miércoles, 22 de abril de 2026

¿Estado fallido?


Los síntomas del deterioro del país más poderoso del planeta durante los últimos años se manifiestan con la concentración de riqueza más extrema desde antes de la Gran Depresión con todas sus consecuencias, el debilitamiento de instituciones y organizaciones sociales, sobre todo los sindicatos, el derrumbe del pacto social que implica el neoliberalismo, culminando con la toma del poder por la extrema derecha con una agenda explícita para desmantelar lo que queda de la democracia liberal. 
 Este deterioro expreso es la erosión, sino desplome de la credibilidad y confianza en las instituciones y procesos democráticos. Los sondeos más recientes registran la continuación de una tendencia de desaprobación y desencanto con el sistema democrático estadunidense.
 Siete de cada 10 estadunidenses están insatisfechos con la manera en que funciona su democracia, reporta Pew Research Center, que también informa que la mayoría opina que antes su país era un buen ejemplo a seguir para otros en el mundo, pero ese ya no es el caso. 
 Varias evaluaciones de la “salud” de las democracias registran un deterioro marcado de Estados Unidos durante la última década. La anual de Freedom House muestra que la calificación de la democracia estadunidense se desplomó más que cualquier otro país que esa organización define como “libre”, con excepción de Bulgaria y Nauru. El Índice de Democracia del Economist Intelligence Unit registra la peor calificación de Estados Unidos desde que empezó esta estimación anual en 2006 y, de hecho, define a ésta como una “democracia defectuosa”. 
 Sólo 16 por ciento del público estadunidense aprueba la gestión del Congreso federal; 79 por ciento lo reprueba, según el sondeo más reciente de Gallup, realizado en marzo. El ocupante de la Casa Blanca registró su peor nivel de aprobación desde que empezó su segundo mandato, con 38 por ciento, y 56 por ciento reprueba su labor.
 De hecho, nada más 17 por ciento de estadunidenses confían en que su gobierno hará lo correcto siempre o la mayoría de veces, entre los niveles más bajos en unos 70 años de sondear este tema, reporta Pew. 
 Queda claro que al liderazgo político del país le importan poco estas calificaciones. Saben que sólo necesitan el voto de una minoría para ganar (Trump ganó con sólo 30 por ciento del electorado; los legisladores de ambos partidos hacen algo parecido). Y apuestan a que aproximadamente una mitad de las personas con derecho al voto no lo ejercen. A fin de cuentas, múltiples encuestas registran que las mayorías opinan que el gobierno no los representa y que más bien está al servicio de los ricos y poderosos. 
 Ahora, con iniciativas derechistas a nivel federal y en varios estados para obstaculizar y manipular el voto -–con tácticas de supresión del voto o rediseñando mapas electorales– se está sembrando aún mayor desconfianza de que cada voto cuenta y que el sistema funciona para las mayorías. 
 Casi todos, según los sondeos, saben que este sistema no funciona para expresar la voluntad y los intereses de las mayorías. Pero el juego continúa. Hasta con cada vez más arrogancia, como cuando Washington sigue juzgando los sistemas políticos de otros países e insiste que les guste o no, Estados Unidos es el ejemplo a seguir. 
 Eso, con un presidente que, a diferencia de sus antecesores que cumplen con la tradición de construir una biblioteca presidencial pública a sus nombres cuando dejan el puesto, éste declaró que su monumento probablemente sería un hotel de lujo en Miami, señalando que “yo no creo en construir bibliotecas o museos”. La maqueta incluye una torre de 47 pisos, con una estatua gigante del presidente con su puño en alto, todo de oro, of course. 
 (Es un alivio que también acaba de aprobar la aceleración de esfuerzos para el uso de drogas sicodélicas para fines médicos –ayudará a los periodistas y otros que tienen que reportar sobre todo esto–). 
 Tal vez antes de ofrecer recomendaciones, recetas o calificaciones a cualquier otro país, los estadunidenses –dentro y fuera del gobierno– deberían verse en su propio espejo y preguntarse si están por volverse un Estado fallido. 

