domingo, 2 de febrero de 2014

Leonardo Padura: El hombre que amaba a los perros




La publicación en inglés de El hombre que amaba a los perros por el autor cubano Leonardo Padura es un acontecimiento literario y político importante. Leí esta excepcional novela cuando salió en lengua española y me produjo una profunda impresión. Tenía la intención de escribir una reseña entonces, pero no me fue posible hacerlo por una combinación de circunstancias. Con el mayor de los placeres ahora voy a rectificar esta omisión.
Nacido en La Habana, Cuba, en 1955, Leonardo Padura es un gran novelista, así como periodista y crítico. Es autor de varias novelas, libros de cuentos y varias colecciones de no ficción. Sus novelas protagonizadas por el detective Mario Conde se han traducido a muchos idiomas y han ganado premios literarios en todo el mundo.
Padura es más conocido por sus novelas policíacas, pero El hombre que amaba a los perros pertenece a un ámbito completamente diferente. En mi opinión, con razón, puede ser considerado como un clásico moderno, una combinación de la investigación minuciosa histórica y de la creatividad de un novelista de primer orden.
El título intrigante es el producto de un recurso literario a través del cual el autor intenta vincular los destinos separados de los tres personajes principales: el escritor cubano Iván, el gran revolucionario ruso León Trotsky y su asesino, Ramón Mercader. El hombre que amaba a los perros es este último mencionado. Que hubiera existido o no un vínculo estrecho con la especie canina es, naturalmente, algo bastante irrelevante para el tema central del libro. En la mejor tradición de la novela histórica, Padura combina hechos históricos con la invención creativa artística.

Crimen y castigo

La historia gira en torno a un personaje de ficción, Iván Cárdenas Maturell, que en su juventud fue un escritor prometedor cubano hasta que un día cayó en desgracia con los censores estalinistas, los cuales declararon que una de sus historias era contrarrevolucionaria. Su carrera está bloqueada por una capa de burócratas, arribistas y oportunistas, y se ve obligado a ganarse una existencia miserable como corrector de textos en una revista de veterinaria. Al comienzo de la novela nos encontramos con él en el funeral de su esposa, un hombre desilusionado y roto que vive en una casucha destartalada con goteras y cuyo único consuelo está en su perro mascota.
Mientras que contempla la muerte de su mujer, comienza a mirar a su vida pasada, y recuerda el momento de una extraordinaria coincidencia. Una tarde, en 1977, dando una vuelta en una playa, se encuentra con un misterioso extranjero que pasea a sus dos perros borzoi rusos –una raza prácticamente desconocida en la isla–. El interés común en los perros es el punto de partida de una conversación en la que el hombre que amaba a los perros se presenta como Jaime López, un español de edad avanzada que vive en La Habana.
El hombre finalmente resulta ser Ramón Mercader, el estalinista catalán y agente de la GPU que, por órdenes personales de Stalin, asesinó a León Trotsky, el hombre que, junto con Lenin, dirigió la revolución bolchevique en Rusia. Después de completar una condena de veinte años en una prisión mexicana, Mercader fue finalmente liberado en 1960, y viajó por primera vez a La Habana. Un año más tarde, en 1961, se trasladó a Moscú, donde sus jefes en el Kremlin le condecoraron como un "Héroe de la Unión Soviética".
Sin embargo, Mercader no estaba destinado a disfrutar de los frutos de su crimen. Incluso la condecoración tuvo que hacerse en secreto, ya que sólo unos pocos años antes Jruschov había denunciado a Stalin como criminal y asesino de masas. Comprometido al silencio hasta el final de sus días, Mercader vivió una existencia sombría en Moscú, incapaz de emigrar al extranjero y bajo la atenta mirada de la KGB, hasta que finalmente se le permitió ir a La Habana, cuando sufría de un cáncer terminal, y donde murió en 1978, en la más completa oscuridad.
Estos son los hechos conocidos. Pero en torno a estos pocos hechos, Padura teje una compleja, pero convincente, trama que mezcla la realidad con la ficción, pasando sin problemas de la primera a la segunda de tal manera que el lector pronto se olvida de que está utilizando su imaginación para llenar los huecos vacíos. Al principio, el dueño de los perros borzoi afirma haber sido amigo del hombre que asesinó a León Trotsky. ¿Podría él ser el infame Mercader? Hasta el final, Iván (y el lector), es mantenido en la duda.
En ningún momento el misterioso Jaime López admite en tantas palabras que él y Ramón Mercader son una y la misma persona, pero en el proceso de revelación gradual emerge una historia extraordinaria. Las dudas se resuelven finalmente cuando, después de la muerte del hombre que se llama Jaime López, Iván recibe un paquete que contiene la biografía de Mercader. Impulsado por algún deseo interno, el asesino siente la necesidad de hablar desde el más allá de su pasado a un completo desconocido, cuyo único punto en común es que éste ama a los perros.
A primera vista, parece muy poco probable este escenario. Pero el funcionamiento de la psique humana es complejo y Padura muestra un considerable conocimiento de estas complejidades. Se sabe que una conciencia culpable puede llevar a un criminal a relatar sus crímenes a un investigador policial, y que este hecho puede ser utilizado por un interrogador hábil para obtener la confesión deseada. El hecho de que Mercader sabía que estaba muriendo añade peso a esta suposición psicológica.
Tal vez ha sido la experiencia del autor como escritor de novela negra lo que le haya ayudado a lograr esta percepción psicológica. El gran escritor ruso Dostoievski mostró el mismo tipo de conocimiento cuando trató de la psicología del asesino Raskolnikov en su novela más famosa, Crimen y castigo. De hecho, hay ciertos paralelismos entre estas dos obras. En las obras estándar de la novela policíaca, la identidad del asesino sólo se revela al final. El interés radica, precisamente, en el descubrimiento gradual de la identidad del asesino. Pero en la novela de Dostoievski, la identidad del asesino es conocida desde el principio. El interés aquí es de una clase diferente: se encuentra en la revelación gradual de la psicología del crimen y del castigo.
Hace mucho tiempo, el famoso poeta inglés Coleridge hablaba de esa “suspensión voluntaria de la incredulidad” como condición previa para el disfrute de la poesía, y Padura asegura precisamente eso. Fue, sin duda, la necesidad de expiar su culpa lo que obliga a Mercader a describir su vil crimen a un completo desconocido. Consigue convencer al lector de que un encuentro tan improbable como este, de hecho, tiene lugar; que el escritor Iván, de hecho, existe y que los acontecimientos extraordinarios en la novela son hechos y no ficción.

