lunes, 5 de diciembre de 2016

Fidel Castro: Un líder políticamente incorrecto




Ha sido tan inocultable la impresionante reacción de dolor y compromiso del pueblo cubano ante la muerte de Fidel que algunos medios de comunicación se han consagrado a interpretarla y devaluarla para luego vender la idea de un país minado por la incertidumbre y el desánimo, “sin referentes”. El diagnóstico y detrás la profecía que desean autocumplida: “Cuba está tan detenida en el tiempo que cualquier cambio que venga, tendrá que ser brusco para ser efectivo.”
Hasta en la psicología se han buscado explicaciones. Se ha dicho -y escrito- que la forma en que han raccionado los cubanos no es racional, que obedece a un “síndrome de Estocolmo”, se ha sugerido mendazmente que el luto es obligado porque “si alguien bebe alcohol o escucha música en el auto o en la casa, le clavan una multa equivalente a 50 dólares”, y se ha concentrado la imagen del dolor provocado por la partida del Comandante en “muchos ancianos y ancianas” como si no fueran los jóvenes los que iniciaron la consigna “Yo soy Fidel” y la gritaron atronadoramente en el homenaje de la Plaza de la Revolución.
Considerando a cubanas y cubanos como a sí mismos, los reporteros enviados a La Habana para cubrir el funeral de Fidel buscan en razones materiales – alusiones a ollas arroceras y refrigeradores- lo que para ellos es invisible. Si urgaran un poco en la historia de Cuba para saber a quién han venerado los cubanos comprenderían la verdad. Se enterarían entonces de Antonio Maceo que con un puñado de hombres y tras una guerra desvastadora no aceptó una paz sin independencia y abolición de la esclavitud, de José Martí que más que ofrecer a los obreros emigrados les fue a pedir -y obtuvo de ellos- un día de salario al mes para armar a los libertadores de Cuba, de Antonio Guiteras que cuando los embajadores de Estados Unidos mandaban en América Latina tuvo el valor de expulsar a uno de su oficina, o de Jesús Menéndez quien impuso a los monopolios norteamericanos un acuerdo único en la historia en beneficio de los trabajadores azucareros. Lógico, ninguno de esos referentes fue transmitido a través de los medios de comunicación ni se construyó a través de bienpagados columnistas del dólar.
Tal vez en la cabeza de los cubanos que dan emocionado adiós a su líder no hay un recuerdo de algo material sino victorias que lograron junto a Fidel como el regreso de los Cinco prisioneros antiterroristas condenados injustamente en Estados Unidos o la devolución del niño Elián González, a quienes en contra del sentido común el Comandante aseguró traerían de vuelta.
Es que mirándose en un espejo, buscando el clientelismo, la politiquería y la demagogia al uso en sociedades que quieren servir de ejemplo a Cuba no se van a encontrar con el Fidel que admira el pueblo cubano.
Los últimos pronunciamientos del Comandante fueron, como siempre, políticamente incorrectos. “No confío en la política de los Estados Unidos” dijo en enero de 2015; “hermano Obama”, llamó irónicamente al presidente de Estados Unidos al desnudar las intenciones de su visita a Cuba y decirle con un gesto digno de Maceo “no necesitamos que el imperio nos regale nada”, y en su último discurso ratificó su condición de comunista. No fue ambiguo ni equidistante, siempre tomó partido, fue radical, “extremista” dirían algunos, como Martí, Maceo, Guiteras, y Menéndez, y por eso está junto a ellos en el corazón de los cubanos, porque logró lo que llevó a aquellos a entregar su vida.
¿Qué agradecen entonces los cubanos cuando despiden al Comandante? Digámoslo no con las palabras de un revolucionario sino con las de un desafecto que, en un acto de honestidad que le costó terminar una entrevista en una radio de ultraderecha española, dijo lo que cualquiera que ha rendido tributo al Comandante por estos días sabe muy bien: “Cuando llegó Fidel triunfó y convirtió un país de mamboleta, de prostitutas, de tahúres y de americanos y lo convirtió en una de las naciones más importantes del mundo.”

Iroel Sánchez
CubAhora