sábado, 30 de octubre de 2021

La Gran Traición - Acto Presentación - Alan Woods


 

 Presentación online del libro "La Gran Traición: análisis marxista de un testigo ocular de la transición"

 "La Gran Traición" una obra producida por un participante directo en los acontecimientos, con testimonios personales de luchadores activos contra la dictadura. 
 Su recorrido abarca desde el triunfo franquista en marzo de 1939 hasta la histórica victoria del PSOE en las elecciones del 28 de octubre de 1982, con un capítulo final de balance que recorre la actualidad de los últimos años.

John Reed, periodista revolucionario que nació el 22 de octubre de 1887


Frente a un nuevo aniversario del nacimiento del escritor, publicamos un artículo de Howard Zinn donde cuenta la historia de John Reed, el gran periodista norteamericano que entre otros, nos narró la revolución “desde adentro” en su libro Diez días que conmovieron al mundo. 

 En 1981 la factoría de Hollywood produjo una película, “Reds”, en la que no sólo el personaje principal –el periodista John Reed– era un comunista, sino que además estaba representado con simpatía. Fue ésta una más de las muchas pruebas ya existentes de que USA había tomado distancias de la histeria anticomunista que había prevalecido en los años cincuenta. A raíz de aquello, los editores del “Boston Globe” me pidieron que, como historiador, informase a sus lectores sobre John Reed. Las líneas que siguen aparecieron en ese periódico el 5 de enero de 1982. 
 Los radicales son exasperantes por partida doble. No sólo se niegan a ajustarse a la idea de lo que debe ser un verdadero patriota usamericano, sino que tampoco cuadran en la idea general que suele tenerse de los radicales. Esto es lo que sucede con John Reed y Louise Bryant, que confundieron y enfurecieron a los guardianes de la ortodoxia cultural y política en los tiempos de la Primera Guerra Mundial. Ambos aparecen hoy en Reds, la gran película de Warren Beatty, y algunos críticos refunfuñan ante lo que llaman “comunista chic” y “marxismo de moda”, en una repetición involuntaria de las pullas que tanto Reed como Bryant hubieron de soportar en su tiempo. 
 se les perdonó que ellos y sus extraordinarios amigos –Max Eastman, Emma Goldman, Lincoln Steffens, Margaret Sanger– avocaran por la libertad sexual en un país dominado por la rectitud cristiana, que se opusieran a la militarización en una época de patriotería guerrerista, que defendieran el socialismo cuando el mundo de los negocios y el gobierno se dedicaban a apalear y asesinar huelguistas o que aplaudieran la que, para ellos, era la primera revolución proletaria de la historia. 
 Pero lo peor fue que se negaron a ser meros escritores e intelectuales de esos que atacan al sistema con palabras; en vez de eso, se unieron a piquetes, se amaron con libertad, desafiaron a los comités del gobierno, fueron a la cárcel. Se mostraron partidarios de la revolución en sus acciones y en su arte, al mismo tiempo que ignoraban las sempiternas advertencias que los voyeurs de los movimientos sociales de cualquier generación han lanzado siempre contra el compromiso político.
 El establishment nunca le perdonó a John Reed (tampoco lo hicieron algunos de sus críticos, como Walter Lippmann and Eugene O’Neill) que se negase a separar arte de insurgencia, que no sólo fuese rebelde en su prosa, sino imaginativo en su activismo. Para Reed, la rebeldía era compromiso y diversión, análisis y aventura. Esto hizo que algunos de sus amigos liberales no se lo tomasen en serio (Lippmann mencionó su “deseo exorbitante de que lo detuviesen”), sin comprender que la elite del poder en su país consideraba peligrosas las protestas con imaginación y no se tomaba a broma el coraje con ingenio, porque sabía muy bien que siempre es posible encarcelar a los rebeldes pertinaces, pero que la más alta traición, esa contra la cual no hay castigo adecuado, es la que consiste en volver atractiva la rebelión. 
