viernes, 17 de abril de 2026

El fracaso de Trump no pone fin a la guerra imperialista


La “tregua” es un entretiempo para un mayor rearme, en medio de una enorme crisis política. 

 Luego de seis semanas de una guerra devastadora, las camarillas genocidas de Trump y de Netanyahu no han logrado derrotar a Irán; esto es irrefutable. El “cese del fuego”, que tampoco ha logrado imponer los objetivos imperialistas ‘por otros medios’, dejó ver, sin embargo, una punta del propósito de reestructurar la guerra misma, con la participación de los imperialismos europeos y ostensiblemente de China. El objetivo mínimo de este bloque de fuerzas es que Irán libere el tránsito en el estrecho de Ormuz y deje de bombardear a los emiratos petroleros, incluida Arabia Saudita, por el daño espectacular que ha causado a los mercados internacionales, no solamente a corto plazo. Irán no cedería en cuanto al control del Estrecho de ninguna manera, pero un progreso gradual acerca del transporte por esa vía salvaría a las negociaciones iniciadas en Islamabad, que no han sido canceladas a pesar del demoledor impasse inicial.
 El presidente de Francia, Emmanuel Macron, ha votado con China y Rusia a favor de gestiones para aflojar las restricciones de paso en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El 3 de abril pasado, el navío de una corporación francesa de navíos ha sido la primera en transitar por Ormuz. Por el Estrecho pasa, además del 20%, aproximadamente, de las cargas de petróleo y gas licuado, el transporte de fertilizante necesario para los sembradíos principales, y el helio, decisivo para la fabricación de microprocesadores. El enorme desarrollo internacional de las fuerzas productivas del capital ha convertido a numerosos accidentes geográficos y a los abiertos o construidos por la acción humana, en puntos nodales de estrangulamiento de la economía mundial. Han sido objeto de operaciones de conquista militares en todas las guerras mundiales, así como en cuanto a su preparación.
 El otro tema son los ataques iraníes a los activos petroleros y gasíferos del Golfo Pérsico, que ocupan también los primeros ítems de la agenda de negociaciones. La destrucción ocasionada a las instalaciones del yacimiento qatarí de Ras Laffiri -el más importante del planeta- ha mermado acentuadamente la oferta mundial y elevado en un 70% el precio del fluido. Hasta donde se sabe la reparación de Ras Laffari demorará ocho años o más. La industria manufacturera mundial ha sufrido un golpe de costos extraordinario, esto cuando había creído haber superado la escasez provocada por las sanciones de la OTAN contra Rusia. La tentativa de re-rutear el suministro de combustibles por medio de ductos existentes o la construcción de otros, quedó en aguas de borrajas cuando fueron atacados, hace pocos días, por los misiles de Irán. 
 El fracaso de la larga reunión (21 horas) de cese del fuego, llevó a Trump a establecer un doble cerrojo de Ormuz, al desplegar un control de salida y entrada al Golfo, para penalizar a los navíos que paguen peaje a Irán por el paso por el Estrecho. En lugar de una salida política, esta doble llave agudiza el impasse. En primer lugar, porque afecta todavía más la circulación comercial y a los mercados. Por otro lado, está enmarcada en una continuidad de las negociaciones para una tregua. Tampoco fue anunciada como el primer despliegue de una invasión terrestre, o sea como una presión coercitiva. Esta acción de la marina estadounidense no ha influido en la diplomacia de las grandes potencias que busca coordinar una liberación del tráfico por esa vía marítima. 
 La apertura parcial y progresiva de Ormuz, en caso de que prosperaran las negociaciones oficiales o las que tienen lugar fuera de la mirada pública, debería estar acompañada por garantías internacionales excepcionales de parte de las grandes potencias, algo imposible por el momento, si es que lo fuera alguna vez en el futuro. Irán no renunciará a supervisarlo como un corredor interior (como también lo intentó Juan Manuel de Rosas, el ayatolla mazorquero de las Provincias Unidas en la Vuelta de Obligado en el río Paraná contra la flota anglofrancesa) porque es su arma más potente de defensa. Sería necesaria una coalición de Estados imperialistas y restauracionistas sólo para amortiguar el bloqueo, no para levantarlo. Donald Trump se ha estrellado contra el muro de Irán, porque creyó que podría imponer una variante Delcy Rodríguez, como cuando asaltó a Venezuela en una acción militar relámpago. Luego fracasó en el propósito de arrancar una rendición incondicional, para forzar a los sobrevivientes del régimen iraní a oficiar de gurkas o quislings del gobierno norteamericano. Lo que queda como alternativa es un desembarco de tropas en alguna cabeza de playa de Irán, que es lo que provoca la mayor tensión dentro del establishment de Estados Unidos. Finalmente, ha fracasado en el objetivo de someter a Estados Unidos a un régimen ICE, de persecución de la oposición popular a la guerra y a una dictadura. Estos fracasos, sin embargo, no han vulnerado la asociación de toda la burguesía norteamericana con los objetivos estratégicos de esta guerra: la supervisión internacional de Ormuz; la entrega del uranio enriquecido que ha reunido Irán; el cese de las investigaciones nucleares; el desarme misilístico de Irán; Y, por sobre todo, imponer un régimen político favorable al reconocimiento de ‘los derechos adquiridos’ del Estado sionista sobre el conjunto de Palestina y las ‘zonas de seguridad’ adyacentes. Todo lo que cabría esperar es que, bajo la presión de los imperialismos de la