jueves, 29 de septiembre de 2016

El socialismo es la búsqueda sostenida del reino de la libertad

Entrevista a José Luis Martín Romero. Doctor en Ciencias Sociológicas. Trabajó en el Gobierno Provincial de La Habana (1977-1984), en el Centro de Investigaciones Psicológicas y Sociológicas – CIPS (1984-2004) y en la Escuela de Altos Estudios de Hotelería y Turismo (2004-2008). En la actualidad es Investigador Titular del Centro de Estudios Demográficos (CEDEM) de la Universidad de La Habana. Colaborador habitual de la revista Temas. Ha participado como ponente y público en las sesiones de Último Jueves.

Fernando Luis Rojas: En las discusiones más recientes sobre el socialismo en Cuba, da la impresión que las nuevas etiquetas como “socialismo próspero y sostenible” aceptan la necesidad de un proyecto nuevo. En ese sentido, ¿qué debe distinguirlo? y ¿qué implicaría un término como “prosperidad”?
José Luis Martín Romero: Que sea profunda y crecientemente democrático, esencialmente alegre, económicamente desahogado, ecológicamente responsable y muy solidario a lo interno y a lo externo.
Pienso que la prosperidad implica, por ejemplo, crecimiento económico. De otro modo no sé de qué hablamos; y también es fundamental el desarrollo humano, sobre todo si lo vemos tanto desde el punto de vista individual como colectivo. El socialismo debe ser el modo de vivir que apueste esencialmente por la reproducción ampliada del capital social del que hablaba Bourdieu, es decir las ventajas y ganancias que resultan de las relaciones y de la confianza entre las personas. Hay que recordar que el socialismo es, ante todo, un modo de convivencia, un paradigma civilizatorio. No es un modelo de sociedad y mucho menos una sociedad modelo, es un modo de vida en permanente construcción.
Tomando el otro componente de la frase que se refiere a la “sostenibilidad”, considero debe ser un socialismo ambientalista aunque solo fuera por oposición al capitalismo, que es ecológicamente omiso por diseño; pero con o sin capitalismo, el socialismo por su esencia humanista tiene un compromiso de origen con el ambiente. Autárquico no, ¿a quién se le ocurre?, eso es imposible hoy día y tal vez siempre lo fue, sobre todo para un país como el nuestro. Austero tampoco, racional sí, que es otra cosa. Lo incorrecto es despilfarrar, ostentar o “especular”, como dicen muchos no sé con qué idea del español. Sostenible parecería que se refiere a su permanencia, a su capacidad de supervivencia y reproducción, lo cual es sinónimo de desarrollo sostenido, además de sostenible.
Carolina García Salas: Me llama la atención en su respuesta sobre el socialismo que se espera, que debería tener Cuba, la frase “esencialmente alegre”; porque es una idea poco repetida a la hora de conceptualizar el socialismo.
JLM: Y yo no sé por qué. Debe ser por la lucha de los comunistas, por la historia de la izquierda que es una historia muy sufrida, muy dura en todos los órdenes: muchos mártires, torturas, desapariciones, represiones. Entonces el tema de la lucha parece permanente, como algo sempiterno en la existencia de las izquierdas, y todas han sido muy reprimidas. El socialismo realmente existente tuvo que enfrentar enemigos muy poderosos, y sigue enfrentándolos.
Tal vez por eso el tema del sacrificio, el tema de la lucha, el tema de dar la vida empieza a tomar un corte casi identitario, empieza a formar parte de la cultura, y entonces las visiones simpáticas, irónicas, satíricas, como la del santiaguero Paul Lafargue con su Elogio de la Pereza, fueron cada vez más extrañas en la producción ideática del socialismo. Después se convirtió en cotidiano el llamado a “vamos a sacrificarnos”, “vamos a echar el resto”; con el molesto peligro de que quien convoca no es siempre el primero que echa el resto, ni el más austero, ni el más modesto.
Esa vocación elegíaca tiene que cambiar y sin olvidar el compromiso eterno con quienes lo dieron todo, el socialismo tiene que llegar a nosotros como la civilización de la alegría. Hay que gozar y disfrutar la construcción de una sociedad con carga civilizatoria positiva, que le pase a la gente el gusto de vivir, el placer de vivir, de disfrutar la libertad, de irla conquistando poquito a poco porque la libertad no te la va a dar nadie, siempre es una conquista, solo que el socialismo es quien único nos enrumba por ese sendero.
¿Cuándo vamos a ser libres, cuándo vamos a ser felices?, cuando podamos dar un aporte mejor. Para eso hay que estudiar, ahí sí hay que sacrificarse buscando el conocimiento, pero eso es un goce, eso es un sacrificio que se disfruta. Siempre hay en el disfrute una cuota de entrega, es un toma y daca con la vida, con la sociedad y con la naturaleza; pero es eso que haces lo que te da el goce definitivo, y de eso se trata, de disfrutar esa conquista, tanto a escala individual como colectiva. Al mismo tiempo no hay que resaltar programáticamente el sacrificio, está bien cuando haya que sacrificarse, pero no sacrificarse por plan, no ir a pasar trabajo porque hay que pasar trabajo para ver si algún día podemos enfrentar el reto de pasar más trabajo aún. ¿Qué cosa es eso?, ¿qué manera es esa de ver la vida?, así no va. Así puede haberlo pensado alguien pero eso no es el socialismo que necesitan nuestro país y el mundo.
Tenemos que extender la juventud y el sistema socioeconómico en el que vivimos tiene que facilitarnos esa tarea y es el socialismo quien tiene que asumir esa responsabilidad. La gente cuando pierde la juventud pierde la alegría. Hay que estimular el amor en todas sus facetas, en todas sus manifestaciones. El socialismo tiene que ser la sociedad del amor más libre que exista en todos los órdenes en los que se nos ocurra pensar: absoluta libertad sexual, absoluta libertad política, absoluta libertad económica, absoluta libertad cultural, ¿qué libros prohibidos, ni artistas prohibidos, ni canciones prohibidas? No me prohíbas nada, déjame a mí saber lo que es y lo que no es, y no me coartes la libertad para escoger, para caer en cuenta por mí mismo. Ah, eso sí, alértame sobre las claves de la manipulación, edúcame, enséñame sin que eso signifique que pienses por mí.
Es una tarea del socialismo recuperar o restablecer una relación transparente del ser humano con los productos culturales y con los placeres y disfrutes de la vida, legitimar socialmente la alegría y lograr que esta se acompañe del ingrediente de la eticidad, o sea, que la alegría de unos no se levante sobre la tristeza de otros.
FLR: Es interesante el juego de palabras que usted utiliza desde el punto de vista de la lectura del individuo: la diferencia entre joven y viejo, la identidad que se crea entre viejo y amargado, la visión que puede haber de desgaste. Eso que usted aplica a lo individual, ¿lo aplicaría a un proceso histórico, por ejemplo, como el que inició Cuba en 1959?
JLM: Todos los procesos humanos pueden emblematizarse en el individuo, y casi todo lo que le pasa al individuo le puede pasar a los pueblos, le puede pasar a las generaciones, a las naciones. En fin, puede ser.
