miércoles, 28 de agosto de 2019

Diez frentes de combate de la nueva cultura

Intervención en el Taller Cultura y Liberación de los Pueblos del XXV Foro de Sao Paolo, Caracas, 26 de julio de 2019

“La cultura es lo primero que hay que salvar”, alertaba Fidel. No hablaba solo del arte y la literatura. La nueva sociedad exige un individuo “nuevo”, es decir, una mujer y un hombre que participen conscientemente en su construcción. La cultura que llamamos socialista es de hecho una cultura de tránsito. No existe como meta, sino como proceso, en franca guerra contra la cultura dominante. Una Revolución en el poder debe luchar contra la cultura global hegemónica (modo de vida, modelo de éxito) que es la capitalista, en todos los ámbitos de su reproducción. Pero los revolucionarios no pueden esperar a tener el poder, o el gobierno (en el peor pero más probable de los casos) para iniciar esa lucha, que es vital. Lo que comúnmente identificamos como concientización de las masas, es un hecho cultural. La cultura dominante en el mundo es la de la clase dominante, y la nueva cultura avanza y retrocede, su éxito siempre es parcial.
“El socialismo no es un problema de cuchillo y tenedor. Es un movimiento de cultura, una grande y poderosa concepción del mundo”, decía Rosa Luxemburgo. Para alcanzar esa nueva cultura se necesita una base material que la sustente —algo que con frecuencia se olvida—, pero la tarea no puede postergarse. Las revoluciones auténticas, cuando se producen, impulsan esa nueva mirada colectiva. Un millón de personas en la Plaza de la Revolución no son una masa sin rostro, son un millón de protagonistas individuales. Pero la guerra cultural entre los dos modos de vida, incluso en una Revolución que ha alcanzado el poder, no cesa. Abordaré algunos aspectos de la batalla por la cultura que me parecen importantes, desde la experiencia revolucionaria cubana.

Romper los tabiques que separan lo “culto” de lo “popular”. Integración de saberes.

Debe procurarse una integración de saberes, que desdibuje las fronteras de las culturas etiquetadas con los adjetivos de “alta” y “popular”. En Palabras a los intelectuales (1961) Fidel le dice a los más importantes escritores y artistas cubanos de entonces: “En días recientes nosotros tuvimos la experiencia de encontrarnos con una anciana de 106 años que había acabado de aprender a leer y a escribir, y nosotros le propusimos que escribiera un libro. Había sido esclava, y nosotros queríamos saber cómo un esclavo vio el mundo cuando era esclavo, cuáles fueron sus primeras impresiones de la vida, de sus amos, de sus compañeros. Creo que puede escribir una cosa tan interesante que ninguno de nosotros la podemos escribir”. Uno de los más jóvenes oyentes de ese discurso escribió algunos años después un libro emblemático de la literatura de la Revolución: Biografía de un cimarrón (1967). La vida de un hombre sencillo se convertía en literatura clásica.
En sentido inverso, el primer libro que publicó la Revolución en su recién creada Imprenta Nacional, a un precio casi simbólico y en una tirada millonaria, fue la obra de Cervantes, El ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha. Una obra clásica, la más representativa de la cultura hispana, se puso al alcance de las mujeres y los hombres de pueblo. Por otra parte, la Revolución cubana creó un amplio sistema de escuelas de arte en todo el territorio nacional y abrió sus puertas a los “hijos más humildes del pueblo”.
Hugo Chávez manejaba dos conceptos prácticos de cultura: la que se entiende como tradición, hogar, hábitat, territorio, alma colectiva de cada pueblo, una visión en la que no hay jerarquías, cualquier cultura es tan importante como la otra, no hay cultura desarrollada y cultura no desarrollada y que vista en un proceso evolutivo y de enriquecimiento constantes puede definirse como identidad cultural; y la que responde al sentido martiano de “ser cultos para ser libres”, como instrumento de liberación, de superación, de crecimiento espiritual, como manejo de información, de comprensión del mundo.
Las revoluciones necesitan integrar los saberes, eliminar las barreras culturales y espaciales que separan a las clases sociales.

