martes, 5 de mayo de 2009

El colibrí de la epopeya



Prólogo o motivos del libro inédito Los amores de Celia, sobre la mítica Celia Sánchez Manduley, paradigma femenino de la revolución cubana. A los 28 años de su entrada en la eternidad del ejemplo.

Celia era una presencia venerada en el periódico Juventud Rebelde aquel año 1970 cuando con mi maleta de pueblerina floridana llegue al diario Juventud Rebelde que entonces dirigía el inolvidable Jorge López Pimentel. Todos los elementos de belleza que había en el edificio del antiguo Diario de la Marina eran regalo de Celia.
De vez en cuando se producía un revuelo en toda la edificación, como un movimiento de olas o del estado de sorpresa que deja el paso de un colibrí. Era que Celia había pasado por el periódico dejando siempre un ramillete de anécdotas. Que si se le había roto el carro en una esquina próxima y venia a llamar por teléfono, que si la recepcionista no la reconoció y no quería dejarla pasar o si había traído un nuevo obsequio. Se comentaba que Jorge López tenia una relación particular, de cariño, con ella y que asistía a una suerte de tertulia donde ella oficiaba de anfitriona y receptora de informaciones o promulgadora de bromas que hacían época.
Nunca tuve la dicha de encontrármela en aquellas visitas furtivas y fortuitas, pero el clamor de la leyenda me llegaba por muchas vías diferentes. Rara era la persona que no tuviera algo que contar de ella, porque lo había vivido o porque otros se lo habían contado. Desde la donación de una maquina de coser, una silla de ruedas, o un refrigerador a personas necesitadas hasta las averiguaciones de quejas por mal funcionamiento de organismos o instituciones. Ella semejaba en la imaginación popular una diosa todopoderosa y justiciera, dones ganados con su dedicación y fidelidad a las gentes comunes y a Fidel, con quien se comentaba tenia una relación privilegiada de influencias favorables desde los días de la Sierra Maestra. En el imaginario colectivo ellos eran la gran pareja revolucionaria y de alguna manera se complementaban en las funciones de padre y madre de los combatientes de la montaña y del mismo proceso revolucionario.
Era imposible vivir al margen de Celia, porque en el susurro cotidiano de la esperanza de la solución de cualquier problema siempre ella aparecía. También en la complicidad del pueblo con sus ocultos sentimientos religiosos en épocas de ateismo científico oficializado. Se decía que la cadena en su tobillo era el símbolo de sus creencias y que al principio asistía al centro espiritista del Doctor Rene Vallejo en Nuevo Vedado como lo había hecho en Manzanillo, de donde se conocían y habían trabajado juntos por la Revolución. Dioses, espíritus, misterio formaban parte de su leyenda. Con el transcurrir de los años a mí me seguían llegando informaciones de primera mano, porque en el albergue de Juventud Rebelde, donde tantos años habité, comenzó a vivir también el profesor de filosofía de la Escuela Nacional de Partido Ñico López y ella era su alumna.
Celia murió el 11 de enero de 1980 para sorpresa de muchos que no estaban al tanto de la enfermedad que la corroía. Desde entonces se convirtió en un icono mas de los altares porque las creencias populares la situaron entre las deidades del panteón yoruba que veneran. Entonces me encontré a Celia entre Elegúa, Ochún Y Yemayá, la dueña del mar, de quien se decía Celia era hija legítima. También en sesiones espiritistas donde se invocaba su espíritu y se aseguraba que su familia tenia esa tradición. Y no faltan buenas y buenos cristianos que pedirían su canonización, con lo cual ella se horrorizaría porque su mayor encanto era esa combinación de diabla y santa, de ser Angélico y a la vez tremebundo.
En ese mismo enero de 1980, cuando Celia partía, apareció en mi vida alguien, que adoraba a Celia y fue la primera persona a quien le escuche decir: si Celia estuviera viva no pasaría esto y se refería al gran éxodo de ese año y también a unos amores no comprendidos. Aquella frase funcionó como un catalizador para mí que de pronto me sentí impulsada a averiguar por que La flaca, como le decían cariñosamente muchos de sus compañeros cercanos, había dejado ese sentimiento de orfandad entre hombres poderosos y entre una población a las que muchas veces escuche repetir esa expresión de añoranza y pena profunda.