 David Brooks | 22/04/2026 
 La Jornada

martes, 21 de abril de 2026

Filosofía de la tregua, no se suspende la guerra cognitiva


Eso que denominaron “tregua”, promovida por Donald Trump —independientemente de su alcance táctico o su densidad diplomática— no impide, ni tiene la capacidad de impedir, la dinámica profunda de la guerra cognitiva. Porque esta no depende de ceses al fuego territoriales ni de acuerdos militares convencionales, su campo de batalla es la subjetividad social, su munición son los signos, y su objetivo estratégico es la colonización del sentido. 
 Entendemos que la guerra cognitiva no tiene límites debido a que no se guía por los ritmos perceptibles del conflicto bélico, sino por la persistencia estructural de la contienda ideología. Aunque una tregua militar podría conllevar la suspensión temporal de bombardeos o incursiones, la ofensiva mediática —que comprende operaciones de desinformación, manipulación semántica, saturación simbólica y fabricación de consensos— se intensifica precisamente en esos intervalos, donde la apariencia de “paz” abre las condiciones idóneas para la reconfiguración del relato predominante. 
 En ese sentido, la tregua no es un paréntesis, sino un dispositivo. Funciona como signo político que reorganiza percepciones, reordena jerarquías de credibilidad y legitima actores. Bajo la lógica de la guerra cognitiva, todo anuncio de distensión puede convertirse en una operación de reposicionamiento discursivo: quién aparece como pacificador, quién como obstáculo, quién como amenaza latente. No se trata de hechos aislados, sino de una arquitectura semiótica donde cada gesto diplomático es simultáneamente un mensaje dirigido a audiencias múltiples. 
En este punto se encuentra una contradicción esencial: mientras se declara la suspensión de hostilidades materiales, se intensifica la generación de narrativas beligerantes. La tregua, lejos de neutralizar la confrontación, la desplaza al terreno simbólico, donde los costos son menos visibles pero no menos decisivos. La guerra cognitiva no destruye infraestructuras físicas, pero desarticula tejidos sociales, erosiona la capacidad crítica y naturaliza relaciones de dominación. 
 Esta continuidad ofensiva se sostiene en aparatos mediáticos transnacionales que operan como verdaderas fábricas de sentido. No se limitan a informar, construyen realidades. Seleccionan qué acontecimientos existen públicamente, cómo deben interpretarse y qué emociones deben suscitar. En ese marco, la tregua puede ser narrada como victoria, como concesión o como engaño, dependiendo del posicionamiento ideológico de quien controla los dispositivos de emisión. 
 Desde el punto de vista materialista de la semiosis, la guerra cognitiva no se considera un fenómeno secundario, sino que es un elemento constitutivo del modo de producción actual. La acumulación capitalista no sólo requiere plusvalor económico, sino también plusvalorsimbólico, adhesión, consentimiento, obediencia internalizada. La tregua, entonces, puede ser funcional a la reproducción de ese orden, al ofrecer una ilusión de racionalidad y control en medio de una estructura que sigue generando violencia sistémica. 
 No debe subestimarse el carácter disciplinador de estas operaciones. La tregua, presentada como gesto magnánimo, puede actuar como mecanismo de neutralización de la crítica. Quien cuestiona su autenticidad corre el riesgo de ser etiquetado como extremista o desestabilizador. Así, la guerra cognitiva no sólo produce relatos, sino que delimita los márgenes de lo decible. 
 Afirmar que la tregua no incluye la guerra cognitiva no es una denuncia coyuntural, sino una constatación estructural. Mientras exista una lucha por la hegemonía del sentido, mientras la producción simbólica esté concentrada en manos de poderes que responden a intereses de clase, la ofensiva mediática no sólo no se detendrá, se sofisticará.
 Porque la verdadera interrupción de la guerra cognitiva no puede decretarse desde arriba, ni firmarse en acuerdos bilaterales. Exige una transformación radical de las condiciones de producción del sentido, una democratización real de los medios y una praxis crítica capaz de disputar la semiosis dominante. Sin ello, toda tregua será apenas una pausa en el ruido de las armas, pero no en el murmullo persistente de la dominación.
 Una “tregua” no tiene precio fijo porque no es una mercancía homogénea, sino una relación de fuerzas en movimiento. Aun así, se puede construir una aproximación hipotética multidimensional que permita dimensionar órdenes de magnitud. Un gasto militar directo (lo que se deja de gastar o se redistribuye) puede fluctuar entre 100 y 500 millones de dólares diarios, en términos de combustible, logística, municiones, despliegues, inteligencia. Una tregua de 30 días implicaría, en apariencia, una “pausa” de entre 3.000 y 15.000 millones USD. Sin embargo, esto es engañoso: gran parte de ese gasto no desaparece, se reprograma (mantenimiento, rearme, reposicionamiento). También hay un costo de reposicionamiento estratégico (lo que se invierte durante la tregua). Las treguas suelen representar periodos de reestructuración intensiva. Entrenamiento, reabastecimiento, guerra electrónica, ciberoperaciones. Ese costo puede representar entre un 30 % y un 70 % del gasto bélico activo, es decir, miles de millones adicionales. La tregua no abarata necesariamente la guerra: la optimiza. Eso tiene impacto en mercados globales (energía, finanzas, seguros). Una tregua impulsada o capitalizada políticamente —como las asociadas a figuras como Donald Trump— puede mover mercados en cuestión de horas. Variaciones en petróleo y gas: 1 %–5 % diario, lo que implica decenas de miles de millones en capitalización; reducción temporal de primas de riesgo: beneficios financieros concentrados en grandes fondos. 
 Y la tregua puede incluso incrementar la inversión. Campañas mediáticas, operaciones psicológicas, manipulación de redes, producción narrativa. Grandes potencias destinan a este frente cifras que, indirectamente, pueden estimarse en cientos de millones o miles de millones USD anuales. Durante una tregua, ese gasto no se detiene: se intensifica, porque es el momento de disputar el relato de la “paz”. Si se forzara una cifra agregada —con todas las reservas del caso—, una tregua de corto plazo en un conflicto de alta intensidad podría implicar: Entre 5.000 y 20.000 millones USD en dinámicas económicas directas e indirectas (no ahorro real, sino redistribución). Impactos financieros globales que pueden superar decenas de miles de millones en valorización o pérdida de activos. Un costo humano y simbólico incalculable, que es donde realmente se juega su sentido histórico. La conclusión es incómoda pero necesaria: la tregua no tiene un “precio” en el sentido clásico; tiene una función dentro del metabolismo del conflicto. Más que cuánto cuesta, la pregunta decisiva es quién paga, quién cobra y quién redefine el sentido de lo ocurrido. Porque ahí, en esa contabilidad no declarada, es donde la tregua revela su verdadera economía. Hay que transparentar el financiamiento de las guerras. 

