miércoles, 18 de febrero de 2026

Trump redobla las amenazas sobre Haití


La catástrofe humanitaria crece con cada intervención internacional.

 Haití entró en una nueva crisis de poder cuando venció oficialmente el mandato del Consejo Presidencial de Transición. Este órgano colegiado había asumido el poder en 2024 con la misión de estabilizar el país, reorganizar el Estado y convocar elecciones tras años de crisis agravada por el asesinato del presidente del país, Jovenel Moïse, en 2021. 
 Antes de disolverse, el Consejo intentó destituir al primer ministro Alix Didier Fils-Aimé, pero Donald Trump lo “persuadió” con el arribo de tres buques de su armada que se encuentran desplegados en el Caribe. Fue una clara declaración de respaldo a Alix Didier Fils-Aimé y a su continuación en el poder. Así, el Consejo se disolvió sin haber logrado elecciones ni un acuerdo político para reemplazarse a sí mismo.
 El Poder Ejecutivo quedó concentrado de facto en el primer ministro, quien continúa ejerciendo funciones sin que exista presidente ni Parlamento activo; su capacidad real de control es muy limitada. 
Las pandillas dominan el 90 % de Puerto Príncipe y de otras grandes zonas, ya que en los últimos seis meses se han expandido con una velocidad inusitada hacia el centro y el norte del país. Alix Didier Fils-Aimé sigue ahí por la sola voluntad de Trump. Las pandillas se dividen los territorios y conviven organizadas bajo una coalición. La cara visible de esta asociación de pandillas es Jimmy Chérizier, conocido como Barbecue. Todas compran en forma unificada las armas que vienen desde Estados Unidos.
 La crisis humanitaria en Haití ha alcanzado niveles extremadamente graves, con implicaciones en seguridad alimentaria, desplazamientos, educación, salud y protección. 5,7 millones de personas —más de la mitad de la población— enfrentan altos niveles de inseguridad alimentaria aguda. La violencia armada y la inseguridad han causado desplazamientos internos masivos: aproximadamente 1,4 millones de personas han huido de sus hogares, lo que representa cerca del 12 % de la población total. Más de la mitad de estos desplazados son niños. En muchos casos viven en condiciones precarias en escuelas, edificios públicos o albergues improvisados, con acceso limitado a alimentos, agua potable y servicios sanitarios. La venta de los niños, por parte de familias que están en estado de inanición, es alarmante. La mitad de los miembros de las pandillas son menores de edad.
 Más de 1.600 escuelas cerraron durante el ciclo escolar 2024-2025, dejando sin acceso a la escuela a más de 240.000 estudiantes. Solo el 11 % de las instalaciones hospitalarias con capacidad de internación está funcionando plenamente y ha habido reaparición de brotes de cólera.
 La situación caótica de Haití es responsabilidad de la intervención internacional permanente bajo la batuta de Estados Unidos. 