Los procesos tienen elementos de desgaste y elementos de renovación, y eso es absolutamente natural, como nos pasa a los seres humanos; ahora, ¿cuándo empezamos a envejecer?, cuando es más lo que desgastamos que lo que renovamos. Así en las personas, así también en los procesos. Y se trata entonces de que los procesos tengan el suficiente cambio de aguas, la suficiente renovación interna para que las nuevas ideas fluyan, para que los nuevos retos se enfrenten, porque siempre hay nuevas demandas de la vida. Claro que envejecen los procesos también, ¿o es que la Revolución cubana está por encima de las leyes naturales y sociales? Lo que hay es que estar conscientes de eso para entonces, de manera volitiva, de manera si quieres planificada, si quieres consensuada, razonada, lleguemos a una buena lógica que nos permita ir dando esos elementos de renovación que nos mantengan alegres, creativos y flexibles para que nos hagan perdurar. Si todos los días buscamos cómo podemos darle más poder a la gente, cómo empoderamos a nuevos sujetos populares daremos probablemente con el secreto de ser eternamente jóvenes, es decir, hay que preguntarse todos los días cómo hacemos a la gente un poquitico más feliz, cómo la gente se va a sentir un poquito mejor y qué podemos hacer por eso.
Decía Martí: “Todos los niños cuando no aprenden algo nuevo deben echarse a llorar”. Todos los sistemas políticos que la izquierda genere debieran llorar en masa cuando pasa un día que no han pensado y no han hecho algo por la felicidad de todo el mundo; de eso se trata, y eso es lo que renueva. Lo que te hace joven es eso, no ir para atrás, porque hay generaciones que van para atrás, hay jóvenes que son retardatarios y tremendamente reaccionarios y conservadores; ese no es sólo un tema etario.
José Ingenieros hablaba de eso en El hombre mediocre, un libro maravilloso que ha dejado de ser lectura recurrente en estos tiempos. Ingenieros analiza el tema de la vejez y la mediocridad, cómo se vinculan, y él hablaba de Ameghino, el arqueólogo argentino, quien hasta el último día vivió acompañado de sus discípulos, buscando nuevas cosas y lo pone como ejemplo de alguien que nunca conocería la vejez, que nunca llegaría a la mediocridad. Al socialismo le toca estimular y convertir en modo de vida ese amor al saber, un amor dedicado a fortalecer la solidaridad, el amor entre la gente. Eso hay que convertirlo en una meta de la sociedad y solo el socialismo es capaz de identificar esas metas y promover que todos luchemos por alcanzarlas.
El socialismo es la única civilización que permite la coexistencia de la juventud con la experiencia, porque identifica la búsqueda del saber y la experiencia con la prolongación de la juventud, hace de la juventud un constructo humano.
GS: En esa búsqueda de la novedad en el caso cubano, particularmente en el terreno económico, una de las claves de la transformación se encuentra en las relaciones de propiedad. Quizás ha llegado el momento de repensar lo que se ha definido como “propiedad social”. En su criterio, ¿a qué se refiere el término? ¿La propiedad social implica solo la estatal? ¿Incluye la propiedad cooperativa?
JLM: Claro, de hecho la propiedad estatal, de por sí, no define su carácter social. Hay propiedad estatal en el capitalismo y, aunque sea pública, explota fuerza de trabajo y reproduce explotación. La propiedad es social cuando es la sociedad (y sus grupos) quien diseña, gerencia, controla y disfruta (o paga el precio si la cosa sale mal) de los resultados. Lo que la hace social es su pertenencia orgánica (con todo el sostén jurídico, político, etc. que sea necesario) y su razón de ser comprometida con la sociedad, no hacia un interés privado. Marx distinguía en la cooperativa y el arriendo las formas básicas del quehacer económico comunista, la propiedad estatal la veía como algo marginal y también temporal, en tanto y cuanto el Estado caminaría indefectiblemente hacia su extinción en no mucho tiempo. La historia planteó otros plazos, redujo el socialismo a una forma pretendidamente distinta de Estado, que no a una nueva pauta de relacionamiento y ordenamiento social y esto provocó que la propiedad estatal adquiriera el protagonismo que hoy tiene en Cuba y que tuvo en el llamado y extinto socialismo real y encarnara la propiedad socialista por antonomasia. Eso ni es así en razón teórica, ni es bueno que lo sea en la vida práctica.
CGS: Al mismo tiempo, está la discusión sobre el lugar que corresponde al sector privado en el socialismo, ¿qué podría diferenciar el funcionamiento de este respecto al capitalismo?
JLM: Eso no tiene una manera única, ni una regla que pueda establecerse de forma general; depende del lugar del mercado en tiempo y escenarios históricamente determinados y del grado de conflictividad o complementariedad que tenga con la planificación. La planificación y el mercado se necesitan mutuamente y no tienen por qué ser antagónicos; pero eso no es un resultado espontáneo ni natural de la relación entre ambos.
Hay preguntas clave para dirimir este vínculo: ¿Dónde se determina el movimiento económico? ¿Desde dónde se determina el nivel y la calidad de vida de la gente y la producción y reproducción de la vida? ¿Desde la planificación o desde el mercado? Es el complemento entre ambos el que debe garantizar ese movimiento y las consecuentes respuestas del aparato productivo y de servicios, pero eso solo puede ser armónico –entendiendo que puedan establecer sinergias funcionales a la vida- si la planificación se impone como mecanismo regulatorio fundamental porque hace y logra lo más importante para la sociedad, y porque determina el cumplimiento de los planes de vida de la gente.
Esto no sale por decreto, porque si se decreta se está cometiendo traición al proyecto y es lo mismo que firmar la rendición frente al mercado, pues sucede entonces que el mercado va a regular desde lo ilícito y eso significa que, al mismo tiempo que regula, en la vida real dinamita el orden institucional ajeno a la planificación.
Es el protagonismo de la planificación lo que determina la complementariedad del mercado. También es importante entender que esto no se logra a la inversa. Esto se logra, en suma, cuando la planificación se imponga en el plano de la producción, en el plano de la entrega, desarrollo y mantenimiento de los servicios y en el plano de la construcción de los ideales de consumo.
FLR: Precisamente, en muchos espacios se ha estado legitimando al sector privado, a los denominados “nuevos emprendedores” como el componente más activo de la sociedad civil cubana contemporánea. A estas alturas, ¿cree usted que existe una sociedad civil socialista?
JLM: Existe como una verdad de proclamación, no de constatación. No tiene personalidad, no es autónoma ni va a serlo nunca en los fundamentos actuales y por eso es básicamente infuncional, al tiempo que tiene una infraestructura obsoleta o muy en ciernes en el caso del empresariado de los sectores emergentes. El socialismo es aun gerencialmente adolescente.
Vivimos la etapa del socialismo caracterizada por el control partidista-gubernamental, o sea, estamos en la prehistoria del socialismo. El socialismo desarrollado será el dominio generalizado de la sociedad civil (armada en una nueva y aún no imaginada infraestructura institucional), que va progresivamente sustituyendo al Estado.
