jueves, 6 de agosto de 2015

El diferendo Cuba-EEUU no es un conflicto de la Guerra Fría




Los medios repiten una y otra vez que el diferendo Cuba-EEUU es “uno de los últimos conflictos de la Guerra Fría”. Y no es cierto. O, al menos, no es completamente cierto.
Porque el conflicto entre Cuba y EEUU –o lo que es lo mismo, la pretensión de dominio colonial de EEUU- no comenzó con la Revolución cubana.
En 1823, el Presidente James Monroe presentó lo que se conoce como Doctrina Monroe, sintetizada en la frase “América para los americanos” -o mejor dicho, para los norteamericanos-. Fue elaborada por el estadista John Quincy Adams, autor también de la línea de política exterior referente a Cuba, conocida como “política de la Fruta Madura”. “Cuba, si es separada de España, tendrá que gravitar hacia la Unión” -afirmaba Adams-, porque “es de trascendental importancia para (nuestros) intereses políticos y comerciales".
La Doctrina Monroe no solo fue la apuesta de EEUU frente a competidores imperialistas europeos por dominar América. Sobre todo fue la pretensión de torpedear los intentos de Simón Bolivar por conformar una Liga o Unión Latinoamericana y caribeña de países independizados de España.
Años más tarde, esta línea de pensamiento imperialista fue completada con la doctrina del “Destino Manifiesto”, que sostiene que los EEUU tienen, asignados por la Providencia divina, el “destino manifiesto” de extenderse por todo el continente “para el desarrollo del gran experimento de libertad”.
Así fue cómo EEUU justificó su intervención en la guerra que libraban los independentistas cubanos frente al Imperio español, para convertir –finalmente- a Cuba en una neocolonia norteamericana. De hecho, insertó por la fuerza, en la primera Constitución cubana, su derecho a tener bases navales o intervenir militarmente en el país cuando fuera necesario.
Todo eso es lo que quedó truncado en 1959 con el Triunfo de la Revolución cubana. Pero la historia comenzó mucho antes. Aunque los medios sobre esto no digan... ni una palabra.

Cuba-EU: un conflicto muy anterior a la Revolución

Es la hora de las celebraciones muy justificadas por el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos y la reapertura de las respectivas embajadas el ya histórico 20 de julio. De la emoción que millones sentimos al contemplar la bandera de la estrella solitaria proyectarse hacia el cielo de Washington de la mano del canciller Bruno Rodríguez y de tres soldados de la patria.
De no escatimar el reconocimiento al presidente Barak Obama por su valiente ruptura con la rutina agresiva de más de medio siglo y el inicio de un diálogo civilizado con el mayor respeto por la soberanía de Cuba. De proclamar que sin la heroica resistencia del pueblo cubano, el sabio liderazgo de Fidel y Raúl y el reclamo de toda América Latina y el Caribe este desenlace no habría sido posible. De agradecer a los sectores populares, religiosos, intelectuales, políticos y empresariales que tanto han remado contra la corriente en Estados Unidos para llegar hasta aquí. De reconocer a China y Rusia su amistad y solidaridad con Cuba mientras mayor era su poderío y más se consolidaba la multipolaridad; como a todos los gobiernos que han votado en la ONU durante 17 años contra el bloqueo.
Pero también es la hora de no olvidar el contexto histórico que dio lugar a las desavenencias existentes entre ambos países, algunas insuperables mientras en Cuba ondee la bandera del socialismo, que estoy seguro será por todo el futuro previsible. De tener siempre presente que el conflicto entre Cuba y Estados Unidos no inició con la revolución cubana como afirman mendazmente los medios de comunicación hegemónicos y los ideólogos de la contrarrevolución, aunque indudablemente después de 1959 adquirió una intensidad nunca vista.
La evidencia histórica apunta fehacientemente a una aspiración al dominio y a la anexión de la isla por parte de la burguesía de las 13 colonias años antes de la revolución norteamericana(1776). Tanto es así que después de la toma de La Habana por los ingleses(1762), quienes más se opusieron ante Londres a su retirada fueron los grandes negociantes de las colonias del norte, cuya prosperidad dependía mucho del tráfico de ron y melaza abundantes en Cuba y por eso aportaron cientos de hombres a las tropas británicas que invadieron la capital cubana. Esta tendencia se vio delineada a principios del siglo XIX y, sobre todo, a partir de la proclamación de la Doctrina Monroe(1823). Desde entonces, Washington llevó a cabo numerosas acciones dirigidas a la anexión de la isla, que tuvieron su expresión más inequívoca en la intervención militar de 1898, seguida de otra ocupación y un sinnúmero de actos injerencistas que no se detuvieron hasta 1959.
Al darse cuenta que en Cuba había triunfado una verdadera revolución, cuyos líderes, encabezados por Fidel, no estaban dispuestos a renunciar a la independencia y soberanía del país, Estados Unidos rompió relaciones diplomáticas con la isla y se embarcó en lo que merece calificarse sin exageración como una guerra no declarada. ¿De qué otra manera puede llamarse a una campaña de cientos de acciones terroristas que duró hasta años recientes, la derrotada invasión de Bahía de Cochinos, numerosos episodios de guerra biológica, planes desestabilizadores que continúan y, por no abundar, al bloqueo, que sigue en pie aunque el presidente Obama lo haya flexibilizado muy discretamente y pedido al Congreso su levantamiento.
Sin este recuento muy sintético no es posible entender la raíz del conflicto bilateral y la naturaleza de ambos contendientes, en que Washington, que sigue siendo expansionista e imperialista ha sido el agresor. El pueblo de Cuba, en cambio, ha actuado siempre en defensa de su derecho a la independencia, la soberanía y la autodeterminación frente a las agresiones del vecino. Actuación mucho más consciente y combativa cuando el gobierno revolucionario comenzó a tomar medidas encaminadas a mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos, que necesariamente afectaron intereses de las grandes corporaciones estadunidenses y provocaron una feroz hostilidad de la potencia norteña.
Ello no se debía solamente a los intereses afectados por las medidas revolucionarias sino también al temor de que el ejemplo fuera seguido por otros países en la región que hasta entonces consideró su patio trasero y en la que nunca permitió, ni acepta hasta hoy, reformas que modifiquena sus dictados. Ahí tenemos el ejemplo de la hermana Venezuela.

Ángel Guerra Cabrera – Blog “La pupila insomne”