En 1983 comencé a fraguar un proyecto que denomine Plan de reanimación Cultural de la Sierra Maestra. De pronto sentí una necesidad irrefrenable de irme a las montañas aquellas, de hacer algo por aquellos lugares que sostuvieron al Ejercito Rebelde y si no fuera porque los ortodoxos considerarían poca seria la afirmación, diría que aquello fue un llamado de Celia. Cobró forma la idea de conocerla, de investigar y escribir sobre ella, de averiguar como esa mujercita de apariencia frágil se le volvió indispensable al invicto comandante de la esperanza del Siglo XX, cuando no parecían visibles, para las gentes que siempre juzga por las apariencias, los ingredientes de la heroína. Ni era bella en el sentido que tradicionalmente se le concede a la palabra, ni fue sobresaliente como estudiante, ni tenia capacidad para la oratoria, aunque desde pequeña hubo muchos elementos que revelaban atisbos de lo extraordinario que alienta en lo común y no siempre se torna palpable, pero en ella alcanzo la consagración del mito.
La Celia que se fue levantada ante mis ojos según las apreciaciones de las muchas personas cercanas que entrevisté, la lectura de sus cartas, los hechos contados por ella misma, no es perfecta, gracias a Dios, porque como se sabe lo perfecto es enemigo de lo bueno porque no puede ser mejorado y el camino martiano del mejoramiento humano es infinito. Pero resulta un ser fascinante, una transgresora, una conjugación astral muy particular, donde los celos, el sentido posesivo, la pasión convive con una generosidad, un desprendimiento y un sentido de la entrega solo posible en una sensibilidad muy fina puesta de manifiesto en la intensidad de sus afectos, en la necesidad de la belleza y una concepción ecuménica de la existencia que hizo posible en ella aquel principio de que nada humano le era ajeno.
Para algunos siguió siendo siempre una guajira, alguien a quien faltaba refinamiento en el sentido en que el espíritu burgués interpreta a la vieja aristocracia. Quizás por las flores en su pelo y las alpargatas y porque su parte lúdica la impulsaba a hacer cosas que no parecían de buen tono, o porque llamaba las cosas por su nombre real o porque no tenía los artificios en que escudan algunos la denominada elegancia o la diplomacia. Otros por no ser complacidos en sus peticiones no comparten la devoción de la mayoría o fueron castigados por la severidad que también podía ejercer, o por su parcialidad apasionada que no le faltaba como a cualquier ser humano. No falta quien la encontraba disparatada en sus gustos y exagerada en su modestia.
A algunos les resultaban sospechoso sus relaciones amistosas con homosexuales a los que valoraba por su trabajo y hacía respetar independientemente de su tendencia sexual. Otros lamentaban su liberalidad en el trato con personas de ideología diferente y no faltaron los que sentían preocupados por su cercanía a Fidel y hasta trataron de mellar en ella pretendiendo que ella intentaba controlarlo y era un impedimento para la comunicación con él.
Desde la niñez en Media Luna Celia y sus hermanos escandalizaron por su manera liberal de vivir en consonancia con la educación donada por el padre, sus bromas y fiestas hicieron épocas y estremecieron los prejuicios de quienes se asombraban primero de cómo aquellas muchachitas correteaban a caballo o en bicicleta en tiempos en que todavía a las hembras les estaban vedados esos placeres. En la época de Pilón tampoco era bien visto que Celia manejara un auto como el más consumado chofer y anduviera desandando caminos peligrosos de día y de noche, mucho menos que regresara de un viaje a los Estados Unidos con una cadena rodeando su tobillo, algo que se consideraba
privativo de las mujeres de mala vida. Igualmente no concordaba con la moral la amistad estrecha con varones que no eran de la familia y mucho menos las reuniones después con hombres no conocidos en la zona cuando se estaba organizando la lucha.