Puede pensarse con razón que para eso falta mucho; pero todo lo que se retrase ese desarrollo será una acción de refuerzo a la prehistoria, será un retardo al socialismo. Si algo distingue al estado socialista de los anteriores es que paradójicamente, mientras más se refuerza la institución “estado socialista” más se debilita el proyecto que pretende sostener. El socialismo será triunfante e irreversible cuando deje atrás su etapa partidista-gubernamental. Eso demora, es cierto y apurar las cosas irreflexivamente puede ser una ingenuidad muy cercana a la autoinmolación; pero aceptar la demora resignadamente es tanto o más peligroso porque la construcción civilizatoria propiamente dicha queda para las calendas griegas y pasa lo que dicen los cínicos y los miserables de este mundo, que el socialismo se convierte en un largo camino para llegar al capitalismo. Sucede que hay cosas fundamentales que se pueden hacer ahora mismo, por ejemplo: convertir a los sindicatos en escuelas de administración, como dijera Lenin. También se puede hacer mucho más en el terreno de la participación política.
CGS: Creo que estamos conectando con un asunto que siempre genera polémica, el de la democracia. ¿Cuáles serían en su criterio los requisitos de un sistema político democrático?
JLM: Hay teoría al respecto y recuerdo, por ejemplo, escritos de Robert Dahl que tratan el asunto con una serie sustantiva de aciertos, aunque no falten limitaciones que son hijas seguramente de los condicionamientos ideológicos de Dahl. Sucede que ese es un tema no resuelto teóricamente y menos técnicamente a mi juicio. De todos modos creo que es algo que hay que pretender con sinceridad para que algún día cada pueblo, comunidad o conglomerado humano pueda encontrar su sistema. Esta pretensión sincera de que hablo debería partir del involucramiento creciente de los diferentes grupos sociales en el trazado de políticas, en su puesta en práctica, control y evaluación; o sea, en todos los momentos propios de la gestión administrativa. Creo que todo eso lleva, ya en el orden técnico, buenas dosis de experimentación; y en cada lugar y en cada momento los pueblos, de acuerdo a su cultura e idiosincrasia podrán encontrar la mejor fórmula, sabiendo también que siempre será perfectible. Todo consiste en lograr la forma de socializar de manera creciente el poder, el saber y la propiedad. Si eso se logra, ese es el socialismo y esa es la democracia.
En el terreno político hay que hacer muchos cambios. Esta no es exactamente el área donde yo he reflexionado, pero no dejo de tener algunas ideas que estaría dispuesto a discutir hasta con las personas que saben mucho más que yo de eso, porque me siento muy convencido de algunas cosas.
Primeramente, la reestructuración de la infraestructura participativa con que contamos; en segundo lugar, erigir el trabajo y los espacios laborales en escenarios de decisión estatal. Los delegados al Poder Popular, los representantes del pueblo, más allá de si es la figura del delegado o del diputado, tienen que salir también de los espacios laborales. El hombre no puede estar representado sólo como un consumidor, tiene que estar representado como productor, como hacedor, como creador, no sólo como el que consume, como el que recibe, como el que disfruta. Esa es una idea que desarrollaron algunos filósofos cubanos hace algunos años, en la que no creo que se ha insistido como merece y que comparto con ellos.
Ya hablé del estado socialista y de lo que pasa cuando, al reforzarse como Estado, debilita el proyecto. La única forma que tiene y tendrá el estado socialista de fortalecer el proyecto, aun conservando la institución Estado, es ir derivando cada vez más hacia el gobierno y hacia la administración por la sociedad civil, o sea, es la sociedad civil la que va a sustituir al Estado. Eso debe ir haciéndose ya. Hay condiciones externas e internas que hacen imposible que ese Estado desaparezca, hay que seguir cargando con ese fardo durante un buen tiempo; pero entender que esa es una tarea de larga data y sentarnos a esperar que pasen los años, a ver si algún día aparece la oportunidad, es otra cosa.
Un ejemplo concreto está en los sindicatos. Te decía que los sindicatos tienen que ser escuelas de administración, tienen que aprender a dirigir; no es sustituir a los directivos ni decirles que no ni que sí y sentirse por encima de quien ha sido elegido o designado para tomar decisiones, es saber y tener capacidad de negociación y de discusión en el trazado de las líneas que se van a seguir en cada cosa, y como te digo que debe estar representado en un centro de trabajo, tiene que estar representado a todos los niveles de dirección del Estado.
No resolvemos el asunto con poner al secretario general de la CTC en el Buró Político, aunque está muy bien que así sea. Eso puede ser necesario, pero no suficiente; el problema no es darle poder a él, el asunto es que ese poder lo tengan los sindicatos, que estén en todas partes y estén, además, capacitados para establecer ese diálogo. Ya he dicho que aquella metáfora de las poleas transmisoras no funciona para el sindicato, ya no funciona. Si vamos a hablar de metáforas de la física –siempre digo lo mismo- vamos a hablar de vasos comunicantes, y eso es lo que se puede ir haciendo ahora mismo.
Otro ejemplo, la Federación de Mujeres Cubanas tiene ese nombre porque era un conjunto de organizaciones femeninas que se federó, que se juntó, esa es la historia de esa organización, con el liderazgo que ya sabemos de Vilma Espín. Mi madre fue una destacada luchadora y dirigente dentro de la FMC, fue tremendo lo que hizo y lo que hicieron las federadas en este país, esa historia no se ha escrito pero es importantísima: cuántas mujeres se incorporaron al estudio, al trabajo, cuántas se superaron, cuántas llegaron a tales y cuales logros. Ese fue un tremendo avance de la Revolución, pero ya las cosas están mucho más complejas, las mujeres no son lo mismo ni están en la misma situación, las mujeres son las dos terceras partes de los científicos de este país, tienen banderas que defender como mujeres, pero no son las mismas banderas las de las mujeres de grupos sociales distintos; quizás hubiera que pensar en una diversificación dentro de la Federación, no estoy hablando de desmembrar nada, sino de especificaciones, de áreas de interés, de grupos de presión, si vale el término, en función de intereses particulares que puedan tener y tienen las mujeres.
En Cuba no se han resuelto los problemas del color de piel. A todos nos dieron las mismas oportunidades, pero es que ellos arrancaron de atrás, y entonces el gap, la franja, sigue manteniéndose. Por lo tanto hay que buscar la forma de estructurar acciones afirmativas, medidas en la política educacional, cultural, económica que puedan potenciar a la gente para que todos los cubanos estemos en el mismo nivel de poder aportar y recibir de la sociedad lo que la sociedad merece y lo que merecemos de la sociedad. Todas esas cosas hay que irlas actualizando.
Yo siempre he despotricado del pluripartidismo, dondequiera que lo veo, veo que no sirve para nada. Si el pluripartidismo hubiera resuelto algo en Cuba o resolviera algo en alguna parte sería el primero en reconocerlo. El pluripartidismo no garantiza para nada que los mejores análisis que se hacen de la sociedad sean asumidos por este o aquel partido, curiosamente los mejores análisis ningún partido los toma, porque todos están para el poder político y después repartirse las cosas, y aquello queda al margen del asunto. Por tanto yo no estoy en contra de que haya un solo partido, pero si el partido es uno, entonces vamos a pensar ese partido: tiene que ser el poder y la oposición al mismo tiempo, allá adentro tienen que estar todos los debates, todas las plataformas de discusión que sean importantes para la sociedad; y entonces, si la Constitución dice que el partido dirige la sociedad a todos los niveles, a todos los niveles tiene que resolverse satisfactoriamente el vínculo entre el partido y la sociedad.
