sábado, 31 de octubre de 2015

Grupos de poder, estratos sociales y orientación del cambio económico


Desde que Raúl Castro sustituyo a su hermano Fidel en la conducción política se comenzaron a fijar las bases de un nuevo modelo económico, con más claridad tras la aprobación parlamentaria en 2011 de los ‘Lineamientos de la Política Económica y Social’. Esto ha generado importantes interrogantes en torno a la orientación ideológica del proceso y a los grupos de poder que se disputan la dirección de este.
Tanto Juan Valdés Paz, sociólogo y Premio Nacional de Ciencias Sociales 2014, como Fernando Ravsberg, reputado periodista, coinciden en que Raúl impulsa una especie de NEP (nueva política económica) como hizo Lenin en la URSS en los años 20 del siglo pasado. Esto significaría que el Estado va a ceder más espacio al sector privado pero manteniendo el control de la economía.
En la práctica, sin embargo, la situación es mucho más compleja debido a que existen diversos sectores con perspectivas diferentes en torno a la orientación que debe tomar la economía y respecto a las recetas que hay que aplicar. Se está produciendo por tanto, una disputa abierta entre disímiles corrientes de pensamiento, como apunta Camila Piñeiro, del Centro de Estudios de la Economía Cubana.

Grupos en disputa. La mayoría de las y los expertos consultados identifican tres grupos ideológicos en disputa por la orientación del cambio económico. Valdés Paz, destaca por un lado a los ‘estatistas’, que consideran la reforma como “una concesión momentánea” y por tanto como una cesión “táctica”. Este sector, principalmente de tradición “pro-soviética”, es muy fuerte entre la burocracia y el funcionariado y es transversal a todos los estratos sociales.
Piñeiro resalta que la visión estatista es todavía respaldada por un porcentaje respetable de la población (fundamentalmente entre las generaciones más mayores) ya sea porque tienen temor a perder los logros sociales de la Revolución y/o porque consideran que es garantía de orden y seguridad.
Un segundo grupo de poder serían los denominados “economicistas”. “Están en el liberalismo y todavía no se han enterado”, señala agudamente Valdés Paz. Parafraseando al líder chino Den Xiaoping (impulsor de la liberalización económica tras la muerte de Mao), afirman que lo “importante es cazar ratones”, queriendo trasmitir la idea de que lo trascendental es generar riqueza y ser eficientes. Este grupo predomina en la esfera empresarial, también en la pública, y por supuesto entre las y los cuentapropistas.
Piñeiro además de a los citados incluye a un sector de los militares (principalmente los gerentes de empresas), a una franja del sector académico (donde predominan economistas) y a un importante volumen de población que ve en las “propuestas economicistas” una “solución” a las “deficiencias de la economía cubana”.
Valdés Paz identifica un tercer grupo, “situado más la izquierda: la izquierda del partido, libertarios, anarquistas, comunitaristas”. Este sector apoyaría la reforma pero para construir un socialismo autogestionario, para desestatizar el socialismo. Aclara que es un grupo “socialmente minoritario pero con mucho peso en el mundo intelectual” y que tiene a ser excluido de las esferas de poder, a diferencia de los otros dos.
Piñeiro puntualiza que la propuesta autogestionaria se ha inspirado, en gran medida, en los debates en torno al Socialismo del Siglo XXI. Agrega que el socialismo no es solo un modelo de distribución equitativa sino también un modelo de gestión horizontal, que implica participación directa de las y los trabajadores. Reconoce, sin embargo, que pocos sectores de la sociedad cubana se identifican con esta tendencia: por un lado, porque los mensajes pro-privatización son hegemónicos; por otro, por las escasas experiencias de autogestión en Cuba antes y después de 1959; finalmente, por el desprestigio de la idea de gestión obrera ya que en la práctica no se ha materializado, a pesar del discurso oficial.