 Junto con los gobiernos de Canadá y Francia, George W. Bush organizó en 2004 el golpe de Estado contra el primer presidente electo democráticamente en Haití, Jean-Bertrand Aristide. El Consejo de Seguridad de la ONU fue cómplice de la operación al hacerse cargo del país a través de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH). Fue la operación internacional más prolongada del siglo XXI en el país. Muchos países enviaron efectivos —que cometieron vejámenes y oprimieron a los haitianos— para relevar al ejército yanqui ocupado en otras invasiones. 
 En 2017, la Misión de las Naciones Unidas de Apoyo a la Justicia en Haití (MINUJUSTH) —formada solo por civiles y policías— reemplazó a MINUSTAH debido al desastre que habían hecho todos los efectivos militares. Después de eso, hubo diversas “misiones de seguridad”, todas con intervención extranjera, que fracasaron una tras otra. 
 El año pasado, las autoridades de Haití contrataron a una empresa paramilitar de Erik Prince —cofundador de Blackwater— para hacerse cargo de la seguridad del país. Prince está acusado de crímenes de guerra y su trayectoria ha demostrado que solo sabe atacar a población civil desarmada. El contrato con estos mercenarios se ha mantenido en secreto, sin publicarse ni el monto de la paga, ni el reglamento, ni la cantidad de efectivos, ni el prontuario de cada uno. Según la Oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, los operativos de la empresa privada mataron a más de 970 personas de marzo a diciembre del año pasado, incluidos 39 civiles, 16 de ellos niños. Luego de eso, Estados Unidos, con el apoyo de Panamá, impuso una resolución para autorizar una fuerza internacional mucho más grande, de 5.550 miembros, conocida como la “Fuerza de Supresión de Pandillas”, con derecho a detener y encarcelar a haitianos. 
 En todos los casos, lo que Estados Unidos busca es mantener una intervención en la cual los costos estén socializados entre varios países. La importancia de Haití no radica en la relevancia de sus recursos -como sería el caso de Venezuela-, sino en su ubicación en el Caribe, tan próxima a Estados Unidos, y en la necesidad de mantener un castigo histórico que, por carácter transitivo, el imperialismo yanqui le asesta a Haití en nombre del imperialismo francés. El castigo no solo por haber declarado la primera independencia de América, sino por haber realizado la primera revolución de esclavos del continente. El crimen de Aristide —que le valió el golpe en 2004— había sido reclamarle a Francia que devolviera la “indemnización” que Haití había sido obligada a pagar en 1825 por haber declarado su independencia, cuyo monto actualizado calculó en 20 000 millones de dólares. 
 El otro problema que representa Haití para la gestión Trump es la inmigración. 
 Estados Unidos requiere el control del país para frenar el flujo migratorio, al tiempo que busca repatriar a todos los exiliados haitianos que en Estados Unidos viven en carácter de refugiados. 
 Trump ha revocado el Estatus de Protección Temporal (TPS) para ciudadanos de Haití, pero esto fue revertido por un fallo judicial de una magistrada de origen latino. 
 Ana Reyes rechazó por segunda vez el recurso del Gobierno para forzar la eliminación de las protecciones migratorias de más de 300.000 haitianos y denunció montones de amenazas de muerte que le llegaron a través de las redes sociales. 

