domingo, 6 de octubre de 2019

El joven albañil que devino guerrillero




Asaltante al Moncada, expedicionario del Granma y fundador del Ejército Rebelde; como jefe del Tercer Frente Mario Muñoz cumplió exitosamente todas las misiones que Fidel le asignara

Juan Almeida Bosque (17 de febrero de 1927-11 de septiembre de 2009), nació negro y pobre dentro de una sociedad clasista en la que imperaban las desigualdades sociales. Supo desde muy temprana edad de la discriminación por el color de la piel y las angustias del desalojo, cuando a sus padres no les alcanzaba el dinero para pagar el alquiler y la familia era arrojada a la vía pública con sus bártulos. Vivió en barrios periféricos, olvidados por Dios y el acueducto municipal, en los que había que acarrear agua en latas desde distantes lugares a través de matorrales y trillos. Como muchos niños de su condición social, canalizó su rebeldía en pandillitas que protagonizaban batallas a pedradas, de las que no siempre salió bien parado. Pero pronto tuvo que despojarse de los juegos de infancia y comenzar a trabajar.
A los 11 años el entonces preadolescente Juan Almeida entró a laborar en un balneario de Miramar como mozo “hace de todo”. Realizaba tareas de limpieza, podaba el césped y las plantas, regaba agua, paleaba arena en la playa, le arreglaba sus juguetes a la hija del director. Su mayor hazaña fue pintar un asta de unos 25 metros de alto, colgado de una guindola (andamio volante de tres tablas) que con el fuerte aire se mecía peligrosamente y puso en riesgo su vida. A los 16 años quedó cesante.
En el balneario conoció a un estudiante de bachillerato del colegio de Belén llamado Fidel Castro. No intimaron mucho porque la apretada agenda de trabajo de Juan no le permitía socializar. Volvieron a reencontrarse casi una década después, inmersos ambos en la oposición armada contra la tiranía batistiana. El muchacho de Birán, devenido prometedor abogado, lo reconoció enseguida para sorpresa del joven negro, que desde los tiempos del balneario había tenido que desempeñarse como aprendiz de constructor, listero, tractorista, cobrador de anuncios en un periódico, hasta convertirse en albañil.

El joven revolucionario

Su amigo Armando Mestre, albañil también y vecino como él del capitalino reparto Poey, lo vinculó a la Generación del Centenario. En Prado 109 (sede del Partido Ortodoxo), Fidel los captó para su Movimiento y los citó para hacer prácticas de tiro en seco, primero; y luego en varios sitios de Habana campo, donde ya dispararían con armas verdaderas.
En la Granjita Siboney, en vísperas de las acciones del 26 de julio de 1953, le destinaron un fusil calibre 22. Luego vino la retirada, su captura por el Ejército, el Vivac, la prisión de Boniato. Durante el juicio a los moncadistas, ante el fiscal que le interrogaba, contestó: “Yo declaro bajo juramento que sí participé en el asalto al cuartel Moncada y que nadie me indujo, a no ser mis propias ideas que coinciden con las del compañero Fidel Castro y que en el caso mío provienen de la lectura de las obras de Martí y de la historia de nuestros mambises”. Cuando le preguntaron si se arrepentía de su participación en los hechos, replicó: “No, señor, si tuviera que volver a hacerlo lo haría, que no le quepa la menor duda a este tribunal”.
Sancionado a 10 años de reclusión, devino el preso 3833 en el llamado Presidio Modelo de Isla de Pinos.