Una obra de muchos niveles

Desde el punto de vista de la técnica literaria, Padura muestra gran habilidad vinculando entre sí los acontecimientos de la vida de Iván en Cuba, los primeros años de Mercader en España y Francia, y el exilio de Trotsky. Padura traza muy a conciencia la vida de Trotsky desde la Revolución de Octubre, a través de la Guerra Civil, cuando lideró el Ejército Rojo a la victoria contra 21 ejércitos de intervención extranjera, la lucha de la Oposición de Izquierda contra la burocracia estalinista, y los largos años de exilio en Turquía, Francia, Noruega y, finalmente, México. La vida de Trotsky está bien documentada y la versión de Padura sigue los hechos muy de cerca.
Padura cuenta toda la historia de la batalla de Trotsky con Stalin y el estalinismo, su exilio de la URSS y, finalmente, su asesinato. Pero es una obra de muchos niveles, que entreteje una serie de hilos relacionados pero distintos. El primero es la historia de Iván Cárdenas Maturell. En segundo lugar está la vida de Trotsky y la de Mercader, la Guerra Civil española, el siniestro funcionamiento de la GPU de Stalin y, por último, pero no menos importante, el problema de la burocracia y la reverberación del estalinismo en la propia Cuba.
Tampoco es difícil de creer que el personaje de ficción, Iván, se basa en las experiencias reales que Padura ha tenido él mismo o ha observado en otros. Él es realmente la personificación de toda una generación de jóvenes intelectuales cubanos que se entregaron en cuerpo y alma a la Revolución, que lucharon, trabajaron e hicieron sacrificios para asegurar su éxito, pero que terminaron decepcionados e indignados por el estalinismo, que convirtió los ideales de la Revolución en una caricatura burocrática.
Aquí, como en toda la verdadera gran literatura, lo particular está firmemente ligado a lo general: la vida de los individuos se interconecta con los destinos de la Revolución y de la contrarrevolución. Estos no son los personajes de cartón que normalmente nos encontramos en la ficción popular, sino hombres y mujeres de carne y hueso. Sin embargo, sus vidas individuales están inseparablemente unidas a los procesos históricos generales y no pueden entenderse fuera de estos.

