domingo, 23 de enero de 2022
El gigante en curso de colisión con su pasado
Durante el feriado de Acción de Gracias recorrimos Nueva York. Mi hijo tenía una percepción idealizada de la ciudad de la vez que volvimos para participar de una charla en la ONU. Yo también tengo buenos recuerdos de Manhattan. Es una de la pocas ciudades del país donde la memoria urbana no es asesinada cada día con nuevos contenedores de Walmart, Target, McDonald’s, Chick-Fil-A, Dollar General y otras pocas cadenas que venden lo mismo con diferentes colores.
Luego de unas decenas de viajes en autobús y metro, queda una imagen bastante aproximada a la realidad del pueblo. Arriba, youtubers que se creen listos repitiendo estupideces; un frío acentuado por las eternas sombras y el mal humor de sus habitantes. Abajo, gente que debería estar recibiendo tratamiento en una institución psiquiátrica (un hombre amenazando con suicidarse otra vez; una indigente durmiendo en el frío que rechazó un desayuno completo de Starbucks que le llevó mi esposa diciendo que ya había desayunado); estaciones de metro que se llueven (Parsons, Queens) o llevan a túneles sucios y oscuros (14 St., etc.). Es como habitar en una película distópica de Terminator o de la serie Beauty and the Beast (no por casualidad, las dos con Linda Hamilton). Nada que un centésimo de los 14 trillones de la guerra en Afganistán no hubiesen solucionado.
Antes del reinicio de las clases en enero, recorrimos la costa de Georgia y Carolina del Sur. La simpatía de la gente del sur contrasta con la antipatía de los neoyorquinos. Pero las apariencias engañan. Cuando dejé las largas sombras de Pensilvania por Florida, a pesar de las promesas del oro y el moro, el director del programa de Lincoln University me advirtió: “Nadie deja un puesto como este. Los sureños te sonreirán antes de clavarte un cuchillo por la espalda”. Pero las burbujas de las universidades estadounidenses no se parecen mucho a las otras burbujas de la sociedad. Otro divorcio social que explica la obsesión por la Unión.
Diferentes teorías explican la costumbre de los estadounidenses de sonreírle a los extraños por su pasado de inmigrantes, cuando el lenguaje no verbal era el primer recurso. Lo cual se contradice con los provincianos sonrientes del sur y los cosmopolitas gruñones del norte. Para explicarlo, tal vez se debería recurrir al pasado esclavista y segregacionista y a la Cultura de las máscaras, sobre la cual ya he escrito extensamente una década atrás.
En Savannah y en Charleston saqué varias fotos de monumentos que honran a los generales y héroes de la Confederación, pero eran tantos que dejé de interesarme. En Charleston (la ciudad que en 1807 horrorizó a Simón Bolívar cuando vio con sus ojos el comercio de esclavos, lo que contradecía su admiración por la Revolución americana) no es raro ver gigantes 4×4 flameando banderas tamaño sábana de la Confederación, el único grupo terrorista que estuvo a punto de destruir el país para salvar la esclavitud y que ahora se consideran la flor y la nata del patriotismo y la libertad. Su calle principal todavía se llama Calhourn, en honor al senador que durante la guerra inventada contra México (para expandir la esclavitud, pero en nombre de la libertad y la civilización), afirmó en el Congreso:
“Ni en sueños hubiésemos aceptado integrar en nuestra Unión otra raza que no sea la caucásica. El nuestro, Señor, es un gobierno de la raza blanca, de la raza libre. Incorporar todo México sería incorporar una raza de indios y mestizos”.
Estas no eran solo sus ideas sino las ideas de todo el Sur blanco y de muy buena parte del norte. Tradición americana que inspiró al nazismo en Alemania (al decir de Hitler) y al mesianismo estadounidense, en simbiosis con el poderío económico y militar. Los amos y los fuertes de ayer son las corporaciones y las bases militares de hoy.