 Sus amigos lo llamaban Jack. Fue un poeta toda su vida, desde su infancia confortable en Portland (Oregón) hasta el Harvard College, desde las insurrecciones campesinas en México, las huelgas de los trabajadores de la seda en Nueva Jersey y la de los mineros del carbón en Colorado hasta el frente de batalla en Europa y junto a las masas bolcheviques que cantaban y gritaban en Petrogrado. Pero, tal como lo expresó Max Eastman, su editor en Masses, “la poesía para Reed no era sólo escribir palabras, sino vivir la vida”. De hecho, ninguno de sus muchos poemas alcanzaron la excelencia, pero él sí fue directo al corazón de guerras y revoluciones, huelgas y manifestaciones, y lo hizo con el ojo certero de una cámara (antes de que ésta existiese) y con la memoria de un magnetofón (antes de que lo inventasen). Dio vida a la historia para los lectores de revistas populares y pobretonas publicaciones mensuales para consumo de radicales. 
 En Harvard, entre 1906 y 1910, Reed fue un atleta (en natación y waterpolo), un bromista, un animador, un escritor satírico, un alumno del famoso profesor de escritura Charles Townsend Copeland, a quien llamaban “Copey” y, al mismo tiempo, un protegido del reportero sensacionalista Lincoln Steffens. Fue un crítico malicioso del esnobismo de Harvard, si bien no llegó a ser miembro del Walter Lippmann’s Socialist Club. Tras su graduación, viajó en un buque de carga hasta Europa, donde visitó Londres, París y Madrid, y luego regresó para unirse a un grupo de escritores bohemios y radicales del neoyorquino Greenwich Village, donde Steffens le proporcionó su primer trabajo, en el que se ocupaba de aburridas tareas editoriales para una revista politicoliteraria llamada The American. 
 El contraste entre la riqueza y la pobreza del Nueva York de 1912 hería los sentidos y alguien con un ojo tan agudo como el de John Reed no podía ignorarlo. Empezó a escribir para Masses, una revista que acababa de aparecer, editada por Max Eastman (el hermano de la feminista socialista Crystal Eastman) y redactó un manifiesto en el que se afirmaba que “los poemas y dibujos rechazados por la prensa capitalista a causa de su excelencia serán bienvenidos en esta revista”. Masses era algo vivo, no el órgano oficial de un partido, sino un partido en sí mismo, con anarquistas y socialistas, artistas y escritores y rebeldes indefinibles de todas clases en sus páginas: Carl Sandburg y Amy Lowell, William Carlos Williams, Upton Sinclair. Y, del exterior, Bertrand Russell, Gorki, Picasso. 
 Los tiempos temblaban con la lucha de clases. Reed fue a Lawrence (Massachusetts), donde mujeres y niños habían abandonado sus puestos de trabajo en la industria textil y estaban inmersos en una heroica y desgarradora huelga con la ayuda del sindicato IWW (el revolucionario Trabajadores Industriales del Mundo) y del Partido Socialista. Allí conoció a Bill Haywood, el dirigente del IWW (a quien describió como “un gigantón maltrecho con un ojo de menos y una mirada eminente en el otro”). Haywood lo puso al tanto de la huelga de 25.000 trabajadores de la seda al otro lado del río Hudson, en Patterson, los cuales exigían una jornada de trabajo de ocho horas, y le dijo que la policía, por toda respuesta, los había apaleado. La prensa no publicaba nada de esto, así que Reed fue a Paterson. No era el tipo de periodista que tomaba notas desde fuera: se unió al piquete, lo arrestaron por negarse a desalojar y pasó cuatro días en el calabozo. 