Fernando Buen Abad Domínguez | 14/04/2026

Frankenstein quiere resucitar a Batista


Frankenstein quiere resucitar a Batista y busca órganos y extremidades en los cementerios ideológicos de las burguesías. Toda restauración oligárquica requiere un laboratorio, una mesa de disección, una colección de restos discursivos cuidadosamente clasificados y un rayo de propaganda dispuesto a simular vida donde sólo hay putrefacción histórica. El monstruo no es la criatura, sino la racionalidad que la ensambla. Y esa racionalidad tiene nombre de clase. No se trata de un delirio romántico, sino de una operación semiótica con financiamiento, algoritmos y manuales de guerra cognitiva. Cuando la derecha invoca “cambio” para Cuba, no está imaginando futuro; está excavando pasado. No está proponiendo una superación dialéctica; está practicando necromancia política. 
 Fulgencio Batista es una nostalgia criminal condensada en las fuerzas que anhelan subordinar la soberanía cubana a los designios del imperialismo en Estados Unidos y sus mafias. Bajo su régimen, la modernidad tuvo forma de casino, de burdel con luz neón, de latifundio obediente y policía política eficiente en la pedagogía del terror. Ese pasado no murió por desgaste natural, sino por acción revolucionaria. Y lo que fue derrotado no fue simplemente un gobierno, sino una matriz de poder. Resucitar a Batista es, en rigor, reconstituir esa matriz con prótesis contemporáneas, privatizaciones presentadas como libertad, precarización laboral maquillada como emprendimiento, desigualdad descrita como incentivo. 
 Este Frankenstein que hoy trabaja en el laboratorio mediático no improvisa. Recolecta órganos en los cementerios ideológicos de las burguesías: un pulmón liberal del siglo XIX que habla de república abstracta mientras olvida la exclusión material; un brazo neoliberal de finales del XX que promete eficiencia mientras concentra riqueza; un ojo tecnocrático que mide todo en términos de rentabilidad; una lengua posmoderna que relativiza la memoria y convierte la historia en narrativa intercambiable. Cada pieza es cuidadosamente suturada para que el cadáver camine con apariencia de novedad. Pero la coherencia vital no se logra con costuras; la dialéctica no se engaña con maquillaje. 
 Su operación es transparente: vaciar de contenido los signos y rellenarlos con conveniencia de clase. “Democracia” deja de significar participación popular sustantiva y pasa a equivaler a alternancia administrada por élites económicas. “Libertad” deja de nombrar condiciones materiales de existencia digna y se reduce a libertad de mercado. “Derechos humanos” se transforman en herramienta selectiva que condena adversarios y absuelve aliados. La criatura habla, sí, pero su voz es ventrílocua. La electricidad que la anima es propaganda. 
 No es casual que el laboratorio se active cuando las oligarquías se desesperan. Toda contradicción real es explotada como oportunidad simbólica. La mesa de disección mediática selecciona tejidos convenientes y descarta contextos incómodos. Así se fabrica el relato de que el pasado oligárquico podría ofrecer soluciones “modernas” a problemas contemporáneos. Humor negro: La dependencia se ofrece como terapia; la enfermedad se disfraza de medicamento. 
 Frankenstein no crea vida; reorganiza materia muerta. La burguesía, cuando visita sus cementerios ideológicos, no lo hace con nostalgia inocente, sino con cálculo estratégico. Sabe que la memoria es campo de batalla. Por eso intenta reescribir el pasado como si fuese un archivo editable. El régimen batistiano aparece entonces como etapa de “crecimiento”, omitiendo la concentración obscena de riqueza y la represión sistemática. Se habla de glamour y se silencia la tortura; se exhiben hoteles y se ocultan barrios marginales; se evoca estabilidad y se borra la censura. La criatura necesita un rostro presentable. Y los maquilladores trabajan con diligencia. 
 Sin embargo, la dialéctica histórica introduce un problema insoluble para el laboratorio: los sujetos. Los pueblos no son cadáveres pasivos. La memoria popular no es un depósito inerte. Cada intento de resurrección encuentra resistencias, recuerdos organizados, conciencia crítica. La electricidad propagandística puede animar temas del momento, pero no sustituye la experiencia histórica. La legitimidad no se injerta como órgano; se construye en práctica social. Y la práctica revolucionaria dejó huellas que no se desvanecen con campañas de marketing. 
 Este Frankenstein restaurador opera bajo la ilusión positivista de que la sociedad es un ensamblaje mecánico de piezas intercambiables. Cree que basta con sustituir la planificación por mercado, la propiedad social por privatización, la soberanía por alineamiento geopolítico, para que el cuerpo social funcione con mayor eficiencia. Pero la sociedad no es máquina, sino totalidad contradictoria. Las relaciones de producción no son tornillos que se cambian sin alterar la estructura. Cada órgano ideológico que se injerta trae consigo relaciones de poder. Y esas relaciones reconfiguran el conjunto. 
 Frankenstein quiere resucitar a Batista porque el pasado oligárquico ofrece una estructura familiar para el capital transnacional: apertura irrestricta, mano de obra disciplinada, recursos estratégicos disponibles. La criatura sería funcional al orden global. Pero toda funcionalidad tiene costo social. La desigualdad no es efecto colateral, sino condición estructural. Y la soberanía no es compatible con subordinación. De ahí que la resurrección no pueda ser parcial: requiere amputar conquistas, desactivar derechos, fragmentar tejido comunitario. Cada órgano injertado exige una renuncia colectiva. El restauracionismo no es ingenuo. Sabe lo que hace. No busca reconocimiento afectivo, sino rentabilidad política. Su ética es instrumental. Si habla de derechos es para mercantilizarlos; si invoca pluralismo es para despolitizar la economía; si promete inversión es para repatriar ganancias. No hay inocencia trágica, sino cálculo de clase.  
Frankenstein seguirá buscando órganos en los cementerios ideológicos de las burguesías mientras exista interés en reinstalar la lógica del lucro como árbitro supremo. Pero la historia no es sala de anatomía estática. Es conflicto vivo. Cada intento de resurrección revela, paradójicamente, la persistencia de aquello que se pretende enterrar: la voluntad popular de decidir su destino. Y frente al rayo propagandístico que pretende animar cadáveres, la conciencia organizada es tormenta propia. No eléctrica ni prestada, sino histórica.