Unión Europea, China y, de ser posible Rusia, Irán facilite el tránsito por Ormuz a cambio del levantamiento de algunas sanciones económicas impuestas por Estados Unidos. Putin podría considerar que la tensión extrema en Medio Oriente sirva para cumplir el propósito de anexar la región del Donbás – en Ucrania. Dado el carácter mundial de la guerra imperialista, todas las potencias en presencia anteponen sus objetivos imperialistas o de opresión, o sea un reparto de influencia internacional, a las triquiñuelas en torno como salir del ‘impasse Ormuz’. Lo que la lumpen burguesía trumpista pretende sacar de cualquier negociación es la cuestión del Estado sionista, que es, sin embargo, la columna vertebral de las guerras y de esta guerra en el Medio Oriente. Los centristas de izquierda que sueñan con la viabilidad de un retorno al ‘status quo ante’, admiten de este modo su convivencia con una guerra imperialista permanente –o, en sus propias palabras, “desorden” y “caos’. Israel ha quedado afuera de negociaciones que lo tienen en el centro, porque es la viga maestra del orden imperialista en una región que afecta al mundo entero. 
 La discusión más viva sobre la guerra no tiene lugar, sin embargo, en Pakistán, sino en Estados Unidos. The New York Times ha planteado a toda la clase dominante norteamericana que es necesario retirar a Trump la dirección de la guerra, que debería ser tomada por una amplia coalición política. Es necesario, señala, reunir al Congreso para que elabore otra política de salida al impasse, que no debe confundirse con una retirada. El diario toca lateralmente el asunto de un juicio político a Trump, porque esto simplemente arruinaría la posibilidad de esa coalición. Un ala del partido Republicano, cuyo vocero es el senador Lindsey Graham, también quiere reunir al Congreso, pero por otro motivo –teme que la camarilla de Trump caiga en el derrotismo, eventualmente por la exigencia de un sector de la coalición trumpista (MAGA), que reclama declarar la victoria y ‘volver a casa’. Los dos partidos tradicionales de Estados Unidos se encuentran en estado de dislocación, porque el mismo régimen político de “controles y balances” se encuentra agotado. Los únicos que creen que se podría volver a la vigencia de la Constitución de Estados Unidos, como fuera diseñada hace 250 años, son los “woke” del partido Demócrata, que apoyan la guerra contra Rusia en Ucrania y son firmes defensores del Estado sionista. Algo similar ocurre en Israel -donde se vota este año- cuando Netanyahu podría ser reemplazado por un “halcón” de la actual coalición de genocidas, o por otros genocidas, pero de la oposición. Para unos y otros, la cuestión “existencial” de Israel sólo puede ser enfrentada por medio de un estadio de guerra permanente. Pero para salir al rescate del trumpismo, el NYT reconoce que necesita la disposición de éste a ponerse al frente de la reclamada coalición. El eje de la coalición no sería retirarse de Irán sino reestructurar esta guerra, o sea convertirla de guerra de una camarilla en ‘guerra patriótica o nacional’. Una coalición nacional como ésta debería se apuntalada por una coalición internacional, que defienda incondicionalmente al Estado sionista y sus guerras, y que retire a China del campo de aquellas potencias que han elaborado sus propios términos de una salida condicionada. Sería necesario que el imperialismo norteamericano salga de un pantano que lo debilita contra China y Rusia y contra otros imperialismos rivales, para producir un nuevo reparto del mundo, más allá del alcanzado con la disolución de la Unión Soviética y la incorporación de la masa China al mercado mundial.
 Ninguna guerra ha seguido una línea recta, que se decidiera con el primer tiro. Hitler demoró dos años en invadir a la URSS, y hasta le ofreció un cordón de seguridad mediante la entrega del este de Polonia y parte del Báltico. Lo mismo ocurrió con Japón, que sometió a China a la barbarie y luego se tomó su tiempo para iniciar la Guerra del Pacífico. Gran Bretaña y Francia capitularon en Múnich, para reorganizar sus fuerzas con (mucha) posterioridad. Estados Unidos se sirvió de un ‘pacífico’ boicot al suministro de petróleo a Japón, para lanzar una guerra imperialista con una faceta ‘democrática’. El mundo ha atravesado, desde 2014 y 2022 en Ucrania; desde 2023 en Palestina (aunque es una guerra colonial centenaria); desde hace menos tiempo con Venezuela, Cuba e Irán; los primeros pasos de una guerra mundial irreversible para el capitalismo, que sólo puede ponerle fin la clase obrera internacional. El ‘fracaso’ no ha disuadido a ningún imperio, solamente ha servido para afile sus armas. La falsa tregua actual sirve, como lo reconoce toda la prensa internacional, para que Estados Unidos e Israel repongan los Atacams, los Arrows, los Patriot, para lanzarse a una guerra de mayor escala en el futuro inmediato. El costo de este rearme lo pagan los explotados, y acicatean el espíritu de indignación, de rebeldía y de revolución. 
 Los marxistas revolucionarios tenemos el desafío de emular y superar a los internacionalistas bolcheviques del pasado, que explotaron el estallido histórico de las contradicciones capitalistas para promover la revolución mundial. La revolución mundial, traducida al avance científico y tecnológico de esta época, sería una proeza humana superior a la conquista del espacio exterior, la fisión y fusión nuclear, la física quántica y la Inteligencia Artificial. “Cambiaría al mundo de bases” y convertiría a esos otros logros extraordinarios en instrumentos, no de guerras de autodestrucción, sino de libertad. 

