viernes, 24 de abril de 2026

Archivos Epstein, una película de terror hecha realidad en el capitalismo actual


Imagen: "Parsing Bill', obra realizada por Petrina Ryan-Kleid; se hallaba en una pared de la mansión de Jeffrey Epstein, representa al expresidente de Estados Unidos Bill Clinton.

 Imaginemos el guion de una terrorífica película de ciencia ficción. Es la historia de un supermillonario sionista al servicio de varios servicios de inteligencia de Estados poderosos (el Mossad de Israel, la CIA de Estados Unidos, el M-16 de Gran Bretaña) es un negociante de éxito, que tiene actividades en las finanzas, el sector inmobiliario y acumulaba al final de su vida la suma de miles de millones de dólares. Ese personaje es además un depredador sexual, que tiene predilección sádica por niñas y jóvenes. Para realizar sus orgias y bacanales cuentan con propiedades suntuosas que ha adaptado para tal propósito: una isla privada, que está en territorio de los Estados Unidos (en Islas Vírgenes, y el nombre no parece casual por lo de vírgenes), varias mansiones en ciudades de Estados Unidos (Miami, Nueva York) y de otros países (Paris), un “rancho de los horrores” en Nuevo México, aislado y acondicionado para torturar, violar y matar mujeres jóvenes… Para trasladarse libremente, sin las restricciones, demoras y cortapisas de aeropuertos y vuelos comerciales, tiene su propio avión, al que denomina Lolita Express, por aquello de la niña que protagoniza la novela Lolita de Vladimir Nabokov. En el film aparecen centenares de niñas y jóvenes abusadas, asesinadas y desaparecidas, se ven desgarradoras escenas de torturas y conversión de las mujeres en vulgares mercancías y objetos sexuales intercambiables y desechables. Entre sombras aparecen imágenes de cultos satánicos en las que hombres multimillonarios matan a niños y bebes, mutilan sus cuerpos y consumen su sangre y algunos de sus órganos.
 El personaje de la película no es un sicópata solitario, sino que forma parte de un engranaje global en el que sirve de intermediario de una red transnacional de tráfico sexual, negocios diversos, violencia y sadismo, academia e investigación científica y sofisticado desarrollo tecnológico. De ese engranaje forman parte presidentes y expresidentes de varios países (incluyendo a uno de Colombia), miembros de monarquías de Europa (de Gran Bretaña y Noruega), científicos expertos en biología, genética con tendencias eugenésicas y racistas, multimillonarios dueños o accionistas principales de grandes empresas tecnológicas del mundo informático y de la Inteligencia Artificial. También desfilan en la película cantantes, actores, gentes del jet set y de la farándula, que cuentan con millones de dólares en sus arcas. 
 Como el protagonista central de la película forma parte de tenebrosos servicios secretos tiene la misión, que asume con una impresionante meticulosidad, rigor y disciplina, de registrar cualquier movimiento de los miles de multimillonarios y hombres de éxito que participan en sus fiestas y orgías y vuelan periódicamente en el Lolita Express. También registra cualquier charla, por informal que fuera, con investigadores o científicos que no participan en esas fiestas de sexo y sangre, pero reciben sus favores, porque, además de todo, el protagonista de este film de terror, se presenta como un filántropo que patrocina proyectos, aparentemente desinteresados, en el campo de la genética, la biología, la IA y el transhumanismo. E impulsa esos conocimientos porque el protagonista tiene una manía esquizofrénica de alcanzar la eternidad. Como resultado de su culto a la información sobre sus tropelías y, sobre todo, la de “sus invitados”, archiva millones de correos electrónicos, miles de llamadas telefónicas, toma miles de fotografías y graba cientos de horas de videos, en los que aparecen escenas horripilantes de vejación y degradación de la condición humana de mujeres jóvenes. 
 El protagonista quiere que, por su potencia sexual y por la inteligencia que dice poseer, se conserven su pene y su cabeza para la eternidad, como una contribución personal a su visión de un mundo de supermillonarios egoístas y brutales que creen una realidad distópica en donde exista solamente ellos, junto con unos pocos miles de esclavos que sean sometidos por engranajes de tipo tecnológico. 