 Aldana González 
 16/02/2026

martes, 17 de febrero de 2026

La Conferencia de Seguridad de Múnich dio el OK a la guerra contra Irán


Este último domingo finalizaron los tres días de debates de la 62ª Conferencia de Seguridad, con la presencia de unos 60 dirigentes de Estado. No fueron invitados, sin embargo, dos países relevantes sobre la llamada “seguridad internacional”, como Rusia y China. Ninguna de las mesas o entrevistas abordó la situación en el golfo Pérsico, adonde Trump ha enviado una Armada con dos poderosísimos portaaviones (el Abraham Lincoln y el Gerald Ford), ni la catástrofe humanitaria que amenaza a Cuba debido al bloqueo de sus importaciones de petróleo, ni tampoco el sistema internacional de sanciones y piratería en aguas internacionales establecido por Donald Trump. Los disertantes dieron indigna sepultura al ‘viejo orden internacional basado en reglas’, mientras que el canciller alemán Friedrich Merz sentenció que el mundo ha ingresado en una “época de poder y de política de grandes potencias”. En definitiva, no se habló de “seguridad”, sino de guerra. Para uno de los editorialistas principales del Financial Times, la Conferencia “no calmó el choque transatlántico, sino que lo amplió y profundizó”. Sin una alusión concreta, no se refirió sólo a la guerra comercial, sino al reclamo de Tump para que la Unión Europea capitule en la guerra contra Rusia en Ucrania y se avenga a concesiones territoriales a Moscú, que podría incluir un cambio de régimen en Kiev. En Múnich, aunque en sesiones al margen de la Conferencia, se habilitó la presencia activa del hijo del fallecido exmonarca de Irán, Reza Pahlevi, quien exhortó a un bombardeo masivo de su propio país. En ausencia de un liderazgo opositor al régimen clerical de los ayatolás, el imperialismo mundial ha sacado del cloroformo, como un globo de ensayo, a una dinastía sin raíces en las masas iraníes. 
 Marco Rubio, el secretario de Estado y del Consejo de Seguridad Nacional de Trump, pronunció un discurso de características imperiales. Como si el mandato de su gobierno no estuviera limitado a cuatro años, puso como condición para una ‘normalización’ de las relaciones entre Estados Unidos y Europa una ‘limpieza étnica’ de la población inmigrante, incluidos los descendientes con ciudadanía. Descendiente de cubanos emigrados, Rubio convocó a un retorno al “cristianismo”, con un colosal desprecio por las raíces indígenas y africanas de los pueblos del Caribe y América del Sur y, por supuesto, de América del Norte. El discurso de Rubio es un puente tendido a Putin, quien se destaca por la reivindicación de esos mismos “valores civilizatorios’. La diatriba recibió réplicas menores, pero no la denuncia de un imperialismo genocida.
 El abismo abierto entre los imperialismos europeos y el norteamericano ofreció espacio para que los jefes de gobierno europeos ventilaran la necesidad de una “disuasión nuclear común”, independiente de Estados Unidos. El planteo abriría el ingreso de Alemania al “club nuclear” (lo mismo que Japón), dando entierro completo a la prohibición de un rearme de dos de las tres expotencias del Eje nazi-fascista. Como quiera que el inglés Starmer y el francés Macrón son virtuales ‘patos rengos’ en sus países, el “club nuclear’ podría quedar presidido por el Reencuentro Nacional y el partido Reforma, ambos fascistas, si una movilización de masas no los destruye, e incluso en Alemania por la ‘neonazi’ AFD, vista la crisis del gobierno de coalición que encabeza el democristiano Friedrich Merz. Rubio, llamado ahora ‘el pequeño Marcos’, lanzó un llamado abierto a favor del voto por el ultraderechista húngaro, Orban, que ha perdido el primer lugar para las elecciones que tendrán lugar en abril próximo.
 La Conferencia de Seguridad de Múnich ha formalizado la prevalencia de la guerra en la política mundial. El discurso imperial, sin embargo, es incompatible con la democracia política; los “cambios de civilización” no pueden ponerse a votación cada cuatro años y las elecciones intermedias. Más allá de los discursos, no obstante, la Conferencia aprobó de facto una guerra de larga duración en el Medio Oriente, para barrer con Irán, Yemen y lo que queda de Palestina. Esta guerra hará ingresar a otras fuerzas al escenario, como Turquía y Arabia Saudita; la geografía de la guerra mundial se acrecienta a grandes pasos. Lo mismo ocurre con las amenazas a Cuba en América Latina. Esta guerra ya conmociona políticamente a la mayor parte del mundo; es necesario que la clase obrera internacional la convierta, por medio de la lucha, en la tumba del imperialismo. 

Política Obrera 
 Redacción
 16/02/2026

lunes, 16 de febrero de 2026

Mesa Redonda: Cuba frente a las drogas


El caso Epstein ¿Otro escamoteo de la verdad?


Hay muchos secretos terribles enterrados en los archivos, lo más probable es que nunca conozcamos la verdad
 Las misivas descubiertas sugieren que Epstein utilizaba los «secretos» para obtener poder y controlar a la élite mundial.