 Jorge Altamira 
 14/04/2026

jueves, 16 de abril de 2026

Fraudes, crisis y descomposición en las elecciones peruanas


Organizarse para resistir la ofensiva antidemocrática y avanzar hacia la construcción de un partido independiente de las clases dominantes

 Tal como habíamos alertado la semana pasada, las elecciones de este pasado domingo 12 de abril evidenciaron un marcado proceso de descomposición del Estado peruano y de su clase dirigente. 
 La presentación de ¡36 listas! de candidatos a presidente -con sus respectivas listas para senadores y diputados nacionales y cargos provinciales- no era manifestación de un exceso de democracia, sino de un vergonzoso arribismo electoralista para usufructuar los dineros del presupuesto estatal. El pueblo peruano vio un proceso electoral de creación de listas y cambio de lugares de diputados que entraron al parlamento hace largos años por un partido y ahora iban nominados por otro o fundaban siglas nuevas para tratar de continuarse. 
 Antes de que termine la jornada electoral del domingo, ya Rafael López Aliaga (ultraderechista, Renovación Popular) denunciaba que había habido fraude en contra suya. 
 Las encuestas en boca de urna, se dice que bastante precisas, daban un triunfo con solo el 16% de los votos a Keiko Fujimori (la derechosa hija del dictador Alberto Fujimori, Poder Popular), mientras que Aliaga caía a menos del 11%. En toda la larga campaña electoral de varios meses, los encuestadores informaban que las preferencias se repartirían en una segunda vuelta entre Keiko Fujimori y López Aliaga: la derecha dominaba el panorama electoral. Las elecciones se realizaron bajo el Estado de Emergencia, que tenía militarizada la capital (Lima) y varias regiones del Perú; con el presidente constitucional elegido (Pedro Castillo) destituido por un golpe y preso; con la manipulación de los poderes estatales (justicia, parlamento, etc.) colocando en puestos clave a personeros derechistas, etc. Incluso con una “reforma constitucional” que no fue votada, ni aprobada, por una Asamblea Constituyente elegida por el sufragio popular, sino por el parlamento fantoche que destituyó a Pedro Castillo y que tuvo el tupé de imponer un nuevo poder: la formación de un Senado. Se pasó de un régimen Unicameral a uno Bicameral, con diversas prerrogativas antipopulares. Pasadas 48 horas de la finalización del proceso eleccionario recién se llevaban contabilizadas menos del 60% de las urnas y la justicia electoral habilitó la extensión de la votación -para el lunes 13- de más de 200 mesas en Lima porque miles de ciudadanos no pudieron ejercer su derecho al voto, por problemas “organizativas” en la constitución de las mismas. La Junta Electoral que habilitó este procedimiento para Lima, donde la derecha tiene más fuerza, no lo extendió al interior con peso decisivo de las comunidades indígenas.
Pero en la nota de la semana pasada, señalábamos que al finalizar la etapa de encuestas preelectorales “se destacaba Roberto Sánchez Palomino (Juntos Por el Perú, JPP) que había saltado del 3 a casi el 9%”. Este se presentó como continuador político del detenido Pedro Castillo. Había recibido el apoyo explícito del mismo, que le regaló el sombrero de ala ancha que lo caracterizó en la campaña electoral, donde ganó, en el 2021. En una audiencia judicial, realizada la semana previa a las elecciones, donde tuvo que asistir Castillo, para defenderse de las acusaciones que lo mantienen preso, usó el micrófono para llamar a votar de Roberto Sánchez (que fue inmediatamente cortado por las autoridades). 
Las encuestas en boca de urna, del domingo, colocaban a Sánchez Palomino en el segundo lugar con más del 12% de los votos. Pasando, por lo tanto, a segunda vuelta contra Keiko Fujimori. En muchas zonas de predominancia indígena (Amazonas, Ayacucho, Apurimac, etc.) estaba en primer lugar con el 29% de los votos. 
 Pero… el pataleo de López Aliaga ¿tuvo eco? Los datos parciales que fue lanzando la Junta Electoral lo colocaron nuevamente en la segunda posición con más del 13% de los votos. Bajándolo a Roberto Sánchez a menos del 9%. Sin embargo el diario El País de España (14/4) afirma que estos datos no son fiables. Explica “que el segundo puesto de Rafael López Aliaga no es aún definitivo”. De hecho, con cada actualización que van informando las autoridades electorales, esta preeminencia se achica: “Quienes creen que ya es una tendencia irreversible no consideran que en el caso de López Aliaga ya entraron sus bases más fuertes”, en los cómputos electorales. El analista “llama a prestar atención a Roberto Sánchez, el candidato de la izquierda. Su nombre está cuarto, con el 8,7% de los votos, pero su fortaleza está en las zonas rurales más rezagadas en el escrutinio, las mismas que en 2021 dieron el triunfo a Castillo”.
 En la nota de la semana pasada habíamos hecho notar que “la emergencia de la lista de JPP (…) ha puesto nerviosos a varios centros de poder. Keiko Fujimori se había adelantado planteando la necesidad de combatir a la izquierda, promoviendo una segunda vuelta entre ella y López Aliaga”.
 En esa nota hacíamos una semblanza de la trayectoria de Roberto Sánchez. Este que ahora se empoderó con el apoyo de Pedro Castillo, cuando se votó su destitución en la Unicameral, no se opuso: se abstuvo. Sus planteamientos son genéricos, bastante lejos de los que levantó Castillo en aquella oportunidad. Y ahora, frente a la potenciación de su candidatura y las maniobras que se vienen haciendo en su contra, ha puesto paños fríos. Afirma que frente a las agresiones y acusaciones se mantiene en calma: “Hoy, solo por usar este sombrero (el de ala ancha de Pedro Castillo) me han mentado la madre, me han dicho de todo, yo no he respondido. Pero eso debe acabarse. Nosotros queremos un Perú sin enemigos, sin discriminación, con reconocimiento a nuestra identidad plurinacional. Queremos una república que deje de ser fallida como dicen los académicos. Estamos contentos y serenos”. No se trata de estar sereno y calmado: la identidad de la mayoría del pueblo indígena y trabajador no necesita versos y declaraciones, sino la imposición de derechos. Reforma agraria integral; sistema previsional público a cargo de la clase patronal, eliminando las financieras que se roban los ahorros del pueblo; expropiación de la industria minera y puesta bajo gestión y control obrero; eliminar a los mercaderes de la salud y la educación, sistema estatal único, con presupuesto, hospitalario y educativo; nacionalización de la banca y el comercio exterior. Con estas medidas se podrá blanquear a todos los trabajadores hoy precarizados y sin elementales derechos.
 Más allá de cómo continúe este recuento electoral, que tiene su segunda vuelta el próximo 7 de junio, ya los resultados legislativos, indican una gran dispersión de bancadas. Keiko Fujimori tendría solo unos 22 diputados, sobre 130 que se eligen. Si ella se termina imponiendo y llegara a la presidencia (es la cuarta vez que lo intenta y pierde en los ballotages) tendría una débil base parlamentaria. 
 Ante las versiones que circulan de manipulación del resultado, nos pronunciamos contra el fraude. Y, lo fundamental, es hora de agrupar a la vasta vanguardia de lucha de trabajadores, campesinos y estudiantes en la constitución de un partido revolucionario que tenga por objetivo estratégico la lucha por un gobierno obrero y campesino para el Perú. En las marchas, el pueblo canta la consigna: “Esta no es democracia”. Tiene razón, una auténtica democracia será impuesta solo por un gobierno obrero y campesino. 