 Fernando Buen Abad Domínguez | 02/03/2026

La verdad de Cuba no será silenciada


De un extremo a otro del país, el pueblo cubano demuestra, con su firma, que a pesar del acoso imperial, no renuncia a su derecho de construir su propia historia.
 El movimiento Mi firma por la Patria reafirma el compromiso de los cubanos con la paz.

El Primer Secretario del Comité Central del Partido y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, abrió con su rúbrica el movimiento Mi firma por la Patria, desde Playa Girón, el pasado 19 de abril. 
 La iniciativa respalda la convocatoria realizada por el mandatario en el acto por el aniversario 65 de la declaración del carácter socialista de la Revolución, a organizaciones de Cuba y el mundo para que en cada rincón del planeta se conozca la verdad de nuestro país, y también constituye un modo de patentizar la Declaración del Gobierno Revolucionario, publicada por nuestro diario Granma. 
 Cuba firma en contra de una agresión militar y en respaldo a su Revolución. De un extremo a otro del país, millones de compatriotas demostrarán, por estos días, el sentir de todo un pueblo que a pesar del acoso imperial, no renuncia a su derecho de construir su propia historia. 
 Plazas y parques de todos los territorios vivieron este domingo una jornada singular, que se seguirá repitiendo, para que hombres y mujeres de todas las edades, sectores y credos expresen con su rúbrica, que a pesar de las amenazas cada vez más recurrentes de la administración estadounidense, esta nación no se doblega ni se deja intimidar. 
 Tal y como se expresa en la Declaración del Gobierno Revolucionario, ¡Girón es hoy y es siempre!: «Somos una nación con una gran historia y convicciones que defender; de hombres y mujeres pacíficos, solidarios; un pueblo que cada día con su obra realiza una Vindicación de Cuba; y que como en las arenas de Playa Girón, hace 65 años, bajo el grito de ¡Patria o Muerte!, obtendrá la victoria en defensa de la soberanía y el socialismo».

