sábado, 11 de febrero de 2017

Crónicas del día a día: Ante (y antes de) la Feria del Libro del 2017




A partir de este jueves y hasta el próximo día 19, La Habana será el corazón de ese mundo real y maravilloso donde la gente compra libros y los lee.

Ya casi no es posible cumplir a cabalidad con el título de esta crónica: son las 4 y 20 de la mañana del viernes 10 de febrero y la Feria, en rigor, comenzó ayer con el acto de inauguración en la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Pero hoy es que comenzará a subir la gente en busca del libro deseado o de la tarde disfrutable en esa magnífica locación.
Pero como sigue existiendo para mí la idea (y la necesidad) de escribir esta crónica del día a día sobre ese tema, me lanzo a comenzarla, atento a los albores en la ventana que da al mar de La Habana del Este, tratando de reunir y resumir los asuntos que la hacen necesaria para mí.
Quiero saludar la llegada de esta nueva fiesta del libro y desearles suerte y éxito a sus organizadores encabezados por nuestro amigo, el laborioso y tenaz Juanito Rodríguez. Por las noticias anunciadas en alguna conferencia de prensa y por la revisión rápida de lo que aparece en las informaciones iniciales de y sobre la Feria, alegra conocer que se han tomado medidas tendientes a eliminar –o a menos, reducir– algunos de las desastrosas realidades de la Feria del año anterior, que fueron objeto de fuertes y justas críticas en el sitio digital Cubadebate y otros medios (sobre todo o casi únicamente) digitales.
Ante la amenaza del inminente amanecer en la ventana, necesito sintetizar algunas de las medidas que se han tomado en esta Feria, y reservar el tiempito necesario para alguna reflexión de más alcance sobre los temas pasados –sobre todo para contribuir a que no se repitan.
Se anunció en la conferencia de prensa que la poligrafía había resuelto este año sus problemas logísticos y organizativos que la llevaron a dejar de entregar –según se informó entonces– más de 200 títulos comprometidos previamente con la Feria. (En este punto, una aclaración mínima en su magnitud, pero importante para nuestro trabajo: 5 de los 10 libros que Ediciones La Memoria preparó y entregó en tiempo a las entidades impresoras (Federico Engels, Palco…) no estuvieron listos para la Feria de febrero del 2016 y fueron apareciendo (y los fuimos presentando) a lo largo del año; estarán presentes (¡albricias, ahora sí!) entre los títulos del Centro Pablo en esta Feria del 2017, junto a otros libros producidos en el período, como el de la doctora Adelaida de Juan o el del poeta y crítico Guillermo Rodríguez Rivera).
Deseamos fervientemente que la poligrafía este año ha cumplido, como se ha anunciado, y no se produzca, como en el anterior, ese desbalance anticultural que supone la abrumadora preponderancia de la chatarra colorida de las muñecas barbies y la profusión de afiches de inexistente valor artístico y otras bisuterías disfrazadas de cultura que nada tienen que ver con una Feria del Libro que aspire a ser respetada como tal. Es cierto que pudieran existir lugares y espacios donde el público pueda adquirir, si lo desea, en cualquier momento del año, esos productos, pero la inexistencia de esos lugares no debe convertir un hecho cultural como la Feria del Libro en territorio franco para la banalidad y el incentivo masivo para la estupidización generalizada, ante el desbalance con una oferta cultural empobrecida por los incumplimientos en la entrega de libros (libros de verdad, digo) al evento.
Ya se nota, por las instalaciones y carpas que se terminaban de armar hoy, que el predominio gastronómico no va a convertir esta Feria –como venía ocurriendo desde ediciones anteriores– en un espacio únicamente alimentario, de abundante condumio y generosos bebestibles, dejando para segundo, tercer plano su objetivo principal: ser un hecho cultural que enriquezca espiritualmente al público (al pueblo) que visita el evento. La Feria, lo sabemos todos, por su hermosa locación (pero también por la calidad de su oferta cultural) puede –y debe– ser un espacio agradable y asequible para toda la familia. Pero, para que no se alteren las prioridades y desaparezcan las aspiraciones culturales, cada cosa debe estar en su lugar. La fritanga y la cerveza –si deliciosas y frías, mejor– en los espacios fuera de las áreas destinadas a los objetivos principales de la Feria. Por la ubicación de las carpas que se han visto hoy, este será un problema que no se repetirá en esta edición del evento. Nuestras felicitaciones por esa acertada decisión.