Saber y participación social

La “nueva” cultura en construcción no es pasiva. Su rasgo principal es que existe solo si la sociedad y el individuo la asumen conscientemente. No se consume, se protagoniza. Es, más claramente que cualquier otra, un modo de vida. El primer acto de una revolución tercermundista es la alfabetización masiva de su población. El conocimiento es indispensable, porque determina la capacidad crítica del individuo. La relación entre saber académico y saber participativo es mutuamente enriquecedora en una Revolución. No puede cultivarse un saber desentendido de los problemas sociales, ni pueden abordarse esos problemas sin una integración de saberes.
En Cuba miles de adolescentes y jóvenes, citadinos de clase media, partieron a las zonas rurales del país; muchos se separaban por primera vez de sus padres, y se hospedaban en los humildes hogares de los que serían alfabetizados. La alfabetización era doble: el joven enseñaba a su alumno –por lo general mucho mayor en edad–, a leer y a escribir, y su presencia era también una lección del significado de la Revolución. Por otra parte, el alfabetizador se alfabetizaba; su aprendizaje, abrupto, era de otro tipo: conocía otro mundo inimaginado antes por él, e interactuaba con sus habitantes. En meses, la alfabetización concientizaba al maestro y al alumno, era una intensiva escuela política.
El método empleado en Venezuela (“Yo sí puedo”) se apoya en la tecnología y no requiere la movilización masiva de jóvenes de la ciudad, pero introduce una perspectiva nueva. El propio alumno se convierte en su maestro, auxiliado por videos y cuadernos especialmente concebidos para ello. Existe un “facilitador”, un miembro de la comunidad, un “alumno ayudante” un poco más avanzado que sus compañeros, pero el sujeto activo es el que se alfabetiza, el que se convierte en “vencedor”, en protagonista de su propio crecimiento.
Las misiones bolivarianas son mecanismos de inserción y empoderamiento de las masas en la transformación del país. El triunfo de una Revolución es convertir a las masas en colectividades de individuos conscientes. El mayor peligro es crear, con la masividad de la educación, jóvenes informados de libros, y analfabetos de vivencias sociales y políticas. José Martí, lector voraz y erudito, recelaba de la “falsa erudición”, la que se oponía a la naturaleza humana y a las particularidades de nuestra región.

Reconstrucción de la historia

La interpretación de la historia depende del proyecto de futuro que se tenga. La historia oficial de un país selecciona hechos y personajes, evade o silencia otros. La obra del historiador estadounidense Howard Zinn es elocuente: con su libro La otra historia de los Estados Unidos demuestra que esta puede ser narrada desde la perspectiva de los humildes, desde las luchas obreras. No es, por supuesto, la historia que se enseña en las escuelas de ese país. En Cuba, con la Revolución, adquirieron relevancia los protagonistas de las luchas obreras y campesinas y los combatientes revolucionarios. La historiografía contrarrevolucionaria se esfuerza en descalificar a esos héroes de la nueva Cuba: presenta al Che Guevara, por ejemplo, como un criminal, y trata de reivindicar al tirano Fulgencio Batista. Por otra parte, la industria del entretenimiento complementa la labor de la educación burguesa y despliega una amplia gama de recursos “correctores”: banaliza la historia nacional de los pueblos del Sur, convierte en héroes a los invasores y en villanos a los patriotas, reafirma el mito de la superioridad y la invencibilidad de los imperialistas. Todo ello llega empaquetado en video juegos, series de televisión, películas, redes sociales.
El enemigo, que es el mismo para todos, nos divide desde la ignorancia. Los que compartimos fronteras nacionales y episodios esenciales de la historia (con frecuencia incluso hasta una lengua), ignoramos las vivencias del vecino y desconocemos a sus héroes, que son nuestros también. Es imprescindible, para nuestra mejor defensa, que aprendamos la historia de Nuestra América, que hagamos nuestros a sus héroes populares. “La historia de América, de los incas a acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia”, pedía José Martí en 1891.

La fragmentación y reunificación de sentidos

La izquierda debe reconocer el hecho de que la violencia de género, la racial o étnica, y la ecológica (también se ejerce violencia sobre la naturaleza) y cualquiera de las multiplicadas fobias sociales, si bien no están adecuadamente expuestas, como alguna vez se pensó, en la crítica a la violencia de clase, tampoco son ajenas a ella, ni pueden ser pensadas como fenómenos autónomos, capaces de ser solucionados por sí mismos. Las contradicciones de la sociedad capitalista actual no pueden reducirse a las contradicciones entre clases, pero estas no pueden ignorarse o subestimarse. La violencia imperialista expresa la esencia de un sistema que nació y creció de la explotación del mundo colonial y neocolonial, y de sus propios trabajadores. La estrategia de los defensores de la violencia, es fragmentar su comprensión, hacer que nuestros jóvenes la combatan en sus manifestaciones no estructurales. Es necesario construir vasos comunicantes entre los frentes de lucha porque todos son importantes, y la izquierda no puede darle la espalda a ninguno de ellos, pero tampoco puede detenerse o aislarse en alguno de ellos. El enemigo final siempre es el capitalismo;

Identidad cultural

La identidad cultural no es estática. Está en permanente proceso de construcción, de ensanchamiento, aunque conserve sus matrices esenciales. América Latina es poseedora de una gran riqueza cultural: esa diversidad es una ventaja, siempre que conservemos o abramos sus vasos comunicantes. El imperialismo necesita detener y diluir las identidades que se expresan al interior de una nación y la que representa a la nación misma, así como la regional, por motivos mercantiles que funcionan también como ideológicos, porque facilitan la dominación. La estrategia revolucionaria debe ser proteger y consolidar toda manifestación de unidad y de diversidad culturales. Frente a la estrategia imperialista de dividirnos, los revolucionarios tenemos la obligación de promover y defender la identidad “nuestroamericana”, sin desconocer o relegar su diversidad.
En una Revolución, la identidad nacional empieza a integrar elementos nuevos que surgen del proceso de transformaciones. La contrarrevolución celebra el trabajo diluyente de la industria del entretenimiento yanqui, pero a la vez, pretende paralizar el movimiento de la historia, con el pretexto de que defiende sus tradiciones. En realidad, se niega a aceptar la existencia de las nuevas tradiciones creadas por la Revolución. Cuando un contrarrevolucionario despliega hoy la bandera nacional de Cuba, produce una contradicción de sentidos, más allá de su voluntad y de su comprensión: esa bandera ha incorporado al entramado simbólico de sus formas y colores, los nuevos hitos y héroes de la Revolución. Es por ello que los revolucionarios de cualquier país o región del mundo pueden enarbolarla como propia. Cuba ya no es y no podrá volver a ser, el país que existía antes de 1959.