Ahora, desde varios profesores hasta Jimmy Carter han comenzado a advertir de una próxima dictadura en Estados Unidos, como si debiésemos asumir el mito nacional de que vivimos en el modelo superior, y exportable, de democracia. Como si el país de las máscaras y de la fe sobre la realidad alguna vez hubiese sido algo muy distinto. Lo distinto es (1) un fuerte sentimiento de frustración debido a su propio sistema socioeconómico, exportado como modelo de éxito, y (2) otra guerra perdida y la ausencia de una nueva, mediática, que alivie las profundas divisiones internas. Y violencia que no se exporta, se consume en el mercado interno.
La última encuesta de la Monmouth University revela que un tercio de la población (75 por ciento de los republicanos) cree que Joe Biden robó las elecciones de 2020. Según tantos millones de estadounidenses, incluidos representantes y senadores, Donald Trump fue el ganador. Nada diferente a los confederados esclavistas cuando perdieron la guerra en 1865.
Trump ni siquiera ganó las elecciones cuando fue electo presidente en 2016. Recibió tres millones de votos menos que su oponente, Hillary Clinton (sí, cuál peor). Como fue el caso de George Bush en 2000, el sistema electoral, heredado de los tiempos de la esclavitud para beneficiar a los estados del sur, llenos de negros sin derecho al voto, convirtió en presidente a dos candidatos que nunca lo habrían sido en cualquier otro país donde cada voto vale lo mismo.
El problema no es que Biden pudo haber manipulado el conteo de votos, lo cual es casi imposible. El problema es que el sistema electoral es anacrónico y muy poco democrático. Los estados despoblados del centro, rurales y conservadores, necesitan medio millón de votos para poner un poderoso senador en el Congreso. Los estados con mayoría de asiáticos, negros y latinos, necesitan entre diez y veinte millones de votos y el doble de votos por cada elector.
Por si eso fuese poco, ante el crecimiento de la diversidad étnica, se han revivido las estrategias de las leyes Jim Crow, cuando en 1868 los negros se convirtieron en ciudadanos: leyes que hacen más difícil el voto de las minorías con derecho a voto. Ahora las nuevas leyes aprobadas en estados como Texas consisten en hacer el voto más complicado para aquellos más pobres. Pobres que suelen ser negros o latinos, aunque no queda claro si son más odiados por negros, por latinos o por pobres. Por no entrar a considerar la vieja y ahora revivida estrategia de gerrymandering, por la cual se trazan las líneas de distritos electorales de forma de anular alguna minoría en cualquier distrito. (Si cortas un pastel de vainilla con corazón de chocolate, cada porción tendrá mayoría de vainilla, pero el chocolate tendrá cero representantes.)
En las últimas dos décadas, el sur de Estados Unidos se ha desarrollado más que el norte, justo cuando el país comienza a percibir la caída de su imperio. Esta caída, como toda crisis verdadera, traerá cambios impensados años atrás. El drama estará en una combinación de pérdida de poder geopolítico y un fortalecimiento de las raíces de esta nación, que no son la democracia, como se repite, sino el racismo y el sentido mesiánico de superioridad moral.
El profesor Richard Hasen ha advertido que una “democratic emergency” ya está aquí. Tienen en mente una especie de dictador estilo República Bananera. No es que algo así sea imposible, pero no es necesario. Estados Unidos nunca fue una democracia plena y los fanáticos que niegan la realidad y están dispuestos a tomar armas para “defender la libertad” no surgieron ahora sino siglos atrás.
Otra vieja máscara. La obsesión racial oculta el hecho de que las mayorías blancas son, en realidad, marginados económicos. Un puñado de multimillonarios, hombres y blancos, tiene más que todos sus rabiosos defensores sumados.
Que Trump sea el mesías de la empobrecida clase trabajadora no es casualidad.
Jorge Majfud | 09/01/2022
sábado, 22 de enero de 2022
Cuba: ¿destierro de periodistas o indulgencia con mercenarios?