Metidos ya en el tema de las carpas: este año se instalará en una de ellas esa institución cultural que es la librería central del evento, inexplicablemente eliminada en la Feria del 2016, ante el estupor y la indignación del público (del pueblo) que cada año hace largas colas para acceder a los libros que desea en esa área única donde puede encontrarse, junta, toda la oferta editorial cubana (y alguna, en mucha menor medida, extranjera) disponible en la Feria. Esa decisión acertada de este año se debió, supongo yo, a la contundente reacción de cientos de personas que criticaron, frontal y sinceramente, en las páginas del sitio Cubadebate ese y otros desaciertos de aquella Feria del 2016.
Lamentablemente algún otro órgano de la prensa establecida (impresa) –recuerdo, mientras casi termino de escribir esta crónica– específicamente al periódico Granma (no sé si algún otro medio semejante también lo hizo) dedicó entrevistas a los organizadores del evento en las que ninguno aceptó las críticas y recomendaciones de la gente (ese ente maravillosamentae masivo y popular a quien siempre se debiera prestar atención (no formal, discursiva, sino efectiva y concreta) en las decisiones sobre estos temas culturales, (y en los de cualquier otra índole en el país).
Recuerdo que el entonces director de la Cámara del Libro defendió los supuestos aciertos del evento masivamente criticado con el patriótico (pero insostenible, en este caso) argumento de que había sido “una feria digna”. Digna de qué y de quién, cabría preguntarse. Y otro entrevistado allí –en este caso un escritor de valía que seguramente conoce el valor del asunto sobre el que le preguntaban– dijo que estuvo bien quitar la librería central en esa edición del evento y que nunca se volvería a organizar esa modalidad en la Feria. Al parecer aquella rotunda (e inexplicable, por la procedencia en este caso) declaración de principios anti librería central no se aplicará en esta edición de la Feria. Si es así, felicidades por la reconsideración del tema sugerida por cientos de gentes durante la Feria del año pasado.
Lo bueno (y lo malo por el tiempo extra que reclama para su redacción) es la concatenación de temas afines que un género tan útil y dúctil como la crónica propicia. Así me sucede ahora, cuando este trasnochador (que no trasnochado) texto roza el tema de la prensa, sus posibilidades no explotadas, sus aciertos, sus ausencias, sus cada día más evidentes ineficiencias que conspiran contra necesidades y urgencias del proceso transformador (y necesario y complejo y múltiplemente riesgoso) que vive el país en estos momentos.
Y recuerdo –todavía sin albores en la ventana donde aparecerá el mar en pocos, no sé cuántos, minutos– que en el mismo órgano de prensa ya citado se publicaron entonces, como palabras inaugurales de la Feria del 2016, efectivamente el texto leído en la ocasión por la presidenta del evento, pero con varios añadidos que intentaban responder/minimizar/descalificar, los cientos de argumentos, de opiniones de las gentes aparecidas en la prensa digital como Cubadebate, que había comenzado a difundir, como cumplimiento necesario y plausible de sus funciones periodísticas y comunicacionales.
Esta espiral abre sus horizontes hacia temas que resulta necesario debatir –Y RESOLVER– ahora que todavía hay tiempo, no se sabe cuánto: como no sé yo mismo ahora cuánto falta para que ese filo de luz que veo en el horizonte de la Habana del Este se convierta en el amanecer que marca el momento en que yo debía terminar –y termino– esta crónica del día a día “Ante (y antes de) la Feria del Libro de 2017”.
Suerte y felicidades a sus organizadores. Y cuenten con el modesto apoyo centropabliano si alguna vez lo necesitan.

Víctor Casaus