El problema de Mercader

Poco a poco, paso a paso, en la mejor tradición de una historia de detectives, Iván logra reconstruir toda la historia del asesinato de Lev Davídovich Trotsky, una reconstrucción basada en una gran cantidad de investigación histórica cuidadosa y muy cercana a los hechos históricos. El “hombre que amaba a los perros” aparece inicialmente reacio a revelar nada acerca de su pasado, pero poco a poco, pieza por pieza, el rompecabezas encaja. La habilidad con la que Padura construye gradualmente una imagen de Mercader es uno de los elementos más impresionantes de la novela.
A través de las personalidades de Trotsky y su asesino, Ramón Mercader, Padura traza la historia de algunos de los acontecimientos más importantes del siglo XX. Sin embargo, debemos recordar que no estamos tratando aquí de una obra de historia, sino una novela. Como hemos visto, es una novela con muchos hilos y niveles diferentes. Padura hace todo lo posible para reconstruir la vida de Ramón Mercader. Pero aquí hay un problema.
En una entrevista en el periódico argentino Clarín (7 de mayo 2013) Padura dijo: “Me llevó cinco años escribirlo, con una búsqueda documental intensa y extensa. De Trotsky había abundante información, de Mercader casi nada”. Sin embargo, combinando los hechos que eran conocidos, y haciendo uso de sus habilidades “detectivescas” e imaginación, Padura logra elaborar con brillantez un retrato muy convincente del hombre que asesinó a Trotsky.
Es de conocimiento común que un autor desarrolla inevitablemente una cierta simpatía por el personaje que describe. La razón de tal empatía no es difícil de entender. Con el fin de retratar a los hombres y a las mujeres como seres humanos reales, y no simples abstracciones vacías, es necesario tener un profundo conocimiento de sus corazones y sus mentes, para entender sus motivaciones, sus pasiones, sus creencias más queridas, y para descubrir los impulsos primarios de sus acciones.
Trotsky cita a menudo las palabras del filósofo Spinoza: “Ni llorar ni reír, sino comprender”. Por supuesto que entender las acciones de una persona no significa necesariamente condonarlas. Sin embargo, al abordar las acciones de los hombres y las mujeres científicamente, con la misma objetividad que un anatomista separa los diferentes tejidos de un organismo, por lo menos es posible evitar caer en juicios apresurados basados en rencor, malicia u odio mezquinos.
Con un desapego clínico, Padura reconstruye la vida de Mercader desde su infancia trastornada en una familia burguesa en Cataluña. Describe la influencia de su inestable madre, Caridad, que oscila desde el anarquismo al estalinismo y se vuelve fanáticamente devota al Partido. Ramón entra en el Partido Comunista, lucha en la Guerra Civil española, y aquí es reclutado por la GPU –la policía secreta y la máquina de asesinato de Stalin–, con el apoyo activo de su madre.
En un momento dado, Caridad hace indirectas de que el famoso revolucionario anarquista Durruti fue asesinado por los estalinistas, un acto que considera plenamente justificado:
“–¿Te creíste el cuento de que a Buenaventura Durruti lo mató una bala perdida?
Ramón miró a su madre y sintió que no podía pronunciar palabra.
–¿Tú crees que podemos ganar la Guerra con un comandante anarquista que tiene más prestigio que todos los jefes comunistas?
–Durruti luchaba por la Republica –trató de razonar Ramón.
–Durruti era un anarquista, lo habría sido toda su vida”.

