La derrota abre una crisis en la Casa Blanca y golpea a sus aliados, entre ellos Milei.
El oficialismo perdió las dos cámaras y vio retroceder su voto en casi todos los aproximadamente 1.700 condados donde ya se había contado la mayor parte de los sufragios, según un relevamiento de Reuters y USA Today (4/11). Fue un terremoto electoral cuyo motor fue el repudio al gobierno.
Una medida de este debacle la da la derrota en sus propios bastiones. En Texas, los republicanos perdieron una banca del Senado y la gobernación. Lo mismo ocurrió en Ohio y en Iowa. Trump había ganado los tres estados por más de diez puntos en 2024.
En el Senado, el recuento de ABC News daba 54 bancas al bloque demócrata, incluidos los dos independientes que se integran a él, contra 43 republicanas, con Alaska, Misisipi y Nebraska todavía abiertos. Los demócratas conquistaron siete escaños republicanos en Texas, Kansas, Iowa, Ohio, Maine y las dos Carolinas. Retuvieron, además, Georgia y Michigan. En la Cámara de Representantes, con 218 bancas requeridas para la mayoría, ABC registraba 229 demócratas y 163 republicanas, con una ganancia neta demócrata de 25 escaños en ese corte. Son cifras del 4 de noviembre, con corte a las 5:37, hora argentina, sujetas al recuento pendiente.
De las 36 gobernaciones en juego, cinco pasaron de republicanas a demócratas en Georgia, Ohio, Iowa, Nevada y Texas. En Florida, los republicanos conservaron la banca del Senado y la gobernación, que ganó Byron Donalds por un margen estrecho (AP y ABC News, 4/11). Las victorias demócratas en estos estados son una muestra del divorcio profundo de Trump con una parte significativa de su base electoral agraria e industrial.
En los recuentos senatoriales de la madrugada, James Talarico aventajaba a Ken Paxton por 55% a 43% en Texas, con el 90% del voto esperado informado. Adam Hamilton se imponía por 51% a 46% en Kansas, con el 96%, y Annie Andrews por 51% a 47% en Carolina del Sur, con el 96%. También se ensanchó la ventaja en varios estados demócratas respecto de la elección por las mismas bancas en 2020. En Nueva Jersey pasó de 16 a unos 27 puntos con el 92% del voto esperado. En Rhode Island, de 33 a unos 38 con el 97%. Hay más de 59 millones de votos anticipados, por encima de los guarismos de 2022, aunque aún falta saber el total nacional para establecer una comparación con comicios anteriores.
La carestía que castigó a los demócratas en 2024 se volvió contra Trump. La guerra con Irán encareció el combustible y desmintió la promesa de poner fin a las guerras. Según encuestas electorales, cuatro de cada diez votantes dijeron haber querido expresar su oposición a Trump con el voto al Congreso y menos de dos de cada diez quisieron respaldarlo. Alrededor de tres cuartas partes desaprobaban también el desempeño del Congreso. El retroceso republicano entre jóvenes e hispanos respecto de 2024 amplió la derrota. Ese desplazamiento electoral convive con un descrédito que alcanza al conjunto del régimen político. Los resultados expresan más un rechazo al magnate republicano que una confianza en los demócratas.
Dentro de la ola demócrata, hubo una gran noche para su ala “Demócrata Socialista”, DSA, que suma por lo menos 5 nuevos diputados nacionales, más de 20 legisladores estaduales y las alcaldías de Washington DC, que se suman a la de Nueva York y 2 diputados nacionales preexistentes. De conjunto, la DSA se adjudica la victoria de candidatos o plebiscitos legislativos que ha impulsado en 75 elecciones locales.
Entre los ganadores se destaca una suerte de ola de incorporación a los principales cargos de gobierno de sectores históricamente oprimidos y subrepresentados, que hasta ahora nunca habían accedido a determinadas posiciones institucionales. La elección de 2026 produjo varios hitos: Keisha Lance Bottoms en Georgia se convirtió en la primera gobernadora negra de Estados Unidos; Gina Hinojosa, en la primera gobernadora latina de Texas; Deb Haaland, en la primera gobernadora indígena; y David Crowley, en el primer gobernador negro de Wisconsin. También Amy Acton fue la primera mujer elegida gobernadora de Ohio. En el Congreso, Abdul El-Sayed será el primer senador musulmán, Peggy Flanagan la primera senadora indígena, Josh Turek el primer senador usuario de silla de ruedas y Chris Pappas el primer senador hombre abiertamente gay. A ellos se suman Juliana Stratton, que llevará a tres el número de mujeres negras en el Senado, y Adam Hamawy, primer congresista musulmán de Nueva Jersey. Se trata de una ampliación significativa de la representación institucional de grupos históricamente excluidos, aunque estos avances en la composición social de los cargos no implican, por sí mismos, una orientación política homogénea ni una transformación de las estructuras que producen esa exclusión.
