sábado, 24 de agosto de 2019

El puñal enclavado




Trampolín de agresiones contra nuestro país, desde las postas estadounidenses partieron los disparos que segaron la vida, hace 55 años, del guardafrontera cubano Ramón López Peña

En julio de 1964 comenzó a desarrollarse en las unidades de las Fuerzas Armadas Revolucionarias cubanas el proceso de construcción de la UJC. No fue una excepción la Brigada de la Frontera –que custodia el límite entre el territorio cubano y la Base Naval de Guantánamo, territorio ilegalmente ocupado por los Estados Unidos–, donde a mediados de ese mes se efectuaron las asambleas de ejemplares para seleccionar a los futuros ingresos a la organización juvenil.
El joven tunero Ramón López Peña fue uno de los escogidos por la masa. Según consta en su expediente, la votación fue unánime y no le hicieron señalamiento alguno: para todos era un ejemplo como joven revolucionario y existía el consenso de que alcanzaría sin contratiempos la categoría de militante. Además, lo avalaba su trayectoria: a los 15 años había ingresado en las Milicias Nacionales Revolucionarias (MNR) con las que participó activamente en la lucha contra las bandas de alzados; por su disciplina y méritos le destinaron a la Brigada de la Frontera.
Alrededor de la cuatro de la tarde del 19 de julio de 1964, el dúo que realizaba el proceso para el otorgamiento de la militancia se entrevistó con López Peña. “Quiero ser comunista”, él había estampado en su autobiografía. En sus conclusiones, el dúo consignó cómo les había impresionado aquel joven por su fuerte carácter, sobre el cual se imponía la nobleza del campesino. En los testimonios recogidos entre sus compañeros lo describían como un muchacho alegre que participaba con su guitarra en las actividades, entonando canciones mexicanas, y un combatiente muy disciplinado, dispuesto a cumplir cualquier misión por arriesgada que fuera.

Breve historia de una usurpación

Una vez alcanzada la independencia formal, el 20 de mayo de 1902, Washington presionó al Gobierno de Estrada Palma para la firma de los tratados que la Enmienda Platt estipulaba como obligatorios. El 16 de febrero de 1903 en La Habana y el 23 del propio mes en la capital estadounidense, se suscribía el acuerdo para el arriendo de tierras en Guantánamo y Bahía Honda.
Nueve años después el convenio sobre los terrenos de Bahía Honda fue rescindido pues a Estados Unidos le interesaba más ampliar el área de la base de Guantánamo, a la cual llamaron entonces “estación naval”. En 1943 cambió su denominación a “base naval de operaciones”; desde 1952 su nombre oficial es “base naval”. Su extensión es de poco más de 117 kilómetros cuadrados, casi la mitad de tierra firme y una cuarta parte de pantanos. La línea costera se extiende por unos 17 kilómetros.
Cuentan que aquella tarde, unos minutos después de concluida la entrevista con el dúo de la UJC, López Peña les había confesado a sus compañeros de la unidad: “Hoy es el día más feliz de mi vida”. Su gran ilusión era llevarles a sus padres el carné de militante. Había tensión entonces en la brigada. Desde las primeras horas las postas estadounidenses no cesaban de rastrillar sus fusiles y apuntar a los combatientes cubanos. Eran sus usuales provocaciones.
A las 5:37 p.m. dos soldados yanquis reiniciaron su hostigamiento y lanzaron piedras, además de proferir ofensas verbales. Incluso volvieron a rastrillar sus armas. Minutos más tarde del cambio de guardia en la posta cubana, exactamente a las 7:07 p.m., la soldadesca del imperio disparó una ráfaga contra los miembros de la Brigada de la Frontera Héctor Pupo Sucarno y Ramón López Peña. Este último resultó herido de gravedad en el cuello. Poco después falleció. Póstumamente recibió la militancia de la UJC, convirtiéndose así en el primer militante de esa organización en las FAR. El entonces Comandante Raúl Castro, en su condición de ministro de las Fuerzas Armadas, les hizo entrega del carné acreditativo a los padres del guardafrontera.

¿Proteger al pueblo cubano?

