viernes, 20 de noviembre de 2020

Estados Unidos: la tragedia y la farsa


La negativa de Donald Trump a reconocer la victoria de Joe Biden, ha sido, desde el principio, una farsa.
 El demócrata le sacó una ventaja de seis millones de votos al cacique republicano, aunque mitigada porque el 70% de la diferencia obedece a California, el principal estado de la Unión. En el Colegio Electoral la distancia es de casi cien delegados. Trump, sin embargo, no reconoce su derrota, con la sola compañía del mexicano López Obrador, con quien tiene un pacto de complicidad con el narcotráfico, y el brasileño Bolsonaro. El magnate inmobiliario espera ganar la segunda vuelta en las legislativas de Georgia, para quedarse con la mayoría de un voto en el Senado nacional, aunque un resultado adverso otorgaría el arbitraje en esa Cámara a la vicepresidenta electa, Kamala Harris. Las protestas de fraude, por parte de Trump, ya enfrentan el rechazo de su propia Corte Suprema. 
 El arrastre de Trump en el partido Republicano ha sido señalado como la evidencia del derrumbe de la Democracia en América, una tendencia que tiene larga data, como lo mostró la conquista de ese partido por el Tea Party, una camarilla fascista, hace dos décadas, y las guerras a repetición en que se embarcó Estados Unidos desde la que desató contra Irak en 1991. Trump ha reaccionado mediante el despido del secretario del Defensa, por el desplante que éste le hizo cuando rechazó la intervención del ejército para reprimir la rebelión contra la brutalidad policial, y está colocando a sus topos en la planta permanente de la Administración, para que ejerzan el espionaje e incluso torpedeen acciones de gobierno. Todo sumado, la tentativa autoritaria o fascistoide concluye en una farsa. Trump no ha superado la categoría de dictadorzuelo – lo cual habla montones de la decadencia de Estados Unidos. 
 De otro lado, la tragedia. Ocurre que Trump pretende usar el tiempo que va hasta la transmisión del mando al sucesor, para continuar su política criminal frente a la pandemia y sabotear los esfuerzos que pudieran realizar las autoridades locales de distintos ámbitos. Esto ocurre cuando la pandemia se encuentra fuera de control en el país, con cerca de doce millones de contagios y más de un cuarto de millón de muertos. La directiva política es que la economía no debe cerrar bajo ninguna circunstancia; que el ‘lockdown’ al capital supera cualquier daño que el virus pueda causar a la vida humana. Es un planteo fascista hasta el tuétano, no bajo la máscara comunitaria de Hitler o la demagogia garibaldiana de Mussolini, sino de la libre empresa del pionero norteamericano. 
 Los opositores no comulgan con esta virulencia, pero se empeñan en ir todo lo posible por esa misma vía hasta que chocan con los datos que muestran el descontrol más completo de la enfermedad. La ciudad de Nueva York ha cerrado las escuelas, luego de rechazar todas las advertencias contra su reapertura, sólo cuando la transmisión del contagio llegó a R3 – un índice fulminante. Trump se niega a interiorizar a los equipos de Biden en los asuntos de gobierno, en una transición paulatina, lo que deja un vacío de poder en el pasaje de mando de gobierno. La poderosa institucionalidad estadounidense se muestra, sin embargo, impotente en poner a Trump en el redil, y la razón no menos importante de ello es que la Bolsa sube, incluso ‘rota’ de las tecnológicas a las compañías capitalistas más convencionales. A nadie se le escapa, con todo, que el PBI anual de EEUU ha retrocedido en forma espectacular mientras el de China crece, con una pandemia controlada. Un acuerdo comercial que acaba de firmar China con los principales países del sudeste asiático y Oceanía, que reduce a cero el 90% de los aranceles, ha sido señalado como la evidencia de un desplazamiento del poder mundial de Occidente a Oriente. Si Trump se propuso revertir la decadencia de EEUU, el empeño ha dado el resultado contrario. La prensa japonesa asegura que la instalación de contingentes militares rusos para asegurar la tregua entre Armenia y Azerbaijan, firmada hace pocos días, ha alejado por largo tiempo a USA y la Unión Europea del Cáucaso. La dominación de esta región fue considerada la llave para la penetración del capital internacional en Rusia y el desmantelamiento de la oligarquía encabezada por Putin. 
 Quienes al comienzo de la pandemia advirtieron que las cuarentenas y los aislamientos sociales establecerían ‘estados de excepción’ e incluso militarizados (el grupo de intelectuales de la Sopa de Wuhan), no solamente se equivocaron, sino que la bandera de la lucha contra la dictadura sanitaria o ‘infectadura’ ha sido tomada por la derecha y el fascismo, en nombre de la libertad de empresa. El estado, en cuanto tal, ha fracasado en mediar entre el derrumbe sanitario, de un lado, y el derrumbe social, del otro, y se ha visto obligado a pasar de un polo al otro de la restricción de movimientos, como consecuencia de los aislamientos fallidos y las reaperturas fracasadas. Todo esto ha mostrado el carácter esencial de la contradicción entre el interés privado y el interés colectivo, o sea humano, en las condiciones capitalistas. 
 Los giros violentos que se han producido a nivel del estado y la sociedad, muestran una ruptura del equilibrio histórico mundial sin precedentes: geopolítico, pero por sobre todo social. Esto se manifiesta por sobre todo en Estados Unidos, o sea en la lucha de clases y la rebelión popular en la principal metrópoli del capital. El desequilibrio mundial se encuentra internalizado, si se puede decir así, en cada país. Ahora es Biden quien quiere hacer a América ‘great again’, sin mentar la consigna, claro. Lo muestra la decisión de revertir el proyecto de Trump de retirar las tropas norteamericanas de Afganistan. El nuevo gobierno estadounidense va por la revitalización de la OTAN, es decir, a una ofensiva política y económica contra Rusia y contra las aventuras del turco Erdogan en Medio Oriente. La pelea contra el ascenso de China cambiará de forma, en primer lugar con un reforzamiento militar en el los mares contiguos a China, y una intervención en la crisis de Hong Kong y la militarización de Taiwan. Junto con la experimentación de la vacuna contra el Covid-19 se desarrolla una tendencia más fuerte a la guerra. 
 La farsa política de la sucesión presidencial en Estados Unidos, es la cobertura de una tendencia a revoluciones y contrarrevoluciones. Los procesos parlamentarios y electorales cambiarán, en un cierto punto, de carácter, pues se convertirán de expresiones del equilibrio político, en lo contrario – en expresiones de desequilibrio político, de desplazamientos de fuerzas hacia los polos históricos. 

 Jorge Altamira
 19/11/2020

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