 Rafael Santos

Estados Unidos flexibiliza sanciones a Venezuela, pero para asegurar sus negocios


La presidenta Delcy Rodríguez, junto a referentes de Chevron 

A través de dos recientes resoluciones, la Oficina de Control de Activos en el Extranjero (Ofac, por sus siglas en inglés) de los Estados Unidos flexibilizó las sanciones que pesan sobre Venezuela. Una de dichas resoluciones habilita las transacciones con el Banco Central de Venezuela y otras entidades bancarias estatales. La otra, autoriza a empresas a negociar contratos comerciales y a participar en licitaciones abiertas por el gobierno venezolano. 
 Por medio de este esquema, la Casa Blanca busca incentivar y facilitar las inversiones extranjeras en Venezuela y afianzar su dominio económico sobre la nación caribeña, tras la invasión militar de enero en que fue secuestrado el presidente Nicolás Maduro. El presidente estadounidense, Donald Trump, señaló en más de una ocasión su intención de controlar el petróleo venezolano (las mayores reservas de crudo del mundo). Una de sus primeras decisiones, tras el derrocamiento de Maduro, fue suscribir un acuerdo con su sucesora, Delcy Rodríguez, para la compra de 50 millones de barriles de petróleo. Los fondos fueron a parar a una cuenta supervisada por la Casa Blanca. Poco después, Trump encabezó un encuentro con los principales referentes de la industria petrolera estadounidense, donde los instó a invertir 100 mil millones de dólares para reactivar la industria petrolera venezolana. 
 El gobierno de Rodríguez es una pieza de este operativo. La presidenta defiende públicamente la necesidad de reformas que lleven "seguridad jurídica" a los inversores. Su gobierno, además, impulsó una reforma de la ley de hidrocarburos que avanza en una reprivatización del sector, iniciada ya bajo el gobierno de Maduro. Dicha reforma modifica el artículo 22, que establecía que la exploración, extracción, recolección, transporte y almacenamiento eran actividades reservadas al Estado y las compañías con una participación estatal mayor al 50%. A partir de ahora, se habilita a las privadas a ejercer dichas actividades, e incluso a comercializar el crudo. A su vez, en el caso de las empresas mixtas, los socios privados podrán asumir un rol operativo mayor. Para mayor seguridad de las petroleras, inclusive, se habilitó la figura de un “arbitraje independiente” para la resolución de controversias, lo que sería una referencia velada a los tribunales internacionales. 
 Rodríguez participó este lunes de una reunión con referentes de Chevron (ver foto), que, tras la aprobación de la nueva ley de hidrocarburos, amplió su participación en algunos proyectos compartidos con el Estado venezolano. La reactivación de la industria petrolera venezolana tiene aún mayor interés para Estados Unidos ante la guerra en Medio Oriente. Sin embargo, exige enormes inversiones previas. El economista José Toro Hardy, dedicado a temas petroleros, calcula que son necesarios entre 100 y 150 mil millones de dólares para ello, ya que, entre otras cuestiones, se requeriría la reconstrucción de la infraestructura energética (Banca y Negocios, 14/4). Por el momento, las grandes petroleras exigen garantías y no se apuran en hacer grandes desembolsos. 
 En el caso de la minería, la Asamblea Nacional también aprobó por unanimidad -a comienzos de mes- una reforma que favorece el desembarco del capital extranjero en el sector. Se habilitan concesiones de hasta 30 años. Un mes antes de la votación, Rodríguez se había reunido con inversores mineros y funcionarios estadounidenses. No solo se trata del potencial aurífero de Venezuela, sino de sus tierras raras, que hoy son fuente de disputa a nivel mundial. Organizaciones ambientales advirtieron sobre el impacto negativo que podrían tener estas modificaciones en zonas hasta ahora protegidas de la selva amazónica y reservas indígenas. 
 En medio de todo este operativo, que incluye la posibilidad de un regreso de Venezuela al FMI, la oposición proimperialista capitaneada por María Corina Machado asegura que el interinato de Rodríguez quedó vencido y reclama la convocatoria a elecciones. Sin embargo, de momento, Trump no considera que Machado reúna las condiciones políticas para hacerse cargo del mando, por lo que trata de vehiculizar sus intereses a través de Rodríguez.
 La ofensiva del imperialismo en América Latina, que tiene su expresión más aguda en Venezuela y Cuba, pero cuyo alcance es general, exige la movilización y la lucha de los trabajadores y los explotados de todo el continente. 

 Gustavo Montenegro

miércoles, 15 de abril de 2026

Fracaso del alto al fuego: y ahora, ¿qué se viene?


Las conversaciones entre Estados Unidos e Irán no arribaron a un acuerdo. 