Por eso todos los dirigentes máximos del Partido a todos los niveles, desde el centro de trabajo hasta el municipio, la provincia o la nación, tienen que someterse a escrutinio popular; tienen que ser ratificados por el conjunto del pueblo, porque el pueblo va a ser dirigido por el Partido y ninguna institución por sí sola puede estar por encima del pueblo, en tanto y cuanto la nación radica en el pueblo, la sede de la nación es el pueblo y su mentalidad, el pueblo y su construcción mediática, el pueblo y su memoria, el pueblo y su trabajo, el pueblo y sus sueños. Esa es la nación, y nada puede estar por encima de eso. Todo el que tenga autoridad aunque sea muy bien ganada, por más que tenga los méritos y todo el prestigio del mundo, tiene que someter a escrutinio popular esa autoridad, no puede darse el caso que un grupo escoja por todo el mundo al que realmente toma las decisiones.
FLR: Es que la cuestión de la representatividad y la famosa fórmula del centralismo democrático han calado con fuerza en la organización institucional, no solamente en el partido.
JLM: No se puede entender la representatividad estadística de la población como sinónimo de la representatividad de las ideas, tú no puedes suponer que si tienes una muestra representativa de la población de un lugar tienes también, cuando le preguntes lo que piensan, una muestra representativa de las ideas de esa nación.
Hay veces –quizá muchas o la mayoría de las veces- que de las minorías salen las ideas, porque las ideas más elaboradas, lo dice la palabra, no se pueden hacer en una asamblea nacional del pueblo cubano, en la Plaza de la Revolución. Así no se producen las ideas, las ideas llevan estudio, análisis, investigación, experimentación, o sea, siguen otro curso. Después esas ideas deben ser divulgadas, debatidas, extendidas, para que todo el mundo pueda tener una noción sobre qué es lo que se discute y por dónde van las cosas, y cuál es la opinión personal sobre eso que se está discutiendo. Pero la producción intelectual no obedece a los patrones de la producción industrial, no es una producción masiva, no es producir azúcar o níquel, tiene otro cauce, otras direcciones, otras complejidades; entonces no se puede pensar que la representatividad estadística de la población es también lo que te va a reproducir la representatividad de las ideas. Tal vez, en el mejor de los casos, te represente la diversidad de los intereses, y cierto cuadro, quizás más o menos aproximado, de la estructura de las necesidades de la población. No más.
Las ideas no obedecen a la necesidad exactamente, no son un reflejo stricto sensu del problema que tú tienes. En primer lugar porque el hombre no piensa como vive como alguien ha simplificado el principio materialista de la historia. No recuerdo haber leído eso en ninguno de los clásicos del marxismo. Una cosa es decir que en última instancia las condiciones materiales de existencia determinan las formas del pensamiento y del reflejo que se hace y otra hacer aquella afirmación tan elemental. Se decía “el hombre piensa como vive” como si fuera una palanca de push and pull, una puerta de entrada y salida de un hotel o de una tienda, eso no es así, la vida es muchísimo más que eso.
Ahí tienes a los marginales de todas las sociedades que viven en la pobreza más severa, una pobreza que se les ha hecho cultura, como decía Oscar Lewis y te enteras que van a las elecciones y venden su voto y no respaldan las propuestas que pudieran y que les son programáticamente beneficiosas.
Esto es un ejemplo para que no pensemos mecánicamente que la representatividad estadística de la población lo es también de las ideas. Un verdadero centralismo democrático crea y busca espacios para todos, pero también debe hacerlo para todo lo que viene del pueblo. Y ya que hablo de esto, pienso en la intelectualidad cubana de hoy que es un fruto legítimo y una creación de la Revolución cubana, que es tan pueblo como lo es un campesino y un obrero, por no decir que no los aventaja en sus condiciones de vida materiales. Tampoco se puede identificar a la intelectualidad con una organización que reúna a un grupo de ellos. En un país con más de un millón de profesionales, pensar la intelectualidad y su papel no se resuelve hablando con una organización, tiene que pensarse para ese enorme conglomerado humano, complejo y diverso, pero profundamente patriótico y esencialmente revolucionario.
CGS: Pero se supone que desde el punto de vista de gobierno, esa estructura participativa son los órganos de Poder Popular, ¿en qué medida estos ejercen su papel?
JLM: Todavía de un modo muy precario e incompleto porque el tema recursos mediatiza todas las funciones y lo que he llamado, hablando de la cultura del trabajo, la marca de la existencia en precariedad le impregna un sello distintivo a la cultura de gestión; pero aún con recursos sería incompleto porque faltan los mecanismos para la socialización creciente del saber, el poder y la propiedad de la que hablaba y no se está experimentando lo suficiente ni bien. Las experiencias de Mayabeque y Artemisa no parecen estarse estudiando adecuadamente en cada uno de esos territorios –aunque estoy seguro que hay personas capaces de hacerlo- y todo queda como que es una buena idea que no encuentra las personas idóneas para llevarla a cabo. Quizá algo de eso hay, pero ¿por qué no aparecen las personas idóneas en todo caso?
Insisto en que el problema es de filosofía. No tenemos programas políticos que permitan distinguir y aclarar las posibilidades de los cuadros. No puede existir un solo plan hecho por otra gente o a otra instancia y que este cuadro que nos dirige y que tal vez elegimos solo deba ejecutarlo lo mejor que pueda. Los planes, las visiones administrativas tienen que confrontar y tienen que tener lecturas propias en los territorios, con adecuaciones consensuadas allí. Pasa igual a escala nacional. La vida política tiene que tener más debate, más estudio, más análisis críticos, más experimentación y los órganos del Poder Popular no parecen estar diseñados para lograrlo. Esa institución merece reconceptualizarse, como todas quizá, pero hablamos de esta.
El problema de la nominación, excepto para el caso del Delegado de circunscripción, obedece a un mecanismo esencialmente desconocido, nada público ni donde el ciudadano común pueda influir y da la impresión que parte del supuesto esencialmente falso que te mencionaba de que la representatividad estadística de la población refleja de modo más o menos exacto la estructura, diversidad y riqueza de las ideas. En la práctica sucede que las mejores ideas están fuera de los órganos de poder legislativo y no se discuten en los gobiernos, se escuchan en los eventos científicos de ciencias sociales, en eventos culturales –de artistas, escritores, etc.-, a veces aparecen en la prensa, pero no las escuchas en las sesiones de la Asamblea Nacional o en las Asambleas Provinciales. En esos cuerpos están compañeros y compañeras que en su absoluta mayoría son excelentes personas, eso no lo duda nadie porque uno los conoce; pero eso no es suficiente para que sean portadores del dinamismo que necesita la política. De hecho la figura del político ha ido desapareciendo y ese papel lo necesita la sociedad. Todo parece indicar que la institución Poder Popular no construye esa figura y tampoco la alienta.