 El artículo que publicó en Masses era ya un nuevo tipo de escritura, enardecida, implicada. Asistió a una asamblea de los huelguistas de Paterson, escuchó la arenga de la joven radical irlandesa Elizabeth Gurley Flynn sobre el poder de los brazos caídos y él, que nunca fue tímido, se puso al frente de la muchedumbre cantando La Marsellesa y La Internacional. Él y Mabel Dodge, cuyo apartamento de la Quinta Avenida era como un centro de arte y política (pronto se convirtió en su amante), tuvieron la brillante idea de organizar con mil trabajadores un espectáculo sobre la huelga en el Madison Square Garden. Reed trabajó día y noche en el guión, mientras que John Sloan pintaba la escenografía. Quince mil personas acudieron al evento.
 En México, Pancho Villa estaba liderando una rebelión de campesinos y el Metropolitan le pidió a Reed que acudiese allí como corresponsal. Pronto se vio inmerso en la Revolución Mexicana, cabalgando junto al propio Villa, enviando artículos que Walter Lippmann aclamó como “el mejor periodismo que se haya hecho nunca… La variedad de sus impresiones, los recursos y el colorido de su lenguaje parecían inagotables… y la Revolución de Villa, que hasta entonces aparecía en la prensa sólo con un incordio, pasó a ser una multitud de campesinos que se desplazaban en un maravilloso panorama de tierra y cielo.” El fruto de aquello, Insurgent Mexico [México insurgente], la recopilación de artículos de Reed sobre este tema, no es lo que la ortodoxia considera como “periodismo objetivo”, sino algo escrito para ayudar a la revolución. 
 Acababa de regresar a Nueva York, aclamado como un gran periodista, cuando en el país empezó a propagarse la terrible noticia de la Matanza de Ludlow: en el sur de Colorado la Guardia Nacional, a sueldo de los Rockefeller, había ametrallado a los mineros en huelga e incendiado sus casas junto con sus familias. Reed no tardó en aparecer en escena y escribió “The Colorado War” [La guerra de Colorado]. 
 Durante el verano de 1914 estuvo en Princetown, que se convertiría en su refugio durante los años siguientes, nadando, escribiendo, amando (hasta 1916, en una tormentosa aventura con Mabel Dodge). Aquel mes de agosto estalló la guerra en Europa. En un manuscrito inédito, Reed escribió: “Y aquí están las naciones, lanzadas a degüello como perros… y el arte, la industria, el comercio, la libertad individual, la propia vida, gravadas con impuestos para mantener monstruosas máquinas de muerte.”
 Reed regresó a Portland para ver a su madre, que nunca aprobó sus ideas radicales. Allí, en la sala de reuniones del IWW local, escuchó hablar a Emma Goldman. Para él fue una iluminación. Ella era el motor del feminismo y el anarquismo de aquella generación y probó con su propia vida que se puede revolucionario con seriedad y también con alegría. 
 Los grandes periódicos de Nueva York lo presionaban para que fuese a Europa a cubrir la guerra y aceptó trabajar para el Metropolitan. Al mismo tiempo, escribió un artículo para Masses. La guerra era una cuestión de beneficios, afirmó en él. De camino hacia Europa, era consciente de que iba en primera clase mientras que tres mil italianos viajaban como animales. Pronto estuvo en Inglaterra, en Suiza, en Alemania y, después, en Francia, pisando el terreno de la guerra: lluvia, barro, cadáveres. Lo que más lo deprimía era el patriotismo criminal que embargaba a todo el mundo en los dos bandos, incluso a algunos socialistas, como H. G. Wells en Inglaterra. 