 Redacción Nacional | internet@granma.cu
 19 de abril de 2026 15:04:17

lunes, 20 de abril de 2026

El plan de Trump para cazar a los jóvenes y mandarlos a la guerra


Mientras para la tribuna los gobiernos de Trump y Netanyahu hablan de una "tregua" en Medio Oriente, el Estado norteamericano ha puesto en marcha un mecanismo que desmiente cualquier voluntad de paz. A partir de diciembre de 2026, el registro para el servicio militar en EE. UU. será automático (Ámbito, 10/4) mientras las camarillas imperialistas afilan sus garras y aseguran su cuota de carne de cañón. 
 La nueva normativa, parte de la Ley de Autorización de Defensa Nacional, transfiere la responsabilidad del registro desde el individuo a la maquinaria de datos del Estado federal. El argumento de sus impulsores es que la inscripción automática le ahorrará al gobierno millones de dólares en publicidad para "concientizar" a los jóvenes Para el imperialismo, ya no es necesario convencer a nadie de las supuestas "bondades" de la vida militar. Esos fondos ahorrados serán reasignados directamente a los presupuestos de movilización de tropas. El Estado deja de gastar en "marketing" para invertir directamente en el equipamiento necesario para enviar a los jóvenes al matadero. Ya no esperan a que el joven se anote. Ahora lo identifican, lo fichan y lo disponen como un activo estatal listo para ser usado. 
 Esta avanzada no reconoce fronteras y expone que la guerra mundial es irreversible para el capital. En Alemania, la nueva Ley de Modernización del Servicio Militar ya está registrando obligatoriamente a los nacidos en 2007 (El Cronista, 15/04). Pero el dato más escalofriante es el control de movimientos: los hombres de entre 17 y 45 años ahora deberán solicitar autorización para permanecer más de tres meses en el extranjero, incluso en tiempos de paz. Estas medidas transforman al país en una cárcel preventiva. El imperialismo europeo no confía en la "tregua" ni en el patriotismo voluntario; necesita tener a su población joven bajo vigilancia constante, impidiéndoles escapar antes de que el impasse en el frente estalle definitivamente.
 En Argentina, el gobierno nacional anunció "programas de orientación y apoyo" y "talleres de habilidades técnicas" para quienes se inscriban en el Servicio Militar Voluntario (El Cronista, 15/04). Intentan vender una “alternativa” a la crisis brutal de desempleo y precarización laboral, ofreciendo formarnos como carne de cañón a cambio de una salida laboral inexistente. Según datos recientes, la informalidad juvenil alcanzó un demoledor 67,4 % a fines de 2025 (Infobae, 20/03). El compromiso asumido por Presti y Milei en el Escudo de las Américas “reconoce la necesidad de fortalecer la coordinación frente a amenazas transnacionales que afectan a distintos Estados del continente”. No es más que la subordinación de la región a la “Estrategia de seguridad nacional” de Trump. 
 En EE. UU. el registro automático golpea directamente a los hijos de los siderúrgicos de Pensilvania, los mineros de Virginia Occidental y los jornaleros migrantes que dependen de las becas o los trámites de ciudadanía para sobrevivir. En territorios coloniales como Puerto Rico, la situación es todavía más brutal. Sonia Santiago, de Madres contra la Guerra, denunció que este "censo militar" es una imposición colonial de una potencia ocupante sobre jóvenes que no tienen voz ni voto en las decisiones de Washington (El Diario NY, 15/04). Los hijos de la clase obrera serán enviados a morir en destructores en el Golfo Pérsico para asegurar el dominio sobre el suministro energético que la burguesía yanqui ya no puede garantizar por la vía diplomática.
 Aquellos que por razones morales o religiosas se niegan a empuñar un arma son sometidos a exámenes psiquiátricos, tratándolos "como si ser objetor por conciencia fuera una locura". Para el régimen de Trump y sus aliados de la OTAN, la única "cordura" aceptable es la disposición a morir por los intereses de Wall Street. El registro militar automático es la respuesta de un sistema en crisis que ya no puede seducir a la juventud. Ante el rechazo masivo al genocidio en Palestina y a la guerra imperialista -que evidenciaron las movilizaciones de 8 millones de jóvenes en plena tierra de Trump bajo el grito de "No kings, no ICE, no war" el capital recurre al algoritmo y al control de fronteras. 
 La lucha contra esta cacería es una lucha de clases internacional. Los trabajadores de todo el mundo deben entender que sus hijos están siendo censados como mercancía de guerra. La única salida es la unidad internacional de la clase obrera para desmantelar este aparato de muerte y que tomemos como ejemplo a los jóvenes estadounidenses que salieron a las calles. Ni un joven para la guerra imperialista. Abajo el registro militar automático y el financiamiento de la masacre capitalista. Socialismo ó barbarie.

 Iara Bogado 
 17/04/2026

domingo, 19 de abril de 2026

65 años de Bahía de Cochinos, intento fallido de invasión financiado por EE.UU.


Así acabó la Brigada 2506, financiada y entrenada por la CIA, a poco de 72 horas de desembarcar en Cuba en un fallido intento de invasión. 