FLR: Relativa a esta socialización del poder que menciona como expresión de socialismo y democracia, ¿usted cree que todas y todos los cubanos, todas las personas, caben?
JLM: Absolutamente sí, con una excepción: los que apoyen el proyecto que no tiene que ver con la independencia y la soberanía de la nación. ¿Por qué?, porque el de ellos es otro. Lo que define la inclusión es tu adherencia al proyecto nacional. Si tú eres patriota, si tú crees en la independencia y en la soberanía de Cuba, estás incluido pienses lo que pienses, seas lo que seas. Yo no te voy a preguntar si tú eres liberal, si tú eres anarquista, no me interesa, tú eres cubano y quieres el bien de la nación, y quieres la prosperidad para nuestro pueblo; pero si tú quieres, con cualquier retórica, desmontar el proyecto este, que además tiene el apellido socialista, entonces no porque tu proyecto es diferente al escogido por la mayoría absoluta del pueblo y sostenido a lo largo de la historia. Da lo mismo donde tú nazcas, mi padre nació en Santa Cruz de Tenerife y era tan cubano y tan güinero como el más güinero y más cubano que hay en Cuba y en Güines; nació en Santa Cruz de Tenerife y murió con un carnet del Partido en el bolsillo.
La nación es, por un lado, a veces un accidente geográfico, un accidente histórico. Muchas veces empieza por ahí, no se puede evitar esa parte del asunto, pero en realidad es una elección de vida, una vez que eres consciente de las cosas y una vez que optas pues estás optando también por un proyecto de vida.
Como ves, es una forma de repetir lo dicho por Fidel en las palabras a los intelectuales: dentro de la Revolución todo y fuera de la Revolución nada, pero la Revolución tiene tantos caminos como caminos tiene la vida. No te hablo de nada raro si te digo que cuando los babalaos hacen un trazado de rutas posibles, cada una tiene detrás una cantidad de leyendas, una cantidad de historias, que finalmente resumen filosofías de vida.
Eso es la Revolución también, si cabe esta imagen cubanísima, caracoles que se tiran todos los días y que nos abren rutas diferentes a la emancipación y a la libertad de nuestro pueblo, que nos dan la clave de qué hacer para llegar a los objetivos estratégicos de la nación; y entonces esto es una elaboración cotidiana y a la vez periódica de todas las generaciones, unas detrás de las otras. Todas tienen que plantearse y replantearse el proyecto una y otra vez: cómo lo estamos haciendo, cuál era la idea iniciática, qué pensó Varela, qué pensó Martí. Fue Martí quien nos inició en esta idea de la cubanía y todos le hicimos y le seguiremos haciendo caso a lo largo del tiempo; pero ya tú ves, hay muchos tipos de martianos, los ha habido y los habrá, no es nada raro. No se trata de interpretaciones manidas y no manidas, manipuladas y no manipuladas; esto es un poquito más amplio que eso, se trata de la ruta de la nación, de los caminos de la cubanidad que se van construyendo por cada uno de los sujetos sociales que van tomando parte y van integrándose en su desarrollo.
FLR: En una de las entrevistas que forman parte de esta serie se insistió en el olvido de una categoría como la del trabajo en los procesos de reformas de los noventa y el actual. ¿Usted pudiera insistir en este particular?
JLM: Me encanta que lo hagamos, porque además, sabes que ese es el foco delirante que he llevado a lo largo de los años.
Pudiéramos decir que el primer trabajo estrictamente sociológico que se produce, ya con independencia, vamos a decir, disciplinaria para la Sociología, viene de Durkheim, que es La división social del trabajo, y él empezó a explicar todo el movimiento de la sociedad a partir justamente de la división social del trabajo. Sabemos que Durkheim es uno de los padres fundadores. Marx también lo fue y lo que hace Marx es básicamente una articulación entre la sociología del trabajo y la sociología económica. Y del mismo modo Weber, en Economía y sociedad, hace un trabajo extensísimo en esa dirección.
Se entiende que la sociología del trabajo, sin embargo, nace paralelo con Marx y con Babbage. Desde entonces se trazan dos caminos, una variante reformista y una variante crítica; la primera: vamos a trabajar con la gente para armonizar esto y ponernos de acuerdo y llevarnos todos bien y seamos amigos; y la otra: vamos a derrocar este sistema y poner otro donde rijan los trabajadores y el trabajo se imponga sobre el capital, o sea, que la sociología del trabajo fue uno de los espacios académicos donde primero se bifurcaron los caminos de las ciencias sociales como ciencias del orden o como ciencias del cambio.
Pero la sociología del trabajo, que fue fundacional de la disciplina toda, ha venido últimamente en descenso, ha perdido centralidad científica por la pérdida de la centralidad del trabajo, de su objeto de estudio, no sólo en Cuba, en todas partes. El último congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología del Trabajo se dedicó justamente a eso: a la recuperación de la centralidad del trabajo. Lo que molesta es que en Cuba pase también, que tengamos que luchar por esa recuperación, que sigamos vibrando en la misma cuerda de todo el mundo, como si fuéramos neoliberales, porque el trabajo para los neoliberales es una conducta de mercado, la sacan de su centralidad social, que sería reconocer la verdad: que los más importantes procesos vitales se determinen en el trabajo. Ellos creen que esa centralidad no está en los procesos sociales, sino en las instituciones que rigen la concurrencia, que es para los neoliberales la única forma de existencia de lo social.
El trabajo como proceso social no llama la atención del denominado pensamiento único, justamente porque el trabajo los llevaría al análisis directo de una categoría social que es el trabajador, los trabajadores, las trabajadoras, y este es otro asunto que ellos no quieren tocar, ellos quieren tratar con todo el mundo de forma individual. Ahí vemos el ejemplo de la categoría competencia, que es un avance científico en muchos sentidos, pero cuya única expresión es individual. Nunca se habla de competencias colectivas, de competencias grupales.
No se hace porque el tema de la competencia tiene como telón de fondo a la negociación individual sustituyendo a la negociación colectiva, que hizo posible una buena parte de las conquistas obreras en la historia. Todo lo que se avanzó en la precisión y análisis de las competencias es desarrollo de la ciencia, pero no podemos perder de vista qué es lo que está pasando detrás, la intención política que mueve eso.
El socialismo se construye, sobre todo, en la esfera del trabajo porque esa es la esfera que hace libre o esclaviza al ser humano; el trabajo en el socialismo no puede ser objeto de explotación y por eso no puede ser salarista, no puede ser el espacio donde se reciben mandatos gravitacionales que “bajan” desde este o aquel centro decisor. Tiene que ser un espacio de poder de los trabajadores que construyan el plan de acuerdo y en diálogo con todas las instancias, que planifiquen sus ingresos y su quehacer, donde se elijan sus directivos de acuerdo a un proyecto para el colectivo laboral. La libertad hay que construirla desde el trabajo. No se puede pensar en diseñar los procesos igual en el capitalismo que en el socialismo ¡y nadie me diga que los capitalistas son los que saben, porque eso además es falso! Si el socialismo no ha triunfado sobre el capitalismo es porque no ha sabido hacerlo desde los procesos de trabajo. No digo que sea fácil; digo con toda responsabilidad que es posible.