 Tras una maratónica sesión que duró prácticamente un día, las conversaciones directas entre Washington y Teherán fracasaron. Esto era de esperar. La delegación yanqui se retiró y volvió a amenazar con nuevas y crecientes represalias si Irán no se doblegaba. A nadie puede tomar por sorpresa este desenlace si partimos del carácter absolutamente precario de la tregua. Por lo pronto, estrictamente no podemos hablar de un cese al fuego desde el momento que Israel siguió bombardeando el Líbano en mayor magnitud y virulencia inclusive que en la etapa previa. Nunca se detuvo tampoco con la incursión terrestre. Este punto fue uno de los mayores focos de tensión. La delegación iraní planteó que el alto al fuego incluía también al Líbano. De este no había ninguna duda como se encargaron de corroborarlo los mediadores paquistaníes. 
 Los dos puntos de ruptura que se han publicitado fueron el programa nuclear iraní y el Estrecho de Ormuz. Washington exigió un compromiso vinculante de que Irán no desarrollará armas atómicas. “Teherán rechazó esa condición, reiterando que su programa es de uso civil, pese a que antes de la guerra enriquecía uranio a niveles muy por encima de cualquier aplicación pacífica y obstruía sistemáticamente la labor de los inspectores internacionales. Irán exigió además el reconocimiento de su control sobre el Estrecho de Ormuz —por el que transita el 20% del suministro mundial de crudo— y el fin de todos los combates en la región” (Innova, 12/4). 
 Estados Unidos dispuso una suerte de “segundo bloqueo”, en el estrecho de Ormuz. Las fuerzas militares norteamericanas, apostadas en la zona, impedirán la circulación fluvial a todos los barcos que tengan Irán como origen o destino, con la amenaza de interceptar aquellos que naveguen por el golfo Pérsico, el golfo de Omán y el mar Arábigo al este del corredor. En otras palabras, replicar, pero en sentido inverso a lo que viene haciendo Irán, procurando infligirle un golpe al régimen y jaquear su economía teniendo en cuenta que sus principales fuentes de recursos provienen de sus exportaciones de crudo y otros productos que se comercializan por esa vía de comunicación. 
 El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha apoyado la decisión de Trump de imponer estas restricciones en el paso, destacando la “constante coordinación” entre ambos aliados. Irán ha respondido a esta provocación y ha señalado que “ningún puerto del golfo Pérsico o del golfo de Omán seguiría siendo seguro si los puertos iraníes se vieran amenazados. En paralelo, Hezbollah ha pedido al gobierno del Líbano que cancele la reunión de mañana con Israel para negociar un alto el fuego en el país” (El País, 13/4). El ejército israelí ha matado a 2.090 personas, y herido a 6.700 y ha ocupado gran parte del sur del país. Entre las víctimas se cuentan 166 menores fallecidos y 648 heridos. 
 La Unión Europea ha defendido “la necesidad de adaptar la cooperación internacional a nuevas amenazas” y “de reforzar los instrumentos multilaterales existentes” para proteger rutas comerciales globales, pero “ha comunicado que no se involucrarán en el bloqueo de Trump y ofrecen intervenir únicamente cuando acabe el conflicto” (ídem). Una decisión que aumentará las tensiones en la alianza y los choques y fisuras al interior de la Otan.

 Estados Unidos en su laberinto 

 El colapso de las conversaciones obviamente abre las puertas a un agravamiento del conflicto bélico. Pero en este estadio, el mayor perdedor probablemente sea Estados Unidos. Por supuesto, sería un error subestimar el alcance de la represalia dispuesta por la Casa Blanca. Pero, contradictoriamente, las medidas dispuestas por Trump señalan el atolladero en que se encuentra Estados Unidos, pues en lugar de abrir, acentúa el cierre del estrecho de Ormuz y amenaza prolongarlo en el tiempo, que era una de los puntos críticos y urgentes que Washington pretendía revertir y que fue uno de los principales motivos que llevaron a Trump a explorar un acuerdo y promover conversaciones con Teherán. 
 El hecho de apelar a este recurso indica que, al menos por el momento, Trump ha desechado la opción de una invasión terrestre. Aunque no se debe descartar que EEUU profundice en forma unilateral la ruptura de la tregua con nuevas y traicioneras intervenciones como hizo veces anteriores. La prensa internacional ha destacado que el Pentágono y el alto mando militar son reacios a esta opción, poniendo severamente en tela de juicio la eficacia de la misma. La reticencia tiene razones por cierto fundadas si tenemos en cuenta el fracaso en experiencias previas como Irak y Afganistán y con anterioridad Vietnam. E incluso, las versiones de que en torno al rescate del piloto norteamericano se intentó colocar una “cabeza de playa” en territorio iraní que fue abandonada por el costo de “pérdidas” que estaba sufriendo y la falta de intervención de posibles aliados (facciones kurdas, etc.). Las tensiones con la cúpula castrense arrancan desde del inicio de la guerra: los militares desaconsejaron ir a una escalada, lo cual les costó la cabeza a varios de sus jefes más encumbrados. 
 Las idas y vueltas, las marchas y contramarchas expresan una dinámica contradictoria en que está envuelto el imperialismo. La ofensiva norteamericana no es un capricho y un acto discrecional del magante, sino que obedece a una crisis de fondo del capitalismo estadounidense y a su declive histórico que Estados Unidos pretende remontar apelando a este medio. Este hecho revela el agotamiento del régimen capitalista, cuya principal potencia ya no puede resolver sus contradicciones a través de la competencia y los mecanismos económicos habituales de la acumulación capitalista, sino que tienen que recurrir al uso de la fuerza. Pero este camino, lejos de ser un terreno despejado, tropieza con escollos que terminan en muchos casos siendo insuperables. 
 Es arbitrario señalar que Washington fue empujado a la guerra por Israel. El régimen sionista tiene un principal interés en promover la guerra y ha sido y es un factor activo para su desarrollo. Pero el actor principal es Estados Unidos, Israel oficia como aliado subordinado al imperialismo en el Medio Oriente, en esa medida, como una punta de lanza de Washington en la región. El potencial militar que hoy ostenta el régimen sionista no puede hacer perder de vista que ese potencial se sustenta en el sostenimiento estratégico que le brinda Estados Unidos, como lo es el escudo antimisiles, la inteligencia satelital, el reabastecimiento de combustibles de los aviones norteamericanos en pleno vuelo a la aviación israelí y otras tareas cruciales. El ataque de Israel ha prosperado porque cuenta con el guiño y luz verde de Washington y eso es así porque es funcional a la escalada global en la que está embarcado el imperialismo que apunta a un rediseño del planeta a su medida y en función de sus necesidades. 