 El personaje cree que es de una raza superior y por eso pretende inocular con su semen a muchas mujeres para que estas queden embarazadas y traigan hijos superdotados al mundo. El personaje se mueve en un mundo de supermillonarios y poderosos que son racistas, machistas, depredadores sexuales, que desprecian a los pobres y humildes. Ellos no tienen límites morales que les impidan bestializar a mujeres jóvenes con tal ejercer su poder y conseguir con ello todo tipo de placer corporal. Las mujeres pobres son simples objetos de placer, a las que puede violarse, torturarse y matarse si es necesario.
 Todos estos vicios paganos no se realizan de forma completamente secreta, sino más bien reservada, porque periodistas, autoridades, senadores y presidentes saben de su existencia, pero como son protagonistas de los crímenes del pedófilo visible, guardan un silencio absoluto y aparecen en el escenario público como honestos hombres de la política y el espectáculo que cuentan con un amigo especial, al que idolatran por su audacia y capacidad de agenciar emprendimientos de fiesta, diversión y jolgorio en privado. En público presumen de su honestidad y transparencia, en privado ponen en funcionamiento todas sus perversiones y capacidad de hacer daño, sin ningún tipo de piedad ni arrepentimiento. 
 Todo es posible en estos “islotes de fantasía” porque quienes dictan e imponen el derecho son los poderosos, los mismos que participan en los crímenes y violaciones. Por eso, nada ni nadie los puede tocar, gozan de inmunidad e impunidad absolutas. E incluso, esos mismos superpoderosos son los que le dictan las normas y formas adecuadas y obedientes de comportamiento a los súbditos de sus propios países y a los del mundo entero. 
 Al final de la película, cuando es evidente que ya no pueden ocultarse por más tiempo estos paraísos del crimen, del sadismo y la sevicia, el protagonista de la película es juzgado y condenado. Termina en la cárcel, pero allí dura poco tiempo, porque sabe demasiado para vivir mucho tiempo. Un día aparece muerto y los medios de desinformación dicen que se ha suicidado, aunque la película muestra en directo que lo han matado. 
 Allí parece terminar todo, pero al final la película, anuncia una segunda parte en la que se dan a conocer los archivos secretos del pedófilo sionista. Y anticipa que son millones de documentos y se dice que su revelación hará temblar a los poderosos de la red internacional de sexo, negocios, academia y poder científico, porque en esos archivos están registradas todas sus acciones criminales. 
 Esto que se acaba de contar, por desgracia no es una película. Es la vida real. El personaje se llamaba Jefrey Epstein, las escenas escabrosas transcurren en los Estados Unidos y los personajes famosos que aparecen son Bill Clinton, Donald Trump, Bill Gates, el príncipe Andrés, Michael Jackson, Andres Pastran y miles de nombres más, de famosos, que forman parte de ese entramado criminal del capitalismo realmente existente. 
 Lo que muestran los Archivos Epstein es la quiebra moral del capitalismo y del imperialismo en su fase terminal. Es como si estuviéramos regresando a la decadencia del imperio romano, en donde reinaba Calígula (por eso a Donald Trump se le podría calificare de neo-Calígula).
 No es la quiebra moral de un individuo, Jefrey Epstein, sino de una civilización, la occidental y cristiana, que naufraga en su propia podredumbre de mercantilización, consumo, lujo, derroche, sevicia, violencia, tráfico sexual y sangre. 
 Finalmente, películas como Salo, los 120 días de Sodoma de Pierre Paolo Passolini o la de Stanley Kubrick Ojos bien cerrados, han pasado de los estudios cinematográficos, a la vida real, por obra y gracia del capitalismo en su fase de putrefacción total. Y el mayor indicador de esa podredumbre tiene nombre propio, como personificación individual del capitalismo: Donald Trump, empresario inmobiliario, violador sexual, pedófilo redomado, evasor de la justicia y en la actualidad presidente de los Estados Unidos, con tanto poder que su vanidad y su espíritu de maldad congénita ponen en peligro al mundo. 