No faltaron los que se sintieron heridos en su machismo cuando ella se fue convirtiendo, por derecho propio, en líder del Movimiento 26 de julio sin que nadie la nombrara. Y ese es precisamente un aspecto fascinante de su historia, como durante la lucha y luego del triunfo logró ser respetada por un poder que se ganó a pesar de las contradicciones de los revolucionarios, las etapas difíciles en una sociedad patriarcal, aderezada por una mezcla de paternalismo y glorificación del varón, incluso de parte de las mismas mujeres, a la que ella también sucumbía. Es harto conocido que todo aquel que se sale del rebaño, todo aquel que tiene luz propia, al decir de Martí, enfrentara la maledicencia, los prejuicios y la envidia de los que aceptan el yugo de las costumbres o lo que esta establecido y no sienten la impronta de revolucionar a su alrededor. A todos los que no se sintieron atraídos por sus encantos o no fueron beneficiados por su generosidad sólo puedo decirles que no se puede poner en duda la prestancia y encanto del silvestre romerillo bello y medicinal que se prodiga sin necesidad de cultivo.
La Celia que yo he descubierto me resulta verdaderamente adorable por iconoclasta, por su negativa rotunda a moldes prestablecidos y ataduras convencionales, por su defensa a ultranza de su libertad personal, de ser ella misma y la vez tener un sentido de la fidelidad y del deber puramente espartanos en la devoción a la causa que dedico lo mejor de sí misma: la Revolución cubana A lo sumo yo espero que los lectores, cuando se publique el libro disfruten como yo del encuentro con esta mujer de aristas diferentes que aportó a la gesta revolucionaria cubana lo mejor de las cualidades femeninas desde que las mujeres tuvieron que cuidar de la prole y el fuego y cultivar la tierra mientras los hombres se iban de caza, es decir proteger la existencia misma de la estirpe, porque aunque ella no parió era considerada la madre del Ejercito Rebelde y también la gran vestal que trataba a toda costa de conservar el fuego original de la revolución demostrando con su quehacer y su vida laboriosa, su rebeldía contra los dogmas ajenos al espíritu de la cultura cubana. He encontrado no pocos obstáculos para mi investigación por el celo con que se guarda en nuestro país lo que llaman problemas personales o vida privada de los héroes y heroínas, a los cuales se sacralizan en el afán de preservar a los ojos públicos los elementos que demuestran que eran seres humanos como cualquiera, que no están hecho de una sola pieza como algunas estatuas de mármoles, sino de contradicciones, pasiones, errores y su grandeza consiste en haber sobrepasado sus propias limitaciones y características para asumir los llamados de las circunstancias históricas y entregarse a la gran causa colectiva.
La propia Celia aseguró una vez que se empeñaba en guardar todos los papeles, las cartas, los documentos en medio de las duras condiciones de la Sierra Maestra para que luego se escribiera la historia verdadera y no historietas. Me he esforzado para que la mayor cantidad de documentos, grabaciones reproducidas, textos completos hablen directamente al lector y vayan componiendo la imagen que tengo de los sucesos; faltan muchos a los que no tuve acceso, por lo cual me vi obligada, justificada por la intertextualidad, a usar ampliamente artículos publicados en la prensa periódico cubana y hacer prácticamente una compilación para hilvanar la historia que todavía no esta escrita por los historiadores, la de la Revolución Cubana y la personal de Celia de la que existen innumerables documentos no desclasificados. Lamentablemente la historia verdadera es muy difícil de contar mientras una parte de sus protagonistas viven.
Esta aproximación o intento de retrato es también un homenaje voluntario al doctor Manuel Sánchez Manduley, que Celia hubiera querido hacer y no hizo porque era su padre. He aprovechado sus textos y los escritos sobre él para que los elementos históricos aparezcan narrados por quienes los vivieron confiando en que los lectores, como me sucedió a mí, disfruten del descubrimientos de hechos y sucesos que no suelen ser tenidos en cuenta como importantes pero forman los eslabones de esa cadena que es la memoria y es la historia que no solo construyen las personalidades relevantes, sino que se va levantando de a poco, desde pequeños hechos base de los sucesos productores de los grandes acontecimientos.