La dimensión de la ola medida en votos generales da una muestra de la mayoría contraria a Trump. En la elección para la Cámara de Representantes, los demócratas reunían 55,65 millones de votos (54,9%) frente a 44,31 millones republicanos (43,7%), una diferencia de aproximadamente 11,3 millones de votos y 11,2 puntos porcentuales. En la renovación del Senado, la ventaja demócrata era de 4,6 millones de votos, con el 52,3% frente al 45% republicano, una distancia de 7,3 puntos.
Junto a la crisis política planteada por los métodos bonapartistas de Trump y sus choques con el Congreso, asistiremos sin duda a otra crisis, para definir el liderazgo, perfil y programa del Partido Demócrata que ha vencido esta noche. La DSA viene en un camino de moderación y adaptación acelerada, para preparar el lanzamiento de Alexandria Ocasio-Cortez como candidata a presidenta. Aunque no están claras las candidaturas del espacio dominante de los demócratas, sin duda se procesará una lucha interna muy dura. Sectores de las masas han puesto una gran expectativa en candidatos que se han presentado como parte de una maquinaria electoral del Estado imperialista. Han habido incluso movilizaciones estudiantiles el día de la elección, marcando la relación para una parte de las masas entre la derrota electoral de Trump y su proceso previo de movilización. Las tensiones y contradicciones que se procesarán van a ser muy fuertes y a escalas de masas.
El gobierno por veto y decreto
Trump felicitó a los demócratas y admitió que podría negociar con ellos, incluso sobre inmigración. Había atribuido la derrota a su ausencia en la boleta. Hasta el cierre, su respuesta nacional se concentró en su capacidad de seguir ejerciendo efectivamente la presidencia mediante el ejercicio del veto, sin una denuncia general de fraude. La magnitud de la derrota acota el alcance de las impugnaciones. Alterar la mayoría exigiría revertir resultados en varios estados. Las maniobras locales siguen siendo posibles. Antes de los comicios, un juez federal ya había rechazado una demanda del Departamento de Justicia que buscaba impedir la certificación de una eventual victoria demócrata en Alaska (Reuters y AP, 4/11).
Desde enero, las nuevas mayorías podrán fijar la agenda legislativa, abrir investigaciones, citar funcionarios y disputar las partidas presupuestarias. El Senado podrá bloquear nombramientos judiciales y de la administración. La Cámara puede aprobar una acusación en un juicio político, pero la destitución requiere dos tercios de los senadores presentes. Con los cien presentes harían falta 67 votos. Una mayoría de 54 deja esa salida supeditada a una fractura republicana de otra magnitud.
Trump adelantó su plan B de vetos y acuerdos puntuales cuando el bloqueo resulte costoso. Es previsible que busque, además, ampliar el uso de sus facultades ejecutivas. Para levantar un veto hacen falta dos tercios en cada cámara. Con órdenes ejecutivas, la Casa Blanca puede orientar a las agencias, endurecer la aplicación de la política migratoria e invocar facultades delegadas o de emergencia en materia comercial. Su alcance depende de las leyes vigentes y queda expuesto a impugnaciones judiciales. Sin acuerdo para financiar al gobierno, puede haber un cierre parcial de la administración que golpee a los trabajadores federales y a los usuarios de los servicios públicos.
Ahí reside el potencial explosivo de los próximos dos años. Un presidente derrotado en las urnas, a lo que se agrega el hecho de que constitucionalmente no puede aspirar a una reelección, puede redoblar la persecución a los migrantes, la represión de las protestas y las medidas unilaterales para mantener cohesionada a su base. Al mismo tiempo, la pelea por la sucesión de 2028 alentará a legisladores republicanos a despegarse de la Casa Blanca cuando esté en juego su propia supervivencia. Los choques entre poderes pueden desembocar en pactos presupuestarios o en una crisis mayor si el gobierno intenta imponer por la fuerza medidas resistidas en la calle.