La Casa Blanca se mostró “alarmada” y calificó como "destierro" y un “desprecio a la Declaración Universal de DDHH” la salida de la Isla de sus periodistas mercenarios. Es lógico. Como es lógico que fueran “apadrinados” por el partido neofranquista español VOX.
¿Qué está en juego en la tensión entre Rusia y Estados Unidos?
Estados Unidos amenaza con establecer duras sanciones financieras contra Rusia si se agrava la situación en la frontera ucraniana. Moscú tiene también sus cartas económicas para jugar: puede entorpecer el abastecimiento gasífero de Europa, la que más allá de sus diferencias políticas y de intereses, tiende a alinearse con Washington en la ofensiva. La mitad del fluido que consume el viejo continente proviene de Rusia.
El trasfondo de esta crisis es el proceso de colonización capitalista sobre los exEstados obreros, tras la disolución de la Unión Soviética, y que apunta en última instancia contra Rusia (y China). En los ’90, dos acuerdos (la Carta de París de 1990 y el acta Otan-Rusia de 1997) modelaron la transición, reconociendo -con algunos límites- el avance económico, político y militar de Occidente sobre la región. Hoy, Moscú considera que esos límites han sido completamente avasallados, con un cerco-despliegue amenazante en sus inmediaciones.
Ucrania es uno de los países que estaba bajo la esfera de influencia rusa, pero donde fueron progresando las posiciones del imperialismo, en el marco del proceso de restauración capitalista. En 2014, los sucesos de plaza Maidan marcaron la caída del presidente Vikor Yanukovich, afín a Moscú, después de poner en el congelador un proceso de asociación económica entre Ucrania y la Unión Europea. Aquella crisis desembocó en una partición del país y en una guerra, con el gobierno de Kiev de un lado, y los rebeldes del este, partidarios de una autonomía, del otro, apoyados directamente por Putin. El conflicto ya ha dejado miles de muertos. Aunque los acuerdos de Minsk bajaron la intensidad del enfrentamiento, se siguen produciendo combates. Como respuesta frente al avance de Occidente sobre Ucrania, Moscú se anexó en 2014 la península de Crimea, donde está instalada la principal base naval rusa.
Hoy, el Kremlin vuelve a marcar sus “líneas rojas”: exige que Ucrania y otros Estados vecinos no se integren a la Otan, y que cese el despliegue militar imperialista en sus territorios aledaños. Los yanquis han dicho que eso es innegociable, por lo que las tratativas se frustraron. Los dos bandos muestran los dientes y se amenazan, pero tampoco cierran la puerta a la reanudación de los diálogos.
En todo este berenjenal, el vicecanciller ruso Serguéi Riabkov no descartó el despliegue de infraestructura militar en Venezuela y Cuba. Es una manera de pagar con la misma moneda: Moscú le muestra a Washington que también puede mover fichas cerca de su propia frontera. Pero con estas declaraciones, Moscú reduce a estos dos países a meras piezas suyas y a una prenda de negociación. A diferencia de la crisis de los misiles de 1962, cuando Cuba estaba bajo amenaza certera de una invasión yanqui, aquí estamos ante una maniobra del gobierno ruso. Por el momento, los gobiernos de Venezuela y Cuba no se pronunciaron. Sí lo hizo el autoproclamado presidente venezolano, el golpista Juan Guaidó, colocándose incondicionalmente -para variar- del lado norteamericano.
El gobierno ruso no está desenvolviendo una lucha anti-imperialista, sino que defiende, frente a la escalada occidental, el lugar de su burocracia y de su oligarquía en el proceso de restauración burguesa. En ningún caso recurre a la movilización de las masas, porque puestas en movimiento, éstas podrían asumir posiciones anti-restauracionistas. Frente a los recientes levantamientos populares en Bielorrusia y Kazajistán, cerró filas con los gobiernos represores de las oligarquías restauracionistas. El desembarco y penetración del gran capital en los Estados periféricos en torno de Rusia, que ha adquirido una enorme amplitud -como es el caso de Kazajistán-, crean condiciones más favorables para potenciar las presiones económicas, políticas y militares del imperialismo en la región y en esa medida, incrementa la vulnerabilidad de Rusia frente a sus enemigos. Con esta política, Putin mina las bases de una lucha victoriosa contra el cerco imperialista y permite a este agitar demagógicamente un programa derechohumanista.