 La estrategia estadounidense: guerra mediática primero e invasión armada después 

 Playa Girón, Cuba, 19 de abril de 1961— La invasión de Playa Girón (llamada Operation Zapata en los archivos y en la imaginación tropical de la CIA) fracasa, probablemente, porque el plan se filtra y, a último momento, la Agencia cambia una estrategia de guerrilla mercenaria por un desembarco militar similar al de Normandía durante la Segunda Guerra Mundial. 
 Antes de que Fidel Castro sea invitado a dar una conferencia en Princeton University y luego logre una reunión con el vicepresidente Richard Nixon en la Casa Blanca, el 17 de marzo del año pasado, la CIA había puesto en marcha la Operación Zapata. En la reunión secreta del jueves 17, el director de la CIA, Allen Dulles, había informado que el plan para invadir la isla desde la localidad de Trinidad había sido aprobado por el presidente Dwight Eisenhower.
 Sobre una mesa de cocina descansa el número de agosto del año pasado del Reader Digest (Selecciones) y en su página 168 Karl Mundt, senador republicano por Dakota del Sur y educador de profesión, educa: “¡nosotros, quienes liberamos esa isla de sus cadenas medievales; nosotros, quienes le dimos orden, vida, conocimiento tecnológico y riqueza, ahora somos maldecidos por nuestra cooperación y por nuestras virtudes civilizatorias!”. 
 Luego de su tensa salida de Cuba, el agente secreto David Atlee Phillips estaba decidido a abandonar la Agencia y se había mudado a Nueva York con su esposa y sus cinco hijos. Pero nadie abandona la Agencia como si nada. Una noche recibió un llamado para una misión especial. Phillips se negó varias veces pero el agente “Cliff” insistió:
 —Te voy a dar tres pistas…
 —No necesitas decirme nada —dijo Phillips
—. Sé cuáles son: Cuba, Cuba y Cuba. 
 —Es por eso por lo que te necesitamos
 —dijo Cliff.
 —¿Cuál es el plan? 
 El agente Cliff responde: 
—Otra Guatemala, según me dijo Len. 
 Len es el superior de Cliff, conocido entre los agentes secretos sólo por ese nombre y por tener una pierna ortopédica. 
 Varios altos oficiales de la CIA que habían participado en el exitoso golpe de Guatemala son convocados, entre ellos Richard Bissell, William “Roto” Robertson, Richard Helms y Everette Howard Hunt Jr. Todos tienen un envidiable prontuario. Helms será el futuro director de la CIA y uno de los responsables del complot contra Salvador Allende en 1973. Hunt será condenado por el escándalo que terminará en el impeachment de Richard Nixon en 1974. Una de sus llamadas desde Uruguay (donde operaba desde los años 50) al argentino Dandol Dianzi en un hotel de México, será grabada el 20 de noviembre de 1963, dos días antes del asesinato de John Kennedy, en el que Hunt mencionará “un asunto de grave importancia para nuestra nación”. Hunt no se cansará de culpar a Kennedy del fiasco de Bahía de Cochinos. Luego de muerto, sus hijos John y David reconocerán que, en su lecho de muerte, su padre había confesado varias veces que la CIA había participado del asesinato del presidente. John y David serán acusados de inventar la historia. 
 La estrategia para “una nueva Guatemala” es obvia: guerra mediática primero e invasión armada después. David Phillips no está seguro. Su intuición le dice que el éxito rotundo en Guatemala sólo se puede repetir en Cuba con varios cambios. Eisenhower y casi todos los miembros de su gobierno habían quedado impresionados por el bajo costo y la facilidad con la que lograron sus objetivos en aquel país centroamericano. Ahora, el plan aprobado por el Pentágono y por la Casa Blanca consiste en invadir por aire en la costa sur, cerca del pueblo Trinidad, donde todavía quedan algunas fuerzas del depuesto Fulgencio Batista. Si el aterrizaje saliera mal, siempre habría la posibilidad de fugar hacia las montañas y esperar a que nuevos recursos caigan del cielo. 
 Los pilotos entrenados en Guatemala no tenían mucha experiencia y necesitaban entrenamiento en tiempo y espacio real. Al principio, arrojaban bolsas de arroz y frijoles para los milicianos de Batista que operan en las montañas, pero erraban el objetivo y los combatientes se quejaban de que debían recorrer largas distancias para recoger el cargamento. Gracias a la experiencia, los pilotos mejoraron la puntería, pero esa vez recibieron un mensaje con una nueva ronda de quejas: “Hijos de puta, ¿qué es lo que pretenden? ¿Matarnos a todos con bolsas de arroz?”
 Repitiendo la estrategia que diera tan buenos resultados con Guatemala, la CIA instala una emisora de radio en las Islas del Cisne, frente a Honduras. Como los cubanos no están acostumbrados a la onda corta, como los guatemaltecos, deben recurrir a un potente transmisor de 50 KW de onda media AM que obtienen del ejército estadounidense en Alemania. En lugar de seis semanas, la guerra psicológica había tomado seis meses.