Renán Vega Cantor | 14/03/2026
 Publicado en papel en El Colectivo (Medellín), No. 115, marzo de 2026.

jueves, 23 de abril de 2026

La difícil situación del país es consecuencia directa del recrudecimiento del bloqueo


Así declaró en su cuenta en x el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, denunciando una vez más el efecto terrible del bloqueo y la manera burda en la que sus culpables, lo niegan 

 «La difícil situación del país es consecuencia directa del recrudecimiento del bloqueo y del cerco energético decretado por el gobierno estadounidense. Quienes culpan al Gobierno de Cuba de ello, son los mismos que pretenden ocultar y manipulan esos crueles efectos». 
 Así declaró en su cuenta en x el Ministro de Relaciones Exteriores de Cuba, Bruno Rodríguez Parrilla, denunciando una vez más el efecto terrible del bloqueo y la manera burda en la que sus culpables, lo niegan. 
 Como prueba de nuestras razones, el ministro expresó también que «basta con ver cómo se aprecia una mejoría de la situación del Sistema Electroenergético Nacional con la entrada de un petrolero ruso, fruto de la solidaridad de esa nación y de nuestras gestiones», destacó».
 «Entonces, ¿el bloqueo es real o no?», fue su pregunta conclusiva, cuya respuesta es, a estas alturas, incuestionable no solo para los cubanos, sino para el mundo entero: sí, el bloqueo, es real y genocida. 

 Redacción Internacional | internacionales@granma.cu 
 23 de abril de 2026 09:04:46

Guerra cognitiva, o hackear a los seres humanos

Las operaciones de la guerra cognitiva promueven y estimulan emociones, pensamientos y estados anímicos de tipo aversivos, que pueden escalar a niveles de alta intensidad

 La naturaleza de la guerra ha cambiado de forma radical. Puede parecer una afirmación demasiado categórica, pero se trata de una realidad definida por la naturaleza de los conflictos actuales, marcados por el desarrollo vertiginoso de la revolución tecnológica.
 Las Operaciones Militares de Apoyo a la Información (miso), dirigidas a influir en las audiencias «enemigas», en sus emociones, conductas y motivaciones, forman parte de esta manera de operar los conflictos. El término, definido por el Pentágono, sustituyó en 2010 a Psyop (Psychological Operation), utilizado desde la Segunda Guerra Mundial. 
 Según el documento Warfighting 2040, la Guerra Cognitiva (CW) «se basa en el uso de técnicas de desinformación y propaganda dirigidas a agotar sicológicamente a los receptores de información».
 Sin embargo, las posibilidades de esta forma de hacer la guerra se amplían cada día, con el avance de las técnicas de información y desinformación; pero, sobre todo, con los progresos de las NBIC (Nanotecnología, Biotecnología, Tecnología de la Información y Ciencia Cognitiva). 
 Ya no se trata de dominar los cinco escenarios principales de la guerra convencional o no convencional (aire, tierra, mar, espacio y ambiente cibernético); ahora el enfrentamiento tiene lugar, además, en el dominio humano; por lo que la victoria dependerá de la capacidad que se tenga para imponer, a una audiencia elegida, un comportamiento deseado. 
 El ambiente digital posibilita coordinar gente dispersa y organizar enjambres de ataque con la misión de sembrar la incertidumbre, la desesperación, el miedo, la zozobra y el caos. 
 Con el dominio de la Inteligencia Artificial (IA), los analistas pueden construir modelos capaces de predecir atributos ocultos, entre ellos preferencias políticas, orientación sexual, etc. 
 Las redes sociales y las aplicaciones que utilizamos dejan cientos de miles de huellas que son utilizadas por las empresas de Big Data para construir perfiles de los usuarios y organizar grupos de interés. 