 Cuatro meses después, cuando regresó a USA, se encontró que los radicales Upton Sinclair y John Dewey se habían unido al grupo de los patriotas. Walter Lippmann también. Este último, que ahora era editor del New Republic, escribió un curioso ensayo en diciembre de 1914: “Por temperamento no es un escritor profesional ni tampoco un periodista, sino una persona que se lo pasa bien”. Tras lo cual Lippmann, que se enorgullecía de ser un “escritor profesional”, añadió el desaire definitivo: “Reed no es objetivo y se siente orgulloso de no serlo”. 
 Era verdad. Reed regresó a la guerra en 1915, esta vez a Rusia, a los pueblos calcinados y saqueados, a los asesinatos en masa de judíos por parte de los soldados del zar, a Bucarest, a Constantinopla, a Sofía, luego a Serbia y a Grecia. Tenía muy claro lo que significaba el patriotismo: la muerte por las armas o por el hambre, la viruela, la difteria, el cólera, el tifus. De regreso a USA, se encontró con el discurso interminable sobre la preparación militar contra “el enemigo” y escribió para Masses que el verdadero enemigo del obrero usamericano era el dos por ciento de la población que poseía el sesenta por ciento de la riqueza nacional. “Nosotros defendemos que los obreros se defiendan contra ese enemigo. Ésa es nuestra preparación”. 
 A principios de 1916, John Reed conoció en Portland a Louise Bryant y los dos se enamoraron de inmediato. Ella dejó a su marido y se fue con Reed a Nueva York. Fue el principio de una relación apasionada y poética. Ella era escritora y anarquista. Aquel verano, Reed buscó un respiro junto a Bryant lejos de los sonidos de la guerra, en las tranquilas playas de Princetown. Hay una foto de ella desnuda y recatada en la arena. 
 En abril de 1917, Woodrow Wilson pidió al Congreso que declarase la guerra a Alemania y John Reed escribió en Masses: “La guerra es la locura de las turbas, la crucifixión de quienes dicen la verdad, la asfixia de los artistas… No es nuestra guerra.” Testificó ante el Congreso contra el reclutamiento obligatorio: “No creo en esta guerra… yo no me alistaría.” 
 Cuando detuvieron a Emma Goldman y a Alexander Berkman en aplicación de la Ley de la Conscripción por “conspiración para inducir a personas a no alistarse”, Reed fue testigo de su defensa. Los condenaron y enviaron a prisión junto con otro millar de usamericanos que se oponían a la guerra. Se prohibieron los periódicos radicales, Masses entre ellos. 
 Reed estaba descorazonado ante la manera en que las masas trabajadoras en Europa y USA apoyaban la guerra y se olvidaban de la lucha de clases, pero no perdió la esperanza: “No puedo renunciar a la idea de que de la democracia nacerá el mundo nuevo, más rico, más valiente, más libre, más hermoso”.
 En 1917 llegaron noticias atronadoras desde Rusia. El zar, el viejo régimen, habían sido derrocados. La revolución estaba en marcha. Al menos allí, pensó Reed, todo un pueblo se había negado a aceptar la matanza, se había convertido en su propia clase dirigente y estaba creando una nueva sociedad, de contornos poco claros, pero de espíritu embriagador.
 Se embarcó rumbo a Finlandia y Petrogrado junto a Louise Bryant. La revolución estaba estallando a su alrededor y ambos se sumergieron en su excitación: las manifestaciones de masas, la toma de fábricas por parte de los trabajadores, los soldados que declaraban su oposición a la guerra, el Soviet de Petrogrado que eligió a una mayoría bolchevique… Y, luego, los días 6 y 7 de noviembre, la rápida e incruenta toma de estaciones de ferrocarril, del telégrafo, del teléfono, de la distribución del correo y, por último, los trabajadores y los soldados que se precipitaban extáticos sobre el Palacio de Invierno.