 Salto en la crisis capitalista

 Lo cierto es que es que un alargamiento del conflicto amenaza llevar a la economía mundial a un descalabro. En el mejor de los casos, ingresaríamos en un escenario de “stagflation” (estancamiento con inflación). Ya el FMI ha revisado sus pronósticos de crecimiento a la baja que está combinado con un salto en la variación de los precios. En Estados Unidos se estima que podría trepar al 4 por ciento. 
 El precio del petróleo ha visto superar los 100 dólares y eso tiene un efecto sobre otros derivados. La escasez en insumos llega al 20 por ciento también al gas natural, 30 por ciento para el helio y el amoníaco y podría llegar al 50 por ciento para la urea, que es uno de los insumos cruciales que se usa para la elaboración de los fertilizantes. Una prolongación en el tiempo de la guerra podría ir más lejos y tener consecuencias apocalípticas y precipitar una depresión mundial. Precios superiores a los 150 dólares del petróleo significarían un caos económico. Nunca antes el mundo había entrado en una crisis de ningún tipo con déficit y niveles de deuda tan elevados. Basta tener presente que en la crisis del petróleo de los 70, los déficits promedios eran del 2 por ciento y ahora se ha más que duplicado y las deudas de las principales economías has pasado el 20 al 100 por ciento. 
Una paralización de la actividad económica, afectaría seriamente el sistema financiero, en momentos en que ya en la actualidad asistimos a una crisis de la deuda, tanto pública como privada. Ni siquiera se han salvado los bonos del Tesoro norteamericano que en el pasado oficiaban en medio de las crisis como un activo de refugio y que en la actualidad se vienen depreciando. Esto va de la mano con un incremento de la tasa de interés al calor del recrudecimiento inflacionario lo cual echa más leña al fuego a las tendencias recesivas que asoman en el horizonte inmediato. 

 Perspectivas

 Hay una coincidencia bastante generalizada que una prolongación de la guerra por varias semanas más podría provocar un daño de largo aliento en la infraestructura energética, cuyos efectos podrían hacer sentir durante varios años.
 Todos esto factores son los que explican el laberinto en que está enredado Trump, acosado también cada vez en forma más agobiante en el frente interno. Sus índices de popularidad han descendido notablemente y muy probablemente enfrente una derrota en las elecciones de noviembre de medio término. El descontento de la población crece mientras el galón de gasolina ha aumentado un 25 por ciento y simultáneamente crecen también las protestas multitudinarias, como la de finales de marzo que reunió en las calles a 8 millones de personas. 
 En este contexto, ocupa un lugar más importante y determinante la derrota del imperialismo y el sionismo en Irán. Un fracaso de la ofensiva en curso sería a una bocanada de aire fresco para los explotados y naciones oprimidas. Pondrá de relieve que Estados Unidos e Israel no son invencibles, que se los puede doblegar. Torcerle el brazo en la guerra contra Irán sería relevante para Gaza que viene enfrentando el Plan de Paz y en general para todos los países de Medio Oriente. Sería un acicate para los pueblos que viene resistiendo la escalada imperialista, entre los cuales hay que incluir América Latina. Sería un estímulo para el pueblo norteamericano para desembarazarse de Trump y, por supuesto, también un estímulo en Argentina para asestarle un golpe a Milei que actúa como chirolita del magnate norteamericano. Ha trascendido que Milei piensa viajar a Israel a reunirse con Netanyahu, antes de fin de mes, donde anunciaría el traslado de la embajada argentina a Jerusalén, apoyando la política anexionista sionista, para darle aire al presidente genocida. La “tregua” se usaría para apoyar a Netanyahu. En Argentina es fundamental organizar la protesta contra este accionar de apoyo a la guerra imperialista. 
 Redoblemos la movilización internacional. 

 Pablo Heller

martes, 14 de abril de 2026

Algoritmos de dominación: anatomía de una operación militar asistida por IA


Maven es un sistema de mando y control diseñado para acumular y fusionar datos masivos provenientes de múltiples fuentes –satélites, drones, señales de inteligencia, informes sobre el terreno– y, de manera autónoma, identificar y geolocalizar objetivos militares 

La herramienta de IA Claude de Anthropic, desplegada en el terreno, tuvo una función cognitiva, convirtiéndose en un asesor táctico en tiempo real para los comandantes estadounidenses desplegados en Caracas, durante el ataque del pasado 3 de enero 

 La información sobre la operación desarrollada en Venezuela en octubre de 2025 confirma una nueva realidad: la fusión operativa entre los grandes modelos de lenguaje (LLM) y los sistemas de inteligencia artificial de combate desarrollados por Palantir. 
 El éxito dependió de un ecosistema integrado, un engranaje de tres niveles que trabajó en simbiosis: Claude y el Pentágono, mientras la columna vertebral fue la plataforma Maven de Palantir. Concebida originalmente como el Proyecto Maven del Pentágono, esta IA evolucionó hasta convertirse en el «sistema operativo de inteligencia artificial principal del Ejército de Estados Unidos». 
 No hablamos de un simple chatbot: Maven es un sistema de mando y control diseñado para acumular y fusionar datos masivos provenientes de múltiples fuentes –satélites, drones, señales de inteligencia, informes sobre el terreno– y, de manera autónoma, identificar y geolocalizar objetivos militares como vehículos, edificios o personas. Venezuela actuó como el campo de pruebas que validó su eficacia.
 Según reportes del Wall Street Journal, la herramienta de IA Claude de Anthropic, desplegada en el terreno, no tuvo una función cinética –no apretó el gatillo–, sino cognitiva: procesó y sintetizó los terabytes de datos generados por Maven para proponer cursos de acción, depurar la selección de objetivos y predecir escenarios de resistencia, convirtiéndose en un asesor táctico en tiempo real para los comandantes estadounidenses desplegados en Caracas.
 La asociación estratégica anunciada en noviembre de 2024 entre Palantir y Anthropic, permitió integrar oficialmente los modelos dentro del ecosistema clasificado, lo que permitió al Pentágono acceder a las capacidades del primero en redes de nivel de seguridad IL6 (Impact Level 6), el más alto para operaciones secretas. 
 En esencia, Anthropic proporcionó el razonamiento avanzado, mientras que Palantir aportó la plataforma de datos, la selección de blancos y el despliegue táctico. 
 Sin embargo, eso no fue todo, más allá del secuestro del presidente legítimo y en funciones de la República Bolivariana de Venezuela, el uso de la IA en esta operación desencadenó una sofisticada batalla cognitiva que, probablemente, fue orquestada mucho tiempo antes.
 La contaminación del espacio informativo se convirtió en una tarea primordial; un ejemplo elocuente: las imágenes generadas por IA de Maduro secuestrado que circularon viralmente antes y después de la operación, sugieren una estrategia deliberada de «guerra cognitiva ofensiva». 
 El objetivo no era informar, sino desestabilizar, crear una «verdad alternativa», fragmentar la reacción tanto interna en Venezuela, como en la comunidad internacional, sembrar la duda y la incertidumbre. 
 Es plausible que Claude, o sistemas similares, fueran utilizados no solo para planificar la misión, sino también para generar y orquestar campañas de desinformación. Su capacidad para procesar y generar lenguaje humano a gran escala permitió inundar las redes sociales con narrativas específicas, analizar la polarización de la opinión pública en tiempo real y sugerir los mensajes óptimos para influir en sectores clave de la sociedad venezolana o internacional. 
 En Venezuela se mostró la perfecta sincronización de una operación de fuerza con una campaña de inteligencia artificial para procesar inteligencia, planificar y manipular la percepción pública. 
 Empresas como Palantir se están convirtiendo en los nuevos «señores tecnológicos de la guerra». Urge que la comunidad internacional elabore normas vinculantes sobre el uso de grandes modelos de lenguaje en conflictos armados, antes de que el hecho consumado vuelva irreversible esta nueva realidad. 


