jueves, 29 de octubre de 2009

Martí nos anda por dentro



“Celia querida, ordenando tus trabajos, que son muchos, encontramos en un viejo cuaderno ya amarillo por el tiempo, este lindo trabajo que escribiste en tu adolescencia, quizás el primero, y que se nos antoja va dedicado a los niños. En estos días que se cumple el primer aniversario de que te fuiste “[…] como un pajarito que abre las alas para volar […]”, lo damos a conocer como testimonio de los nobles sentimientos que abrigabas en tu alma. Recíbelo como un homenaje a tu memoria en el aniversario 120 de que La Edad de Oro viera la luz por primera vez”

Dolores García.

Martí nos anda por dentro como ese susurro suave y continuo que nos provoca un ¡Ah! cada tarde borradita de luz.
Las cosas grandes son así, más pequeñas mientras más grandes, como para que uno no esté triste cuando está solo, o no se llene del odio feo cuando está bravo, que es cosa de tontos eso de guardar rencores ocultos que nos pesan más a nosotros, los que andamos con él a cuestas, que a la persona que odiamos. Y digo odio feo porque hay otro, alto y noble, que nos hace amar más ¿y saben por qué uno es malo y el otro no? pues porque uno, el malo, nace cuando algo va en contra de nuestros deseos, o cuando envidiamos, (la envidia mala), porque cuando nos quedamos callados y nos molestamos porque el compañero tiene un bate mejor que el nuestro, o porque nuestra hermana luce unos lazos colorados y parece, de lo linda que está, una mariposa, y papá la lleva en brazos y la vamos odiando por dentro, pero ahí está lo mejor, luchamos contra el odio malo y triunfamos.
No hay que creerse malo cuando uno siente odio pues es igual que cuando nos cae la fiebre, con la diferencia que contra aquella luchan nuestros “anticuerpos” que son bichitos buenos, y la vencen, y contra el odio luchan otros bichitos, los del amor y la bondad, pero a estos no los ordena la sangre ni el cerebro por su cuenta, a los del odio tenemos que ver si estamos enfermos nosotros y curarnos nosotros solitos conscientemente.
Yo les decía que Martí se nos mueve por el corazón y la cabecita diciéndonos esto sí, aquello no; y yo quiero que los niños siempre lleven a Martí bien abrigadito en su pensamiento y en el sentir para que no se nos vaya a resfriar, pues solo el alma de los niños son abrigo seguro para alguien como él con tanta verdad.
¿Y qué niño no se ha leído ya “La Edad de Oro”? Todo el que quiera aprender la habrá leído. Pues resulta que “La Edad de Oro” ya está muy viejita y no tiene barbas como el libro del padre de Nené traviesa, pero nos sigue gustando, pues Homero sigue siendo cantor después de 100 años; Bolívar sigue siendo el padre de los americanos honestos; y Mozart sigue siendo el niño aquel que a los 4 años tocaba para la corte austríaca. La historia no envejece, sino que se reafirma y ahí está ese libro lleno de enseñanzas y alegrías como si lo hubieran escrito ayer, con sus cuatro números.
Pero qué pasa con la Historia. Después de 100 años el niño americano debe saber más cosas, muchas más que Martí no escribió porque no las conocía. ¡Lindo sería que nos escribiera de lo que ha sucedido en estos 100 años! ¿Y qué haremos?, pues Martí no está y los niños tienen que seguir aprendiendo no solo de Historia de hace 200 años, sino de la historia cercana de la América de este siglo, ¿pero cómo? Pues intentemos algo. Martí nos dijo que para escribir bien de algo hay que saber mucho de eso, pues si no, es una burla para quien lo lee. Nosotros no podemos escribir de todo lo que los niños necesitan saber, pues no sabemos mucho de nada.
Pero tengamos a Martí de la forma que Martí quisiera escribir, y pidamos a los que saben que le escriban a los niños, nosotros los juntamos y ya, entre todos podemos al menos describir algunas cosas pues el sabio de historia nos hace un artículo para niños; el sabio de ciencias, otro; el poeta una poesía y así todos juntos rendimos homenaje al Maestro y hablamos con los niños. ¡Qué diría Martí de los aviones, de la computación, de la guerra nuclear, del hambre de este mundo! Cómo nos gustaría oírlo hablar de Einstein, de Lenin y, porqué no, de nuestra Revolución.
Yo siempre cuando discuto algo voy corriendo a buscar la opinión de Martí, siempre hallo algo que muchas veces no es lo que pienso, pero entonces empieza a convencerme con su dulzura y su firmeza y siempre gana Martí y así lo tengo día a día conmigo.