lunes, 5 de diciembre de 2016

Internacionalismo, una obra a la medida de Fidel




Operación Tributo: Fidel Castro y José Eduardo Dos Santos, rindieron la última guardia de honor.

Fue en diciembre de 1975, en el informe al Primer Congreso del Partido donde se expusieron las razones históricas, éticas y humanistas que llevaron a Cu­ba a prestar su ayuda solidaria a otros pueblos hermanos

Hasta 1975 Angola no pasaba de ser para muchos cubanos un país remoto desde donde llegaba en imágenes esporádicas la doble cara de una cruda realidad: por un lado, la belleza inigualable de una tierra pródiga en recursos naturales y, por otro, las penurias de un pueblo sumido en la más extrema pobreza.
Exquisito manjar para las potencias capitalistas, sentía en las entrañas la expoliación de sus riquezas, iniciada siglos atrás cuando mi­les de esclavos fueron enviados a trabajar, y a morir, en los cañaverales de una isla que forjó su nacionalidad con la sangre, el sudor, la va­lentía y la espiritualidad de aquellos hombres y mujeres.
Toda una generación nacida con la Re­volución fue educada en el más puro sentimiento de solidaridad hacia otros pueblos, máxime cuando de muchos de ellos se había recibido el apoyo moral y material para sobrevivir a los embates de un imperio que jamás ha aceptado a Cuba como nación libre e independiente.
En aquel entonces, no todos tenían conciencia cabal de lo que había hecho este pe­que­ño país en la ayuda directa a los movimientos guerrilleros que como pólvora se ex­pandían por el llamado Tercer Mundo, para li­brarse del yugo colonial y de las nuevas formas de dominación impuestas por el imperialismo.
Los detalles de la presencia cubana en Ar­gelia, Congo, Bolivia y Guinea Bissau consti­tuyeron un secreto celosamente guardado, no solo por las autoridades sino por los cientos de combatientes que participaron en aquellas jor­nadas gloriosas, cuando resplandeció con luz propia el ejemplo de Ernesto Che Gue­vara.
Fue, precisamente, en diciembre de 1975, en el informe al Primer Congreso del Partido presentado por su primer secretario Fidel Cas­tro Ruz, donde se expusieron las razones históricas, éticas y humanistas que llevaron a Cu­ba a prestar su ayuda solidaria a otros pueblos hermanos.
Se refería, en específico, al hecho más re­ciente: la decisiva participación de los com­batientes internacionalistas cubanos, junto a los patriotas del Movimiento Popular para la Li­beración de Angola (MPLA) en los acontecimientos que impidieron fuera escamoteada la proclamación de la independencia de ese país.
Un extenso reportaje escrito por el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez, bajo el título de Operación Carlota, narraba en esa época los detalles y las peripecias del traslado, por vía aérea y marítima, del contingente militar que acudió en auxilio de la naciente república.
«Me voy de maniobras para Camagüey…», fue uno de los tantos pretextos usados por los oficiales y soldados al despedirse de los seres que­ridos, convencidos de que ya, a esas alturas, el socorrido engaño poco efecto surtiría, pues el secreto era patrimonio exclusivo de to­do el pueblo cubano.
A quienes sí sorprendió fue a los estrategas del Pentágono y a los altos cargos de la Agen­cia Central de Inteligencia, quienes con su ha­bitual prepotencia jamás imaginaron que una isla del Caribe, pudiera asumir tan colosal empresa a miles de kilómetros de sus costas y, lo que es mejor, llevarla a feliz término.
Apenas sin recuperarse de la larga travesía, los combatientes internacionalistas ocuparon trincheras codo con codo con los soldados an­golanos y se llenaron de gloria en Quifan­gon­do, Cabinda, Ebo y en una elevación que por el heroísmo de los hombres que la defendieron recibió el nombre de Primer Congreso del Partido.
Luego vendrían los golpes demoledores en los frentes Norte y Sur, las noticias de los mercenarios capturados, los partes de las masacres perpetradas por el enemigo en su retirada de ciudades y poblados, la desbandada final de las tropas sudafricanas y la firma de un acuerdo que pronto los racistas se encargaron de violar.
Las proezas de aquellos combatientes en­gendraron un profundo sentimiento de orgullo en el seno del pueblo cubano, que comenzó a hacer suya cada victoria de los patriotas angolanos en su lucha por la definitiva independencia ante los no ocultos intereses geopolíticos del régimen del apartheid.
Una generación de jóvenes cubanos creció en ese ejemplo, enriquecido en los años ochen­ta del siglo pasado con las páginas de heroísmo escritas por los defensores de Sumbe y Can­gamba, quienes en condiciones totalmente adversas supieron poner en alto el nombre de Cuba.
Los internacionalistas cubanos pusieron en riesgo sus vidas por conquistar la libertd de otros pueblos. Foto: Ricardo López Sánchez