 Los secretos develados por el expediente del traficante de personas y pedófilo, Jeffrey Epstein, sobrepasan cualquier antecedente por horroroso que sea. Las terribles revelaciones no solo son perturbadoras, describen mejor que todo la decadencia moral y espiritual del occidente capitalista.
 Tráfico sexual, violaciones de menores, torturas, canibalismo, rituales satánicos, no dejaron ningún horror por probar. Pero una de las cosas más terribles de este caso es conocer cómo un depravado sexual se hizo atractivo para quienes estaban convencidos de que la ley, las normas y las reglas no se aplicaban a ellos. 
 En Europa la publicación de los documentos ha implicado a grandes personalidades de la política, la economía y la sociedad en general del «viejo Continente». 
 Sin embargo, muchos analistas opinan que, al otro lado del Atlántico, en EE. UU., donde Epstein cometió varios de sus crímenes, los problemas de los políticos europeos contrastan con la élite estadounidense. 
 «Realmente es hora de que el país pase a otra cosa», dijo el presidente Donald Trump la semana pasada, cuando un periodista le volvió a preguntar sobre sus nexos con Epstein. 
 Rosa Monckton, exdirectora ejecutiva de Tiffany & Co., declaró a Vanity Fair en un artículo de 2003: «Crees que lo conoces y luego quitas otra capa de la cebolla y hay algo extraordinario debajo», dijo, refiriéndose al criminal. 
 Sin dudas lo que escondía bajo sus capas «la cebolla Epstein» era infernal, diabólico en grado sumo. Las misivas descubiertas sugieren que utilizaba los «secretos» para obtener poder y controlar a la élite mundial. 
 Tras la publicación realizada por el departamento de Justicia recientemente, entre las relaciones el pedófilo con varias figuras destacadas, aparecen Elon Musk, Bill Gates y el secretario de Comercio, Howard Lutnick. 
 La estrecha relación de Jeffrey Epstein con Ehud Barak, quién fue ministro de Israel, desde 1999 hasta 2001 y desempeñó, entre otros, los cargos de Ministro del Interior (1995), apunta a que Epstein trabajara para Israel. Recientemente Barak corroboró que había asistido a comidas y cenas en la casa del traficante, en Manhattan. 
 Este lazo explicaría el poder que el régimen sionista ejerce sobre no pocos políticos estadounidenses y europeos. Parece que Epstein logró recopilar muchos «trapos sucios».
 Ahora resulta que la pesquisa realizada por el FBI no logró confirmar la existencia una «lista de clientes», reza el comunicado de un agente especial de supervisión del FBI, publicado por AP. 
 En esa misma línea, la entonces fiscal federal adjunta, Maurene Comey, en un correo electrónico dirigido a funcionarios del FBI el año pasado, escribió que ninguno contenía evidencia que implicara a alguien más que a Epstein y su expareja y cómplice, Ghislaine Maxwell.
 Nada mejor para distraer a la humanidad de lo que están haciendo. Como los prestidigitadores, escamotean ante nuestros ojos la verdad, nos hacen mirar a otro lado, mientras saquean, bombardean, invaden, secuestran y destruyen.
 Hay muchos secretos terribles enterrados en los archivos, lo más probable es que nunca conozcamos la verdad, la profundidad de la depravación que acompaña a la élite mundial. 