Por esa razón en este libro que he escrito la mayoría de los testimonios son de eso que llaman personas comunes, hombres y mujeres, mayoritariamente mujeres que tuvieron el privilegio de vivir con Celia los aspectos cotidianos de la existencia, pero desde sus posiciones construyeron también jirones de la Historia, con mayúscula. En la sucesión de los sucesos protagonizados por Celia muchas de esas gentes fueron decisorias por momentos. La guerrilla no se hubiese podido mantener si desde el desembarco del Granma no hubiese contado con campesinos que por humanidad primero y convicción después ayudaron a su sostenimiento, sin los arrieros, los mensajeros, sin las mujeres que cosían los uniformes, sin las que se arriesgaban a conducir los carros a la hora de transportar a los combatientes de una ciudad a otra y luego del triunfo sin ese personal anónimo que propicia mejores condiciones al trabajo de las grandes figuras, por eso Celia se llevaba a la cocinera Ernesta y Ana Irma su ayudanta en la casa, a las tribunas porque las consideraba trabajadoras tan meritorias en sus tareas como cualquiera que tuviera otras misiones de connotaciones mayores.
También aparecen grandes figuras, de las que no se puede prescindir y están reflejadas en sus aspectos menos conocidos, los de las contradicciones, los desentendimientos y polémicas que lejos de achicarlos los agigantan porque demostraron que por encima de todo estaban dispuestos a dar la vida por Cuba y querían lo que creían mejor para el país. No faltan los que se sumaron alguna vez al carro de la Revolución y luego se salieron cuando esta se radicalizó, pero ellos también forman parte de la Historia y sus hechos o testimonios tienen valor independientemente de sus actitudes posteriores.
No pretendo que este acercamiento sea una biografía, pues comparto con Freud el criterio sobre el genero, es decir, en realidad es casi imposible conocer todas las aristas de una personalidad, toda la riqueza interior de alguien y aunque una se atreva a imaginar o construir una imagen siempre será la mirada particular del que mira, que no es lo mismo que ver.
No es tampoco la historia de su vida porque tal empeño requeriría de años de investigación y seria necesario, prácticamente, hacer la historia de la Revolución y de Fidel, pues desde diciembre de 1956 hasta el 11 de enero de 1980, fecha de su muerte, la vida de Celia estuvo dedicada a Fidel y él fue la persona fundamental en su existencia y ambos son protagonistas de una relación que el mismo ha calificado de muy especial, aunque nunca ha querido hablar de ello, según le expreso al cineasta Oliver Stone en la película Comandante.
Se trata tan solo del intento de acercarnos a esa persona que fue Celia Sánchez Manduley a través de mi propia subjetivad y la subjetividad de quienes accedieron a brindar su mirada, porque desde mi punto de vista la objetividad es absolutamente relativa en estos casos. Nadie puede pedir objetividad cuando los juicios los hacen los sentimientos. Y lo que quiero en definitiva es que se asomen al interior humano de esa mujer llamada Celia Esther de los Desamparados, como decir a los vuelos del colibrí o al boceto para el retrato de una transgresora, que para mí es el paradigma femenino de la Revolución Cubana.

Campesina bien cantada
Desde una historia tremenda
Flor en sublime leyenda
De futuro y madrugada
Abeja maravillada
Cuando brindas tu mantel
De abanico, patria y miel
Para la sed del camino...
Luna especial del Turquino
A la altura de Fidel
¿En que llama tu crisol
forjo una rosa mas fuerte
si llega y cruza la muerte
Y tu sigues bajo el sol?
¿Que filtros de tornasol
en tus virtudes consigo
cuando huérfano me digo
callado y meditabundo:
que otra cosa tiene el mundo
para compara contigo.

Raúl Ferrer


Soledad Cruz