El socialismo es una pauta civilizatoria. Solo el hombre dueño de su proceso de trabajo puede ser dueño de su vida y el hecho de que esa condición se ejerza solo en colectivo es una oportunidad inédita para construir sus condiciones de existencia en paralelo con la construcción humana de cada cual. Siempre que omitamos el trabajo de nuestras proyecciones y análisis estamos también sacando al socialismo de la conversación.
FLR: En relación con esto, a mí me preocupa que la transformación actual en Cuba esté más enfocada en el acercamiento a cuestiones económicas, pero que no se considere esto que estábamos hablando del trabajo.
JLM: Hay por ahí la idea de que crecimiento no es desarrollo y es una idea correcta, el crecimiento no es igual al desarrollo, pero acto seguido hay que aclarar que sin crecimiento no hay desarrollo. No vamos tampoco a llevar las cosas a un extremo que prácticamente crecer económicamente sea un asunto de segundo orden. Este es un asunto de primerísimo orden, tiene que ser así.
Ahora, si de desarrollo humano se trata entonces no estamos hablando de cualquier prosperidad, fíjate que la palabra prosperidad se parece más, o parece que tiene que ver más con el consumo que con cualquier otra cosa, ¿verdad?, y no hablamos de cómo vamos a producir lo que vamos a consumir, ¿con qué vamos a ser prósperos?, ¿de dónde sale lo que nos hace prósperos?
El socialismo tiene un problemita adicional que resolver, no sólo tiene que producir más y mejor, y más barato, y más duradero, y más lindo, y más simpático, tiene que hacer todas esas cosas y tiene que ser más democrático; o sea, los sujetos y los objetos, los bienes y servicios tienen que estar impregnados de una voluntad de crecimiento humano, de actos de crecimiento humano, el hombre tiene que crecer. Hacemos gorras de pelotero, puede haber mil millones de gorras de pelotero, pero el socialismo tiene que ser donde cada gorra sea la tuya, tiene que pensar en cada persona.
Pero decía, lo más importante es que lleve libertad, y la libertad se ha definido de mil maneras. Sabemos que los filósofos dicen que es la conciencia de la necesidad; pero me quiero referir a la libertad política, a la libertad social y para definirla no encuentro nada mejor que repetir que es el derecho de todo hombre a ser honrado y a pensar y hablar sin hipocresía. Sucede que la libertad política es la madre de todas las libertades, el capitalismo llegó hasta su reconocimiento jurídico, pero después llegas a la conclusión de que si no tienes libertad económica, si no eres un sujeto libre en el trabajo, no tienes realmente libertad, como se preguntaba desconcertado Segismundo en su soliloquio calderoniano: “¿Y teniendo yo más alma/tengo menos libertad?”, lo cual nos lleva entonces al punto de partida. Volviendo a la pregunta, no puedes ser libre en el trabajo si en la comunidad tampoco eres libre; tienes que ser libre donde vivas, donde trabajes, donde te desarrolles, las relaciones tienen que ser de libertad, donde haya la plena garantía de que puedas dejar tu impronta personal en todo lo que hagas, en todo lo que digas. Ese es justamente el desarrollo al que algún día la humanidad llegará, porque es la única forma en que va a preservarse, si no, desaparece absolutamente.
El único hombre que va a sobrevivir es el hombre libre, quien no sea libre no va a sobrevivir, ni el esclavista ni el esclavo. Cuando hay esclavitud, aunque sea asalariada, todo el mundo está preso del sistema de explotación. El capitalismo, por ejemplo, lo que hace es refinar la esclavitud, llevarla a terrenos tales que sea casi una sutileza de buen gusto estar y no en la condición de explotados, vale decir de esclavos con salario. Eso es lo que tiene que resolver el socialismo, acabar con cualquier grado, gramo, ápice, de esclavitud que quede en las relaciones humanas, y crear las condiciones para que jamás, y bajo ningún concepto se vuelva a reproducir de algún modo una forma tal o cual de esclavitud. Para eso tiene que acabarse el Estado, el socialismo cuando refuerza el Estado refuerza la coerción sobre los que son sus aliados, sobre los que son sus sostenedores, los que son el alma de su proyecto, y los está convirtiendo en personas reprimidas, y les está matando la posibilidad de acceder individual y colectivamente a la libertad. Ese es el gran problema, por eso hay que trabajar cada día y sin descanso por la extinción del Estado, por más que sea una meta a largo plazo. Y no estoy hablando solamente del socialismo cubano, no, el socialismo, dondequiera que se pretenda, es la búsqueda continua, permanente y sostenida del reino de la libertad.
¿Entonces cómo nos lleva esto al trabajo? Ya hablé de esto antes, ahora lo digo de otra forma: el trabajo es la esfera fundamental de las actividades humanas en las que se construye la libertad. ¿Por qué?, porque tú no trasciendes por lo que eres sino por lo que haces, el mundo nos conocerá a cada uno de nosotros por lo que hagamos más que por quienes seamos.
Todo el mundo no necesita la misma libertad, ni todo el mundo hace lo mismo con ella. ¿Cuándo la sociedad será un lugar, un espacio donde merezca la pena vivir?, cuando todo el mundo tenga la posibilidad de descubrirse a sí mismo y ver dónde puede hacer lo mejor por los demás, ese es el lugar, y para eso tenemos que construir la libertad en el trabajo. Para eso tenemos que empezar a empeñarnos desde hoy, construyéndolo para el llamado comunismo, que dicho así es una palabra, es una consigna, es una bandera, comunismo es la parte quizá mística del sentimiento de libertad, de la libertad humana, que tiene que organizarse de alguna manera. En los siglos anteriores, en el xix y el xx, parecía que una sociedad así se podía delinear, Marx desde el principio sabía que eso no era así, Marx sabía que eso no era un modelo de sociedad, y muchísimo menos una sociedad modelo.
FLR: Hablamos antes de las transformaciones en el terreno de la propiedad, y en otro momento de la entrevista usted se refirió con fuerza a los sindicatos. En la actualidad se está hablando de más de la cuarta parte de la fuerza laboral del país vinculada al sector no estatal, ¿en qué medida esos espacios son de débil influencia para organizaciones como la central de trabajadores existente en la actualidad?, ¿y en qué medida usted percibe que fuera necesaria otra variante organizativa?
JLM: La idea que tengo del sindicato en las condiciones actuales, considerando su funcionamiento actual, prácticamente no me sirve para el sector estatal ni para el no estatal. Ahora, el problema de la representación política de todos los trabajadores, de todos los grupos sociales, es otro asunto; ahí entramos en la diversificación, el crecimiento y el enriquecimiento que tiene que tener la infraestructura participativa.
