domingo, 24 de mayo de 2009

La Casa del Vedado


En G y Tercera está sin dudas la verdadera sede matriz del hogar de Haydée Santamaría. Las diferentes casas donde vivíamos eran apenas sus prolongaciones. Nosotros fuimos familia coyuntural. Mi hermano y yo estuvimos siempre a duras penas “militando” en su verdadera familia: Los hombres buenos del mundo, que de alguna forma están representados en estas imágenes.
La Casa de las Américas no era con mucho esa edificación con silueta de iglesia que se yergue en el litoral del Malecón habanero. Haydée complicó sus fronteras con una definición muy sutil: Casa más que un inmueble era una manera de actuar, de percibir, de comportarse. Una amalgama sentimental entre talento, bondad y aventura donde todo aquel que era acogido lo era tan sólo por aportar un color, un vocablo ingenioso a esea permanente obra que es el arte revolucionario, o la revolución artística, nunca lo he sabido con claridad.
Un obra que sigue su curso y que año tras año no se cansa de invocarla, tan sólo porque Haydée fue poseída por los ángeles. Ningún fundador de esta rara institución aceptaría que la pequeña oficina donde mi madre tenía una pequeña silla de estilo y el grandioso y casi infantil Martí de Abela, o el salón de “la Mesa redonda” donde ejercía los Consejos de Dirección llenos de fantasía y empeño, o la Biblioteca donde de seguro está el libro que usted busca...Que todo eso fuese La Casa. La Casa del Vedado de Haydée tenía fronteras humanas. Los cómplices del buen gusto y los cómplices de la revolución conformaban esta empresa.
Recuerdo con nostalgia creciente aquellos días en el hotel Pasacaballo de Cienfuegos, donde además de decidir al afortunado ganador del lujoso Premio Casa los jurados disfrutaban de las ocurrencias increíbles de Haydée. Al equipaje con todas sus medicinas para el asma sumaba mi madre una pintoresca maleta de mimbre llena de cuantas bromas pondría usted imaginar. La actuación estelar era la de fantasma. Para eso sólo necesitaba una media de mujer ajustada al rostro de tal manera que desfiguraba los labios y la nariz, una sábana cubriéndole todo el cuerpo, y esperar las doce de la noche. Entraba en los dormitorios en complicidad con las autoridades del Hotel y asustaba al más serio de los jurados. Frente a mi madre se rompía todo recato. Todos se ahogaban de risa frente a sus atrevimientos.
Otras veces se aprovechaba el Premio para disfrutar en la sucursal de la Casa de Flores los tamales en casuela. Recuerdo con gusto el silencio respetuoso que reinaba cuando “se viraba la tortilla” Se tomaba como un acto revolucionario. Todos en silencio y con preocupación asistían a dicho viraje. La tortilla española de 100 huevos se cocinaba durante una hora o más. Las papas se las echaban crudas. ¡Y se cocinaban! Decía Galiano que a la Casa debería dársele el premio Nóbel de Física por esta humanidad que abarrotaba “La Casa” con sus fronteras imaginarias y que cupiera todo el mundo. Pues el de química también Yeyé lograba cocinar papas dentro de huevos batidos. La receta no me la dio jamás.
Después de su partida, año tras año en cualquier celebración de la Casa, mi amado Roberto habla como si mi madre acabase de morir. Después de más de veinte años tiemblan los compañeros de Casa al pronunciar su nombre. Lo mencionan bajito y despacio como retrasando la palabra Haydee, que parece contener algunas esencias de la persona recordada en los labios para volver a verificar que ella está ahí, en sus corazones.
De alguna manera los compañeros de la Casa se convierten en mis hermanos de orfandad, pues a mi me sucede lo mismo. Es como un vicio de sentirla viva en nosotros o no poder terminar de llorarla
Esta exposición es apenas una muestra de los más felices inatentes de Haydee y de sus mejores amigos y hermanos. La cofradía de sueños en que se convirtió Casa sigue pegada a su paredes y de seguro el espíritu travieso y revolucionario de ella se enrolla y se pliega en cada recodo del Árbol de la Vida que es sin dudad su verdadera tumba, precisamente porque no lo es. Murió tan sólo para seguir viviendo como lo deseaba. Allí en cada reunión en cada celebración el fantasma de Haydee nos acompaña desde ese árbol color fuego, en cada pez, cada rostro o cada ave, Y de seguro cuando perdemos la fe, cuando no alcanzan las esperanzas o la virtud, aparece ella, sigilosamente y nos asusta risueña con la misma sábana blanca y su media de mujer ajustada al rostro.

Celia Hart