habana de fines del siglo XVIII y principios del XIX, y que son un antecedente de la teología de la liberación… En las conversaciones de Fidel con Frei Betto y en numerosos actos en que el problema religioso se planteó, Fidel dio amplias muestras de un gran respeto al humanismo que se expresa en la religión cristiana y en otras religiones. Ese respeto es hoy más necesario que nunca, pues corresponde a una de las viejas y nuevas formas de la liberación humana, en lucha por el derecho a lo diferente, por la igualdad en la diversidad, ya sea de religiones o de posiciones laicas, o de variaciones de razas y de sexos o de afinidades sexuales, o de edades y nacionalidades. Bien lo dijo Fidel muchas veces: “No somos antiamericanos. Somos antiimperialistas”
Orientarse en las lecciones de Fidel para entender y actuar en la emancipación humana, contribuye a desentrañar lo que sus palabras tienen de ejemplar y de actos para pensar y actuar en circunstancias similares, captando lo parecido y lo distinto, e incluso el quehacer del “hombre concreto que se es y que se descubre a sí mismo”, como dijo Armando Hart.
Con ese objetivo de comprensión y acción, cabe señalar --a manera de profundizar en el hilo del pensamiento--, lo que las lecciones de Fidel tienen de metas y valores: 1º para la organización, 2º para la estrategia y la táctica, y 3º para el juicio favorable o contrario a la emancipación en que se defienden y renuevan concretamente las verdaderas metas de la lucha.
El discurso político de Fidel ha sido –insistimos y precisamos otra gran tarea-- para que pueblo y trabajadores puedan defender y participar cada vez más, en la organización y marcha de un estado de todo el pueblo. El objetivo de organización se mantuvo y mantiene en más de medio siglo de bloqueo del imperialismo, y se inscribe en una cultura de la confrontación y de una concertación, que sin aferrarse a la lucha abierta, y sin ceder en los principios en “la lucha suave”, parece caracterizar a los procesos revolucionarios de nuestro tiempo. Tanto la práctica de la confrontación como la de la concertación implican medidas de organización de la moral, de la conciencia y de la voluntad colectivas. Suponen también un claro planteamiento de que la concertación puede darse en medio de conflictos y en medio de una lucha de clases que sigue incluso cuando parecen predominar los consensos. La experiencia de Cuba a ese respecto es inmensa, y no sólo en defensa de su propia revolución y por los variados enfrentamientos y acuerdos con Estados Unidos, sino por haber participado en la guerra de Angola contra el ejército del antiguo país colonialista y racista de África del Sur, --el más Poderoso del Continente-, y tras haber ayudado a su derrota, y haber logrado que se sentara en la mesa de negociaciones hasta llegar a un compromiso de paz. Si la historia de la guerra y de la paz en África, con un inmenso destacamento de fuerzas cubanas dirigidas por Fidel desde La Habana, es una de esas formas de la realidad que superan la imaginación, también es otra experiencia, que junto con la resistencia inconcebible a un bloqueo de más de cincuenta años confirma la capacidad de Cuba para actuar en una historia en que como la de Colombia, también combina un proceso revolucionario que alterna confrontaciones y concertaciones. Si semejante posibilidad está y estará llena de incógnitas, nada impide explorar los nuevos terrenos de la guerra y la paz en un mundo cuyo sistema de dominación y acumulación se encuentra en crisis terminal.

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Las lecciones Fidel en el juicio de las conductas seguidas son también particularmente creadoras y fecundas en la crítica de aciertos y desaciertos, y no sólo de conductas políticas o morales --con llamados de atención, dictámenes favorables o desfavorables, aprobaciones y reprobaciones, elogios y estímulos, sino, con sus reflexiones sobre las mejores formas de actuar para alcanzar las metas emancipadoras.
En cualquier caso es indispensable tener presente que las lecciones de Fidel, incluso cuando a primera vista suenen a veces como meras formas de hablar, obvias o elementales, encierran a menudo formas de incesante conducta real antes desacostumbrada, antes desentendida y desoída como guía de la acción que se vive, y que sólo aparece con la vinculación de la palabra y el acto. Con esa amalgama se hace la historia.