Raúl Antonio Capote | internacionales@granma.cu 
 11 de abril de 2026 12:04:48 

 Fuentes: Izvestia, BBC, TASS, Manohar Parrikar Instituto de Estudios y Análisis de Defensa, Yeni ?afak.

Artemis II: El apagón político en el lado oscuro de la Luna


El amerizaje de la misión Artemis II frente a las costas de San Diego marca el cierre de una operación caracterizada como un hito de la "superación humana". Sin embargo, detrás de las imágenes en alta definición y el despliegue publicitario, lo que queda es un recurso al nacionalismo y a la temeridad tecnológica para sostener su imagen de dominio mundial.
 La NASA inundó las redes con fotos de la "puesta de la Tierra" (Earthset), buscando emular la mística de la era Apolo al ritmo de AC/DC. La astronauta Christina Koch, al recuperar la conexión tras el paso por la cara oculta de la Luna, sentenció: "Es maravilloso escuchar de nuevo de la Tierra; siempre la elegiremos" (La Nación, 10/04). Sin embargo, la tripulación estuvo incomunicada durante 41 minutos por decisión de la Casa Blanca. 
 Este "silencio radiofónico" no fue una limitación técnica insalvable. Como señala la investigación de Bryan Dyne, la NASA contaba desde 2019 con la aprobación formal para utilizar el satélite chino Queqiao como puente de comunicación. Pero para la administración Trump, reconocer que la "grandeza americana" depende de la tecnología de Pekín era inadmisible. Prefirió el riesgo de un apagón absoluto antes que esta admisión. El "atardecer terrestre" en HD es apenas el decorado de una sordera política impuesta por la necesidad de reafirmar un dominacion política en crisis. 
 Debajo de la narrativa de la "curiosidad humana", la misión Artemis II operó como una avanzada de la industria de guerra. El mapeo de cráteres y el análisis de antiguos flujos de lava no buscan ampliar el conocimiento abstracto, sino identificar el valor de cambio de la Luna. El foco en el polo sur lunar tiene una motivación económica directa: el control del hielo para producir hidrógeno. Para el capital, el satélite no es un objeto de estudio, sino una estación de servicio estratégica para proyectar el dominio militar. 
 Esta subordinación de la ciencia a la guerra convierte a la tecnología en una fuerza destructiva. La contradicción es absurda: mientras las fuerzas productivas modernas exigen una planificación científica mundial, el nacionalismo del "último imperialismo" fragmenta el conocimiento y pone en riesgo a sus propios astronautas. Trump fue explícito en su red Truth Social: vinculó el éxito de Artemis II con la "dominación militar" y la guerra contra el régimen iraní. En este esquema, los desarrollos tecnológicos no sirven para liberar a la humanidad, sino para perfeccionar el aparato de vigilancia y asegurar que el oxígeno del futuro sea una mercancía bajo control del Pentágono. 
 Lo más alarmante es que la seguridad de la tripulación dependió de una maniobra de emergencia para encubrir un componente defectuoso. Según informes de último momento desde el Centro Espacial Johnson (The New York Times, 10/04), la NASA debió modificar drásticamente el perfil de reingreso de la cápsula. Mientras que en 2022 la misión Artemis I realizó un "reingreso con salto" (skip re-entry) para ganar flexibilidad, la Artemis II fue obligada a un descenso directo y acelerado. El escudo térmico de la cápsula Orion arrastra una falla estructural desde la misión Artemis I: el material se desprende en fragmentos en lugar de desgastarse gradualmente. En lugar de suspender el vuelo hasta que la nave fuera segura, la agencia simplemente alteró la trayectoria de reingreso, apostando la vida de cuatro trabajadores científicos a un cálculo de probabilidades. Para evitar que el escudo colapsara, la agencia decidió acortar el tiempo de reingreso de 20 a solo 13 minutos. Se eligió someter a la nave a un calor más intenso y a una caída "como una roca" a más de 26.000 km/h con tal de reducir el tiempo de exposición de un material que sabían incapaz de resistir el diseño original. 
 Esta temeridad responde a la urgencia de no ceder terreno ante el ritmo del programa espacial chino. La ciencia bajo el capitalismo es una carrera contra el reloj donde la seguridad es sacrificada en el altar de la competencia entre estados y la dominación simbólica. Para el imperialismo, una catástrofe es un riesgo aceptable frente a la humillación de un retraso que evidencie su pérdida de iniciativa tecnológica.
 El fin de la misión Artemis II no es el comienzo de una era de descubrimientos para la humanidad, sino el síntoma de un sistema que busca en la Luna el oxígeno que ya no puede generar en la Tierra. Mientras la burguesía festeja el amerizaje, los trabajadores debemos ver lo que los archivos de esta misión revelaron: un régimen que prefiere el secreto y el riesgo de vida antes que la cooperación internacional. La única conquista real será la derrota de este sistema de barbarie, para que el cielo deje de ser un campo de batalla y la ciencia sea, finalmente, patrimonio de quienes la producen. La lucha contra la guerra imperialista es indisociable de la lucha por una ciencia y tecnología al servicio de la humanidad. Abajo los gobiernos de la guerra. Socialismo o barbarie.