Dentro de la máquina asesina

Más tarde Ramón es testigo de los crímenes de la GPU en España: la persecución de los anarquistas y de los simpatizantes del POUM, el secuestro, la tortura y el asesinato del líder del POUM, Andrés Nin. Finalmente, es enviado a Moscú para su formación como asesino para la GPU. Los métodos monstruosos de la GPU se describen en horrible detalle, la forma en que gente como Mercader fueron sistemáticamente brutalizados y convertidos en máquinas obedientes, dispuestos a llevar a cabo los actos más crueles e inhumanos.
Mientras que se encontraba en Moscú fue invitado a asistir a una sesión de las infames purgas, “las más grotescas farsas judiciales del siglo”, en las que Stalin asesinó a todos los dirigentes del partido de Lenin, después de obligarles a confesar los crímenes más grotescos contra el Revolución. También vio que Stalin estaba liquidando físicamente comunistas extranjeros:
“Por ejemplo, en febrero de 1937, Stalin había dicho a su peón Georgui Dimitrov, secretario general del Komintern, que los comunistas extranjeros acogidos en Moscú ‘estaban haciéndole el juego al enemigo’ y de inmediato encargo a Yézhov que resolviese el problema. Un año después, de los trescientos noventa y cuatro miembros del Comité Ejecutivo de la Internacional que vivían en la URSS, solo quedaban vivos ciento setenta: los demás habían sido fusilados o enviados a los campos de la muerte. Hubo entre ellos alemanes, austriacos, yugoslavos, italianos, búlgaros, finlandeses, bálticos, ingleses, franceses y polacos, mientras la proporción de judíos condenados volvió a ser notable. En esa cacería, Stalin había liquidado a más dirigentes del PC alemán de antes de 1933 que el mismo Hitler”.
A pesar de todo, Ramón sigue siendo ciegamente leal a Stalin y su régimen, que él identifica con la necesidad de defender a la Unión Soviética. Al igual que muchos otros, cerró los ojos a todos los crímenes y barbaridades, buscando mil razones, excusas y explicaciones. Superando todos sus instintos humanos, se convierte en un asesino a sueldo y acepta sin cuestionar la misión que le había confiado el jefe del Kremlin: la liquidación del “contrarrevolucionario” Trotsky.