Nunca la actual base naval ha servido para preservar la independencia cubana, como cínicamente desde su instauración han proclamado las sucesivas administraciones estadounidenses, más bien ha constituido “un trampolín de agresiones”, como le califica el historiador René González Barrios.
Pocos días después del estallido de la protesta armada de los Independientes de Color (mayo de 1912), 750 marines desembarcaron en la Base. Desde allí 250 marcharon a Daiquirí y otros 50 a El Cobre para proteger las propiedades yanquis. Luego arribaron más efectivos y cerca de 2 500 se desplegaron, desde el enclave militar, a lo largo de la línea férrea guantanamera, que obviamente pertenecía a una compañía norteña.
Cinco años más tarde, durante la sublevación de los liberales, más conocida como “la guerrita de La Chambelona”, miles de marines y soldados usaron la estación naval como escala para dislocar tropas por Camagüey y Oriente. Todavía en 1918 quedaban 30 000 de ellos custodiando las propiedades yanquis.
A la vez, la base devino antro de corrupción y miseria para muchachos y muchachas de la zona. Varias fueron las pandemias que proliferaron en los poblados vecinos con motivo de la cercanía del enclave militar: juego, prostitución, drogadicción, contrabando de todo tipo, pedofilia… Según los historiadores locales, 27 prostíbulos funcionaban en la zona, los que albergaban más de medio millar de meretrices, sin contar las cuarterías clandestinas, casi siempre destinadas a rameras negras, porque ningún burdel podía incluirlas en su nómina, de acuerdo a una ley nunca escrita.
Tres médicos atendían la salud en esos establecimientos para que ellas “no enfermaran” a los efectivos yanquis. En cambio, Caimanera, el pueblo más cercano, solo contaba con un médico que venía semanalmente de otra localidad a la Casa de Socorros. Hoy día, gracias a la Revolución, funciona allí un policlínico integral, una instalación materno-infantil y 13 consultorios del médico de la familia, atendidos por 30 trabajadores de la Salud.

No fue el único mártir

La base militar yanqui tiene en su haber varios crímenes contra el pueblo cubano después del triunfo revolucionario de 1959. El 30 de septiembre de 1961 fue asesinado el obrero Rubén López Sabariego. En abril del siguiente año, personal de la instalación militar ultimaron al pescador Rodolfo Rosell Salas.
En 1964, durante meses, se sucedieron las provocaciones. El 9 de junio de ese año, 40 días antes del asesinato de Ramón López Peña, infantes de marina yanquis de la Base Naval de Guantánamo dispararon contra las postas cubanas e hirieron de gravedad a uno de sus soldados guardafronteras, quien gracias a la labor de médicos cubanos pudo salvar la vida.
Por desgracia, Ramón López Peña tampoco fue el último mártir. El 21 de mayo de 1966, en otra alevosa y artera provocación, fue ultimado por los marines yanquis Luis Ramírez López. El Gobierno de los Estados Unidos, en el colmo de la hipocresía, trató de justificar el crimen alegando que el soldado cubano había traspasado los límites de la base naval y se había internado dentro de ella.
Cuba invitó a la prensa extranjera acreditada en el país a visitar a la Brigada de la Frontera y ver en el mismo sitio de los hechos si tal aseveración podía tomarse con seriedad. Hasta los propios corresponsales de publicaciones estadounidenses tuvieron que reconocer cuán falaz era dicha declaración.

Reclamo cubano

Por el arriendo de la base, Estados Unidos paga una ridícula suma, que de poco más de 3 millones de dólares anuales (1934) fue elevada a unos 4 millones, que es lo que se pretende sufragar hoy. A partir de febrero de 1959, cuando Fidel asumió como primer ministro, Cuba dejó de cobrar ese dinero, pues lo que reclama desde entonces es la devolución de ese territorio como lo ha manifestado en diversos organismos y foros internacionales.
En los últimos años la Base Naval de Guantánamo, totalmente obsoleta desde un punto de vista militar, solo ha servido para las provocaciones contra nuestro país y, más recientemente, como campo de concentración para emigrados cubanos y haitianos ilegales, y de prisioneros de las guerras emprendidas en los últimos años por Washington.
Cuba no cesará de reclamar la devolución de ese territorio hasta recuperar la soberanía total sobre ella. Como dijera Fidel: “la base naval es un puñal enclavado en el corazón de la tierra cubana… base que no le vamos a quitar por la fuerza, pero pedazo de tierra al que no renunciaremos jamás”.

Pedro Antonio García

Fuentes consultadas:
Los libros Historia de la Enmienda Platt, de Emilio Roig de Leuchsenring, y Un Maine detenido en el tiempo, de René González Barrios.

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