En aquél discurso que Fidel pronunció la noche del 8 de enero de 1959, a su llegada a la Habana, dijo entre sus primeras palabras: “…la tiranía ha sido derrocada. La alegría es inmensa…Y sin embargo queda mucho por hacer todavía. No nos engañamos creyendo que en lo adelante todo será fácil: quizás en lo adelante todo sea más difícil…” Y a esa afirmación que podía frenar el ilimitado entusiasmo reinante añadió, más como explicación que como excusa: “Decir la verdad es el primer deber de todo revolucionario…” Aclaró lo que entraña no engañar ni engañase. “¿Cómo ganó la guerra el Ejército Rebelde? Diciendo la verdad. ¿Cómo perdió la guerra la tiranía? Engañando a los soldados.” El mensaje era la primera lección del arte revolucionario de gobernar para ganar. No engañar al pueblo ni dejar que el pueblo se engañe con los triunfos. Y tras narrar, como ejemplo, en qué forma, decir la verdad, había servido para el triunfo del ejército rebelde, concluyó: “Y por eso yo quiero empezar –o mejor dicho, seguir—con el mismo sistema, el de decirle al pueblo siempre la verdad.”.
La práctica de la verdad y la práctica de la moral serían los valores y los medios de una lucha revolucionaria, que además organizaría su legítima defensa, frente a las tradicionales ofensivas de “la zanahoria y el garrote”, de la corrupción y la represión permanentemente renovadas y armadas por la oligarquía y el imperio. Tanto la verdad como la moral practicadas serían constitutivas de un proceso que necesariamente tendría que armarse para defenderse.
En aquel discurso en la Plaza de la Revolución en que Fidel empezó a definir cómo sería la democracia en Cuba, y en aquella plaza donde había un inmenso “lleno” de guajiros y de trabajadores de la caña, de las fábricas y de los servicios, Fidel le preguntó al pueblo: “En caso de tener que escoger, ¿qué preferirían? ¿Un voto o un rifle?” Y se oyó un grito gigantesco: “¡Un rifle!” El clamor vehemente y el gozo inmenso de la multitud, determinó la meta y la organización de un ejército y un estado del pueblo y de los trabajadores. De paso expresó la temible dificultad que para los imperialistas presentaría invadir a Cuba…Fue esa una de las primeras clases para aprender a tomar decisiones. Planteó, además, uno de los más difíciles problemas a resolver: el de la lucha política y armada de todo el pueblo, y el de la construcción de un estado de todo el pueblo, con mediaciones que de por sí eran distintas a las mediaciones de los estados de corporaciones y complejos, pero que requerían combinar a la vez los conocimientos especializados que se trasmiten en institutos y universidades con el saber de los pueblos. Lograr una decisión acorde con el proyecto del estado del pueblo, y lograrla con el saber del pueblo y con el uso óptimo de los conocimientos técnicos y científicos más avanzados sería a lo largo de toda la historia cubana, una de las principales tareas de toda la población militante y trabajadora con sus distintas especialidades y conocimientos. En ella el aprender a aprender fue y es una experiencia muy rica para cada uno y todos los participantes. En ella también destaca la organización de un estado y un sistema político que para ser de todo el pueblo y para ser a la vez eficaz en la defensa, en la producción, en la distribución, en el intercambio, en los servicios tiene que plantearse constantemente el problema de la libertad y la disciplina sin que una avasalle a la otra ni disminuya su respectivo peso en las argumentaciones y las decisiones. A ese objetivo –que necesariamente debe vencer muchas contradicciones-- se añaden combinaciones de estructuras y comportamientos que tradicionalmente se plantearon como opuestos. Para funcionar en el interior de la Isla y en sus relaciones internacionales, el estado del pueblo revela una necesidad ineludible el combinar las organizaciones coordinadas con las jerárquicas centralizadas y descentralizadas; el combinar la democracia directa con la democracia representativa, de donde deriva el problema del Estado de todo el pueblo y del Partido Comunista de la Revolución Nueva, Martiana y Marxista, con militantes cuyos méritos comprobados puedan ser confirmados una y otra vez y cuya misión consiste en lograr el mejor funcionamiento y coordinación de las fuerzas y empresas estatales, y en la defensa e impulso de una revolución democrática y socialista, de veras nueva por sus prácticas y principios, por su moral comprobada en la conducta, y por “su hablar a la conciencia del hombre, al honor del hombre, a la vergüenza del hombre…”
Las contradicciones que en el proceso necesariamente aparecen corresponden por un lado a las de una “clase subordinada” –como diría Gramsci-; pero subordinada al Poder del Pueblo y no al de las corporaciones, y en que al motor moral e ideológico de exigencias ejemplares en sus miembros, se añaden los oídos y los ojos del propio pueblo, organizado desde las asambleas locales hasta la Asamblea Nacional del Poder Popular.