 De un escenario a otro, sin descanso, Reed tomó notas con increíble velocidad, recopiló panfletos, carteles y proclamaciones y, luego, en 1918, regresó a USA para escribir su historia. Al llegar le confiscaron las notas y se encontró acusado, junto con otros editores de Masses, por haberse opuesto a la guerra. Pero durante el juicio, en el que tanto Eastman como él testificaron de forma elocuente y audaz sobre sus creencias, el jurado no pudo tomar una decisión y se les retiraron los cargos. 
 Reed recorrió el país dando conferencias sobre la guerra y la Revolución rusa. En Tremont Temple (Boston) fue aclamado por los estudiantes de Harvard. En Indiana conoció a Eugene Debs, que pronto sería sentenciado a diez años de prisión por hablar contra la guerra. En Chicago asistió al juicio de Bill Haywood y de un centenar de dirigentes del IWW, que serían condenados a largas penas de cárcel. Aquel mes de septiembre dio un mitin en una manifestación de cuatro mil personas y lo detuvieron por desanimar a la gente para que no se alistase a las Fuerzas Armadas.
 Por fin recuperó sus notas de Rusia y, durante dos meses de furiosa escritura, dio a luz Ten Days That Shook the World [Diez días que estremecieron al mundo], libro que se convirtió en la narración clásica de un testigo presencial de la Revolución bolchevique, cuyas palabras se aglomeraban en sus páginas con los sonidos del nacimiento de un mundo nuevo: “En la Perspectiva Nevski, bajo el húmedo crepúsculo, la multitud se arrebataba los últimos periódicos o se apretujaba tratando de descifrar los innumerables llamamientos y proclamas fijados en cada espacio libre… En cada esquina, en cada espacio libre, grupos compactos: soldados y estudiantes discutiendo… El Soviet de Petrogrado se hallaba reunido en sesión permanente en el Smolny, centro de la tempestad. Los delegados se caían de sueño en el piso; después, se levantaban para tomar parte en los debates. Trotsky, Kamenev, Voldarski hablaban seis, ocho, doce horas diarias…”
 En 1919 la guerra había terminado, pero los ejércitos aliados invadieron Rusia y la histeria continuó en USA. El país que había glorificado la palabra “revolución” en todo el mundo, ahora le temía. Había redadas de extranjeros por millares, se los detenía y deportaba sin juicio alguno. Se reprimían las huelgas en todo el país y se multiplicaban los enfrentamientos con la policía. Reed intervino en la creación del Partido Comunista de los Trabajadores y fue a Rusia como delegado a las reuniones de la Internacional Comunista. Allí, discutió con burócratas del partido, se preguntó qué estaba pasando con la revolución, se reunió con Emma Goldman en Moscú y asistió a su llanto desilusionado. 
 Pero no perdió la esperanza. Iba de reunión en reunión, de conferencias en Moscú a manifestaciones de asiáticos en el Mar Negro. Su salud se resintió, cayó enfermo, enfebrecido y delirante: había contraído el tifus. A los treinta y tres años, en el punto álgido de su aventura amorosa con su mujer y camarada Louise Bryant y con la idea de la revolución siempre en el pensamiento, John Reed falleció en un hospital de Moscú. 
 Su cuerpo fue enterrado como un héroe cerca del muro del Kremlin, pero lo cierto es que su alma no pertenece a ninguna instancia, ni de aquí ni de allá ni de ninguna parte. Lo extraño es que hoy, en 1981, sesenta años después de su muerte, millones de usamericanos se acaben de enterar de la existencia de John Reed gracias a una película. Si sólo una pequeña fracción de ellos llegase a meditar sobre la guerra y la injusticia, sobre el arte y en el compromiso, sobre cómo extender la amistad más allá de fronteras nacionales a la búsqueda de un mundo mejor, eso ya sería un logro enorme para una vida tan breve y tan intensa como la suya. 