Ucrania
En el caso puntual de Ucrania, en los últimos meses, el gobierno de Volodómir Zelenski ha profundizado su alineamiento con el imperialismo. Además de insistir con su petición de ingreso a la Otan, el Parlamento aprobó una ley llamada de “desoligarquización” tendiente a barrer con la élite favorecida por el proceso restauracionista, liberando más el terreno al capital occidental. La norma crea un registro de “oligarcas” y les impide beneficiarse de las privatizaciones, a la vez que restringe su participación en política y en los medios.
A caballo de la nueva norma, Zelenski quiere también aplastar a la oposición y prepararse para una reelección. Abrió una causa contra el expresidente Petro Porochenko, el “magnate del chocolate”, por “alta traición”, dado que éste habilitó durante su mandato la importación de carbón desde el este, en una operación mediada por el oligarca Víktor Medvedchuk, también encausado. Medvedchuk es otro de los líderes de la oposición y, según algunos medios, amigo de Putin. A fines del año pasado, Zelenski acusó a su vez al oligarca Rinat Ajmétov, el empresario más poderoso del este, por su presunta implicación en los preparativos de un golpe de Estado, junto a Rusia. Todo esto atiza el conflicto general entre el imperialismo y Moscú.
El proceso de restauración capitalista ha implicado enormes penurias para las masas rusas y del este europeo. Es necesario rechazar la nueva escalada política y militar del imperialismo en la región. Abajo la Otan, disolución de esta alianza militar imperialista. No al despliegue militar norteamericano y de la Unión Europea en el exespacio soviético.
Por una intervención independiente de las masas en Rusia y Ucrania. Por una Ucrania unida y socialista. La causa de la emancipación nacional y social, incluida la defensa de integridad nacional rusa y ucraniana contra la escalada imperialista no puede quedar en manos de la burocracia restauracionista de Putin. Es una tarea reservada para los explotados en el marco de una batalla estratégica por una revolución política y social en los países de la región y gobiernos de trabajadores.
Gustavo Montenegro
viernes, 21 de enero de 2022
Praxis emancipadora congelada
Algunos países mantienen posiciones “intermedias” y tratan de avanzar con modelos de cultura y comunicación fragmentados, poco duraderos y generalmente decorativos. Otros países han liberado el terreno para que las industrias mediáticas y culturales hagan de las suyas al antojo del “mercado”. Y, los menos, han comprendido la responsabilidad de garantizar a sus pueblos una producción cultural soberana, coherente con la soberanía económica, tecnológica y política. Algunos ejercicios jurídico-políticos han elaborado leyes y reglamentos de gran valor para asegurar la libertad y genuinidad de la Cultura y la Comunicación como productos de la democracia participativa.
Pero ni con los mejores aportes se ha conseguido fundar una corriente mundial en defensa de la Cultura y la Comunicación emancipadoras y, todo lo contrario, nuestros atrasos en tales materias hoy constituyen una de nuestras más grandes debilidades y derrotas. Estamos entregando “malas cuentas”.
Ha proliferado un número enorme de buenas ideas. La UNESCO hace informes periódicos sobre iniciativas diversas y no son pocos los frentes de militancia que, aún minoritarios, se esfuerzan por impulsar un movimiento de acción directa para luchar contra la manipulación simbólica que se ejerce en los territorios de la Cultura y los latifundios mediáticos. Aquí y allá hablan los expertos, los profesores y los estudiosos. Hay discursos históricos y poemas emocionantes. Hay documentales, series televisivas y podcasts con materiales inéditos y con hallazgos estremecedores. Pero la realidad no se transforma como debiera ni en su semiosis, ni en su extensión, ni en su velocidad.