 Iara Bogado 
 12/04/2026

lunes, 13 de abril de 2026

Hermanados con Epstein: la solidaridad de clase de la burguesía y los límites del #MeToo


Los correos electrónicos de Jeffrey Epstein recientemente filtrados (The New York Times, 03/04) son una radiografía del horror, pero sobre todo de la impunidad planificada. No muestran solo los crímenes de un individuo, sino una red de protección donde el Estado, sus leyes y sus agentes actuaron como el escudo de la burguesía frente a las denuncias de las mujeres. Mientras el discurso oficial hablaba de "creerles a las víctimas" durante el movimiento #MeToo, los archivos muestran a los dueños del poder perfeccionando los mecanismos para silenciarlas. A su vez, los mails evidencian la crisis al interior del régimen político norteamericano con respecto a la guerra. 
 Los correos muestran a magnates, publicistas y abogados operando coordinadamente para fabricar la duda. Desde la extrema derecha de Steve Bannon hasta sectores del progresismo cultural como Woody Allen o incluso Noam Chomsky, la consigna fue la misma: presentar a las denunciantes como "mentirosas seriales" o "buscadoras de dinero". El programa del #MeToo ha quedado encerrado en la lógica del régimen sancionatorio burgués, bajo la falsa premisa de que ante la ley "todos somos iguales" y que la violencia se resuelve con penas más severas. Pero el caso Epstein desmiente esta igualdad de un plumazo: mientras el sistema judicial exige pruebas imposibles a las víctimas reclutadas en barrios obreros, garantiza el secreto y la "presunción de inocencia" para los magnates y políticos sentados a la mesa del financiero. En Maryland, Ohio o Nigeria, el patrón se repite: la mujer que pide ayuda termina siendo la sospechosa (The New York Times, 3/04). 
 En la sociedad burguesa no hay igualdad; hay expropiadores y expropiados. El capitalismo no eliminó la desigualdad del hogar legada por el feudalismo, sino que la asimiló. Las menores traficadas por Epstein no eran hijas de la burguesía; eran jóvenes atrapadas por la miseria económica, la misma que le impide a una mujer trabajadora golpeada a marcharse. Mientras una mujer de la pequeña burguesía o de la burguesía misma puede exigir una cuota de confort, la mujer trabajadora -o la joven vulnerada por una red de trata estatal- soporta un escarmiento que ningún código penal ha resuelto en 250 años.
 El caso Epstein evidencia el uso del cuerpo de las desposeídas como mercancía para el sostenimiento del status quo. A esta violencia no la frena un juez de la casta, porque el Estado es el proxeneta que administra el silencio. 
 Los límites del movimiento #MeToo son los límites políticos de su dirección. El caso Epstein se ha convertido en un "carpetazo" entre los partidos patronales de EE. UU. (Demócratas y Republicanos) para desplazarse unos a otros sin cuestionar jamás al régimen. Al adscribir a la política patronal, la dirección del movimiento se vuelve incapaz de denunciar la podredumbre total del sistema. Hoy, el avance o el sellado de los archivos de Epstein no depende de la "justicia", sino de la suerte de la guerra y del mantenimiento del dominio imperialista norteamericano. La burguesía decide qué "destapar" según convenga a la estabilidad del Estado. La inviabilidad de las reformas impulsadas por el feminismo de los ministerios y la ONU queda hoy a la vista. Confiar en que "más presupuesto para el Poder Judicial" o "capacitaciones de género para la policía" va a frenar a redes como la de Epstein es una capitulación. El Estado es responsable y no puede ser el árbitro de una violencia que él mismo administra. Pedirle al mismo que "investigue" cuando sus propios servicios de inteligencia (Mossad, CIA) y sus principales figuras políticas estaban sentadas a la mesa de Epstein, es una vía muerta. El lenguaje de la "sororidad" académica es una estafa, una mujer en la cúpula del poder financiero o diplomático tiene más intereses compartidos con Epstein que con las jóvenes trabajadoras que fueron sus víctimas. Esto queda evidenciado con la participación activa de la mujer y socia del magnate, Ghislaine Maxwell, que está presa por abuso y trabajó para empañar la reputación de la Sra. Giuffre, denunciante (The New York Times, 3/04). Otro ejemplo es la esposa de Donald Trump, que ampara a un delincuente sexual. Queda claro que la brecha es de clase. 
 El fracaso de las reformas del feminismo liberal, que terminaron con más denuncias, pero menos condenas, demuestra que el aparato judicial es inmodificable. El reformismo burgués, intenta "mejorar" el capitalismo para mantenerlo en pie. Pero el sistema judicial, el Estado capitalista, es el garante de que la "presunción de inocencia" solo funcione para los hombres de la clase de Epstein. Para las y los socialistas, la lucha contra esta podredumbre es inseparable de la lucha contra el capital y la guerra imperialista. No queremos "fiscales con perspectiva de género", queremos desmantelar el aparato de secreto de vigilancia y explotación que permite que existan islas de impunidad. La única garantía de una vida libre de violencia es terminar con un sistema que convierte los cuerpos y las vidas en mercancía de intercambio para la burguesía imperialista. Y en este punto se vuelve indisociable la lucha contra la guerra de la lucha de la mujer trabajadora. Abajo los gobiernos de la guerra. Socialismo o barbarie. 

 Iara Bogado
 09/04/2026