 Howard Zinn 
16 de noviembre de 2010 

(1) Texto publicado en 1982, Tlaxcala. Traducido por Manuel Talens

viernes, 29 de octubre de 2021

Palabras de clausura del Presidente de Cuba en el VII periodo ordinario de sesiones


Fallece coronel de la reserva Eugenio Suárez Pérez


Gobierno y oposición votan ingreso de tropas imperialistas al país en Argentina


Se aprobó un programa de “ejercicios combinados” que le abre las puertas del territorio nacional a tropas yanquis y de la OTAN. En horas de la mañana la Cámara de Diputados votó la autorización del ingreso de tropas extranjeras para “ejercicios combinados” al suelo nacional. El Frente de Todos, Juntos por el Cambio y todos los bloques patronales del parlamento votaron a mano alzada la injerencia de milicias imperialistas en territorio argentino, tanto de Estados Unidos como de la OTAN. La única oposición, claro, fue por parte del bloque del Frente de Izquierda – Unidad, que denunció las masacres imperialistas cometidas por estos ejércitos (incluida la ocupación a Haití, a la que Kirchner le envió tropas en 2004 como condición para renegociar con el FMI).
 En el centro de la escena vuelve a aparecer el mismo motivo impulsor: el arribo a un nuevo programa con el Fondo Monetario Internacional. Esto se cristaliza en que hace tan solo unos días Gustavo Beliz, el secretario de Asuntos Estratégicos de la Presidencia, se reunió con Jake Sullivan, el consejero de Seguridad Nacional de los Estados Unidos. El motivo fue discutir una “agenda compartida y un diálogo estratégico” (Infobae, 23/10) y las negociaciones de Argentina con el FMI. No debe sorprender entonces la votación de este “programa” de alineación con la política de seguridad y de injerencia del imperialismo yanqui; para la que todos los partidos del régimen pusieron su voto favorable.
 Pero también hay que tener en cuenta otro aspecto. Amén de un acuerdo votado en consonancia con la agenda que el imperialismo exige sobre el país para dar con un nuevo programa con el Fondo, este ingreso se produce también en un cuadro de reclamos de militarización, y acciones en ese sentido, en el país. El cercamiento de la extranjerizada Patagonia por verdaderos batallones de gendarmes enviados por el gobierno, bajo el fantasma del “terrorismo mapuche” y la criminalización indígena para defender los negociados capitalistas sobre sus tierras son la muestra cabal. 
 Vale destacar las notables coincidencias con el gobierno de Macri, que en 2018 autorizó el ingreso de tropas estadounidenses a suelo nacional bajo la misma premisa de un “programa de ejercicios combinados”. Con la diferencia, claro, de que algunos cabecillas del actual gobierno nacional lo repudiaban a los cuatro vientos. Como bien denunció el bloque del Frente de Izquierda – Unidad en el Congreso, no se trata de los “acuerdos bilaterales”, del “robustecimiento de las tropas nacionales” y otros argumentos que se esgrimieron. Se trata de la avanzada del imperialismo sobre la soberanía nacional como parte inseparable del pacto colonial de pago de la deuda externa al FMI. Se inscribe en el mismo sentido que la base militar yanqui en Neuquén, a kilómetros de Vaca Muerta y la ruta del petróleo. Base militar que, hay que recalcar también, se comenzó a radicar bajo el gobierno de Macri y fue avanzando en operaciones y en edificaciones también con el gobierno de Fernández. 
 En la reunión de Sullivan con Beliz, en Washington, el funcionario argentino anunció un “acuerdo” por 2 mil millones de dólares con el Banco Mundial para “proyectos prioritarios de desarrollo” y un programa “de financiamiento” de “préstamos de inversión, préstamos regionales y préstamos de rápido desembolso” con el Banco Interamericano de Desarrollo. Es decir: el gobierno que una y otra vez le achaca al macrismo el préstamo del FMI se sigue endeudando con los organismos de crédito alineados a Estados Unidos. Esto seguirá profundizando el sometimiento de la Argentina a las directivas del imperialismo yanqui y europeo, que trae luego esta misma radicación de bases y tropas militares en suelo nacional.
 La votación en el Congreso cristaliza que la “grieta” es para la tribuna. En esencia hay todo un régimen represor comandado desde las oficinas de Washington. Radicales, peronistas variopintos, derechistas y bloques provinciales están indisolublemente unidos por el hilo enhebrador de los negociados capitalistas defendidos a fuerza de militarizaciones, del FMI y del sometimiento imperialista. Constata, también, que la única alternativa a la injerencia y la dependencia nacional es el Frente de Izquierda – Unidad. 
 Somos la única fuerza que defiende, en concreto, la causa de la soberanía nacional frente al sometimiento imperialista, que repudiamos la militarización de la Patagonia. Contra el carácter colonial de estos acuerdos edificados en aras de la renegociación con el FMI, votemos masivamente al FIT-U este 14 de noviembre y llenemos la plaza de trabajadores este sábado 30 de octubre. 

 Manuel Taba

jueves, 28 de octubre de 2021

El imperialismo en tiempos digitales


A propósito del apagón global de Facebook, WhatsApp e Instagram. 