 Ocurre con frecuencia que la guerra de información (iw), por su estrecha relación con la CW, se confunde muchas veces con esta; pero la iw tiene como objetivo controlar el flujo de información, mientras que la cognitiva abarca todas las ciencias que se ocupan del conocimiento y sus procesos, la Sicología, la Lingüística, la Neurobiología, la Lógica, etc. 
Cada plataforma de redes sociales, cada sitio web está diseñado para ser adictivo y desencadenar estallidos emocionales. Según la cia, la naturaleza viral de internet dispone de potencial para afectar, e incluso cambiar el carácter de una persona en cuestión de segundos, y también su futuro a largo plazo, independientemente de quién sea o de su experiencia vital.
 La subordinación de los medios en las tareas de manipular la información, construir estados de opinión y, en virtud de esto, modelar modos de actuación, se ha convertido en parte esencial de la estrategia del imperio estadounidense para lograr la hegemonía en un mundo que se le vuelve cada vez más difícil de manejar. 
 Trabajan para convocar al odio y fabricar percepciones negativas; obran sobre debilidades y deficiencias, sobre automatismos, miedos y estereotipos identificados. Dominar los estereotipos le permite al manipulador adueñarse del auditorio, a partir de resortes subjetivos. 
 Pero la CW va mucho más allá, cumple la tarea de degradar la capacidad de producir el conocimiento. Se dirige a la totalidad del capital humano para erosionar la confianza que sustenta a toda una sociedad. Su objetivo es hackear al individuo. 
 Las operaciones de CW apuntan a generar en las personas un estilo de pensamiento rígido que provoque resistencia a cualquier argumento, información, e incluso prueba de realidad que contradiga sus propias percepciones y opiniones.
 Por otro lado, promueven y estimulan emociones, pensamientos y estados anímicos de tipo aversivos, que pueden escalar a niveles de alta intensidad, muy difíciles de manejar y sostener. 
 Empero, no se trata de algo totalmente nuevo. La labor de los servicios especiales estadounidenses para controlar la mente humana comenzó con proyectos como mk-Ultra. 
 Conocido también como Alcachofa, este proyecto fue una realidad dantesca, escalofriante: experimentos en el campo del inconsciente humano, pruebas de fármacos, drogas, implantes en el cerebro, cirugía, lobotomía… todo un almacén de horrores. 
 La tarea de llevar adelante mk-Ultra, en 1953, correspondió al Office of Scientific Intelligence (OSI), entidad fundada en 1948, y llegó a involucrar a más de 30 universidades y centros científicos del país.
 Entre los campos de interés en las investigaciones estaba desarrollar paranoias, producir amnesia, provocar, mediante el uso de drogas, pensamientos ilógicos, manipular la violencia, estudiar el efecto de los ultrasonidos en conglomerados humanos, además de estudios sobre el cáncer y la leucemia. 
 En los tiempos que corren, la revolución ocurrida en las nbic (Nanotecnología, Biotecnología, Tecnología de la Información y Ciencia Cognitiva) es utilizada para controlar a los seres humanos, convertirlos en un arma contra sí mismos. 
 Las técnicas tradicionales de condicionamiento han sido reforzadas y llevadas a un estado casi de perfección, gracias a las posibilidades que ofrecen las neuroarmas. 
 Se trata de una contienda por apropiarse de nuestros sentidos, de nuestra forma de ver el mundo, por convertirnos en marionetas en manos de una élite selecta que procura eternizar sus privilegios sin gastar una bala. 