 Raúl Antonio Capote | internacionales@granma.cu 
 13 de febrero de 2026 22:02:18

El pensamiento de la barbarie


Me da pudor repetirme, pero luego de treinta años, siempre escucho y leo los mismos argumentos, más cargados de obviedad que de confirmación histórica, como si el mundo hubiese sido creado ayer. Por supuesto que nadie es dueño de la verdad y hasta los físicos cuánticos del MIT se equivocan con los quarks, pero es penoso tener que escuchar, con respeto, teorías de borrachos de bar (por recordar a Umberto Eco) como si estuviesen descubriendo la pólvora o, peor, la piedra filosofal; y como si sus desvaríos o, peor, sus clichés de siempre tuviesen el mismo valor que la Teoría de la evolución o la Teoría de la Relatividad. 
 Hoy, a los borrachos de bar, se les han sumado mercenarios académicos, o algo parecido, dispuestos a sostener que “la Tierra es el centro del Universo” con tal de que alguna gran editorial (a juzgar por la historia, promovidas por la CIA y por pequeñas donaciones de grandes corporaciones) los lance a la fama y a ingresos de ventas que, de otra forma, por el solo peso de sus ideas, seguirían siendo solo borrachos de bar―con algún título universitario, claro. El mercado y la cultura consumista saben lo que hacen: explotan nuestras emociones cavernícolas, en instituciones medievales, con una tecnología de los dioses―por parafrasear a Edward Wilson. 
 Desde hace muchos años, cada vez que en alguna de mis clases dibujo tres rombos contiguos en la pizarra y pregunto qué es, siempre, y sin excepciones, los estudiantes me responden que “es un cubo”. 
 No son niños, son universitarios. 
 “¿Un objeto de 3D?”, insisto, para que no queden dudas. La respuesta es siempre obvia: 
 “Sí, ¡claro!” Un objeto de tres dimensiones. No recuerdo una excepción en ninguna de mis clases, pero sí sabemos que algunos pueblos de Polinesia, antes de la colonización, solían ver una figura en 2D, en lugar de un cubo; en cambio, no veían una historia en una secuencia de una historieta. 
 Cuando estoy un poco aburrido, arrimo la cara a la pizarra y miro la figura del supuesto cubo desde la superficie: 
 “Pues, yo no veo ningún objeto”, les digo. “Desde aquí, más bien se ve una línea, como si desde sus butacas se viese sólo una figura en de dos dimensiones…” 
 “El cubo es real porque lo puedo ver”, me dijo un estudiante.
 Le proyecté una pantalla amarilla. 
 “Es este color que ven aquí real?” 
 Respuesta unánime: 
 “Obvio, es el amarillo. It’s the color yellow. Lo vemos todos. Es real”. 
 “Entiendo. Es real” les contesté. “Sin embargo, es una realidad que no existe. Al menos, no es más real que los sueños.”
 Hubo una risa unánime. 
 Este amarillo no existe fuera de nuestros cerebros. El proyector, como cualquier pantalla digital, sólo proyecta verde, rojo y azul. Ni siquiera nuestra retina tiene conos sensibles al amarillo. Es una ilusión, una ilusión consistente que nos evita chocar en un cruce con semáforos. Exactamente igual a la inexistencia del olor de una rosa, que solo existe cuando alguien la acerca a su nariz. Antes y después, el olor no existe. O Nocturnos de Chopin. Esa belleza de piano es una “complicidad humana”, pero sin una persona que la escuche, es simple vibración del aire, como el olor es simple química antes de convertirse en olor en un cerebro animal. 
 Tengo un gran respeto por los jóvenes, porque sé que, aún de viejos, seguimos aprendiendo, cambiando o ajustando nuestra comprensión del mundo. Para peor (¿por qué para peor?), nunca podemos decir que alcanzamos la verdad, al menos que seamos algún tipo de fanático, uno de esos que sobran en la historia de la Humanidad. 