El asesinato

El centro neurálgico del libro consiste de un relato histórico veraz del asesinato de León Trotsky. En 1937, Stalin decidió que su principal oponente tenía que ser liquidado. Los Juicios de Moscú tenían como objetivo establecer una base política y jurídica para este crimen. El jardín de la casa en Coyoacán estaba rodeado por muros de más de dos metros de alto y torres de vigilancia con hendiduras para las ametralladoras. Pero todo esto no fue una defensa contra la máquina de la muerte de Stalin.
El nieto de León Trotsky, mi viejo amigo Esteban Volkov, todavía vive en Coyoacán. Estuvimos juntos no hace mucho tiempo en la Ciudad de México, en la casa donde su abuelo fue asesinado y le pregunté qué pensaba de la novela de Padura. “Por supuesto, los hechos descritos en su libro son muy conocidos para mí”, respondió. “He leído el libro, pero con bastante rapidez, y mi impresión es favorable. Pero tengo que volver a leerlo otra vez con más detenimiento”.
El primer ataque ocurrió el 24 de mayo de 1940, cuando un grupo de 20 estalinistas armados, dirigidos por el artista David Siqueiros, irrumpieron en la casa por la noche; la puerta había sido dejada abierta por el joven estadounidense Bob Sheldon, un agente que se había infiltrado entre los guardianes. Lanzaron granadas y salpicaron los dormitorios con balas de ametralladora. De puro milagro, Trotsky y su esposa Natalia sobrevivieron acurrucándose debajo de su cama. Su nieto de 14 años, Esteban, resultó levemente herido en el pie por una bala perdida.
La única víctima de este ataque fue Bob Sheldon, que desapareció junto con los asaltantes. Su cuerpo fue encontrado más tarde. Trotsky creía que había sido secuestrado, pero en realidad él había sido parte del plan y fue probablemente asesinado como chivo expiatorio del fracaso. Después del ataque, los guardianes comenzaron a reforzar los muros perimetrales. Pero Trotsky era escéptico. “La próxima vez será diferente”, predijo. Pronto iba a tener razón.
La GPU tenía otro equipo trabajando en México, completamente separado del que organizó el asalto fallido en mayo. Justo como Trotsky había advertido, estaban trabajando con métodos completamente diferentes. Su hombre clave era Ramón Mercader, que muy hábilmente infiltró el grupo de amistades mexicanas de Trotsky, haciéndose pasar por un hombre de negocios no-político llamado Jacson.
Jacson-Mercader trabajó lenta y pacientemente para cultivar relaciones de amistad con los guardianes y amigos más cercanos a Trotsky. Esteban recuerda que siempre estaba haciendo pequeños favores y ofreciéndose a llevar a la gente en su ostentoso coche. “Incluso llevó a los Rosmer a Veracruz en una ocasión”. Por estos medios fue ganándose poco a poco la confianza de los que rodeaban a Trotsky, al tiempo que se abstuvo cuidadosamente de tratar de acercarse a su víctima personalmente.
El libro nos presenta una reconstrucción muy convincente de las relaciones de Mercader con Sylvia Ageloff, la mujer que sedujo y que le presentó a la casa de Trotsky. Padura parece penetrar en la mente del asesino y poner al desnudo su estado psicológico en los días y semanas que precedieron al asesinato, su intensa agitación interior y violentos cambios de humor. Pero poco a poco, de manera imperceptible, como un tigre acechando a su presa en silencio, se acercaba cada vez más a su objetivo.
Aparentando desarrollar un interés en las ideas de Trotsky, mostró inesperadamente un artículo sobre la Guerra, y le pidió a Trotsky que lo leyera y corrigiera. Ya a este punto, se habían levantado las sospechas de Trotsky hacia este hombre. Sin embargo, sorprendentemente, aquellos que se supone que tenían que defenderle, mostraron una falta total de conciencia del peligro. Tan descuidados estaban de sus deberes que cuando Jacson apareció vistiendo un impermeable en un día de verano mexicano caliente, ni siquiera se molestaron en cachearle. Si hubieran tomado esta precaución elemental habrían descubierto un cuchillo, una pistola y un piolet y la trama se habría frustrado.
Así que, el 20 de agosto, el agente de Stalin se quedó solo en compañía de su víctima. Colocándose cuidadosamente detrás de Trotsky, cuando se inclinó sobre el texto del artículo, golpeó la cabeza del revolucionario con todas sus fuerzas. El golpe estaba pensado para resultar en la muerte instantánea, pero, profiriendo un grito que dio la alarma, Trotsky luchó, en un último esfuerzo supremo de voluntad, para desprenderse de su agresor antes de derrumbarse.
Sus guardaespaldas acudieron rápidamente, pero era demasiado tarde. El líder de la Revolución de Octubre y fundador del Ejército Rojo yacía mortalmente herido, desangrándose por la cabeza. Demasiado tarde los guardias se dieron cuenta de su error, su estúpido descuido y negligencia increíble. Demasiado tarde trataron de obtener algo de alivio golpeando al asesino. Incluso en este momento, el Viejo mostró una notable presencia de ánimo cuando instó a los guardias: “No le matéis. ¡Tiene que hablar!”
Al regresar de la escuela esa tarde, Esteban fue testigo de una escena impactante. “Vi a un hombre, con el rostro cubierto de sangre, llorando como un bebé, incoherente y fuera de sí. No reconocí a Jacson al principio. Era más como un animal que un ser humano”, me dijo. Cuando el Viejo vio a su nieto, ordenó a los guardianes que se lo llevaran fuera: “No tiene que ver esto”, dijo. Trotsky fue trasladado de urgencia al hospital, donde los médicos mexicanos lucharon para salvarle la vida. Murió al día siguiente.