Si en todo este proceso, la moral de lucha y cooperación es fundamental, precisamente lo es porque se trata de hacer una “revolución nueva” como dijo el Manifiesto del Moncada, cuyo propósito vital consiste en “realizar el sueño irrealizado de Martí”, y en la que “…lo decente y lo moral es raíz fuerte y poderosa de lo revolucionario recordando que la base de la moral está en la verdad” como también señaló Fidel en su lección sobre la vanguardia. “La vanguardia – sostuvo—trasmite con su acción y su pensamiento, la teoría, la ideología revolucionaria que viene de un marxismo no sólo aprendido de los libros sino de las experiencias propias en la vida”. Y en relación al conocimiento, desde los inicios de la Revolución, Fidel precisó que como parte esencial, el método del saber y el hacer se apoya en el saber anterior del pueblo y en el que adquiere en el curso de la lucha, como había dicho el “Ché”.
Es cierto que al destacar palabras y actos a los que ninguna revolución había dado semejante peso ni en sus teorías, ni en sus ideologías, ni en su práctica, es necesario añadir dos comentarios más que de ellas derivan: uno es que representan no sólo a la nueva revolución que se inicia en Cuba, sino a la que debe plantearse en el mundo entero –con el pensar y el hacer de la inmensa variedad de pueblos, naciones y condiciones en la lucha de clases.
Dominar totalmente la actual desesperanza que deriva del fracaso de reformas y revoluciones que dieron al traste con la moral como filosofía vital y como práctica colectiva e individual, es sin duda el camino que habrá de seguir la Humanidad para salir de esa terrible desesperanza que señaló recientemente Noam Chomsky en palabras precisas.
Superar la desesperanza es la nueva batalla y en ella Fidel con Cuba tienen otra gran experiencia que ofrecer a la Humanidad. A partir de movimientos como el de Cuba, y tomando en cuenta el estado actual de las luchas, de las organizaciones y de la conciencia rebelde, como en el llamado del Moncada, se ha vuelto necesario plantear en el mundo entero una Revolución realmente nueva. Y si en Cuba encontramos logros increíbles alcanzados en la lucha por una independencia, un socialismo, una democracia y una libertad de veras, y vemos que en ella hay aún serias limitaciones a superar, en ella encontramos también lo más avanzado que en la organización del trabajo y la vida ha alcanzado la Humanidad. Cualquier intento por salir de la desesperanza necesitará más pronto de lo que nos imaginamos tomar en cuenta las aportaciones de Cuba para la organización de otro mundo posible Y al hacerlo encontrará confirmada la aportación de Cuba a una nueva revolución democrática y socialista, leyendo la sentencia que se dictó contra los intentos conspirativos de un grupo que bajo los auspicios de la URSS pretendió organizar un Estado y un Partido como los que –en su largo ocaso—la URSS implantó en los países satélites y en su propia tierra.
Abordar el problema en relación al debate que se da sobre la democracia directa y la representativa, y de la Revolución social en que los pueblos se organicen en formas puramente horizontales, es fundamental para advertir el sentido que Fidel ha dado a una y otra posición en el curso de sus palabras y sus juicios.
Entre los problemas que plantea la alternativa uno es el que se refiere a las limitaciones y contradicciones internas de los propios partidos y organizaciones comunistas, socialistas, populares y de liberación nacional o regional. Es cierto que el control de los gobiernos por los pueblos es la solución fundamental pero que su organización debe hacerse, a sabiendas –entre otras fuentes—de lo que le dijo Fidel en Chile a una inmensa multitud, cada vez más presionada por los agentes provocadores de la CIA, por los “maoístas”, ya infiltrados de arriba abajo, y por organizaciones supuestamente más radicales que la Unidad Popular encabezada por el Presidente Allende. Cuando Fidel, tras un emocionante discurso en la Plaza Municipal de Santiago, ya tenía ganada a la multitud y levantando la mano y la voz le preguntó animoso: “¿Ustedes creen que el pueblo se equivoca?” y el pueblo le contestó con un clamoroso ¡NOOOOOO! Fidel le contestó a toda voz, como si estuviera conversando: “Pues fíjense que sí”. A lo que sucedió una inmensa risa solidaria contra los provocadores del golpe, y en apoyo a Fidel y la Unidad Popular.
