miércoles, 8 de julio de 2009

Celia Sánchez Manduley



Ella tenía un halo de ternura que nacía en cada mañana en su sonrisa de capitana de la esperanza.
La flor de su existencia marcó su vida de manera indeleble en la historia de la mujer cubana.
Hizo del cotidiano bregar un acto de fe, un acto de rebeldía que llevaría su alma al corazón del pueblo que hoy la sigue venerando.
Iluminaba todo aquello que tocaba. Atendía a la persona más humilde que saliese a su paso por cualquier parte del país. Sembró amor y amor recibió.
Mujer imprescindible no solo por combatiente, no solo por ese camino que dibujó de loma en loma llevando en sus espaldas la mochila con parte de la mas hermosa historia del Ejército Rebelde.
No hubo agua de manantial que no besaran sus labios, no hubo trillo serrano que sus delicados pies no recibiera la huella de su presencia, no hubo grillo en la montaña que no la acompañara en noches de insomnio.
Así de esa manera desprendida, construyó una fortuna para nada semejante al dinero, pero sí apegada a la necesidad de la patria mancillada de tener entre sus defensoras a una mujer como ella.
No tuvo tiempo para el descanso, como tampoco descansó en aquel ascenso al Pico Turquino llevando junto a su padre la imagen del Maestro que iluminaría para siempre esas montañas vestidas de verde olivo.
Los cubanos no la recordamos envueltos en lágrimas, la tenemos en el pedestal que la gloria solo le concede a los seres humanos más nobles y altruistas.
Hoy los helechos de la serranía, las mariposas que tanto amó, las palmas reales, los tocororos, las cristalinas aguas de los arroyos y las piedras, cantan una canción dedicada a ella, fuente inspiradora para poetas y pintores, y fuente inspiradora para los que hoy, hombres y mujeres, llevan en su pensamiento su hermosa imagen de guerrillera inclaudicable.
Celia es hoy, un sol desprendido de la Galaxia.

David Rodríguez Rodríguez | Para Kaos en la Red | 10-1-2009