Contexto sociológico. La disputa entre los citados grupos se da en un contexto sociológico muy complejo, que se ha ido configurando progresivamente en el último cuarto de siglo, desde el inicio del ‘Periodo Especial’ a principios de los años noventa y donde los ingredientes básicos son: el cambio demográfico y generacional, la fuerte migración, el incremento de la desigualdad, y la supervivencia cotidiana.
Los datos demográficos y socioeconómicos cubanos son absolutamente singulares a nivel internacional ya que combinan una fotografía del “primer” mundo con el “tercero”. Actualmente la isla puede presumir de una esperanza de vida y una tasa de mortalidad infantil mejores que algunos países del Norte (además de una muy baja tasa de natalidad) pero a su vez muestra tasas de emigración y niveles de ingresos per cápita propios de Estados del Sur. Esto ha traído como consecuencia una situación de envejecimiento y decrecimiento poblacional, que afecta drásticamente al funcionamiento de una economía sumamente frágil.
De hecho, según el politólogo Rafael Hernández, en 20 años la PEA (Población Económicamente Activa) será poco más de 1/3 de la población, lo cual interpela directamente al proceso de cambio económico, ya que será fundamental un modelo de desarrollo lo suficientemente productivo como para sostener un alto porcentaje de población “no activa”.
Paralelamente, el problema migratorio también exige una reforma económica eficaz que frene o por lo menos reduzca la fuga de cerebros y/o la de jóvenes. Se está dando la dramática paradoja de un Estado (como pocos a nivel internacional) que invierte una gran cantidad de recursos públicos en formar a sus profesionales pero que ve como un porcentaje sustancial de estos buscan en el exterior mejores condiciones de vida, lo cual no deja de ser legítimo.
Salida al exterior que no solo se dirige hacia países del Norte, sino incluso hacia destinos latinoamericanos, que hace unos años serían impensables. Resulta muy simbólico el caso de Ecuador, que en los últimos tiempos está atrayendo profesores universitarios cubanos.
El incremento de la desigualdad es otro de los rasgos del actual momento histórico que cualquiera de los grupos en disputa no debe obviar. Según la socióloga Mayra Espina, el coeficiente de Gini (termómetro de la desigualdad) aumento del 0,24 de los años ochenta al 0,38 y paralelamente la pobreza del 6% al 20%, a pesar de la práctica inexistencia de extrema pobreza gracias al mantenimiento de los servicios sociales universales (educación, salud, etc.).
El reto no es en absoluto sencillo ya que cualquier orientación económica debe intentar sortear dos extremos mayoritariamente repudiados: por un lado, no regresar a la época del “igualitarismo improductivo”, expresión acuñada en los últimos tiempos y utilizada de manera natural por gran parte del stablishment político e intelectual: y por otro lado, no agravar aún más una desigualdad que ha sido producto del proceso de liberalización abierto en los noventa.
Un aspecto frente al que cualquier proyecto de cambio y grupo que lo sustenta debe mostrar capacidad de resolución eficaz es el relativo a las indudables carencias de la vida cotidiana. Desde sectores claramente alineados con la Revolución se reconoce que para satisfacer necesidades elementales del día a día hay que superar a veces grandes dificultades que terminan provocando un fuerte cansancio no sólo físico, sino psíquico y emocional en franjas importantes de la ciudadanía. Esta es una variable que funciona como una bomba de tiempo y evidencia la centralidad de lo cotidiano frente a aspectos “políticos” supuestamente más importantes.
Resulta muy significativo el debate nacional que convocó Raúl Castro en 2007. Según Fernando Ravsberg, participaron más de 5 millones de cubanos y el objetivo fundamental era identificar los principales reclamos de la población. Entre los 5 primeros destacaban la insuficiencia salarial, el precio de la comida, el transporte, la vivienda y la escasez de lugares de ocio. Temas radicalmente cotidianos, alejados absolutamente de la agenda “política” de Washington y de sus grupos opositores en la isla, pero que a su vez mostraban las debilidades estructurales del modelo vigente.

Orientación del cambio. Hacía donde se enrumbará definitivamente el modelo cubano es todavía un debate abierto, a pesar de que todos los proyectos no parten en igualdad de condiciones. Piñeiro, aunque defiende un socialismo autogestionario, advierte que la posición “economicista” es la que tiene más opciones de imponerse. Valdés Paz, por su parte, indica que si el actual proceso de reforma –con “fuertes elementos socializantes” y con un control estatal claro- no es exitoso, “se acentuará la tendencia liberal”.
Las posibles orientaciones del cambio económico también han generado un debate (quizás más insistente fuera de la isla que dentro) en torno a los modelos internacionales que pueden estar influenciando o sirviendo de referente al país. Aunque una gran parte del stablismenth intelectual rechaza que exista predominio de uno u otro modelo, resulta inevitable intentar averiguar hacia que coordenadas geográficas marca la brújula.
En primera instancia, la comparación con China y Vietnam es una de las más recurrentes por cuestiones obvias. Respecto al gigante asiático hay una opinión mayoritaria de que no va a ser el modelo a seguir por diversas razones: tamaño poblacional, papel geoestratégico, capacidad industrial, deterioro de la política social… Con Vietnam, la empatía es mayor, fundamentalmente por compartir una historia de lucha contra el imperialismo estadounidense. Sin embargo, tampoco se considera un referente debido a importantes diferencias en cuanto a estructura económica (base agraria), cultura laboral, etc., como señala Gilberto Valdés, del Instituto de Filosofía.
Los que abordan el debate en torno a la factibilidad de la reinstauración del capitalismo y del tipo de capitalismo que se implementaría deben tener en cuenta la variable geo-histórica y la condicionalidad del ‘sistema-mundo’ (Wallerstein). Ante el deseo manifestado por un cubano de querer vivir en un país “normal”, Fernando Ravsberg responde ácidamente: “Yo le dije que si querían ser un país normal significaba tener mucha más pobreza, tener que pagar por el médico… Le dije que si quería ser como Holanda es que estaba loco, que había fumado demasiado… el país normal que les toca ser es como Jamaica”.
Las comparaciones más sensatas, por el citado factor geoeconómico y por el nuevo contexto de cambio en diversos países de América Latina, se sitúan en la propia región. Valdés Paz afirma que “el modelo al que apuntamos se acerca al neo-desarrollismo latinoamericano (gobiernos progres, redistributivos en la política social, pero económicamente neodesarrollistas)”. La diferencia, según él, es que Cuba tiene la ventaja de que “aquí la política es la que manda, porque seguimos controlando la economía”.
De cualquier manera, la mayoría de las y los analistas consultados coinciden en que la forma de mirar hacia América Latina ha cambiado. Antes Cuba era la que debía exportar su Revolución, mientras que ahora el proceso de aprendizaje es bidireccional. Esto da margen para debates más allá del neo-desarrollismo, donde la reflexión en torno al Socialismo del Siglo XXI no queda excluida de la ecuación.

Luismi Uharte. Doctor en Estudios Latinoamericanos