Los aliados de Trump acusan el golpe
La derrota debilita la capacidad de Trump para comprometer recursos y garantías ante sus aliados. Un Congreso opositor puede discutir partidas militares, revisar la base legal de los aranceles e investigar la conducción de la guerra con Irán. Trump conserva el mando militar y la iniciativa diplomática. Pero no se nos puede escapar que en las disputas con China y en Medio Oriente, sus adversarios parlamentarios defienden los intereses del mismo imperialismo, aun cuando cuestionen los métodos de la Casa Blanca. La oposición a la guerra en las urnas abre un terreno para exigir el fin de la intervención militar en Irán y del armamento a Israel, desafiando a Trump y la complicidad demócrata.
El golpe se encadena con otros dos reveses. En Brasil, perdió Flávio Bolsonaro. La movilización estudiantil y obrera contra el bolsonarismo alteró el cuadro que había dejado la primera vuelta. El resultado frustró la apuesta de Trump y Milei por sumar a Brasil a su alineamiento continental. En Israel, Netanyahu perdió la mayoría parlamentaria en las elecciones del 27 de octubre y hay una crisis a la hora de formar gobierno en un escenario donde el ascenso electoral de los partidos árabes ha pasado a ser un dato relevante.
Para Milei, el golpe es político y financiero. Presentó su alineamiento con Trump como garantía de acceso a dólares y como eje de una ofensiva derechista regional. El respaldo de Washington ante el FMI y la línea de swap de hasta 20.000 millones de dólares del Tesoro estadounidense fueron recursos de esa política. La Argentina devolvió en enero el tramo que había utilizado. La línea sigue vigente. El cambio de mayoría expone una futura asistencia a mayor escrutinio y debilita la promesa de un salvataje a discreción de Trump, con fuertes vencimientos argentinos por delante.
Una salida obrera
Hakeem Jeffries anunció que los demócratas buscarán restablecer los subsidios del seguro de salud, revertir los recortes a Medicaid, votar contra la guerra con Irán y revisar los aranceles de Trump (AP, 14/10). Reponer la cobertura sanitaria sería una conquista concreta. La agenda de su dirección deja en pie el negocio de las aseguradoras, el aparato de persecución migratoria y los compromisos militares del imperialismo norteamericano. Sus jefes parlamentarios buscarán administrar el choque con Trump mediante investigaciones, votaciones y negociaciones, subordinando las demandas populares a la apuesta por recuperar la presidencia en 2028. La disposición de Trump a negociar sobre inmigración muestra en qué terreno podrían encontrarse ambos partidos.
Las movilizaciones de No Kings del 17 de octubre, previas a las elecciones, precedidas por movilizaciones multitudinarias anteriores que reunieron en las calles a varios millones de personas, han mostrado una fuerza que desborda el aparato demócrata, aunque sus convocantes la encauzaron hacia las urnas. Convertir la victoria legislativa en un llamado a esperar otros dos años dejaría a los sindicatos, al movimiento contra la guerra y a las organizaciones de migrantes a merced del calendario electoral e implicaría, por otra parte, el acceso al gobierno en reemplazo de los republicanos de la otra fuerza política que es históricamente pilar del imperialismo. El triunfo parlamentario ofrece a las direcciones sindicales y a la izquierda integrada al Partido Demócrata una nueva excusa para aplazar la ruptura. Van a reforzar el carrerismo electoral.
Una acción y coordinación de trabajadores, documentados e indocumentados, pueden organizar la defensa contra los ataques antiinmigratorios, reclamar aumentos de salarios frente a la carestía, enfrentar los despidos y unir esas luchas con la movilización contra la guerra. En este marco, se plantea tomar la iniciativa de medidas de fuerza y convocatoria a nuevas movilizaciones y preparar una acción nacional, hasta plantear la huelga general. El desafío es elaborar e impulsar una agenda y programa de acción alternativos a los que plantea la dirección demócrata que pretende reservarse para 2028. De esa lucha debe surgir una fuerza política obrera independiente, capaz de enfrentar al gobierno de Trump, la complicidad demócrata y a las patronales que financian a los dos partidos.
Pablo Heller