 Paradójicamente, fue necesario un apagón global de las plataformas de Mark Zuckerberg para echar luz sobre la naturaleza monopólica de su corporación, al menos en una de sus consecuencias directas: millones de usuarios quedaron sin poder establecer sus habituales contactos ni responder “¿qué estás pensando?” en sus muros. La senadora demócrata Alexandria Ocasio-Cortez lo resumió en un tuit: “Si el comportamiento monopólico de Facebook se hubiera revisado cuando debió haberse hecho (quizá cuando comenzó a adquirir a sus competidores como Instagram), los contingentes de personas que dependen de Whatsapp e IG para la comunicación y el comercio estarían bien en este momento”.
 Facebook compró a IG en abril de 2012 por 1.000 millones de dólares y a Whatsapp en octubre de 2016 por casi 22 mil millones. De haberse concretado la compra de Twitter (la operación fracasó en 2008), Zuckerberg no hubiera encontrado una red disponible para pedir disculpas. Pero ni demócratas ni republicanos “revisaron” entonces ni las actuales revisiones prometen ya no digamos la desmonopolización sino al menos algún resguardo frente a la megacorporación que controla globalmente nuestros intercambios. 

 Las Gafa en el banquillo

 En julio del 2020, los titulares de los diarios daban cuenta de un hecho excepcional: el congreso estadounidense había sentado en el banquillo a Sundar Pichai (Google), Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Facebook) y Tim Cook (Apple), los directores ejecutivos de las compañías que monopolizan las plataformas donde circulan el dinero, los datos, los bienes, la comunicación. Las denuncias por prácticas “anticompetitivas” se acumulaban en millones de páginas de informes que revelaban que las Gafa (Google, Apple, Facebook y Amazon) robaban datos a sus empresas competidoras o, directamente, a partir de su posición dominante en el mercado las compraban.
 Un año después, en junio pasado, se informó que el Comité Judicial de la Cámara de Representantes de Estados Unidos aprobó cinco proyectos para limitar el poder de las grandes compañías tecnológicas. Según trascendió, uno de los textos prohíbe la manipulación del mercado en línea para promocionar los productos de la misma empresa que sirve de plataforma, una de las tantas prácticas de Jeff Bezos. Otro impide las “adquisiciones asesinas” (“killer acquisitions”) de pequeños grupos que amenazan a las plataformas dominantes.
 Las noticias, antes y ahora, reproducen las declaraciones de legisladores que evocan una escena previsible: conservadores como Steve Chabot que reclaman: “no debemos interponernos en el camino de las empresas”; liberales como David Cicillin que descubren que “actualmente, los monopolios tecnológicos no regulados tienen demasiado poder sobre la economía”. Con todo, la conclusión de este largo año de investigación y debates la ofreció el representante republicano Darrell Issa: “creo que muchos de estos proyectos de ley van a morir en el Senado si llegan a salir de la Cámara” (Clarín, 12/06). 

 La santa alianza 

El apagón y el debate así planteado puede hacernos perder de vista al menos dos cuestiones. La primera, que la monopolización es una tendencia del capitalismo y no una desviación. En el caso de las plataformas digitales, además, tal tendencia se refuerza por lo que Nick Srnicek, en Capitalismo de plataformas, denomina “efectos de red”: “a mayor cantidad de usuarios que interactúan en una plataforma, más valiosa se vuelve para cada uno de ellos toda la plataforma”.
 La segunda, que los monopolios digitales son proveedores privilegiados del aparato policial-militar estadounidense. El año pasado, tras el asesinato de George Floyd en Minneapolis, más de 1.600 empleados de Google exigieron que se pusiera fin a la venta de tecnología a las fuerzas policiales. Poco después, ante la ola de protestas y cuestionamientos, Amazon suspendió la venta de sus sistemas de reconocimiento facial y Microsoft informó que no ofrecería la tecnología hasta que el gobierno la regule. 
 Se trata apenas de una muestra de la estrecha alianza de las plataformas digitales no solo con las fuerzas policiales sino también, y sobre todo, con el Pentágono y la CIA, a los que provee programas de vigilancia, equipamiento militar, infraestructura en la nube, sistemas de inteligencia artificial.
 En otras palabras, el poder del Estado yanqui es el de sus monopolios y su corporación militar. Una de las definiciones del imperialismo.