 Raúl Antonio Capote | internacionales@granma.cu 22 de abril de 2026 07:04:53 

Fuente: Cognitive Warfare. La Guerra No Convencional

miércoles, 22 de abril de 2026

¿Estado fallido?


Los síntomas del deterioro del país más poderoso del planeta durante los últimos años se manifiestan con la concentración de riqueza más extrema desde antes de la Gran Depresión con todas sus consecuencias, el debilitamiento de instituciones y organizaciones sociales, sobre todo los sindicatos, el derrumbe del pacto social que implica el neoliberalismo, culminando con la toma del poder por la extrema derecha con una agenda explícita para desmantelar lo que queda de la democracia liberal. 
 Este deterioro expreso es la erosión, sino desplome de la credibilidad y confianza en las instituciones y procesos democráticos. Los sondeos más recientes registran la continuación de una tendencia de desaprobación y desencanto con el sistema democrático estadunidense.
 Siete de cada 10 estadunidenses están insatisfechos con la manera en que funciona su democracia, reporta Pew Research Center, que también informa que la mayoría opina que antes su país era un buen ejemplo a seguir para otros en el mundo, pero ese ya no es el caso. 
 Varias evaluaciones de la “salud” de las democracias registran un deterioro marcado de Estados Unidos durante la última década. La anual de Freedom House muestra que la calificación de la democracia estadunidense se desplomó más que cualquier otro país que esa organización define como “libre”, con excepción de Bulgaria y Nauru. El Índice de Democracia del Economist Intelligence Unit registra la peor calificación de Estados Unidos desde que empezó esta estimación anual en 2006 y, de hecho, define a ésta como una “democracia defectuosa”. 
 Sólo 16 por ciento del público estadunidense aprueba la gestión del Congreso federal; 79 por ciento lo reprueba, según el sondeo más reciente de Gallup, realizado en marzo. El ocupante de la Casa Blanca registró su peor nivel de aprobación desde que empezó su segundo mandato, con 38 por ciento, y 56 por ciento reprueba su labor.
 De hecho, nada más 17 por ciento de estadunidenses confían en que su gobierno hará lo correcto siempre o la mayoría de veces, entre los niveles más bajos en unos 70 años de sondear este tema, reporta Pew. 
 Queda claro que al liderazgo político del país le importan poco estas calificaciones. Saben que sólo necesitan el voto de una minoría para ganar (Trump ganó con sólo 30 por ciento del electorado; los legisladores de ambos partidos hacen algo parecido). Y apuestan a que aproximadamente una mitad de las personas con derecho al voto no lo ejercen. A fin de cuentas, múltiples encuestas registran que las mayorías opinan que el gobierno no los representa y que más bien está al servicio de los ricos y poderosos. 
 Ahora, con iniciativas derechistas a nivel federal y en varios estados para obstaculizar y manipular el voto -–con tácticas de supresión del voto o rediseñando mapas electorales– se está sembrando aún mayor desconfianza de que cada voto cuenta y que el sistema funciona para las mayorías. 
 Casi todos, según los sondeos, saben que este sistema no funciona para expresar la voluntad y los intereses de las mayorías. Pero el juego continúa. Hasta con cada vez más arrogancia, como cuando Washington sigue juzgando los sistemas políticos de otros países e insiste que les guste o no, Estados Unidos es el ejemplo a seguir. 
 Eso, con un presidente que, a diferencia de sus antecesores que cumplen con la tradición de construir una biblioteca presidencial pública a sus nombres cuando dejan el puesto, éste declaró que su monumento probablemente sería un hotel de lujo en Miami, señalando que “yo no creo en construir bibliotecas o museos”. La maqueta incluye una torre de 47 pisos, con una estatua gigante del presidente con su puño en alto, todo de oro, of course. 
 (Es un alivio que también acaba de aprobar la aceleración de esfuerzos para el uso de drogas sicodélicas para fines médicos –ayudará a los periodistas y otros que tienen que reportar sobre todo esto–). 
 Tal vez antes de ofrecer recomendaciones, recetas o calificaciones a cualquier otro país, los estadunidenses –dentro y fuera del gobierno– deberían verse en su propio espejo y preguntarse si están por volverse un Estado fallido. 