 Lo que me queda claro es que, sin la ahora maldita educación (“los profesores son los enemigos”, JD Vance, JG Milei) deberíamos empezar como los sumerios antes de sus complejas tablets de arcilla y su Silicon Valley, hace 5.200 años; o como los cavernícolas, casi un millón de años atrás, dominando el fuego para, así, de viejos, descubrir que el 73 es el número más misteriosos o que menstruar no significa estar enferma, sino todo lo contrario. 
 Esta proyección de lo que entendemos (el cubo) sobre lo que vemos (los rombos) es universal. También creo que ya analizamos y repetimos hasta el cansancio que hay palabras que son ideoléxicos (¿cubos?) y, por lo tanto, su significado es un producto histórico, el resultado de múltiples luchas filosóficas, políticas y sociales (La narración de lo invisible: Una teoría política sobre los campos semánticos, 2004). 
 Así también, por ejemplo, cuando hablamos de Europa y África en el siglo XIII, o más tarde, proyectamos en esas dos palabras nuestro limitado conocimiento y vemos un continente desarrollado y otro pobre, el exacto contrario de la realidad. 
Lo mismo con los siglos que duró el Imperio árabe y la Europa de entonces. Una era el centro desarrollado del mundo y otra una periferia llena de fanáticos talibanes―y no era precisamente el mundo islámico. 
 Lo mismo podemos decir con palabras como “estadounidense”: los más fanáticos chauvinistas ni siquiera consideran que el pasado es un país extranjero, y que el estereotipo de “americano”, el cowboy (ese mexicano blanco) tipo Clint Eastwood (esa invención de un italiano) hubiese sido irreconocible para la generación fundadora, más británica en sus formas―no en su fanatismo de la propiedad privada a través de la violencia del despojo ajeno. 
 Esta tesis que publicamos en la Universidad de Georgia en 2004, aunque ponía el acento en una guerra cultural (sin negar el valor históricamente probado de la lógica marxista del materialismo dialectico, aunque en apariencia se le oponga) pretendía exactamente lo contrario a los productos sucesivos de la actual guerra cultural. 
 Cuando leímos afirmaciones como que “el nazismo era de izquierda” porque su nombre completo era “Nacional Socialismo”, lo tomamos como cuando un niño nos dice que en la Antártida los pingüinos caminan patas arriba, porque el Sur está abajo. O que la Tierra es plana, para no irnos tan lejos. Naturalmente que el comercio del odio, la crueldad y la tontería siempre será muy rentable para las grandes editoriales y los grandes medios. 
 Si seguimos esta línea de análisis pseudo-etimológico, habrá que decir, sin ningún lugar a dudas, que “los libertarios son comunistas anarquistas”. Ese es el origen de la palabra y de la bandera libertaria. Es decir, o sea, Ron deSantis, los MAGA, los libertos de Milei, de Bolsonaro, de Kast (los neofascistas, los miembros ultraconservadores del CPAC que fundó esta corriente orgullosa de su mediocridad) son anarco-sindicalistas y comunistas anarquistas. Digo, para entendernos con el nivel cloaca que domina hoy el pensamiento (si se puede llamar así) antiilustrado y anti cultura. 
 El pensamiento de la barbarie. Claro, para disimular, hay que acusar a los demás de nuestras dolencias. Un personaje de El mar estaba sereno (2016), whisky mediante, reconocía que “había fracasado repetidas veces en el vulgar intento de ser amado por los demás. En compensación, había logrado la admiración y el temor ajeno, como un dios antiguo, aunque en la medida justa y necesaria. Pero no el cariño y mucho menos el amor de nadie… Con el tiempo había desarrollado su propia teoría psicológica, a pesar de sus rudimentos intelectuales: todo individuo que se ama por lo que hace, se detesta por lo que es”. 