Así ocurrió a partir del segundo semestre de 1987, cuando el nombre de un diminuto enclave en la parte suroriental de Angola, relativamente cerca de la línea estratégica que cu­brían las tropas cubanas, comenzó a acaparar la atención de los principales medios de prensa del mundo: Cuito Cuanavale.
Ante la compleja situación creada para las fuerzas patrióticas en esa zona apartada de la geografía angolana, una vez más se hizo presente el apoyo de la isla caribeña, cuyas autoridades, el 15 de noviembre de 1987, acordaron enfrentar el reto y dar una respuesta contundente a la altura de las circunstancias.
Con ese propósito, mientras se resistían unos tras otros los ataques de los racistas su­dafricanos en Cuito Cuanavale, arribaron a An­­­gola decenas de unidades enviadas desde Cu­ba en la Operación XXXI Aniversario de las FAR, para conformar a partir de entonces un frente común junto a los angolanos y na­mibios.
El refuerzo, que elevó a más de 50 000 la cifra de efectivos cubanos en el teatro de operaciones con un incremento sustancial en el número de medios blindados y antiaéreos, cons­tituyó una fuerza realmente impactante si a ello se suma la elevada moral combativa de sus integrantes.
Tal disuasivo militar, a la larga, cumplió su cometido, cuando en Pretoria se percataron de que no era juego lo que les venía encima. Nada pudo impedir el avance del contingente internacionalista por el flanco suroccidental has­ta expulsar a los invasores del territorio an­golano.
No se equivocó el Comandante en Jefe, como principal estratega de la contienda: «La idea, sentenció, era frenarlos en Cuito Cua­na­vale y golpearlos por el suroeste», en lugares sensibles, verdaderamente estratégicos, cual implacable derechazo de Teófilo Stevenson, el mítico multicampeón olímpico de boxeo.
Desde el aire, los valerosos pilotos cubanos cerraron con broche de oro tan brillante epopeya, cuya eficacia quedó inscripta para la posteridad en una de las paredes del complejo hidroeléctrico de Calueque, a solo 15 kilómetros de la frontera con Namibia: MIG-23 nos partieron el corazón.
Al adversario no le quedó otra alternativa que reconocer a regañadientes la derrota y sentarse definitivamente en la mesa de negociaciones, muchas veces interrumpidas o dilatadas por su arrogancia y prepotencia, hasta que el 22 de diciembre de 1988 se firmaron los acuerdos entre Cuba, Angola y Sudáfrica.
Ese día, en la sede de la Organización de Naciones Unidas en Nueva York, se establecía el 1ro. de abril de 1989 como fecha de inicio de la aplicación de la Resolución 435/78 para la independencia de Namibia, decisión que marcaría un cambio radical en el curso de la historia del cono sur africano.
Logrado este paso, los gobiernos de Angola y de Cuba acordaron, en el mismo lugar, el calendario en etapas para el repliegue de las tropas cubanas hacia los paralelos 15 y 13, y el regreso gradual a la patria del contingente in­ternacionalista, definido hasta el 1ro. de julio de 1991.
Cinco semanas antes de tal fecha, en la no­che del 25 de mayo, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz recibía en el aeropuerto José Martí, de Ciudad de La Habana, a los últimos combatientes cubanos que permanecían en Angola, encabezados por el general de brigada Samuel Rodiles Planas.
Días más tarde, el parte de Raúl a Fidel es­tremeció a todos los reunidos en la ceremonia oficial de bienvenida en el mausoleo de El Ca­cahual. «La Operación Carlota ha concluido», dijo con voz grave y segura en medio de la so­lemnidad reinante, como para que lo escuchara el mundo entero y más allá si era posible.
En cinco palabras resumía toda una colosal hazaña que se prolongó durante 15 años y siete meses, y donde Cuba se erigió como símbolo de solidaridad militante, lealtad a los principios, seriedad ante los compromisos y dignidad sin claudicaciones frente a los enemigos de siempre.
El entonces Ministro de las FAR no dudó un segundo en mencionar al artífice de tan colosal victoria: «La gloria y el mérito supremo pertenecen al pueblo cubano, protagonista verdadero de esa epopeya que corresponderá a la historia aquilatar en su más profunda y perdurable trascendencia».
Las cifras hablan por sí solas: más de 380 000 soldados y oficiales montaron guardia o pe­learon junto a los pueblos de África, a los que se unen otros 70 000 que ejercieron como colaboradores civiles en diferentes ramas de la producción y de los servicios. De ellos, 2 077 ofrendaron sus vidas a la causa de la libertad.
Los combatientes regresaron solo con sus muertos y con el agradecimiento de millones de personas dignas de este mundo, en especial de los pueblos de África. Nada ni nadie podrá borrar jamás sus proezas en lo que constituyó, al decir del intelectual Piero Gleijeses, un no­ble y justo final para una historia digna de orgullo.

Miguel Febles Hernández | febles@granma.cu