domingo, 24 de mayo de 2009

La Casa de las Américas y la Haydée nueva.



Osada, auténtica y joven siempre, apareció esta vez Yeyé, en un espacio de debate de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana (FCOM), sobre su labor en la Casa de las Américas.
Extraña mezcla de melancolía insalvable, humor constante y de un sentido de la vida y la Revolución, tan intuitivo como certero: así revelaron (además de rebelada), a Haydée Santamaría en el documental De la ausencia y de ti.
La nostalgia de Vicente Feliú y de Retamar, el recuerdo de Silvio Rodríguez, en la obra de un grupo de estudiantes del pasado cuarto año de Periodismo, se conjugaron con la visión familiar e íntima de su hija, para rememorar a una mujer, que trascendió al 26 de julio de 1953.
«Como la flecha de la vida, así era, siempre disparada para adelante». Su hija Celia Hart la recordó con esa imagen en el espacio de debate La Cafetera, donde resurgió la Yeyé que no distinguía entre la casa del Vedado y su hogar. Sus hijos crecieron allí y, los artistas de Casa transitaban constantemente por el reparto Flores, para crear una gran familia que abarcaba más que un lugar físico.
«Mi hermano (Abel) y yo tuvimos que aprender a convivir así, algo doloroso y hermoso al mismo tiempo. Todos militábamos juntos: sus dos hijos y los miles de hermanos postizos que cambiaban todos los años, hijos de guerrilleros, de desaparecidos, de Venezuela, Uruguay».
Haydée sabía abrir puertas y crear en los jóvenes una nueva virtud, que salía de su propio ejemplo de pensamiento y obra. «Si yo logro sentirme revolucionaria y sentir más allá de las cosas materiales fue gracias a esa educación herética. No podíamos tener más de un par de zapatos y, si teníamos otro, había que regalarlo. Y así fue creciendo en mí odio hacia los objetos».
La juventud va más allá de una etapa biológicamente delimitada, puede convertirse en una actitud ante la vida, en una forma del ser, intrínsecamente auténtica y renovadora. Esa cualidad se unía en ella con la tristeza por las grandes pérdidas. «Hay algunas imágenes de Yeyé con una melancolía dichosa, sin que los dos términos lleguen a ser contradictorios, aunque parezcan».
Celia conserva todavía un cajón de mimbre, lleno de bromas: un huevo frito plástico, cucharitas con huecos… Ella adoraba, durante las fiestas en su casa o en las reuniones en Pasacaballos para otorgar el Premio de Casa, gastarles bromas a sus amigos, incluso a los más serios. Silvio Rodríguez la definió, en el documental De la ausencia y de ti, como una niña campesina, que le gustaban esas malas jugadas inocentes, como aparecerse disfrazada de fantasma.

LA CULTURA TRASTOCADA COMO FUSIL

La Casa de las Américas debería recibir el Premio Nóbel de Física por reunir a tanta gente en un espacio tan pequeño, bromeó una vez Eduardo Galeano, durante la nostálgica época de los ´60. La labor cultural de la también heroína del Moncada en ese centro, era el reflejo de concebir a la cultura como un arma vital para la Revolución: fenómeno de renovación constante, sin limitarse a fronteras nacionales.
Haydée decía cosas tremendas, como que la Casa de las Américas estaba en el Malecón para ser la primera en defender a Cuba, en caso de una invasión por mar, recordó Celia. «Lo curioso de eso era, que los primeros en defenderla iban a ser el pincel de Mata y la guitarra de Silvio».
Ella, sin leer teoría marxista, supo entender que la única forma de defender la Revolución cubana era proteger la de América Latina y, la primera vía que tuvo fue desmontar el bloqueo cultural. Celia Hart confirmó que la visión comunista de Haydée pasaba por un filtro emotivo, de intuición. Supo romper el estado de sitio cultural que sometía al proceso revolucionario cubano junto a Manuel Galich, García Márquez, Mario Benedetti y Julio Cortázar, entre otros.
«Retamar dijo que era como si la Casa de las Américas nos hubiera parido y, yo le digo que somos hermanos de orfandad, porque el sentimiento de pérdida es el mismo».
A veces, cuando Celia se encuentra en Casa, junto a quienes la conocieron, le parece verla, encorvada, esconderse detrás del árbol de la vida.

Ivet González Lemes

04/05/2007