Persecución implacable

Bajo la presión del pueblo, Batista se vio obligado a conceder la amnistía a los moncadistas. No por ello cejó en su persecución y a los pocos meses de la salida del presidio (15 de mayo de 1955), Raúl primero y luego Fidel tuvieron que marchar a México. La tiranía no les dejaba otra opción a los revolucionarios que la del 68 y el 95. A los combatientes que permanecieron en Cuba la Dirección del Movimiento 26 de Julio les dio la indicación de que, cuando el acoso del régimen dificultara su movilidad y les hiciera casi imposible desarrollar sus actividades como militantes, partieran también hacia el exilio.
Sobre Almeida el aparato represivo de la tiranía desarrolló una vigilancia tenaz. Un policía, vestido de paisano, frente a la puerta de su casa, intentaba controlar sus salidas y lo seguía a todas partes. El joven albañil lo eludió varias veces cuando salía por el patio trasero y se internaba en un terreno sin edificar al fondo de su vivienda. La Policía tomó represalia y el 30 de diciembre, a media tarde, irrumpió en su hogar.
Lo llevaron al tenebroso Servicio de Inteligencia Mili tar (SIM). Sufrió un inútil y largo interrogatorio. Respondió con monosílabos y frases cortas. Lo retuvieron unas 24 horas. Haydée Santamaría comenzó a hacerle los trámites para el pasaporte y un pasaje en barco para Veracruz, México. Partió el 9 de febrero de 1956.
En el hermano país realizó entrenamientos guerrilleros. Emprendió caminatas de cinco o seis kilómetros diarios que luego se extendieron a ocho y nueve kilómetros. Cruce de farallones con sogas, salto, dormir a la intemperie, andar de noche sin luna unidos uno a otro por una soga.
De nuevo en la capital mexicana lo detuvo la Policía Federal. En la sede de esa institución se encontró con Fidel y cuatro combatientes más. Lo sometieron luego a un prolongado interrogatorio. Todos fueron trasladados después a la cárcel de Miguel Schulz 136. La solidaridad mexicana no se hizo esperar y diversas organizaciones estudiantiles y profesionales reclamaron su libertad. El general Lázaro Cárdenas intercedió ante el presidente de la república y los revolucionarios lograron salir de la prisión.
Despedida
En vísperas de la partida hacia Cuba, Juan Almeida sintió, aunque desconocía la fecha exacta, que el momento se acercaba. Por ello le pidió a otro combatiente que lo acompañara a encontrarse con Guadalupe, una linda mexicanita con la que había mantenido relaciones desde su llegada a estas tierras. Por orientaciones de Fidel nadie podía andar solo bajo ninguna circunstancia y también estaba prohibido hablar por teléfono.
Ella presintió algo porque en vez del acostumbrado paseo le pidió ir a la Ermita a ver a la Virgen de la Guadalupe, la patrona de ese pueblo hermano. “Le he pedido por ti, porque todo te salga bien”, le dijo a Almeida delante de la imagen de la santa. Sin mirarle a los ojos, inquirió: “Juan, ¿te vas?”. Entre los dos se interpuso el silencio. “Sí, nos estamos preparando”. “¿Escribirás?”. “Tan pronto pueda”. Se miraron. “Eso me consuela, sabré de ti. Como ya le pedí a la Virgen, todo te saldrá bien”. Abandonaron la ermita. Afuera estaba lloviznando.
La temperatura había descendido. En el tranvía, él, amorosamente, le abrochó el cuello del sobretodo. Ella se quitó la bufanda y la anudó al cuello del cubano. Se abrazaron por última vez. Ya era de noche. De regreso a la casa que le servía de refugio Almeida buscó lápiz y papel, y comenzó a escribir: “Ya me voy de tu tierra, mexicana bonita…”.
Los expedicionarios del Granma, extenuados, con ampollas sangrantes en los pies, acamparon en un bosquecito a la orilla de un cañaveral, en una hondonada rodeada de elevaciones. A media tarde comenzaron a repartir dos galletas y un pedazo de chorizo por persona. Cuando Almeida estaba a punto de recibir su magra ración, instintivamente observó que su reloj marcaba ya las 4:20 p.m. Una avioneta surcó el cielo y se entretuvo mirándola. Entonces se generalizó el tiroteo.
Fidel y otros de los integrantes del destacamento guerrillero desde su formación en Cinco Palmas. De izquierda a derecha, Guillermo García, Che, Universo Sánchez, Raúl (agachado), Crescencio Pérez (al lado de Fidel). Sentados, Ciro Redondo y Juan Almeida. (foto: cortesía de Verde Olivo)
Junto a Fidel y otros de los integrantes del destacamento guerrillero desde su formación en Cinco Palmas. De izquierda a derecha, Guillermo García, Che, Universo Sánchez, Raúl (agachado), Crescencio Pérez (al lado de Fidel). Sentados, Ciro Redondo y Juan Almeida. (foto: cortesía de Verde Olivo)
Parecía como si dispararan de todos lados. Se tiró al suelo y arrastrándose avanzó hacia donde estaba el Estado Mayor. Che, herido en el cuello, estaba sentado, recostado a un tronco. El joven albañil sacó su pistola ametralladora y comenzó a disparar hacia donde le tiraban. Un guardia gritó: “Ríndanse, ríndanse”. “¡Aquí no se rinde nadie, cojones!”, respondió..
Fidel, con un certero disparo, dio la orden de ataque. Almeida avanzó al frente de su grupo. Cuenta un testigo que desafiando la balacera le gritaba al pelotón: “Avancen, otro avance más, otro avance más”. Los hombres se levantaron al mismo tiempo que él y emprendieron una carga temeraria. El nutrido fuego del enemigo hizo estragos en los rebeldes. Alguien comenzó a cantar el Himno Nacional y para Almeida fue como una orden. Se volvió a parar y gritó: “Adelante, hay que tomar el cuartel, hay que tomarlo… Avancen, avancen”. Neutralizó a un soldado que disparaba desde la trinchera, pero a la vez recibió balazos en el pecho y en un muslo. Dos combatientes lo arrastraron a un lugar seguro. “Sigan, sigan, hay que tomar el cuartel.” A lo lejos oyó voces: “Se rindieron, se rindieron los guardias”. Cuando Fidel vino a ratificarle la noticia, Almeida ya había perdido el conocimiento.