La venganza de la historia

Más de veinte años después, Mercader se reúne con uno de sus compañeros agentes de la GPU, Leonid Eitingon, quien, bajo el nombre en clave de Kotov, era su superior inmediato en el complot para asesinar a Trotsky. Pero la rueda de la historia ha dado un giro completo. La camarilla del Kremlin se ha visto obligada, por su propio instinto de conservación, a deshacerse de Stalin y desvincularse de sus crímenes.
Los hombres que hicieron el trabajo sucio para Stalin se encuentran ahora como parias despreciados. El artífice principal del asesinato de Trotsky, Pavel Sudoplatov, pasa quince años en un campo de trabajos forzados (aunque no por matar a Trotsky). Eitingon también fue enviado a un campo. Viejo y amargado, se consuela a sí mismo sumergiéndose en vodka mientras se compadece de Mercader en un bar de Moscú.
Eso fue en 1968, el año en que Brezhnev envió tanques rusos para aplastar la disidencia del Partido Checo bajo Dubcek. La descripción gráfica de Padura de Moscú de ese tiempo corresponde muy de cerca con mis propios recuerdos. Después de haber dedicado sus vidas a un régimen que traicionó a todos los principios del socialismo –una traición infinitamente peor y más perjudicial que la perpetrada por los dirigentes de la socialdemocracia en el verano de 1914–, ahora sólo tienen recuerdos amargos.
Eitingon informa a Mercader que nunca esperaban que sobreviviera el asesinato de Trotsky:
“–Tienes que creer lo que te digo, fuimos más cínicos de lo que te imaginas. Tú no fuiste el ‘único que fue a morir por un ideal que no existía. Stalin lo pervirtió todo y obligo a la gente a luchar y a morir por él, por sus necesidades, su odio, su megalomanía. Olvídate de que luchábamos por el socialismo. ¿Qué socialismo, qué igualdad? Me contaron que Brézhnev tiene una colección de autos antiguos…”.
Estas líneas sugieren que la degeneración de la Revolución Rusa era la obra de un hombre malvado. Por supuesto que tal explicación no explica nada. Padura ha leído La revolución traicionada de Trotsky y es muy consciente de que Stalin era sólo el representante de una casta privilegiada de funcionarios, la burocracia que llegó al poder como resultado del aislamiento de la revolución en condiciones de extremo atraso.
La muerte de Stalin no significó el fin del dominio de la burocracia, sólo la sustitución de una capa de la burocracia por otra. Eitingon (o más bien Padura) saca esta conclusión: “Estaba convencido de que, sin Stalin y su odio, el Partido haría justicia y la lucha recobraría su sentido… Nada, me equivoqué otra vez. Ya todo estaba podrido. ¿Desde cuándo estaba podrido?” Y Mercader le pregunta: “–¿Y qué hace un hombre como tú cuando ya no cree en nada?”
Esta pregunta va directa al meollo del asunto y tiene una relación directa con lo que es, sin duda, la parte más débil del libro. En las últimas páginas, bajo el título de Réquiem, el autor reflexiona brevemente sobre qué lecciones se pueden extraer de todo esto. Al ser una novela y no una obra de análisis político científico, sería pedir demasiado exigir una perspectiva marxista. Tampoco está claro quién está hablando aquí: Padura o uno de sus personajes.
Sin embargo, al final, la implicación es que todo era una utopía, un sueño imposible, a los que Trotsky, “con su fanatismo de obcecado”, se dedicó hasta el final. Tal ambigua y, uno podría decir, cobarde conclusión es indigna de un gran libro. Si el socialismo es una utopía, la perspectiva para la humanidad sería ciertamente sombría. Sólo se puede responder con la misma pregunta: “Así, pues, ¿qué hace un hombre cuando ya no cree en nada?”
La Revolución Rusa de 1917 no fue una utopía, sino el acontecimiento más grande en la historia humana y, junto con Lenin, Trotsky fue el más importante líder de la Revolución de Octubre. Él solo mantuvo la bandera impecable de la democracia proletaria y el internacionalismo socialista tras la muerte de Lenin. Desde el exilio lejano en México, llevó a cabo una lucha implacable contra el régimen estalinista burocrático y totalitario. Finalmente, inevitablemente, fue víctima de uno de los asesinos de Stalin.
El 20 de agosto de 1940, Stalin se imagina que había silenciado la voz de Trotsky para siempre. Es tan fácil destruir a un hombre o a una mujer. Somos criaturas frágiles y nuestras vidas se pueden terminar con una bala, un cuchillo o un piolet con la misma facilidad que se apaga una vela. Pero no se puede extinguir una idea a la que le ha llegado su hora. Hoy, 74 años después de aquella fatídica fecha, las ideas del marxismo son tan relevantes como el primer día, y la voz de León Trotsky resuena en todo el mundo, mientras que la memoria de Stalin y sus secuaces está salpicada de sangre e infamia.