La cultura de la solidaridad

La Revolución es generadora de solidaridad entre países y pueblos (a lo interno y a lo externo), porque no puede hacerse sin el concurso de todos, y porque su fin inmediato son los más humildes. No se concibe tampoco como un hecho aislado, inconexo con otras realidades. La Revolución cubana se autoproclamaba “primer territorio libre de América”, precisamente porque aspiraba a la liberación de los restantes, porque se asumía como un eslabón en el proceso emancipatorio de todos los pueblos. La cultura de la solidaridad, la que se recibe y la que se da, no se concibe como un favor que se dispensa, sino como un deber insoslayable. Desde los primeros momentos la Revolución cubana cultivó la solidaridad en todos los ámbitos posibles, y educó al pueblo en ella. La campaña mediática que se empeña en desacreditar e incluso criminalizar la solidaridad médica de Cuba en el mundo, pretende desarticularla, porque su sola existencia, es una escuela política que no se propone ni necesita “formar” a nadie. Los movimientos sociales y los partidos políticos no pueden desentenderse de las causas justas, para hacer avanzar la suya; se traiciona a sí misma la causa justa que evade su responsabilidad con la justicia de los otros. “Patria es Humanidad”, sentenciaba José Martí.

Los símbolos y los paradigmas del éxito

Las revoluciones no pueden subestimar la guerra de los símbolos. La industria del entretenimiento se apoya en el mercado para difundir los del capitalismo. Las páginas “sociales” de la prensa burguesa, narran historias de vida de sus hombres y mujeres de éxito: banqueros y empresarios, deportistas y estrellas del arte, y también duques, príncipes y reyes, es decir, de los famosos y ricos. Ser como ellos, es la consigna implícita; en sentido inverso los niños cubanos repiten cada mañana en sus escuelas, “seremos como el Che”. En el capitalismo no importa el cómo: se triunfa si se consigue acceder al nivel más alto de consumo, por una herencia, por un “buen” matrimonio, por el robo de cuello blanco o a mano armada, por la lotería, etc. La cultura del tener, asentada sobre el consumismo depredador del medio ambiente, se presenta de manera atractiva, como el único camino hacia la felicidad.

Apropiación de las formas

Hoy el imperialismo pretende apropiarse de las formas tradicionales de la izquierda. Subrayo “de las formas”, porque el procedimiento conlleva un vaciamiento de sus contenidos revolucionarios. Ello incluye la utilización y a veces el secuestro de términos y conceptos tradicionales de la izquierda. En Cuba hemos visto la aplicación de ese procedimiento en “huelgas de hambre” y en marchas de “madres” vestidas de blanco como las de la Plaza de Mayo. Se utiliza el término de “Revolución de colores” y símbolos como el puño cerrado para aludir a movimientos reaccionarios monitoreados por la CIA. Por otra parte, nos induce a desechar e incluso a repudiar palabras que son imprescindibles en nuestro léxico, como comunismo o imperialismo.

Las nuevas tecnologías

Todos los aspectos antes descritos alcanzan mayor intensidad en las redes de Internet. La izquierda debe aprender a usar esta herramienta, lo que implica conocer sus ventajas y sus peligros. La guerra por el poder desecha por inservible la verdad, y las redes compulsan al elector a decisiones que pueden atentar contra sus propios intereses. Es un medio que suele utilizarse para aislar y desmovilizar al individuo (especialmente al joven), y reagruparlo en colectivos “rebeldes” pero inocuos. Los revolucionarios no podemos desechar la verdad, aun cuando avancemos en el terreno movedizo del mercado electoral. Una experiencia positiva son las redes de redes, que permiten la movilización horizontal y trasversal, en aspectos compartidos, entre personas y movimientos no siempre afines. Un ejemplo es la Red de Intelectuales, Artistas y Movimientos Sociales en Defensa de la Humanidad.

El político revolucionario

Es indispensable que el pueblo aprecie la diferencia entre los políticos tradicionales y los revolucionarios. Es una diferencia que debe sustentarse en la ética de su conducta y en los procedimientos que emplea. La participación en los mecanismos de la democracia burguesa no puede desdibujar la identidad de un revolucionario. El fin no justifica los medios. Un revolucionario no puede mentir jamás, y debe estar siempre en la primera línea de combate, allí donde pide que estén los otros.

Enrique Ubieta Gómez
jiri

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