 David Brooks | 22/04/2026 
 La Jornada

martes, 21 de abril de 2026

Filosofía de la tregua, no se suspende la guerra cognitiva


Eso que denominaron “tregua”, promovida por Donald Trump —independientemente de su alcance táctico o su densidad diplomática— no impide, ni tiene la capacidad de impedir, la dinámica profunda de la guerra cognitiva. Porque esta no depende de ceses al fuego territoriales ni de acuerdos militares convencionales, su campo de batalla es la subjetividad social, su munición son los signos, y su objetivo estratégico es la colonización del sentido. 
 Entendemos que la guerra cognitiva no tiene límites debido a que no se guía por los ritmos perceptibles del conflicto bélico, sino por la persistencia estructural de la contienda ideología. Aunque una tregua militar podría conllevar la suspensión temporal de bombardeos o incursiones, la ofensiva mediática —que comprende operaciones de desinformación, manipulación semántica, saturación simbólica y fabricación de consensos— se intensifica precisamente en esos intervalos, donde la apariencia de “paz” abre las condiciones idóneas para la reconfiguración del relato predominante. 
 En ese sentido, la tregua no es un paréntesis, sino un dispositivo. Funciona como signo político que reorganiza percepciones, reordena jerarquías de credibilidad y legitima actores. Bajo la lógica de la guerra cognitiva, todo anuncio de distensión puede convertirse en una operación de reposicionamiento discursivo: quién aparece como pacificador, quién como obstáculo, quién como amenaza latente. No se trata de hechos aislados, sino de una arquitectura semiótica donde cada gesto diplomático es simultáneamente un mensaje dirigido a audiencias múltiples. 
En este punto se encuentra una contradicción esencial: mientras se declara la suspensión de hostilidades materiales, se intensifica la generación de narrativas beligerantes. La tregua, lejos de neutralizar la confrontación, la desplaza al terreno simbólico, donde los costos son menos visibles pero no menos decisivos. La guerra cognitiva no destruye infraestructuras físicas, pero desarticula tejidos sociales, erosiona la capacidad crítica y naturaliza relaciones de dominación. 
 Esta continuidad ofensiva se sostiene en aparatos mediáticos transnacionales que operan como verdaderas fábricas de sentido. No se limitan a informar, construyen realidades. Seleccionan qué acontecimientos existen públicamente, cómo deben interpretarse y qué emociones deben suscitar. En ese marco, la tregua puede ser narrada como victoria, como concesión o como engaño, dependiendo del posicionamiento ideológico de quien controla los dispositivos de emisión. 
 Desde el punto de vista materialista de la semiosis, la guerra cognitiva no se considera un fenómeno secundario, sino que es un elemento constitutivo del modo de producción actual. La acumulación capitalista no sólo requiere plusvalor económico, sino también plusvalorsimbólico, adhesión, consentimiento, obediencia internalizada. La tregua, entonces, puede ser funcional a la reproducción de ese orden, al ofrecer una ilusión de racionalidad y control en medio de una estructura que sigue generando violencia sistémica. 
 No debe subestimarse el carácter disciplinador de estas operaciones. La tregua, presentada como gesto magnánimo, puede actuar como mecanismo de neutralización de la crítica. Quien cuestiona su autenticidad corre el riesgo de ser etiquetado como extremista o desestabilizador. Así, la guerra cognitiva no sólo produce relatos, sino que delimita los márgenes de lo decible. 
 Afirmar que la tregua no incluye la guerra cognitiva no es una denuncia coyuntural, sino una constatación estructural. Mientras exista una lucha por la hegemonía del sentido, mientras la producción simbólica esté concentrada en manos de poderes que responden a intereses de clase, la ofensiva mediática no sólo no se detendrá, se sofisticará.
 Porque la verdadera interrupción de la guerra cognitiva no puede decretarse desde arriba, ni firmarse en acuerdos bilaterales. Exige una transformación radical de las condiciones de producción del sentido, una democratización real de los medios y una praxis crítica capaz de disputar la semiosis dominante. Sin ello, toda tregua será apenas una pausa en el ruido de las armas, pero no en el murmullo persistente de la dominación.
 Una “tregua” no tiene precio fijo porque no es una mercancía homogénea, sino una relación de fuerzas en movimiento. Aun así, se puede construir una aproximación hipotética multidimensional que permita dimensionar órdenes de magnitud. Un gasto militar directo (lo que se deja de gastar o se redistribuye) puede fluctuar entre 100 y 500 millones de dólares diarios, en términos de combustible, logística, municiones, despliegues, inteligencia. Una tregua de 30 días implicaría, en apariencia, una “pausa” de entre 3.000 y 15.000 millones USD. Sin embargo, esto es engañoso: gran parte de ese gasto no desaparece, se reprograma (mantenimiento, rearme, reposicionamiento). También hay un costo de reposicionamiento estratégico (lo que se invierte durante la tregua). Las treguas suelen representar periodos de reestructuración intensiva. Entrenamiento, reabastecimiento, guerra electrónica, ciberoperaciones. Ese costo puede representar entre un 30 % y un 70 % del gasto bélico activo, es decir, miles de millones adicionales. La tregua no abarata necesariamente la guerra: la optimiza. Eso tiene impacto en mercados globales (energía, finanzas, seguros). Una tregua impulsada o capitalizada políticamente —como las asociadas a figuras como Donald Trump— puede mover mercados en cuestión de horas. Variaciones en petróleo y gas: 1 %–5 % diario, lo que implica decenas de miles de millones en capitalización; reducción temporal de primas de riesgo: beneficios financieros concentrados en grandes fondos. 
 Y la tregua puede incluso incrementar la inversión. Campañas mediáticas, operaciones psicológicas, manipulación de redes, producción narrativa. Grandes potencias destinan a este frente cifras que, indirectamente, pueden estimarse en cientos de millones o miles de millones USD anuales. Durante una tregua, ese gasto no se detiene: se intensifica, porque es el momento de disputar el relato de la “paz”. Si se forzara una cifra agregada —con todas las reservas del caso—, una tregua de corto plazo en un conflicto de alta intensidad podría implicar: Entre 5.000 y 20.000 millones USD en dinámicas económicas directas e indirectas (no ahorro real, sino redistribución). Impactos financieros globales que pueden superar decenas de miles de millones en valorización o pérdida de activos. Un costo humano y simbólico incalculable, que es donde realmente se juega su sentido histórico. La conclusión es incómoda pero necesaria: la tregua no tiene un “precio” en el sentido clásico; tiene una función dentro del metabolismo del conflicto. Más que cuánto cuesta, la pregunta decisiva es quién paga, quién cobra y quién redefine el sentido de lo ocurrido. Porque ahí, en esa contabilidad no declarada, es donde la tregua revela su verdadera economía. Hay que transparentar el financiamiento de las guerras. 