Tenemos dificultades teóricas y metodológicas. Algunos frentes fijan como meta de coyuntura la “resistencia”. Otros, más golpeados (o colonizados), abogan por la supervivencia individual y se amoldan a los subsidios, las becas, las prebendas o las canonjías. Algunos aguardan, hegelianamente, que el gobierno de los ilustrados derrame sapiencia y eso ennoblezca al pueblo. Otros francamente se entregan a la Cultura y la Comunicación de élite (como Octavio Paz y su palafrenero Vargas Llosa) y descreen en la fuerza de los pueblos como motor, incluso cultural y comunicacional, para su emancipación. No faltan los teóricos muy atentos al mundillo de las parrafadas doctas y muy indiferentes a la realidad cruda de un mundo donde sólo el 20% de los seres humanos posee la riqueza que produce el 80%. Estas “posturas”, cada una o combinadas, constituyen algunas de las “políticas” que priman en el escenario de las condiciones objetivas y subjetivas. Y a eso hay que añadir los tintes de las modas que una vez son adoradoras de las “artesanías” o de las “riquezas culinarias”; otras veces aman con pasión a las tecnologías y frecuentemente se deslumbran con la obra de algún artista o intelectual bien cotizado en los mercados. Y le llaman amor a la Cultura y a la Comunicación. Algunos elegidos cuentan con becas para lustrar sus “políticas culturales” reformistas, tarde o temprano.
De las condiciones reales de existencia de los trabajadores de la Cultura y la Comunicación, poco o nada se interesa el aparato burocrático, ni las iglesias, ni el voluntariado empresarial “culto”. No les interesa si los productores de Cultura y Comunicación ejercen plenamente sus derechos laborales o si cuentan con coberturas jubilatorias, médicas o recreativas. Si tienen apoyo para elevar los niveles semánticos, técnicos o estéticos. Si hay oportunidades y condiciones para sindicalizarse y defender, además de sus intereses laborales, los intereses de la clase trabajadora. En suma ascender al punto en que el productor de Cultura y Comunicación se conciban como clase trabajadora. Todo lo contrario la concentración monopólica en Cultura y Comunicación, como extensión práctica de la ideología de la clase dominante, se esmera puntillosamente en impedir, bloquear, disuadir o destruir toda forma de organización; en todo terreno. Eso también se ha vuelto cultura dominante.
Esto es un campo problemático, estructural y super-estructural, de primera importancia y son abundantes las advertencias sobre los peligros y las consecuencias de seguir manteniendo parque jurásico de monopolios parásitos que nos agobia y que, además de costosísimos, operan con espejismos e ilusionismos anestésicos para que las víctimas, además de financiar las máquinas de guerra ideológica del enemigo, aprenda a aplaudirles sus victorias alienantes. El colmo de los colmos. Hay “fundaciones culturales” que los gobiernos neoliberales entregaron al neoliberalismo bancario, y las usan para todo tipo de desfalcos intelectuales y financieros. Abominable.
Urge un mapa de las fuerzas en lucha por una Cultura y Comunicación emancipadoras. Urge un frente único que nos una en una batalla de trascendencia y complejidad enormes. Nos urge lo mejor de nuestra praxis pero organizada, puesta en rumbo de acción para desmantelar el aparato demencial de colonización capitalista que está atacando desde las raíces de nuestras identidades hasta formatearnos conductas, gustos serviles a la explotación económica, política, cultural y emocional. Nos urgen organización eficaz y eficiente, con instrumentos político-científicos para una Revolución Semiótica. Para la emancipación de la semiosis y la democratización de las herramientas de producción de sentido.
