Tras una maratónica sesión que duró prácticamente un día, las conversaciones directas entre Washington y Teherán fracasaron. Esto era de esperar. La delegación yanqui se retiró y volvió a amenazar con nuevas y crecientes represalias si Irán no se doblegaba. A nadie puede tomar por sorpresa este desenlace si partimos del carácter absolutamente precario de la tregua. Por lo pronto, estrictamente no podemos hablar de un cese al fuego desde el momento que Israel siguió bombardeando el Líbano en mayor magnitud y virulencia inclusive que en la etapa previa. Nunca se detuvo tampoco con la incursión terrestre. Este punto fue uno de los mayores focos de tensión. La delegación iraní planteó que el alto al fuego incluía también al Líbano. De este no había ninguna duda como se encargaron de corroborarlo los mediadores paquistaníes.
Los dos puntos de ruptura que se han publicitado fueron el programa nuclear iraní y el Estrecho de Ormuz. Washington exigió un compromiso vinculante de que Irán no desarrollará armas atómicas. “Teherán rechazó esa condición, reiterando que su programa es de uso civil, pese a que antes de la guerra enriquecía uranio a niveles muy por encima de cualquier aplicación pacífica y obstruía sistemáticamente la labor de los inspectores internacionales. Irán exigió además el reconocimiento de su control sobre el Estrecho de Ormuz —por el que transita el 20% del suministro mundial de crudo— y el fin de todos los combates en la región” (Innova, 12/4).
Estados Unidos dispuso una suerte de “segundo bloqueo”, en el estrecho de Ormuz. Las fuerzas militares norteamericanas, apostadas en la zona, impedirán la circulación fluvial a todos los barcos que tengan Irán como origen o destino, con la amenaza de interceptar aquellos que naveguen por el golfo Pérsico, el golfo de Omán y el mar Arábigo al este del corredor. En otras palabras, replicar, pero en sentido inverso a lo que viene haciendo Irán, procurando infligirle un golpe al régimen y jaquear su economía teniendo en cuenta que sus principales fuentes de recursos provienen de sus exportaciones de crudo y otros productos que se comercializan por esa vía de comunicación.
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha apoyado la decisión de Trump de imponer estas restricciones en el paso, destacando la “constante coordinación” entre ambos aliados. Irán ha respondido a esta provocación y ha señalado que “ningún puerto del golfo Pérsico o del golfo de Omán seguiría siendo seguro si los puertos iraníes se vieran amenazados. En paralelo, Hezbollah ha pedido al gobierno del Líbano que cancele la reunión de mañana con Israel para negociar un alto el fuego en el país” (El País, 13/4). El ejército israelí ha matado a 2.090 personas, y herido a 6.700 y ha ocupado gran parte del sur del país. Entre las víctimas se cuentan 166 menores fallecidos y 648 heridos.
La Unión Europea ha defendido “la necesidad de adaptar la cooperación internacional a nuevas amenazas” y “de reforzar los instrumentos multilaterales existentes” para proteger rutas comerciales globales, pero “ha comunicado que no se involucrarán en el bloqueo de Trump y ofrecen intervenir únicamente cuando acabe el conflicto” (ídem). Una decisión que aumentará las tensiones en la alianza y los choques y fisuras al interior de la Otan.
Estados Unidos en su laberinto
El colapso de las conversaciones obviamente abre las puertas a un agravamiento del conflicto bélico. Pero en este estadio, el mayor perdedor probablemente sea Estados Unidos. Por supuesto, sería un error subestimar el alcance de la represalia dispuesta por la Casa Blanca. Pero, contradictoriamente, las medidas dispuestas por Trump señalan el atolladero en que se encuentra Estados Unidos, pues en lugar de abrir, acentúa el cierre del estrecho de Ormuz y amenaza prolongarlo en el tiempo, que era una de los puntos críticos y urgentes que Washington pretendía revertir y que fue uno de los principales motivos que llevaron a Trump a explorar un acuerdo y promover conversaciones con Teherán.
El hecho de apelar a este recurso indica que, al menos por el momento, Trump ha desechado la opción de una invasión terrestre. Aunque no se debe descartar que EEUU profundice en forma unilateral la ruptura de la tregua con nuevas y traicioneras intervenciones como hizo veces anteriores. La prensa internacional ha destacado que el Pentágono y el alto mando militar son reacios a esta opción, poniendo severamente en tela de juicio la eficacia de la misma. La reticencia tiene razones por cierto fundadas si tenemos en cuenta el fracaso en experiencias previas como Irak y Afganistán y con anterioridad Vietnam. E incluso, las versiones de que en torno al rescate del piloto norteamericano se intentó colocar una “cabeza de playa” en territorio iraní que fue abandonada por el costo de “pérdidas” que estaba sufriendo y la falta de intervención de posibles aliados (facciones kurdas, etc.). Las tensiones con la cúpula castrense arrancan desde del inicio de la guerra: los militares desaconsejaron ir a una escalada, lo cual les costó la cabeza a varios de sus jefes más encumbrados.