Fernando Buen Abad Domínguez | 14/04/2026

Frankenstein quiere resucitar a Batista


Frankenstein quiere resucitar a Batista y busca órganos y extremidades en los cementerios ideológicos de las burguesías. Toda restauración oligárquica requiere un laboratorio, una mesa de disección, una colección de restos discursivos cuidadosamente clasificados y un rayo de propaganda dispuesto a simular vida donde sólo hay putrefacción histórica. El monstruo no es la criatura, sino la racionalidad que la ensambla. Y esa racionalidad tiene nombre de clase. No se trata de un delirio romántico, sino de una operación semiótica con financiamiento, algoritmos y manuales de guerra cognitiva. Cuando la derecha invoca “cambio” para Cuba, no está imaginando futuro; está excavando pasado. No está proponiendo una superación dialéctica; está practicando necromancia política. 
 Fulgencio Batista es una nostalgia criminal condensada en las fuerzas que anhelan subordinar la soberanía cubana a los designios del imperialismo en Estados Unidos y sus mafias. Bajo su régimen, la modernidad tuvo forma de casino, de burdel con luz neón, de latifundio obediente y policía política eficiente en la pedagogía del terror. Ese pasado no murió por desgaste natural, sino por acción revolucionaria. Y lo que fue derrotado no fue simplemente un gobierno, sino una matriz de poder. Resucitar a Batista es, en rigor, reconstituir esa matriz con prótesis contemporáneas, privatizaciones presentadas como libertad, precarización laboral maquillada como emprendimiento, desigualdad descrita como incentivo. 
 Este Frankenstein que hoy trabaja en el laboratorio mediático no improvisa. Recolecta órganos en los cementerios ideológicos de las burguesías: un pulmón liberal del siglo XIX que habla de república abstracta mientras olvida la exclusión material; un brazo neoliberal de finales del XX que promete eficiencia mientras concentra riqueza; un ojo tecnocrático que mide todo en términos de rentabilidad; una lengua posmoderna que relativiza la memoria y convierte la historia en narrativa intercambiable. Cada pieza es cuidadosamente suturada para que el cadáver camine con apariencia de novedad. Pero la coherencia vital no se logra con costuras; la dialéctica no se engaña con maquillaje. 
 Su operación es transparente: vaciar de contenido los signos y rellenarlos con conveniencia de clase. “Democracia” deja de significar participación popular sustantiva y pasa a equivaler a alternancia administrada por élites económicas. “Libertad” deja de nombrar condiciones materiales de existencia digna y se reduce a libertad de mercado. “Derechos humanos” se transforman en herramienta selectiva que condena adversarios y absuelve aliados. La criatura habla, sí, pero su voz es ventrílocua. La electricidad que la anima es propaganda. 
 No es casual que el laboratorio se active cuando las oligarquías se desesperan. Toda contradicción real es explotada como oportunidad simbólica. La mesa de disección mediática selecciona tejidos convenientes y descarta contextos incómodos. Así se fabrica el relato de que el pasado oligárquico podría ofrecer soluciones “modernas” a problemas contemporáneos. Humor negro: La dependencia se ofrece como terapia; la enfermedad se disfraza de medicamento. 
 Frankenstein no crea vida; reorganiza materia muerta. La burguesía, cuando visita sus cementerios ideológicos, no lo hace con nostalgia inocente, sino con cálculo estratégico. Sabe que la memoria es campo de batalla. Por eso intenta reescribir el pasado como si fuese un archivo editable. El régimen batistiano aparece entonces como etapa de “crecimiento”, omitiendo la concentración obscena de riqueza y la represión sistemática. Se habla de glamour y se silencia la tortura; se exhiben hoteles y se ocultan barrios marginales; se evoca estabilidad y se borra la censura. La criatura necesita un rostro presentable. Y los maquilladores trabajan con diligencia. 
 Sin embargo, la dialéctica histórica introduce un problema insoluble para el laboratorio: los sujetos. Los pueblos no son cadáveres pasivos. La memoria popular no es un depósito inerte. Cada intento de resurrección encuentra resistencias, recuerdos organizados, conciencia crítica. La electricidad propagandística puede animar temas del momento, pero no sustituye la experiencia histórica. La legitimidad no se injerta como órgano; se construye en práctica social. Y la práctica revolucionaria dejó huellas que no se desvanecen con campañas de marketing. 
 Este Frankenstein restaurador opera bajo la ilusión positivista de que la sociedad es un ensamblaje mecánico de piezas intercambiables. Cree que basta con sustituir la planificación por mercado, la propiedad social por privatización, la soberanía por alineamiento geopolítico, para que el cuerpo social funcione con mayor eficiencia. Pero la sociedad no es máquina, sino totalidad contradictoria. Las relaciones de producción no son tornillos que se cambian sin alterar la estructura. Cada órgano ideológico que se injerta trae consigo relaciones de poder. Y esas relaciones reconfiguran el conjunto. 
 Frankenstein quiere resucitar a Batista porque el pasado oligárquico ofrece una estructura familiar para el capital transnacional: apertura irrestricta, mano de obra disciplinada, recursos estratégicos disponibles. La criatura sería funcional al orden global. Pero toda funcionalidad tiene costo social. La desigualdad no es efecto colateral, sino condición estructural. Y la soberanía no es compatible con subordinación. De ahí que la resurrección no pueda ser parcial: requiere amputar conquistas, desactivar derechos, fragmentar tejido comunitario. Cada órgano injertado exige una renuncia colectiva. El restauracionismo no es ingenuo. Sabe lo que hace. No busca reconocimiento afectivo, sino rentabilidad política. Su ética es instrumental. Si habla de derechos es para mercantilizarlos; si invoca pluralismo es para despolitizar la economía; si promete inversión es para repatriar ganancias. No hay inocencia trágica, sino cálculo de clase.  
Frankenstein seguirá buscando órganos en los cementerios ideológicos de las burguesías mientras exista interés en reinstalar la lógica del lucro como árbitro supremo. Pero la historia no es sala de anatomía estática. Es conflicto vivo. Cada intento de resurrección revela, paradójicamente, la persistencia de aquello que se pretende enterrar: la voluntad popular de decidir su destino. Y frente al rayo propagandístico que pretende animar cadáveres, la conciencia organizada es tormenta propia. No eléctrica ni prestada, sino histórica.