Dr. Fernando Buen Abad Domínguez, Director del Instituto de Cultura y Comunicación y Centro Sean MacBride Universidad Nacional de Lanús. Miembro de la Red en Defensa de la Humanidad. Miembro de la Internacional Progresista. Rector Internacional de la UICOM. Miembro de REDS (Red de Estudios para el Desarrollo Social)
jueves, 20 de enero de 2022
Kazajistán se ‘normaliza’
La “normalización” es el resultado directo de la intervención violenta de las fuerzas de seguridad, de los provocadores organizados por el gobierno y de las tropas enviadas por la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (OTSC) para sofocar la revuelta. Los medios de prensa como El País y The Guardian (16/1/2022) informan que la cifra oficial de muertos es de 225 personas y los heridos serían 4.500. Mientras tanto el Ministerio del Interior dice mantener unas 10.000 personas detenidas.
El presidente del gobierno, Kassym-Jomart Tokáyev, fue puesto al frente del país en 2019 por su antecesor en el cargo desde 1991, el antiguo primer secretario del Partido Comunista de Kazajistán (designado en 1989) Nursultan Nazarbayev. Tokáyev advirtió en medio de la revuelta, tras solicitar la intervención de la OTSC, que las fuerzas de seguridad debían “disparar a matar” a los manifestantes 24 horas después que las masas en la antigua Alma Ata ocuparan edificios públicos y el aeropuerto de la ciudad. El presidente adjudicó los disturbios a “terroristas procedentes del extranjero”. El País publicó el 17 de enero que, además de la nutrida presencia de jóvenes desempleados de barrios marginales de Almatí, se mezclaron en las manifestaciones en esa ciudad a partir del 6 de enero grupos organizados por el gobierno para romper las manifestaciones y “grupos criminales” convocados por fracciones en pugna vinculadas al aparato estatal.
Una cohorte digna del ejército privado de criminales y provocadores que formaban parte de las herramientas de trabajo de Napoleón III, el fundador de la escuela del bonapartismo a la que son tan afectos los líderes de las repúblicas ex soviéticas… Mientras, el 18 de enero, los medios kazajos distribuyeron un video con declaraciones del propio Nazarbayev en las que desmiente que hubiese abandonado el país y niega cualquier fractura en la élite del país. Dijo que desde 2019 el poder estaba en manos de Tokáyev y que él estaba jubilado, de acuerdo con la agencia Thomson-Reuters. Sin embargo una sucesión de hechos insinúan un escenario distinto.
Un movimiento de clase independiente del gobierno y los sindicatos oficiales
Pero las movilizaciones, pacíficas en un principio, en la ciudad de Janaozen que se extendieron a la ex capital y centro financiero del país fueron la continuación de los movimientos de fuerza en los centros petroleros e industriales desatados tras el tarifazo en los precios del gas decretado por el Gobierno el 31 de diciembre pasado. Las huelgas salvajes dieron paso a las movilizaciones pacíficas callejeras en esos centros, hasta que la movilización se extendió a partir del 4 de enero a Alma Ata.
No hemos asistido a una acción espontánea sino a la continuidad de un proceso de huelgas y movilizaciones de los trabajadores kazajos a lo largo de 2021 y de forma intermitente desde el año 2000. Las medidas de fuerza de los trabajadores fueron continuadas en la minería en Zhezkazgan, en la industria petrolera en Janaozen (Mangystaumunaigaz), en Kyzylorda (Araltuz), del sector servicios en Nur-Sultan, en Mangystau (campos petroleros y en la industria del cemento), en Aktobe (campos petroleros)…
“La dinámica de este movimiento es indicativa, ya que comenzó como una protesta social, luego se fue expandiendo, y los colectivos laborales utilizaron las manifestaciones para plantear sus propias reivindicaciones de aumento del 100% de los salarios, cancelación de las medidas de optimización, mejora de la calidad de trabajo, condiciones y libertad de actividad sindical. Como resultado, el 3 de enero, toda la región de Mangistau se vio envuelta en una huelga general, que se extendió a la vecina región de Atyrau”. Es este proceso de lucha organizada por parte de los trabajadores kazajos contra los salarios de hambre y las condiciones de trabajo lo que determinó que “El 4 de enero, los trabajadores petroleros de Tengizchevroil se declararon en huelga, una empresa en la que la participación de capital estadounidense (Chevron) alcanza el 75 por ciento. Fue allí donde en diciembre del año pasado se despidió a 40.000 trabajadores y se planeó una nueva tanda de despidos. Posteriormente fueron apoyados durante el día por los petroleros de las regiones de Aktobe y Kazakhstan Occidental y Kyzylorda” (declaración del Movimiento Socialista de Kazajistán del 6 de enero pasado).