 Guatemala es elegida como el campo de entrenamiento de los cubanos reclutados en Miami. El presidente, el general Miguel Ydígoras Fuentes (quien en 1950 perdió las elecciones contra Jacobo Árbenz y en 1958 y se hizo con el poder prometiendo un pollo por familia) le garantiza a la CIA la finca La Helvetia, en Retalhuleu, para alojar y entrenar a 5.000 cubanos a cambio de una cuota mayor en la venta de azúcar a Estados Unidos. Para explicar los movimientos extraños en la zona, el gobierno guatemalteco hace circular el rumor de que los comunistas cubanos se están organizando en algún lugar de Guatemala para lanzar un ataque contra la patria y la libertad de sus ciudadanos. 
 La campaña de desinformación ya se había extendido a América del Sur. El 15 de febrero, el agente de la CIA Philip Franklin Agee, por entonces apostado en Ecuador, informa de la compra de opinión en los diarios más importantes de Colombia, Ecuador y Perú (como El Comercio y El Tiempo) para inculpar a Cuba de un envío inexistente de armas y dinero a esa región. El plan, confiesa Agee, es preparar a la opinión pública antes de la invasión de Cuba. 
 Pero Eisenhower está a punto de dejar el poder y no quiere nuevos compromisos. Aplaza la operación y deja todo en manos del nuevo presidente, John Kennedy. Tal vez porque luego de tanto tiempo de preparación era probable que el plan se hubiese filtrado (Fidel Castro y el New York Times estaban al tanto de las operaciones en Guatemala), la Agencia decide cambiar el punto de desembarco para conservar el inestimable factor sorpresa. Cambia el pueblo de Trinidad por Bahía de Cochinos, un área más cerca de La Habana pero menos poblada y de más difícil acceso. Cuando Phillips es informado del cambio, se agarra la cabeza. Pigs y cochinos no son exactamente la misma cosa. “¿Cómo creen que los cubanos van a apoyar una invasión que comienza con ese nombre?” protesta Phillips. 
 El 15 de abril se había iniciado la operación desde Nicaragua. La idea era destruir, con bombarderos B-26, las fuerzas aéreas y antiaéreas de Cuba en el norte antes de desembarcar al sur. La destrucción es significativa, pero el impacto es mínimo. Los aviones cubanos T-33, más pequeños y peor armados, tienen mejor puntería y derriban 10 de los 12 bombarderos. La CIA pasa los bombarderos como obra de los desertores de la fuerza aérea cubana para desmoralizar a la población. Los aviones piloteados por exiliados cubanos llegados de Nicaragua aterrizan en Miami y, con perforaciones de balas diseñadas para la ocasión (si hay algo en que la CIA ha sobresalido siempre es el obsesivo cuidado del detalle propagandístico), se dejan fotografiar por la prensa libre.
 El gobierno de la isla acusa a Washington de la maniobra, mencionando las bases operativas de Florida y Guatemala, pero el embajador de Estados Unidos en la ONU, Adlai Ewing Stevenson, al tanto de los detalles del plan, lo niega con vehemencia y convicción: “Las acusaciones de un complot orquestado en Washington son totalmente falsas” —dice—. “Estados Unidos está comprometido con una política de no agresión”. El agente David Phillips recordará en sus memorias de 1977 que “Adlai Ewing Stevenson era un gran actor; nadie le ganaba mintiendo”. Phillips recordará también que el agente de la CIA Kermit Roosevelt (nieto del presidente Theodore Roosevelt) había logrado manipular a un número crítico rebeldes en Irán para derrocar al presidente electo Mohammad Mossadegh y que lo mismo había logrado hacer él mismo, Phillips, con el gobierno de Árbenz en Guatemala, pero que la misma estrategia un día tenía que salir mal. 
 Como una reminiscencia del Día D en Normandía, el 16 de abril a la medianoche y hasta las 7: 30 de la mañana, la Brigada 2506 (1.400 cubanos de Miami entrenados por meses en Guatemala) desembarca con tanques M41 Bulldog en Playa Girón. Luego de una batalla que deja cien muertos, la resistencia de la isla captura a más de mil cubanos de la CIA, los que más tarde serán cambiados por alimentos, gracias a una colecta organizada en Florida. Mientras tanto, la televisión de Estados Unidos informa de un ataque de los rebeldes cubanos contra el régimen de Castro y anuncia que “como es previsible, se culpa otra vez a Estados Unidos”. Los latinoamericanos nunca se hacen responsables de sus propios fracasos. Siempre le «echan la culpa a Estados Unidos». 
 Las calles de La Habana se inundan de gente manifestándose contra la invasión. La invasión fracasa. El agente de la CIA Howard Hunt culpará a Jack Hawkins, encargado del grupo paramilitar de exiliados cubanos, “un veterano de guerra con botas tejanas y aspecto de borracho malhablado” que no creía en el genio revolucionario de Castro sino en su buena suerte. “Esto es pan comido”, había dicho Hawkins, prometiendo “enviar postales de navidad desde Cuba este año”. Pero el mismo Hunt, en un reporte desde La Habana lo había anunciado con tiempo: “todo posible apoyo de los cubanos a la invasión debe ser descartado de plano; se debe asesinar a Castro antes de la invasión y debe ser hecho por patriotas cubanos”. La primera evaluación no fue creíble, pero la CIA en Washington toma su última sugerencia, la que también fracasa cuando el secretario de Castro, Juan Orta, contratado para envenenar su bebida, una semana antes de la invasión se acobarda y se refugia en la embajada de Venezuela, donde permanecerá por más de tres años antes de un periplo por otras embajadas que terminará en Miami. 