La adscripción sindical es algo ínsito a la cultura participativa de los cubanos porque los sindicatos fueron, en su conjunto, una de las fuerzas que trajo el despertar de la conciencia nacional en las primeras décadas del siglo XX. El sindicato de Alfredo López, y después el de los comunistas, de Lázaro Peña, ese sindicato caló en la entraña popular porque defendió los más caros intereses de las clases trabajadoras, sobre todo con líderes fabulosos como Jesús Menéndez, Aracelio Iglesias o el propio Lázaro, en fin, grandes líderes. Al margen de otras consideraciones políticas, a todos ellos los admiro infinitamente como dirigentes sindicales, como luchadores por la clase trabajadora y por los intereses de la clase obrera. Esa es la verdad de la historia, y discutir eso o negarlo es sencillamente virarle la espalda a la realidad.
Ahora necesitamos que los sindicatos tengan una diversidad mayor, y sobre todo que tengan tareas políticas importantes, espacios de discusión, que tengan influencia sobre las leyes que se toman. Yo no me aferraría tanto al esquema de los sindicatos ramales como sí a la amplitud y diversificación de la representación política, desprejuiciar un poco ese pensamiento y no creer que hay una sola manera de estructurar esa representación. Tampoco se puede ser ingenuo en esas cosas, nosotros solos no pensamos en eso, y ante rótulos tan atractivos como “diversificar la representación” alguien construye una plataforma, busca una consigna y viene un fondo en divisas, de ya sabemos dónde, a financiar a un grupito que funciona como quintacolumna dentro del país. Es imposible evitar que cualquier idea de cambio no se inscriba dentro de los desafíos de la lucha política, la cual será, y sobre todo desde ahora en adelante, cada vez más compleja.
Pero no puede pensarse que hay una sola forma de movilizar a los trabajadores, ni que la forma tradicional es también la única. Yo no creo que haya que renunciar a las tradiciones, pero tampoco que haya que cerrar los ojos o virar la espalda ante nuevas maneras de hacer las cosas, y yo creo que hay que irlas pensando. El sindicato tiene que ser objeto de una profunda investigación que ellos mismos debieran alentar; tiene que autoestudiarse, ser estudiado desde afuera y desde dentro, ver todas las posibilidades y cotejarlas con la realidad.
FLR: Tengo entendido que en la sede de la CTC nacional existe un Consejo Científico.
JLM: Ellos una vez tuvieron un Consejo Científico pero ya no lo están manteniendo, yo fui parte de él. Te puedo decir que la vida y la historia de ese consejo no fue exactamente una experiencia buena, porque chocaba con todas estas posiciones adscritas a la lógica de las poleas trasmisoras, habían presupuestos que no se podían saltar; tampoco creo que los investigadores, por lo menos yo, tuviéramos la suficiente madurez para haber pasado los mensajes de la mejor manera, ni creo que los compañeros y compañeras de la Central estaban completamente preparados para entender y poner en práctica las mejores ideas.
Dejando atrás esa experiencia, lo cierto es que pasó todo lo que pasó en el mundo y el socialismo real salió de la historia viva y pasó al capítulo de los malos recuerdos. Es muy injusto, pero fue así. Eso es una experiencia para la humanidad, para nosotros también, y yo creo que podemos ver ahora desprejuiciadamente los nuevos retos, con nuevas miradas y con nuevos lentes también.
Está claro que los sindicatos tienen que desempeñar un papel protagónico, y que la esfera del trabajo tiene que estar en el centro de los análisis. Si hacemos quinientos lineamientos, una parte importante de ellos tienen que ir a la esfera del trabajo, y entender el trabajo como categoría sociológica, filosófica, histórica o incluso antropológica. Tenemos que ver al trabajo desde esos ángulos y desde otros, por ejemplo como sujeto de la comunicación. El trabajo es objeto y sujeto de la comunicación; toda la esfera comunicacional en Cuba tiene que reestructurarse, tiene que pensarse mejor, tenemos que comunicar alegría, decía eso, pero no sólo alegría, tenemos que comunicar razonamientos claros, mensajes inteligentes, tenemos que pasarle a la gente un mensaje inteligente de la vida, pero siempre con la convicción de que todos vamos a considerar más la inteligencia cuando la podamos usar, cuando nos sea útil para vivir.
Los gustos se construyen, en las preferencias se influye mucho, y eso hay que planificarlo también. No es manipular a la gente, porque tú puedes informar y construir conciencia, es más, si construyes conciencia es porque no manipulas, si no lo que construyes son ideas hijas de otras, y de otras, y generalmente son estereotipos y cositas chiquiticas para que se las aprendan rápido y sin pensar, pero la construcción de conciencia es bastante más ambiciosa y emocionante, lo que supongo que deba traducirse en un gran proyecto comunicativo. Creo que el socialismo no ha encontrado aún su proyecto de comunicación y estamos viendo dondequiera lo decisivo de esa esfera.
CGS: En la concepción de la transformación actual en Cuba prevalecen procesos que han mirado más a lo estructural, a lo macro, y no tanto a los microprocesos; que en el tema del trabajo se han preocupado más por la propiedad, y digamos, menos por los derechos de los trabajadores, ¿cómo está siendo el correlato entre los decisores y las ciencias sociales en ese sentido, y cuánto usted concibe que estas disciplinas, la sociología del trabajo y la antropología por ejemplo, pueden aportar a ese proceso de cambios?
JLM: Creo que la necesidad de un diálogo, yo diría que casi una sinergia -algo más intenso- entre los decisores y la ciencia tiene que ser permanente sobre todo en nuestro socialismo.
Veámoslo desde este ángulo: el socialismo es una obra de alta cultura, el proyecto nacional cubano es también una obra de alta cultura desde su propio nacimiento. Es una construcción de muchos, viene desde Varela, pero sobre todo de Martí, es un conjunto de elaboraciones en sucesión que llega a Martí y él les da molde y cocción definitivos. Es un orgullo nacional porque, sin pecar de chovinista, no abundaban en América Latina ni en Norteamérica, en ese momento histórico, pensadores de la talla intelectual como los que nutrieron, de un modo o de otro, la idea nacional cubana.
Nosotros necesitamos tener esa construcción culta de nuestra idea iniciática nacional y ese monitoreo especializado constantemente, porque somos un proyecto que se hace a contrapelo de otros, eso no les sucede a todos; pero el nuestro surgió junto con el de Estados Unidos, y el de ellos decía que nos incluía, y el de nosotros decía, desde Varela, que podíamos asociarnos a otros menos al de los Estados Unidos. El elemento Cuba tenía ese extrañísimo y singularísimo rol, pues aquel proyecto imperial lo incluía por razones de seguridad, de economía, y el de acá, emancipatorio y nacionalista, establecía por muchas otras razones su total rechazo a esa posibilidad. Entonces somos un proyecto en confrontación, somos un proyecto que tiene que imponerse al no-proyecto o al anti-proyecto que nos presentan y que nos quieren imponer de mil maneras, desde la televisión, la radio, la música, o las más disímiles formas ideáticas contentivas de alguna visión de futuro.