Tiene razón Marta Harnecker cuando en su América Latina y el socialismo del siglo XXI a diferencia de lo ocurrido en el XX afirma que “debe ser la propia gente la que defina y fije las prioridades”, la que controle eficiencia y honestidad de un trabajo “no alienado” y de cualquier vicio burocrático, administrativista, centralista y autoritario. Ella misma hace ver que no estamos contra la democracia representativa sino contra la que no es representativa de los trabajadores y las comunidades. Marta Harnecker recuerda que Marx plantea que hay que descentralizar todo lo que se pueda descentralizar, y sostiene con razón que el estado que tiene fines sociales lejos de debilitarse se fortalece con la descentralización. Hoy, en México, el zapatismo por su lado ha realizado el máximo empeño para que los pueblos y comunidades aprendan a gobernar y para que el estado del pueblo se integre de tal modo al pueblo que ya no se pueda hablar del estado sin referirse al pueblo, y a las comunidades, no sólo organizadas en formas coordinadas y jerárquicas, sino en redes de resistencia, cooperación y “compartición”, que dominen las artes y las ciencias así como el saber popular, y que a la cultura general del aprender a aprender y a informarse añadan conocimientos especializados, que puedan cambiar si lo quieren a lo largo de la vida. Por su parte ese gran pensador que fue el comandante bolivariano Hugo Chávez hizo particular énfasis en que “sin la participación de fuerzas locales, sin una organización de las fuerzas desde abajo, de los campesinos y los trabajadores por ellos mismos, es imposible el construir una nueva vida”. La Venezuela del Presidente Nicolás Maduro hizo realidad ese objetivo, al organizar sus fuerzas desde abajo, dispuestas a dar la vida para defender su independencia, su libertad y su proyecto socialista…Por eso precisamente la oligarquía y el Pentágono, no pudieron realizar el “golpe blando” que tanto prepararon en todos los terrenos contra el pequeño pueblo del Caribe, rico en petróleo…
En el párrafo citado, Chávez recuerda que el proyecto del control del poder por las comunidades, fue el de los soviets con que Lenin quiso estructurar el estado de los trabajadores y las comunidades de la Unión Soviética, y añadió con razón que con el tiempo, la URSS “se convirtió en una república soviética sólo de nombre” y, ahora, hasta el nombre se ha quitado.
Si tras esta exploración del cuerpo político y revolucionario del siglo XXI volvemos a las lecciones de Fidel, recordamos aquélla, entre muchas, más con que queremos dar término a este breve recuento. En el juicio a Escalante y a propósito de las intromisiones de la Unión Soviética -que en tantos otros casos apoyó a Cuba, pero que no por su solidaridad tenía derecho alguno de patrono-, el pensamiento de Fidel, del Fiscal, del Partido, y de Cuba Revolucionaria precisó claramente lo que la Revolución en esa Isla es dentro de la historia universal y por lo que puede contribuir tanto --con sus experiencias—a la historia universal.