El Tercer Frente

El 27 de febrero de 1958 Fidel informaba públicamente su ascenso a Comandante, a la vez que lo designaba “jefe de la columna 3 que operará en el territorio de la Sierra Maestra al este del poblado de María Tomasa, debiendo extender el campo de operaciones lo más lejos posible hacia esa dirección”. Dos días después su tropa y la de Raúl emprendieron la marcha hacia sus futuras zonas de combates. En Puerto Arturo ambas fuerzas se separaron. A partir del 5 de marzo Almeida y sus compañeros iniciaban la primera etapa de lo que después se conocería como el Tercer Frente Mario Muñoz Monroy.
Las primeras tareas que emprendieron fueron la organización de los grupos de escopeteros, que ya existían en esa zona, y la preparación de acciones con vistas a apoyar la Huelga General Revolucionaria que la dirección del Movimiento 26 de Julio estaba preparando en el llano. Entre el 10 y el 11 de abril, efectuaron ataques al entronque de Mergarejo y al poblado de El Cobre. En esta última localidad volaron el polvorín.
El revés de la Huelga del 9 de abril provocó que Fidel ordenara el regreso secreto y paulatino al territorio de la columna 1 de las fuerzas al mando de Camilo, Almeida, Ramiro y Crescencio Pérez, ya que la tiranía batistiana se proponía desarrollar la famosa Ofensiva de Verano o plan FF (Fin de Fidel) contra el bastión guerrillero de la Sierra Maestra. Aunque Almeida acudió con el grueso de su tropa al llamado de Fidel, el Tercer Frente no dejó de existir ni de luchar pues en su zona quedó un valeroso grupo de oficiales y combatientes.
Derrotada la ofensiva batistiana, el 16 agosto de 1958 Juan Almeida estableció su campamento en La Lata. El Tercer Frente, con más efectivos y tres columnas, tenía ahora como misión estrechar el cerco a Santiago de Cuba. Junto con fuerzas del Primer y Segundo frentes sus efectivos participaron durante los últimos días de la tiranía en varios combates decisivos, como los de San José del Retiro, Maffo, Baire Abajo, Central Palma y Palma Soriano. Paralelamente columnas de ese frente culminaban el cerco a Santiago de Cuba.
El 1º de enero de 1959 amaneció con una agradable noticia que propagaba la radio: “Se fue el tirano”. Feliz inicio de lo que sería, al decir del propio Almeida, “un año agraciado, extraordinario e inolvidable”. Pero no se había alcanzado la meta, como Fidel alertó en más de una ocasión, sino solo el principio: “no nos engañemos creyendo que todo será más fácil. Quizás en lo adelante todo será más difícil”. Pero el joven albañil devenido guerrillero, sin dejar de reconocer la certeza de las palabras del Comandante en Jefe, siempre estuvo optimista: “será más difícil, pero esta vez, con el pueblo participando a nuestro lado, más segura está la victoria”.

Pedro Antonio García

Fuentes consultadas

Los libros: ¡Atención! ¡Recuento!; La Sierra; Por las faldas del Turquino, y La Sierra Maestra y más allá, de Juan Almeida y El juicio del Moncada, de Marta Rojas.

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