Si nos adscribimos a la más justa verdad, nunca las ciencias sociales han tenido tanto diálogo con el poder como después de los Lineamientos, porque hay un momento determinado en que los decisores se percatan de que están ante un problema que reclama movilizar un conjunto amplio y diverso de saberes por lo demandante de las tareas a llevar a cabo y se percatan además de que esos recursos humanos e intelectuales están en el país y, con toda la razón y con todo el derecho del mundo, acuden a su academia, la convocan. Se creó un consejo científico asesor de la puesta en práctica de los Lineamientos, donde están buena parte de las más importantes instituciones científicas del país y eso nunca había sido así, jamás se había lanzado esa convocatoria. Después la práctica ha dicho que algunas propuestas han caminado y se han entendido mejor que otras, y que algunas cosas han levantado una plataforma de diálogo y otras aún no lo han logrado suficientemente, lo cual quiere decir que sigue habiendo un espacio donde no hay todavía el diálogo que aspiramos y necesitamos.
En el caso de los estudios del trabajo, se acaba de realizar una reunión nacional con sociólogos, antropólogos, economistas, psicólogos, etc. en el mes de marzo que fue muy exitosa. Hicimos una convocatoria amplia y la respuesta fue fabulosamente positiva. Eso quiere decir que las cosas se van moviendo independientemente de que uno esté o no al tanto; o sea, que quizás estamos en presencia de un proceso en que las cosas van llegando a un momento de saturación, que se van acumulando saberes que de todas maneras llegarán a alguna buena parte.
Tenemos que aprender mejor a comunicar lo que sabemos, tener mejores armas, hace tiempo que muchos investigadores estamos pensando en eso y experimentando vías y métodos. Tenemos que lograr que en la televisión, en la radio, se presenten las sinopsis de las investigaciones y así de lo que pensamos sobre muchos aspectos de la realidad. Tenemos que llevar a Mesas Redondas, o como fuere que se les llame, los debates de los temas sustantivos de las ciencias sociales, tenemos que ganar esos espacios y colocarnos ahí. Y la dirección del país tiene que acostumbrarse a escucharnos, tiene que aprender, y nosotros aprender cómo le comunicamos las cosas, tiene que ser un aprendizaje mutuo; yo creo que ahora hay mejores condiciones para eso que nunca, pero también creo que siguen vivas toda una serie de limitaciones para ese diálogo, que van a seguir acompañándonos un tiempo, al fin y al cabo esa es la historia de todos los prejuicios. Me gusta creer que esa realidad va a seguir evolucionando positivamente.
Y la dirección del país tiene que acostumbrarse a escucharnos, tiene que aprender, y nosotros aprender cómo le comunicamos las cosas, tiene que ser un aprendizaje mutuo; yo creo que ahora hay mejores condiciones para eso que nunca, pero también creo que siguen vivas toda una serie de limitaciones que radican en desconfianzas y resquemores mutuos, que van a seguir acompañándonos un tiempo, como es la historia de todos los prejuicios.
CGS: Finalmente, durante la entrevista se ha insistido en la importancia del estudio de la historia, sobre todo porque usted ha hecho énfasis en el tema de cómo comunicar el socialismo que estamos construyendo. Yo creo que también habría que pensar cómo hemos comunicado la historia de nuestro socialismo, ¿no?, lo que hemos hecho hasta ahora, y nuestras propias memorias, la memoria del socialismo cubano. Quería saber su opinión al respecto.
JLM: Alguien ha dicho que fuimos capaces de hacer la historia, pero no de escribirla. La historia de las revoluciones es particularmente difícil, por las muy diversas y complejas formas en que se expresa la condición humana y por la propia naturaleza convulsa de los procesos que ocurren a su interior. La defensa de nuestra revolución pasa por el cabal conocimiento de su historia y creo que hay episodios, procesos, figuras, cuerpos políticos y circunstancias insuficientemente estudiadas o conocidas y que necesariamente deben ser abordadas con trasparencia, valentía política y objetividad en los análisis. Por poner ejemplos, no está clara la participación de la Organización Auténtica en todo el proceso insurreccional y sería bueno conocer qué papel jugó exactamente en la organización de la expedición del yate Granma. Sucede, por otro lado, que esa organización aportó mártires que no pueden ser olvidados ni desconocidos y ahí están los sucesos del desembarco del Corinthia o del asalto al cuartel Goicuría en Matanzas. Tenemos que incluir todo eso en la historia, con sus análisis correspondientes, como el propio papel de Prío y su desentendimiento del proyecto revolucionario, aun cuando regresó a los pocos días del triunfo quién sabe con qué ideas en la cabeza.
Esa historia tenemos que saberla de verdad para entender las cosas. Tenemos que saber cómo se expresaron los fenómenos del sectarismo, quién fue el delator Marquitos, qué hicieron las distintas organizaciones revolucionarias, cómo se superó aquella etapa, tenemos que saber quién era Aníbal Escalante, qué fue la Microfracción, y saber, en suma la historia con todas sus verdades y con todas sus visiones. Tenemos que conocer de contradicciones y errores como la existencia de la UMAP, a quién se le ocurrió, ¿por qué algo así pasó?
A fin de cuentas la Revolución cubana tiene menos páginas negras que muchas otras, y un sinnúmero de páginas de gloria. En la Revolución francesa hubo matanzas de opositores, en la rusa también, a veces curas, a veces miembros de la familia real; aquí no hubo nada de eso, ni se practicó la venganza o el atentado contra enemigos violentos y criminales. Y entonces la Revolución cubana puede sacar sus ropajes al sol y decir: “Aquí nos equivocamos y aquí también; pero mira, hicimos esto y esto, que nadie lo hizo”. La historia de la Revolución hay que hacerla, pero como parte de ella la historia del trabajo, y la historia de la cultura cubana en revolución, no solo la historia política. Ya se han dado algunos adelantos valiosísimos como el libro El 71 de Fornet. Pero se necesita mucho más.
Los procesos humanos no son fácilmente inteligibles, sobre todo cuando hablamos de grandes conmociones sociales. La historia con todas sus verdades casi que se ha escrito sólo por excepción. La historia nunca ha tenido la suerte de disfrutar una comunión muy fuerte con la veracidad que reclama la cultura humana, porque la historia siempre está hecha por los que les interesa narrarla de tal o cual manera. Eso no niega que se hayan hecho aportaciones de alta calidad, pero hay que hacer la historia de la Revolución como lo que es: la mayor conquista y la más impresionante proeza de nuestro pueblo, con todas sus virtudes y originalidades, con todas sus contradicciones y dificultades, porque la única manera en que las nuevas generaciones pueden, entender primero y defender después este proceso, es si lo conocen de verdad, no una versión más o menos construida a los intereses de alguien para que se entienda esto, aquello y lo de más allá.
Si alguien puede decirlo todo, y todo es todito, somos nosotros. No le debemos prendas a nadie. Aquí no se ha sido asesino nunca. Aquí se han cometido errores de idealismo, de extremismo, de ignorancia y de estupidez a veces. Pero no solo errores, también contamos con una mayoritaria creación cultural y social sin precedentes en el llamado Tercer Mundo.
La nuestra es una historia que cuando entras en ella se devela la explicación de muchas cosas, y hay que reconstruir bien todo eso para que entendamos cómo ha sido. En definitiva, la mejor historia de Cuba es la que nos queda por hacer y por escribir.

Carolina García Salas, Fernando Luis Rojas