 Fernando Buen Abad Domínguez | 02/03/2026

La verdad de Cuba no será silenciada


De un extremo a otro del país, el pueblo cubano demuestra, con su firma, que a pesar del acoso imperial, no renuncia a su derecho de construir su propia historia.
 El movimiento Mi firma por la Patria reafirma el compromiso de los cubanos con la paz.

El Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, abrió con su rúbrica el movimiento Mi firma por la Patria, desde Playa Girón, el pasado 19 de abril. 
 La iniciativa respalda la convocatoria realizada por el mandatario en el acto por el aniversario 65 de la declaración del carácter socialista de la Revolución, a organizaciones de Cuba y el mundo para que en cada rincón del planeta se conozca la verdad de nuestro país, y también constituye un modo de patentizar la Declaración del Gobierno Revolucionario, publicada por nuestro diario Granma. 
 Cuba firma en contra de una agresión militar y en respaldo a su Revolución. De un extremo a otro del país, millones de compatriotas demostrarán, por estos días, el sentir de todo un pueblo que a pesar del acoso imperial, no renuncia a su derecho de construir su propia historia. 
 Plazas y parques de todos los territorios vivieron este domingo una jornada singular, que se seguirá repitiendo, para que hombres y mujeres de todas las edades, sectores y credos expresen con su rúbrica, que a pesar de las amenazas cada vez más recurrentes de la administración estadounidense, esta nación no se doblega ni se deja intimidar. 
 Tal y como se expresa en la Declaración del Gobierno Revolucionario, ¡Girón es hoy y es siempre!: «Somos una nación con una gran historia y convicciones que defender; de hombres y mujeres pacíficos, solidarios; un pueblo que cada día con su obra realiza una Vindicación de Cuba; y que como en las arenas de Playa Girón, hace 65 años, bajo el grito de ¡Patria o Muerte!, obtendrá la victoria en defensa de la soberanía y el socialismo».

 Redacción Nacional | internet@granma.cu
 19 de abril de 2026 15:04:17