Con el juicio a Escalante y su grupo se derrotó deliberadamente la intención de hacer de Cuba un satélite de la URSS. La sentencia del Fiscal expresó todas las lecciones de Fidel al rechazar las falsas acusaciones de Escalante y su “grupo de conspiradores” que se habían vuelto agentes de la Gran Potencia. El Fiscal, en su sentencia, negó terminantemente la falsa acusación de los conjurados contra el gobierno cubano de que estaba persiguiendo a los miembros del antiguo Partido Comunista, antes llamado Partido Socialista Popular, y afirmó que no sólo gozaban éstos de todo respeto sino que se les consideraba como miembros activos de la Revolución. El Fiscal denunció calumnias miserables, como que había un frente antisoviético y tachó de serviles a quienes lanzaban tales infundios. Y lo más importante, se expresó en un párrafo en que se advierte que las lecciones de Fidel ya se habían vuelto lecciones de colectividades, Ese párrafo decía “Lo que no nos perdonan estos enanos es ser capaces de pensar y actuar independientemente, al apartarnos de los clisés de los manuales, lo que no nos perdonan es la fe en la capacidad de nuestro pueblo para seguir su camino, la decisión de dar nuestro aporte a la causa revolucionaria.” Y añadía: “Nadie puede endilgarnos el calificativo de satélites y por eso se nos respeta en el mundo. Y ésta nuestra práctica revolucionaria, es una actuación conforme al marxismo—leninismo, a la esencia del marxismo-leninismo”, una esencia que concretamente deriva de la acción y la reflexión del pensar y el hacer revolucionario en el acá y el ahora y no en el antes y el allá.
Si la situación crítica del mundo y de sus alternativas ha sembrado la desesperanza, hay grandes experiencias para la organización de la libertad, de la vida y el trabajo en otro mundo posible y necesario. Entre ellas destaca la Cuba marxista y martiana.
Podríamos detenernos en muchas otras lecciones fundacionales, precisarlas y ampliarlas, pero en la imposibilidad de incluir su inmenso número y de analizar con detalle las formas de actuar a que las lecciones conducen, voy a destacar algunas más, relacionadas con las motivaciones y acciones conducentes al logro de las metas revolucionarias.
Fidel –en sus reflexiones y acciones- plantea una lucha, una construcción y, una guerra integral que incluye los problemas empresariales, militares, políticos, ideológicos y culturales, así como los de la comunicación y la información. Aquí las lecciones adquieren un carácter de tal modo colectivo que sólo se pueden expresar como obra de la Revolución y de las crecientes avanzadas de un pueblo que venía del “Estado del Mercado Colonial” y del “Complejo empresarial-militar-político y mediático” y que así como lo dejaron, con la cultura que lo dejaron, con la moral que en a muchos de sus miembros enajenados dejaron --a muchos de sus miembros enajenados--, con el analfabetismo integral que a tantos de ellos la opresión les impuso, y, eso sí y también con numerosísimos contingentes de admirable resistencia moral, intelectual y colectiva, que entre todas esas desigualdades, frenos y también virtudes innegables, inició la marcha de la emancipación y aprendió, con las juventudes revolucionarias, a aprender mucho de lo que su memoria y saber ignoraban, y que él y las juventudes fueron haciendo suyo.
La construcción del nuevo poder se inició al mismo tiempo en el estado, en el sistema político, en la sociedad, en la defensa integral, en la cultura y la economía, en la información y la comunicación, el arte y la fiesta. Adentrarse en ella puede empezar por la construcción y la transición a un estado del poder del pueblo. En ese terreno Ricardo Alarcón de Quesada ha escrito –con toda experiencia- un libro sobre Cuba y su lucha por la democracia. En ese y muchos otros escritos puede verse que al objetivo de la democracia como poder (Kratia) del pueblo (Demos) en un Estado-Nación corresponde necesariamente a una variante historia de la lucha de clases y por la independencia. Entre las variaciones más profundas de esa historia se encuentra el “Período Especial” tras la disolución del bloque socialista, y el que hoy vive Cuba con el paulatino cese del Bloqueo a que la sometió Estados Unidos.
Hoy, más que nunca, la principal defensa del proceso revolucionario cubano consistirá en la atención creciente a la democracia integral, y en ella a la organización permanente del diálogo y la interacción entre sus miembros, como tarea prioritaria. Nuevamente, la democracia de todo el pueblo será el arma más poderosa con que cuente Cuba. ¡Vencerá! ¡Venceremos!

Pablo González Casanova. Ex rector de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Muerte de Fidel Castro: Va cabalgando sobre una palma escrita




Dicen que murió Fidel y en Telesur hay una cadena televisada sobre las reacciones de la muerte de Fidel Castro Ruz. Yo no sé porque se atreven a decir que murió Fidel, y a derramar lágrimas que se deben de invertir para las verdaderas tragedias, no comprendo cómo se les ocurre decir que murió Fidel Castro, y a pegar obituarios y requienes con consabidas muestras de resignación como si tratara de una pérdida irreparable, ni si quiera entiendo porque los diarios del mundo entero de derecha y de izquierda han malogrado sus espacios en primera plana que han sido embargados con la fotografía del joven revolucionario de la Isla Utopía que soñó Moro y Campanella.