Las idas y vueltas, las marchas y contramarchas expresan una dinámica contradictoria en que está envuelto el imperialismo. La ofensiva norteamericana no es un capricho y un acto discrecional del magante, sino que obedece a una crisis de fondo del capitalismo estadounidense y a su declive histórico que Estados Unidos pretende remontar apelando a este medio. Este hecho revela el agotamiento del régimen capitalista, cuya principal potencia ya no puede resolver sus contradicciones a través de la competencia y los mecanismos económicos habituales de la acumulación capitalista, sino que tienen que recurrir al uso de la fuerza. Pero este camino, lejos de ser un terreno despejado, tropieza con escollos que terminan en muchos casos siendo insuperables.
Es arbitrario señalar que Washington fue empujado a la guerra por Israel. El régimen sionista tiene un principal interés en promover la guerra y ha sido y es un factor activo para su desarrollo. Pero el actor principal es Estados Unidos, Israel oficia como aliado subordinado al imperialismo en el Medio Oriente, en esa medida, como una punta de lanza de Washington en la región. El potencial militar que hoy ostenta el régimen sionista no puede hacer perder de vista que ese potencial se sustenta en el sostenimiento estratégico que le brinda Estados Unidos, como lo es el escudo antimisiles, la inteligencia satelital, el reabastecimiento de combustibles de los aviones norteamericanos en pleno vuelo a la aviación israelí y otras tareas cruciales. El ataque de Israel ha prosperado porque cuenta con el guiño y luz verde de Washington y eso es así porque es funcional a la escalada global en la que está embarcado el imperialismo que apunta a un rediseño del planeta a su medida y en función de sus necesidades.
Salto en la crisis capitalista
Lo cierto es que es que un alargamiento del conflicto amenaza llevar a la economía mundial a un descalabro. En el mejor de los casos, ingresaríamos en un escenario de “stagflation” (estancamiento con inflación). Ya el FMI ha revisado sus pronósticos de crecimiento a la baja que está combinado con un salto en la variación de los precios. En Estados Unidos se estima que podría trepar al 4 por ciento.
El precio del petróleo ha visto superar los 100 dólares y eso tiene un efecto sobre otros derivados. La escasez en insumos llega al 20 por ciento también al gas natural, 30 por ciento para el helio y el amoníaco y podría llegar al 50 por ciento para la urea, que es uno de los insumos cruciales que se usa para la elaboración de los fertilizantes.
Una prolongación en el tiempo de la guerra podría ir más lejos y tener consecuencias apocalípticas y precipitar una depresión mundial. Precios superiores a los 150 dólares del petróleo significarían un caos económico. Nunca antes el mundo había entrado en una crisis de ningún tipo con déficit y niveles de deuda tan elevados. Basta tener presente que en la crisis del petróleo de los 70, los déficits promedios eran del 2 por ciento y ahora se ha más que duplicado y las deudas de las principales economías has pasado el 20 al 100 por ciento.
Una paralización de la actividad económica, afectaría seriamente el sistema financiero, en momentos en que ya en la actualidad asistimos a una crisis de la deuda, tanto pública como privada. Ni siquiera se han salvado los bonos del Tesoro norteamericano que en el pasado oficiaban en medio de las crisis como un activo de refugio y que en la actualidad se vienen depreciando. Esto va de la mano con un incremento de la tasa de interés al calor del recrudecimiento inflacionario lo cual echa más leña al fuego a las tendencias recesivas que asoman en el horizonte inmediato.
Perspectivas
Hay una coincidencia bastante generalizada que una prolongación de la guerra por varias semanas más podría provocar un daño de largo aliento en la infraestructura energética, cuyos efectos podrían hacer sentir durante varios años.
Todos esto factores son los que explican el laberinto en que está enredado Trump, acosado también cada vez en forma más agobiante en el frente interno. Sus índices de popularidad han descendido notablemente y muy probablemente enfrente una derrota en las elecciones de noviembre de medio término. El descontento de la población crece mientras el galón de gasolina ha aumentado un 25 por ciento y simultáneamente crecen también las protestas multitudinarias, como la de finales de marzo que reunió en las calles a 8 millones de personas.
En este contexto, ocupa un lugar más importante y determinante la derrota del imperialismo y el sionismo en Irán. Un fracaso de la ofensiva en curso sería a una bocanada de aire fresco para los explotados y naciones oprimidas. Pondrá de relieve que Estados Unidos e Israel no son invencibles, que se los puede doblegar. Torcerle el brazo en la guerra contra Irán sería relevante para Gaza que viene enfrentando el Plan de Paz y en general para todos los países de Medio Oriente. Sería un acicate para los pueblos que viene resistiendo la escalada imperialista, entre los cuales hay que incluir América Latina. Sería un estímulo para el pueblo norteamericano para desembarazarse de Trump y, por supuesto, también un estímulo en Argentina para asestarle un golpe a Milei que actúa como chirolita del magnate norteamericano. Ha trascendido que Milei piensa viajar a Israel a reunirse con Netanyahu, antes de fin de mes, donde anunciaría el traslado de la embajada argentina a Jerusalén, apoyando la política anexionista sionista, para darle aire al presidente genocida. La “tregua” se usaría para apoyar a Netanyahu. En Argentina es fundamental organizar la protesta contra este accionar de apoyo a la guerra imperialista.
Redoblemos la movilización internacional.
Pablo Heller


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