La revolución traicionada

Poco a poco, una nueva generación está tomando forma, la cual lucha por encontrar la verdad. En ningún sitio es más cierto que en Cuba, donde se hicieron tan grandes sacrificios por la causa de la revolución socialista, y donde tanto daño se hizo por la influencia del estalinismo. El libro de Padura ayudará, sin duda, a muchas personas a entender el pasado y, por tanto, a prepararlos para enfrentarse al futuro. Es como un viaje de descubrimiento donde un intelecto audaz ha logrado levantar el velo espeso que durante tanto tiempo ocultó la opinión de mucha gente, y comenzó a entender la verdad.
En la entrevista de Clarín a Padura se le preguntó por qué eligió contar esta historia. Respondió que, mientras que puede haber un elemento de nostalgia, él también estaba tratando de descubrir las verdaderas causas de la degeneración de la Revolución Rusa. Al estudiar el asesinato de Trotsky, empezó a comprender la naturaleza del estalinismo y su papel contrarrevolucionario: “De pronto entendí algunas de las razones por las que se pervirtió la utopía. El papel del estalinismo, la herencia de su figura, fue algo terrible”, nos dice.
La novela trata en líneas generales con la lucha que terminó en el ascenso al poder de Stalin en Rusia. Pero, más que eso, el autor utiliza estos eventos como una forma de analizar la relación entre Cuba y el estalinismo. La implicación clara es que en Cuba había muchos pequeños Stalins –burócratas oportunistas, carreristas egoístas y funcionarios corruptos–. Al analizar en detalle la experiencia personal de un puñado de personajes, Padura despliega poco a poco ante el lector una serie de acontecimientos que hacen época: la Revolución Rusa y la Guerra Civil, durante la cual Trotsky estuvo a la cabeza del Ejército Rojo que él creó; la Guerra Civil española; y, por último pero no menos importante, el destino de la propia Revolución Cubana.
La década de 1970 es ese período negro en que reinó el estalinismo y las ardientes convicciones revolucionarias de toda una generación de jóvenes cubanos fueron manipuladas por la burocracia estalinista para sus propios fines. Esto se expresa gráficamente en el libro y en el destino de su personaje central. La caída de la Unión Soviética hundió a Cuba en una profunda crisis, no sólo en el plano económico, sino en un sentido político y psicológico.
Durante los años duros y hambrientos que los cubanos llaman “el Período Especial”, “los años de los apagones sin fin y los desayunos a base de tisanas de hojas de naranja”, mucha gente comenzó a mirar más críticamente a la vida en la isla. Ese fue claramente el caso de Leonardo Padura. Aunque Iván es un personaje de ficción, a través de él Padura está expresando claramente su propia experiencia personal y la de muchos otros cubanos. Esto queda patente en el libro:
“Pero era evidente que estábamos hundidos en el fondo de una atrofiada escala social donde inteligencia, decencia, conocimiento y capacidad de trabajo cedían el paso ante la habilidad, la cercanía al dólar, la ubicación política, el ser hijo, sobrino o primo de Alguien, el arte de resolver, inventar, medrar, escapar, fingir, robar todo lo que fuse robable. Y del cinismo, el cabrón cinismo”.
Obligado a abandonar su carrera como escritor prometedor por los censores estalinistas, Iván ha sido obligado a ganarse la vida como editor de una revista de veterinaria. Él es, pues, una víctima de un sistema totalitario burocrático que es la negación del arte y la literatura. Al final, Iván se suicida poco después de terminar una novela titulada El hombre que amaba a los perros.
En una entrevista que dio Padura a nuestros camaradas daneses, dice: “Iván no es un hombre; Iván es la síntesis de toda una generación, en la que he puesto muchas de las ilusiones, desilusiones, fracasos y temores de mi generación. Es un hombre que representa a todos los problemas que hemos vivido en Cuba en mi generación, esa generación que se crió en la revolución, estudió en la revolución, fue a la guerra en la revolución y que en los años 90 descubrió que no tenía nada en sus manos”.
El hecho de que Iván finalmente se suicida parece dar a entender que toda una generación ha perdido toda esperanza. Sin embargo, esta conclusión pesimista se contradice con el contenido de toda la novela, y también con las palabras del propio Padura en la entrevista antes mencionada:
“Creo que la nueva utopía necesita redescubrir la base del sistema con los componentes reales que este tipo de sociedad necesita: la democracia verdadera, el poder real para la gente que trabaja y no para la burocracia, como fue el caso en la Unión Soviética y en muchos países socialistas. Por esta razón, creo que este libro sin duda es relevante para el momento que estamos viviendo”.
Aunque hoy en día Cuba ya no sufre del dominio sofocante de la censura, todavía hay algunas personas en Cuba que anhelan un retorno al pasado: a una época en que los burócratas podían dictar a la conciencia de los escritores y decirles qué pensar, decir y escribir. De hecho, El hombre que amaba a los perros inicialmente tuvo que ser publicado en México y España, y fue finalmente publicado en Cuba en una pequeña edición de unos pocos miles debido a la oposición de aquellos que quieren hacer retroceder el reloj.
En la entrevista danesa Padura explica cómo el libro ganó un premio a pesar de estar sometido a una conspiración de silencio:
“Curiosamente, el mismo día del lanzamiento en la feria del libro no apareció ninguna noticia en los medios de comunicación sobre la presentación. También después, los periódicos se mantuvieron en silencio, aunque el lanzamiento del libro fue el mitin más interesante en la feria del libro, la sala estaba completamente llena y con gente fuera intentando entrar. Hace una semana, el libro recibió uno de los Premios de la Crítica Literaria en Cuba, que pone de manifiesto las contradicciones de Cuba: hace veinte años, tal vez ni siquiera hubiera sido capaz de pensar en escribir este libro; hace diez años lo podía escribir, pero no hubiera sido publicado en Cuba; ahora puede ser publicado y, aunque está silenciado en los medios de comunicación, puede ganar premios”.
La publicación de la novela de Padura es un golpe contra el estalinismo. Es una victoria no sólo para la libertad artística, sino para el derecho de los trabajadores y artistas a expresarse libremente, lo cual es la primera condición para el verdadero socialismo. Sin embargo, hoy la revolución cubana se enfrenta a un enemigo mucho más peligroso que el que suponen los estalinistas nostálgicos. La existencia de la propia revolución se ve amenazada por aquellos que desean empujar a Cuba por el mismo camino capitalista que ya ha sido recorrido por Rusia y China. Las presiones sobre la isla son insoportables y están creciendo todo el tiempo.
Pero también hay peligros internos que son incluso mayores que las amenazas externas. Los problemas que surgen de la burocracia, la desigualdad y la corrupción pueden socavar la idea misma del socialismo en las mentes de los jóvenes, engendrando estados de ánimo corrosivos de escepticismo y cinismo. Con el fin de regenerar la revolución, para reavivar la fe del pueblo en el socialismo, la primera necesidad es reexaminar el pasado, para redescubrir las verdaderas ideas y programa de Lenin y la Revolución de Octubre. Eso no se puede hacer en tanto en cuanto las ideas y el papel de Trotsky no sean tenidos en cuenta.
En su libro Padura tiene a Mercader leyendo La revolución traicionada en la cárcel. Esto, sin duda, es otro ejemplo de la imaginación creativa del autor. Pero, igualmente, no puede haber ninguna duda de que él mismo ha leído los escritos de Trotsky y está animando a los cubanos a hacer lo mismo. El hombre que amaba a los perros ha desempeñado un papel muy importante en dar a conocer las ideas de Trotsky a muchas personas en Cuba. Mi experiencia en los últimos años me ha demostrado que hay un creciente interés en estas ideas en la isla. Esto se demostró cuando lanzamos la edición en español de La revolución traicionada en la Feria Internacional del Libro de La Habana.
La publicación de esta obra ha elevado el perfil y el prestigio de Padura como un escritor de talla, no sólo en Cuba sino a nivel internacional. Está bien merecido. Es a la vez una novela brillantemente realizada y una impresionante obra de investigación histórica. Debería ser lectura obligatoria para todos aquellos que estén interesados ​​en el socialismo y la verdad histórica. Debería añadir que la traducción al inglés es excepcional.

Alan Woods
Londres, 15 de enero 2014