En las calles de Miami los heresiarcas de la verdad celebran la muerte de un tirano que tuvo la osadía de sobornar a la Unesco para que pronunciara en los foros mundiales que la mejor educación y el acceso a la Salud en el mundo tenían en Cuba su paradigma. Este tirano que hablaba de más en discursos de 20 o 30 horas a favor de los pobres para quizás así acallar los siglos de silencios en que fueron sumergidos en los colonialismos. Este tirano que abrazó con generosidad el pluralismo de la diversidad racial, cuando los que hoy celebran su muerte que no son hortalizas porque hasta las zanahorias tienen corazón, eligieron a un monstruo que solo acepta a los inmigrantes como delincuentes genuinos y a los negros en café. Este tirano que abogaba por la salvación urgente del planeta, cuando los que hoy celebran que no son verdaderamente humanos porque es curiosa la amabilidad de la gente normal cuando estás muerto, eligieron a un depredador que jamás firmará los protocolos ambientales para dar un respirador artificial a los gemidos y a los gritos de auxilio de la madre tierra. Este tirano de una diminuta islita que incendió de esperanza los sueños de la humanidad cuando los que hoy celebran apoyaron y apoyan los embargos de esa horda de hunos calvinistas y anglicanos mercantilistas que venían en el MayFlower a anclarse en Plymouth Massachusetts y Nueva Inglaterra, y que hoy le rezan religiosamente al becerro de oro del mercado, de las fábricas y de los números torcidos del mundo de las finanzas.
Este acontecimiento de una muerte física no marca en las intrascendentes páginas del calendario gregoriano una fecha lúgubre, ni si su ocurrencia debe de compungir corazones. Ni la manida tragedia vislumbrar el horizonte de los latinoamericanos atados desde siempre a los imaginarios de la revolución cubana. Los que se mofan de la muerte del líder, y los que con corta visión y con una marcada ingenuidad lloran su muerte, los que preparan despedidas de pañuelos, los que alzan sus manos para decir adioses, los que sufren de verdadero dolor humano por su pérdida física, no pueden advertir que el que dicen que murió, si nació fue para quedarse para siempre en las caras esperanzas de los pobres del planeta, y para inocular por los siglos los dolores de cabeza y el paroxismo psiquiátrico a las oscilantes bonanzas de las bolsa de valores de los ricos del mundo y sus comparsas del grupo Bilderberg.
Los Discursos en la ONU por más tecnología que traten de borrar memorias para acallar indignaciones, ya han creado movimientos mundiales. Angola y Namibia es Fidel en la cara inocente de sus niños liberados de las absurdas muertes precoces. Sudáfrica es la sonrisa cómplice de Nelson Mandela agradeciendo al líder cubano por haber acabado con el Apartheid. Nicaragua disfruta de su seguridad y su armonía social, y la educación gratuita y la salud accesible para los más pobres, por la vida y obra de este gigante, que paradójicamente se educó con jesuitas inquisidores en la colonia y redimidos en el siglo XX, y con gallegos de sangre, y contempló desde su consciencia de privilegiado Homo Sapiens que las sociedades necesitaban una sacudida si precisaban sobrevivir al Armagedón social.
Venezuela navega en las cifras de la inversión social y se quitó el lastre de 60% de la pobreza extrema heredada de 600 siglos de colonialismo político y cultural por la influencia de ese aficionado al Baseball.
Ecuador en el ombligo de la tierra demostró que la tesis de Fidel en torno a quitarse la imposición de los organismos internacionales de crédito era posible, y hoy con una democracia acendrada y una ciudadanía protagónica le han cambiado la cara al país, como no lo hizo nadie en siglos de desesperanza.
Bolivia compuesta en su mayoría por población indígena ha comprendido que los discursos hueros de reservas culturales, son la soga oprobiosa que negaba la interpretación lúcida de José Carlos Mariátegui acerca de los eternos sujetos de explotación, y con Fidel comprendieron que el buen vivir se emparenta con la revolución social de una Isla que no tiene chatarra para comer, pero si el saludable alimento para vivir bien, y no ser víctima de los controles poblacionales por dietas de obesidad, que el ocio es la alternativa a la esclavitud del dinamo de las máquinas. Y que los libros son los amigos que nos acompañarán hasta nuestros últimos días.