 Jorge Majfud | 18/04/2026 

 Del libro La frontera salvaje: 200 años de fanatismo anglosajón en América latina https://www.youtube.com/watch?v=eeCVrZaNViwhttps://www.amazon.com/frontera-salvaje-fanatismo-anglosaj%C3%B3n-Am%C3%A9rica/dp/1737171031

sábado, 18 de abril de 2026

Israel-Líbano: un “cese al fuego” con trampa


Los ataques israelíes a Líbano dejaron más de mil muertos 

El presidente estadounidense Donald Trump se jactó en sus redes sociales de ser el facilitador del cese al fuego entre Israel y Líbano, pactado este jueves 17. Funcionarios de ambos países se habían reunido a comienzos de esta semana en la Casa Blanca, y están pautados nuevos encuentros. 
 Al momento de entrar en vigor la tregua, eran más de mil los muertos por los bombardeos israelíes sobre Líbano y un millón los desplazados, lo que equivale a casi un quinto de la población libanesa. Funcionarios israelíes amenazaron con transformar los suburbios de Beirut en una nueva Gaza e Israel amplió su ocupación territorial en el sur, hasta el río Litani. 
 El frente libanés forma parte de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán. Tras el asesinato del ayatollah Ali Khamenei, a fines de febrero, la organización chiíta libanesa Hezbollah retomó sus lanzamientos aéreos contra el norte israelí, y Tel Aviv lanzó su nueva cruzada contra el país vecino.
 El cese al fuego es tramposo. Israel mantiene su ocupación en el sur y, según la agencia Reuters, se reserva el derecho a acciones de “autodefensa”, formulación en la que puede escudarse para emprender nuevas operaciones. De hecho, el ejército libanés denunció bombardeos israelíes con la tregua en vigencia. Además, Israel quiere impedir que los desplazados del sur vuelvan a sus hogares (a efectos de lo cual dinamitó los puentes sobre el Litani), lo cual plantea una incógnita sobre la tregua, ya que muchos están intentando regresar por estas horas. 
 Otra trampa es que el acuerdo fue suscripto por los gobiernos de Israel y Líbano, bajo mediación yanqui, excluyendo a Hezbollah, que es precisamente la organización que se enfrenta militarmente a Israel. La organización libanesa sostuvo en un comunicado que “mantiene el dedo en el gatillo” ante cualquier ataque israelí y cuestionó que Israel no se retire del sur. Las negociaciones entre los gobiernos de Israel y Líbano para un acuerdo más general tienen como punto central el desarme de Hezbollah. El gobierno libanés, a cargo de Joseph Aoun (un cristiano maronita), se comprometió a lograrlo desde que asumió el mando, lo que muestra su tendencia a contemporizar con el imperialismo y el sionismo. 
 El “cese al fuego” libanés recuerda a las treguas previas del Líbano (en 2024) y Gaza (octubre de 2025). En ambos casos, Israel incumplió compromisos básicos, mantuvo su ocupación territorial y asesinó a centenares de personas. A pesar de todo, algunos alcaldes del norte israelí cuestionaron a Netanyahu por firmar la tregua, lo que muestra el belicismo al que han llegado las autoridades israelíes.
 La tregua libanesa se conecta con la “tregua principal”, la que suscribieron Estados Unidos e Irán. Teherán dejó en claro que el cese al fuego quedaba comprometido si persistían las agresiones contra Líbano. Por ello, el patrocinio yanqui del acuerdo Israel-Líbano apunta, seguramente, a despejar ese obstáculo. No obstante, mientras no se descartan nuevas negociaciones entre la Casa Blanca y Teherán en Pakistán, tras el fracaso de la primera ronda de conversaciones, Trump está enviando más militares a la zona y estableció su propio bloqueo al estrecho de Ormuz como factores de presión. 
 Estados Unidos se vio arrastrado a la mesa de negociaciones porque encontró una resistencia impensada a su guerra de sometimiento de Irán. El cierre del estrecho de Ormuz por parte de Teherán (ahora suspendido), en particular, se reveló como la llave del conflicto, con grandes repercusiones negativas para la economía mundial.
 La derrota de la guerra imperialista-sionista contra Irán y Líbano sería una victoria de los pueblos del mundo.

 Gustavo Montenegro