jueves, 16 de febrero de 2017

Unanimidad, populismo y la paz de los sepulcros

En nombre de valores universales me piden prudencia a cada rato. Pero aprendí hace años que todo es cuestionable: la democracia, los derechos humanos, la evolución, el big bang o la existencia de Dios.
Ha pasado, pero es raro que el paladín de alguna causa te pida que te bajes de su tren, todo lo contrario. Te dice que te acepta, que te respeta, que lo importante es estar todos unidos.
Y eso está bien, cuando un católico, un judío y musulmán se proponen construir una casa. Pero cuando se trata de diseñar una nación, nivelar el futuro, es ingenuo (sino maquiavélico), llamar a la unidad ciega, al olvido de aquello que nos define como individuos en nombre del colectivo.
La unidad, la democracia, o la paz, por sí solas, son palabras vacías. Son, solamente, terrenos llanos sobre los que construye y lo importante es lo que se construye.
Se escuchan todo el tiempo frases como “basta ya de hablar de cubanos de allá y cubanos de aquí, todos nacimos en la misma Cuba”. Yo lo siento, pero para mí, sí existen cubanos de allá y de aquí, aunque eso no esté definido por la geografía ni por la emigración: hay en Miami muchos cubanos de aquí y en La Habana muchos cubanos de allá (no me salten al cuello todavía, es solo un recurso literario).
Ya sabemos que la Patria no es una sola cosa. Existe quien invadió por Playa Girón y se siente un patriota, existe quien todavía piensa que la URSS era un buen camino a seguir y se cree un patriota, existe quien cree que la Patria son los Van Van, Celia Cruz y las bailarinas de Tropicana (este debería ser el momento de saltarme al cuello).
Yo entiendo que no se debe llamar al divisionismo, que debe haber un lugar para todos, decoro para todos, respeto para todos. Sin embargo, creo también que uno ha de dejar siempre claro qué sociedad quiere y con quién decide caminar qué caminos y con quién, sencillamente, no camina.
Porque mañana, en nombre de la unidad, se podría ver a Ileana Ross entrando a poner flores a Martí de la mano de un pionero o se podría abrir la UMAP de nuevo; en nombre de la democracia y la libertad, podrían surgir los hospitales y las escuelas privados (a fin de cuentas, la lógica de algunos es que, si usted tiene el dinero, debería ser libre de pagar por salud y educación exclusivas). Mañana, alguien podría, en nombre de la paz, llamar a que se tolere la discriminación, la exclusión y la barbarie.
Negar nuestras diferencias es negar la lucha de clases. Quien llama a la unidad sin estar dispuesto a trabajar por ella y a hacer concesiones al otro, quien esgrime la democracia solo cuando favorece sus intereses de clase, quien aborrece el conflicto porque le conviene el status quo es o un extremista o un pillo (y a estas alturas nadie sabe qué es peor).
Los extremistas están en las puntas de la soga, arengando porque florecen en la tensión y los pillos corren de un lado a otro haciendo cosquillas a ver quién suelta primero el cabo. A ninguno les conviene que la cuerda se reviente, ninguno pregunta a los que tiran si quieren acercarse un poco.
Yo lo siento, pero si tú crees que la salud y la educación se deben cobrar, no podemos estar unidos sobre políticas sociales; si crees que la prensa en Cuba está bien y que al pueblo se le deben ocultar cosas por su propio bien y el del país, no podemos estar unidos sobre políticas de comunicación, por ejemplo.
Si eres un anexionista, un burgués, homófobo, un racista, un clasista, un xenófobo o un sexista; en esos aspectos no podemos estar unidos. Te mereces toda la dignidad, tienes todo el derecho de ejercer tu criterio, pero yo tengo el mismo que tú, y el deber conmigo mismo de hacerlo todo el tiempo y decir que creo que te equivocas.
Y si estás de acuerdo conmigo en unas cosas y otras no, deberías esperar que no pare de hablar sobre lo que nos separa porque lo que nos une ya es camino transitado. No creas que callaré para alegrarte con la unidad que te conviene.
La unidad nunca será completa, la democracia solo sirve para encontrar el mejor aproximado posible y la paz solo vale la pena cuando se basa en un consenso construido por la mayoría y meditado por todos.
De nada sirven la unanimidad, el populismo y la paz de los sepulcros.

Ariel Montenegro
La Joven Cuba