domingo, 7 de abril de 2013

Celia, protagonista de una historia




Recuerdo como si fuera hoy, la mañana en que Alicia, mi maestra de Historia de Cuba durante la enseñanza primaria, solicitó al grupo de alumnos un ejercicio especial: escribir una composición sobre un personaje estudiado en clases. Nunca olvidaré aquel día en el que tras un chasquido mental, levanté la mano de inmediato y grité el nombre de Celia Sánchez, aún sin saber los fines de aquella encomienda escolar.
Hoy, no conservo el contenido de aquellos párrafos que sin ser ilustres merecieron el primer premio de un concurso municipal de historia. Pero recuerdo mi afán por resaltar el lado humano de aquella mujer que en un temprano acercamiento a su impronta me transmitía tanta bondad y justeza.
¿Cuántas cualidades y elementos habré referido en aquella cuartilla?, me pregunté hace unos días cuando presencié el momento en que el fondo documental de la Flor de la Sierra se registraba formalmente en el programa Memoria del Mundo de la UNESCO.
Sospecho que trascendió en aquel escrito de 6to grado, la sensibilidad humana de la heroína además de su formación como revolucionaria desde la niñez, su papel como infatigable organizadora y guerrillera de la Sierra Maestra. Imposible soslayar las virtudes de la mujer sencilla que luego del triunfo revolucionario rehusaba homenajes, medallas y aparecía escasas veces en público.
De Celia Sánchez Manduley, aquella tierna granmense fallecida el 11 de enero 1980, se habla siempre como una de las más cercanas colaboradoras de Fidel Castro en la sierra, pero sus curiosas anécdotas personales permanecen en la sombra.
Vale elogiar su actitud al convertirse en marzo de 1957 en la primera mujer miembro del ejército rebelde o su responsabilidad en la dirección junto a los barbudos; sin embargo, el mito de la guerrillera ha empañado un tanto a la mujer humana, de carne y hueso, con la que nos identificamos al escuchar de su apego por la naturaleza o de sus travesuras de pequeña.
Cuentan los historiadores que la manzanillera, para burlar una persecución feroz de soldados de la tiranía, era capaz de disfrazarse de embarazada o de arrastrase entre las espinas de un tupido marabuzal. Solía usar una mariposa en el cabello y bebía café acompañado de un cigarro.
Cuentan que ni en el ocaso de su existencia perdió la sonrisa y su manera alegre de mirar la vida. ¿Cómo no recordarla entonces desde los pasajes más auténticos de su historia?

Dailyn Ruano Martínez