Este padre hermoso nos enseñó que los fusiles se empuñan cuando las democracias y las tiranías se cierran al lenguaje, y atacan con represión militar el tierno sonido de las palabras. Este Aureliano Buendía sobrevivió a más de 600 atentados porque el Dios de los cristianos por primera vez mimetizó a los imperios que una sola hoja no cae sin su voluntad, y peor a un árbol que repartió sus frutos y sus enseñanzas a todas las jóvenes generaciones del planeta que hoy transitan las sendas de la dialéctica inyectados de utopías sociales, y que se aprestan para dar la batalla a la injusticia y a la exclusión porque la historia que antes discurría en los ríos de tintas de los mecenazgos, hoy ha sido arrebatada para absolver la vida de un hombre que ha mostrado que el socialismo, el bien común, la justicia social y la solidaridad humana son las únicas vías para salvar al planeta del extractivismo bestial, de las hordas de mercantilismo inhumano, de la polución exacerbada de productividad en serie que rentabiliza plusvalías de CO2 y metano que están colapsando los pulmones del planeta.
En países como Honduras hablar de Cuba siempre fue un Tabú. Desde niños nuestros padres nos contaban por la influencia de la prensa que Fidel Castro era la encarnación del mismísimo Satanás, y que para volver atea a su población les decía a los pioneritos cubanos que Dios no tenía ni tan siquiera el poder de darle confites. Pero Fidel se trasformó en la consciencia de cada hondureño, y hoy ya nadie habla de la Cuba de tiempos del Armagedón como lo proclamaron a los cuatro vientos las cruzadas de pastores evangélicos venidos del norte, cuando esta pequeña isla puso en aprietos el prestigio militar de los Estados Unidos con la crisis de los mísiles. Y para cambiar esta visión no se precisó prensa, trabajo ideológico, simplemente se necesitó que ese brazo de solidaridad humana cultivada en los valores sociales del régimen se haya convertido en un esfuerzo continental para asimilar las penurias de nuestro destino común latinoamericano.
Fidel facilitó becas para la formación en el campo de la medicina a muchos de nuestros compatriotas, y los frutos de esta instrucción humanista se han multiplicado en lugares donde no llegan los intereses lucrativos de muchos de los médicos formados en nuestras universidades. Pero Fidel no solo hizo eso por nuestro país, envió incluso médicos cubanos a nuestras selvas inhóspitas, y más de alguno murió trágicamente en el campo del deber, y para fortuna de los que no miramos por partida doble envió hospitales itinerantes para tratar con especialistas enfermedades de los ojos Y aunque más de algún político miope ha renegado públicamente de las relaciones humanitarias con este noble país, y se haya quejado infundadamente de su política en materia de derechos humanos, inobservando que en el nuestro hay ciudades y pueblos y campos de exterminios por hambre, y aunque le hemos inferido un puñal por la espalda en asuntos diplomáticos y de relaciones internacionales, Fidel entendió nuestro tercermundismo oficial, y no castigó al pueblo pobre de Honduras por los desafueros de sus mediocres gobernantes. Ayer el Presidente de Honduras recibió la noticia del regreso de los médicos cubanos expulsados en el Golpe de Estado. Por eso es que digo que Fidel nos ha abrió los ojos de dos formas. El pueblo de Honduras ahora ve claramente, y ve también como los cubanos, que no hay amor más grande que entregar la vida por los padecimientos de los demás. Por eso a los que gritan y vociferan que Fidel Castro ha muerto, les replico que no tienen oídos para escuchar sus pasos de gigante que siguen continuamente marcando con huellas indelebles de unicornio indomable nimbado donde la injusticia, el dolor, la esclavitud, la guerra, el hambre y la miseria requieran la presencia insobornable de este inocente quijote que si nació en pleno mediodía del siglo XX, fue para navegar a todo vapor en las caudalosas aguas dialécticas de los postreros siglos, y va cabalgando con su fiero trote sobre una palma escrita y sin distancias de los años resucita.

Milson Salgado