 Santiago Gándara

La liberación de Georges Abdallah, una exigencia de justicia


El 22 de octubre, se publicó en el sitio francés Mediapart un texto que demanda la liberación de Georges Abdallah, preso en Francia desde 1984 por su militancia en defensa del pueblo palestino y libanés. La carta lleva la firma de cientos de intelectuales, referentes obreros y de la izquierda de distintas partes del mundo. Compartimos el documento y adherimos al reclamo. 

 Georges Ibrahim Abdallah es un comunista libanés de origen cristiano maronita, encerrado en Francia durante casi 37 años. ¿Por qué? ¿Cómo es posible que un libanés detenido en 1984 en Lyon siga en las cárceles francesas a pesar de ser liberable? 
 Maestro en el norte del Líbano en la década de 1970, Georges Abdallah trabajó con el pueblo palestino y contra la colonización. Muy joven, dejó su región para unirse a la movilización contra la ocupación israelí, especialmente durante las invasiones de 1978 y 1982, en un Líbano entonces en medio de la guerra. Estas repetidas operaciones militares fueron devastadoras y asesinas para las poblaciones palestina y libanesa. Los bombardeos del ejército israelí se cobraron miles de vidas civiles y la barbarie alcanzó su punto máximo en las ahora infames masacres de los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila en septiembre de 1982.
 En este contexto, Georges Abdallah cofundó las Fracciones Armadas Revolucionarias Libanesas (FARL) que se atribuyeron la responsabilidad de varias operaciones en suelo francés, incluidas las ejecuciones en 1982 de Yacov Barsimentov y Charles Ray, agentes activos del Mossad y la CIA.
 Detenido en Lyon el 24 de octubre de 1984, Georges Abdallah fue condenado a cadena perpetua por complicidad en asesinatos tras un juicio político plagado de irregularidades. 
 Como ejemplo, citemos el caso de su primer abogado, Jean-Paul Mazurier, quien revelará algún tiempo después del juicio, haber trabajado para los servicios de inteligencia franceses. O incluso las locas acusaciones (oficialmente desmentidas algún tiempo después) contra los hermanos Abdallah, supuestamente responsables de los atentados en la calle de Rennes en París en 1986. Ataques que servirán para erigir a Georges Abdallah como chivo expiatorio en un período en el que el poder y los medios de comunicación de la época buscan al culpable de los sangrientos atentados que acaparan los titulares.
 El fiscal exigirá 10 años de prisión. Georges Abdallah será condenado a cadena perpetua. La justicia excepcional corre a toda velocidad. 
 De acuerdo a la ley francesa, tiene derecho a la libertad condicional desde 1999. Sin embargo, Georges Abdallah ha presentado ocho solicitudes de liberación. Sin éxito. 
 En 2013, el tribunal de sentencia concedió esta liberación, pero la condicionó a la deportación al Líbano. Manuel Valls, entonces ministro del Interior, se niega a firmar la orden de deportación. ¿El motivo? Georges Abdallah se niega a arrepentirse. El Estado francés continúa implacable. Georges Abdallah permanecerá en prisión.
 En marzo de 2020, Georges Abdallah recibió por tercera vez la visita del Sr. Rami Adwan, Embajador del Líbano en Francia, esta vez acompañado por la Sra. Marie-Claude Najm, Ministra de Justicia del gobierno libanés dimitido. Durante este encuentro, reafirmaron el apoyo del Estado libanés a la liberación de Georges Abdallah. Al igual que la movilización por su liberación que se viene desarrollando en Francia desde hace más de 15 años, pero también en el Líbano donde le esperan su familia y muchos simpatizantes, y en Palestina donde es considerado uno de los 4.650 prisioneros palestinos, y en decenas de países de todo el mundo. 
 El 24 de octubre de 2021, Georges Abdallah habrá pasado 37 años en las cárceles francesas. Se convirtió en el preso político más antiguo de Europa. El día anterior, 23 de octubre, seremos varios cientos para hacer oír nuestra voz y exigir su liberación frente a la prisión de Lannemezan donde está encerrado. ¡Pedir hoy su liberación es una simple exigencia de justicia!
 ¡Liberen a Georges Abdallah!

Prensa Obrera