 Jorge Majfud | 21/01/2026

domingo, 15 de febrero de 2026

James Petras (1937–2026): una voz de clase contra el imperio


James Petras falleció pacíficamente el 17 de enero de 2026 en Seattle, Washington, rodeado de su familia. Prolífico académico y activista, dedicó su vida a desafiar el poder, el imperialismo y la desigualdad. Su muerte irrumpe en un momento en que América Latina vuelve a estremecerse bajo el peso de reformas antiobreras, militarización interna y ofensivas abiertas del capital financiero. No es un dato menor: Petras dedicó su vida a demostrar que el imperialismo no es una metáfora ni una consigna, sino una estructura concreta de dominación que articula capital transnacional, Estados subordinados y élites locales asociadas. Nacido en Boston en 1937, formado en la Universidad de Boston y doctorado en Berkeley, profesor en Binghamton University, fue más que un académico prolífico; fue un intelectual militante que eligió intervenir en la lucha de clases latinoamericana con nombre y apellido.
 Su obra sobre el imperialismo en el siglo XXI, la recolonización financiera y el papel de las burguesías compradoras anticipó procesos que hoy se despliegan con brutalidad. Mientras el progresismo administraba la transición al neoliberalismo y la derecha perfeccionaba su aparato represivo, Petras insistía en que el modelo no era un error técnico sino el resultado de una derrota histórica de la clase trabajadora. Denunció que el neoliberalismo no avanzó solo por decretos del FMI o del Banco Mundial, sino también por la construcción de una red capilar de mediaciones “sociales” que desactivaron la confrontación directa. 
 En Chile esa advertencia tuvo un rostro preciso. Durante la transición pactada, las ONG proliferaron al calor del financiamiento extranjero y del discurso de la “sociedad civil” como sustituto del poder popular. Muchas de ellas, que en los años de dictadura cumplieron tareas humanitarias valiosas, fueron progresivamente reconvertidas en engranajes de una arquitectura política destinada a administrar la pobreza, fragmentar la organización obrera y reemplazar la lucha de clases por proyectos, talleres y microemprendimientos. La desmovilización social que acompañó la consolidación del modelo neoliberal no puede comprenderse sin ese dispositivo que, bajo lenguaje progresista, operó como correa de transmisión del plan imperialista: contener, canalizar y neutralizar el conflicto para garantizar la estabilidad del mercado y el pago disciplinado de la deuda.
 Petras fue implacable en esa crítica. Señaló cómo la financiación condiciona agenda, método y horizonte político; cómo el énfasis en la autoayuda desplaza la responsabilidad estatal; cómo la cooperación internacional se convierte en subordinación estructural. Su denuncia no fue una diatriba moral sino un análisis material: cuando el movimiento obrero es reemplazado por gestores de proyectos, cuando la solidaridad de clase es sustituida por la competencia por fondos, el capital gana sin necesidad de tanques. La experiencia chilena de los noventa y dos mil confirmó esa tesis con creces. 
 Al mismo tiempo, su defensa del análisis de clase frente al culturalismo fragmentario mantiene plena vigencia. La precarización masiva, la informalidad y el desarraigo no disolvieron la explotación; la reconfiguraron. La tecnología no abolió la clase trabajadora; la sometió a nuevas formas de control y autoexplotación. El antiimperialismo no se volvió obsoleto con el fin de la Guerra Fría; se profundizó con la financiarización global y el extractivismo intensificado. En ese sentido, la figura de Petras reaparece hoy cuando se anuncia una nueva vuelta de tuerca autoritaria en Chile bajo la figura de José Antonio Kast, expresión descarnada de un proyecto que combina liberalización económica, disciplinamiento social y alineamiento geopolítico sin matices. 
 Pero honrar a Petras no significa canonizarlo. Su obra debe leerse críticamente, discutirse, tensionarse allí donde simplificó o donde su polémica fue más amplia que rigurosa. Justamente porque fue un intelectual de combate, su legado exige el mismo tratamiento que él reclamaba para el marxismo: análisis concreto de la situación concreta, sin dogmas ni concesiones. Leer a Petras hoy implica volver sobre sus textos sobre imperialismo, ONG y clase, confrontarlos con la experiencia acumulada y utilizarlos como herramientas para reorganizar una oposición de clase frente a la ofensiva que se despliega. 
 En un momento en que la derecha radicalizada pretende convertir la regresión social en programa de gobierno y en que amplios sectores del régimen se disponen a colaborar en nombre de la gobernabilidad, la mejor despedida para James Petras no es el homenaje ritual, sino la acción consciente. Leerlo, criticarlo, actualizarlo y superarlo allí donde sea necesario es parte de la tarea de recomponer una estrategia antiimperialista y obrera capaz de enfrentar el proyecto que hoy personifica Kast. Porque si algo sostuvo Petras hasta el final fue que sin organización independiente de los explotados no hay soberanía, no hay democracia real y no hay futuro para los pueblos. 

Fernando López MacKenzie