El desborde hacia las calles fue la exteriorización de un movimiento de huelga que enfrentó al ajuste capitalista expresado en el incremento del 100% en las tarifas del gas, esencial como combustible de calefacción y de la automoción de los trabajadores. El precio del gas anunció una subida general de precios sobre un escenario de salarios de hambre. Para tener una idea de la magnitud del proceso es importante tener en cuenta que estas movilizaciones se han dado al margen de los sindicatos kazajos cooptados por el aparato del estado y herederos de los sindicatos oficiales del viejo régimen estalinista.
A principios de enero, sindicatos y empresas intentaron explicar a los trabajadores que el aumento del gas era necesario para preservar a la empresa que les da trabajo, y fueron repudiado. Los trabajadores de la siderúrgica ArcelorMittal Temirtau, una concentración de 14.000 obreros en Karaganda, se unieron a la huelga al igual que los mineros y trabajadores de las fundiciones de cobre de la corporación Kazakhmys.
La huelga y el levantamiento popular entroncan con los movimientos de resistencia a los intentos del capital a escala internacional por incrementar la explotación de los trabajadores en un esfuerzo por frenar la caída de su beneficio en el marco de una incapacidad por rentabilizar una colosal masa de liquidez que circula por los mercados mundiales. Esta resistencia se ha expresado en la ola de huelgas en Francia y Argentina, en el movimiento de los Chalecos Amarillos contra la subida de los combustibles en 2018, en las movilizaciones de 2018 en Nicaragua, las luchas en Chile, o en las huelgas en la minería y la siderurgia en la cuenca del Donbas en Ucrania. El malestar también está presente en España con el fuerte incremento del precio de la energía eléctrica y los combustibles. Kazajistán no está tan lejos como parece…
Los herederos del Pacto de Varsovia
La OTSC suple, en lo que hace a la seguridad interior, a lo que fuera el Pacto de Varsovia bajo la alianza de la URSS con los otros estados del bloque denominado “socialista” a cuyo amparo se sofocaron las revueltas obreras de la República Democrática de Alemania en 1953 que se inició con una huelga de obreros de la construcción, la revolución húngara de 1956 cuyos Consejos Obreros cuestionaban la política estalinista, o la Primavera de Praga en 1968. La OTSC se constituyó el 15 de mayo de 1992 y la suscribieron Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguistán, Rusia y Tayikistán. La constitución de este acuerdo se produjo un año después de la disolución del Pacto de Varsovia y su objetivo esencial es el de brindar protección ante la amenaza interior a los regímenes establecidos en esos países tras la caída de la URSS.
La diferencia más profunda entre aquellos acontecimientos y el escenario de hoy en día es que el desarrollo de la política de la burocracia estalinista acabó en el desmantelamiento del estado obrero soviético degenerado para dar paso a los regímenes de transición que han sustituido a los estados obreros, otrora miembros de la federación de repúblicas socialistas. La OTSC es, por lo tanto, una organización reaccionaria destinada a mantener a los regímenes parasitarios que se nutren a expensas del despojo de lo que fuera la propiedad estatal de los estados obreros reunidos como federación en 1922 bajo la denominación de la URSS. La disolución de ésta, de un lado, supuso la incorporación de las masas obreras del este de Europa y del Asia Central a la competencia directa con el proletariado occidental en el reparto internacional imperialista del trabajo y, del otro, abrió las puertas a la restauración capitalista con un intento hasta ahora fracasado de consolidar una burguesía en los estados ex soviéticos. Las burocracias de los viejos aparatos estatales apuntalaron esa transición y privatizaron los bienes del estado a manos de las camarillas próximas. La lucha por el control de esos activos es incesante.
