domingo, 27 de enero de 2013

La clase



Cuando la profe Olga Rosa Cabrera Elejalde se presentó en el aula de primer año de la Facultad de Ciencias de la Educación, en la Universidad Pedagógica de La Habana, y escribió en la pizarra el nombre de la asignatura: "Ética e ideario martiano", vio en la cara de sus estudiantes mucha desmotivación y rechazo.
Como en años anteriores sus alumnos le expresaron descontento con recibir una materia de carácter obligatorio que no le aportaría nada porque de la insigne figura habían escuchado lo suficiente.
Ellos expresaron que la sociedad cubana estaba saturada de consignas martianas, se distinguían en las vallas de publicidad, spot televisivos y radiales, letreros de las instituciones estatales, murales, discursos y actividades culturales. Además esas frases se revelan como verdades absolutas en cualquier circunstancia o auditorio.
La profe halagó la valentía de los alumnos que no temen ni por una nota, profesor, asignatura, o conocimiento. Admitió el coraje de los adolescentes por verter en una primera clase todo el deseo de evadir un estorbo.
Sólo entonces hizo aquella afirmación, que sorprendió:
--Hablemos de un hombre.
La profesora, con ternura, conversó de un joven de 16 años que hacía sufrir a sus padres quienes deseaban la tranquilidad familiar aportada con la realización profesional de su único hijo varón, por demás muy inteligente, según su maestro Rafael María de Mendive que lo tutoreó para que avanzara en sus estudios y alcanzara grados superiores.
Una madre llamada Leonor Pérez y cinco hermanas menores lo vieron juzgar por infidencias, algo así, como no tolerar que un gobierno extranjero designe y legisle el destino de su país y ese joven se echó toda la culpa para que su amigo Fermín Valdés Domínguez no fuera condenado.
Relató, la profe Olga Rosa, que fue enviado a cumplir condena en la Real Cárcel de La Habana ubicada en el inicio del Prado habanero y a las cuatro de la madrugada era llamado a caminar varios kilómetros, conducidos por sus guardianes a gritos y golpes, para trabajar picando piedras bajo frío o sol intenso con pocas ropas, encadenado por varias partes de su cuerpo, con apenas algunos alimentos en el estómago y sin acceso al agua potable.
A pesar de esos horrores, se condolió con Lino Figueredo, un impúber negro de doce años de edad que cumplía igual condena y por el anciano Nicolás, y escribió que ellos nunca sabrían el significado de la palabra libertad.
Y con 16 años, el menudo cuerpo de estatura baja y porte esquelético pidió a su madre no llorar al verlo encadenado, con llagas en los pies y brotando sangre de las heridas, porque su amor por la vida valía todo ese sacrificio y mucho más.
Sólo entonces pidió a sus estudiantes que leyeran "El Presidio Político en Cuba" y descubrieran con sus propios ojos cómo ser mejor persona.
En la próxima clase, todos esperaban con impaciencia que continuara la historia.

Nuria Barbosa León, periodista de Granma Internacional y Radio Habana Cuba