El modelo kazajo…
Esta es la historia del Kazajistán pos soviético en el cual se hizo fuerte el hombre surgido tras los levantamientos de 1986 en contra de la eliminación de kazajos por parte de Mijaíl Gorbachov en la estructura del Partido Comunista y el gobierno de esta república. Esta reacción acabó en la designación de Nursultan Nazarbayev en 1989 como primer secretario del Partido Comunista de Kazajistán en un intento de Gorbachov por congraciarse con el pueblo y la nomenklatura kazajos. El 8 de diciembre de 1991 el presidente de Rusia, Boris Yeltsin, el presidente de Ucrania Leonid Kravchuk y el presidente de Bielorrusia Stanislav Shushkevich reunidos en el bosque de Velovezhska (Bielorrusia) decretaron la disolución virtual de la URSS en dos documentos en los que constataban que “la URSS había dejado de existir como sujeto de derecho internacional y realidad geopolítica” y que en su lugar fundaban la Comunidad de Estados Independientes (CEI).
En los 30 años transcurridos desde la disolución de la URSS Nazarbayev abrió al imperialismo el mercado de las materias primas de esta república extremadamente rica en recursos naturales. Casi no hay petrolera internacional que no tenga dominios en el país. La privatización de la siderurgia y de la minería formaron parte de esta operación. Mientras tanto se ilegalizó a los partidos que podían suponer un riesgo de reagrupamiento del movimiento obrero, incluido el Partido Comunista, y a todo el espectro de la izquierda. Solo sobreviven los partidos afectos al régimen. En el terreno internacional Nazarbayev se acercó a Turquía, y a otras repúblicas ex soviéticas, mientras mantenía lazos amistosos con Estados Unidos y otras naciones occidentales. El reparto de prebendas entre miembros de su familia colocó a sus allegados entre los magnates y oligarcas locales más destacados. Todos los aspirantes a la riqueza producto del expolio de la propiedad estatal fueron filtrados por el clan presidencial.
Pero su ecléctica política exterior le granjeó la desconfianza del presidente de Rusia, Vladimir Putin, quien además dejó entrever que el derecho de propiedad en las repúblicas ex soviéticas es antes que nada un atributo regulado por la política y que, desde el poder, se puede privar del derecho de propiedad a los disidentes. La crisis abierta en la primera semana de enero dio la oportunidad a Putin de retomar una relación de confianza con el régimen kazajo tras la solicitud de ayuda del presidente Tokáyev. Ya sea por la existencia de una conspiración palaciega sobre las espaldas del estallido popular por parte de Nazarbayev, o porque se decidió a una operación preventiva para centralizar todo el poder, el presidente que antes operaba como lacayo elegido por el poder en la sombra detuvo al jefe de los servicios secretos del estado, Karim Masímov, y ex primer ministro del país y tomó represalias contra el clan del ex presidente, incluyendo la exclusión de este de la presidencia del Consejo de Seguridad. El despido de los tres yernos de Nazarbayev de las empresas estatales de gas y de transporte de petróleo (El País, 16/01/2022) sugieren que habrá relevos en el club de los oligarcas kazajos y una redistribución de la riqueza obtenida de forma parasitaria.
La posición geográfica de Kazajistán determina en buena medida su importancia geopolítica. El país tiene fronteras con Turquía, la Federación Rusa y con China, además de las otras repúblicas de Asia Central y una población de más de 18 millones de habitantes y 2,7 millones de kilómetros cuadrados. Es el noveno país más grande del mundo.
Como en todas las naciones ex soviéticas la tarea de la organización independiente de los trabajadores en un partido obrero con el programa de la revolución obrera para instaurar un gobierno de los trabajadores, es la tarea prioritaria.
Grupo Independencia Obrera
20/01/2022
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