domingo, 13 de diciembre de 2020

John Lennon (1940/1980)


La imaginación al poder. 

 Son casi las 11 de la noche del 8 de diciembre de 1980 en la ciudad de Nueva York. Una noche otoñal de unos 10 grados que le da cierta tregua a los neoyorquinos que se preparan para otra navidad nevada más en “la gran manzana”, mientras que el resto de los EE.UU se prepara para la transición presidencial entre el demócrata Carter y el nuevo presidente, un exactor republicano conservador de segunda línea llamado Ronald Reagan, cuya campaña arraigada en la nostalgia por la Norteamérica de los viejos valores logró seducir a todas las clases sociales en un contexto de inflación y desocupación. 
 Mientras tanto en la televisión el zapping se dirime entre el partido de los New England Patriots vs Miami Dolphins, la serie dramática “Lou Grant” y el telefilme, también del género dramático, “Complot para un secuestro”. Todo parece indicar que es un lunes más. 
 En eso, por la calle 72 se acerca perezosamente un Cadillac Fleetwood Limousine de color gris plomo hacia la puerta del glamoroso Edificio Dakota. Dentro del mismo se bajan una pareja algo exhausta de un día trabajo en el Record Plant Studio pero con ánimos de cenar y darle las buenas noches a su hijo de cinco años de edad llamado Sean.
 De pronto desde el arco de la entrada de aquel imponente edificio un extraño sale desde las sombras y de su mano emerge el frío cañón corto de un 38 Special Charter Arms. Un tiro falló, pasando por encima de la cabeza e impactando en una ventana del edificio Dakota. Sin embargo, cuatro tiros -dos en el lado izquierdo de su espalda y dos más en el hombro izquierdo- acaban de dar en aquel hombre delgado de casi un metro 80 y aparentes 40 años de edad, que segundos antes se había bajado del Cadillac. 
 Con sus últimas fuerzas sube cinco peldaños hacia el área de seguridad y dice: “me dispararon”, y se desploma. El conserje Jay Hastings lo cubre con su uniforme, le quita las gafas y ante el llanto desgarrador de una mujer de rasgos orientales llama a la policía. 
 De pronto la monótona programación televisiva se altera con un flash de último momento, el periodista Howard Cosell interrumpe el comentario de aquel partido televisado por la ABC, desde la otra punta de los EE.UU en California Steve Wonder da, en medio de su recital, una noticia que deja atónito al público. 
 Con apenas 40 años de edad y un nuevo disco editado, John Lennon -uno de los artistas más talentosos y reconocidos del siglo XX- muere en manos de un anónimo con trastornos psicológicos llamado Mark David Chapman, poniéndole así un trágico punto final a la vida de uno de los músicos que mejor expresó artísticamente las convulsiones sociales y políticas que la juventud atravesó a partir de la década del ‘60, transformándolo casi en un icono de lucha contra la violencia y la barbarie de las guerras imperialistas, casi en aquel “working class heroes” que tan visceralmente invitó a ser parte a toda una generación de jóvenes. Los 80’s, para algunos considerada como “la década perdida”, se valía de su “derecho de admisión” y dejaba en el desarraigo a millones en un mundo que se preparaba para un nuevo paradigma entre el culto por el hedonismo, el consumismo y la frivolidad emergente de la llamada “revolución conservadora” de Reagan y Thatcher. 

 Bad boy

 Su nacimiento, ocurrido el 9 de octubre de 1940, fue casi una ironía de aquel lema laborista del Estado de bienestar inglés que rezaba “de la cuna a la tumba”. Al mismo tiempo que John nacía, las balas -mucho más pesadas y destructivas que las de 38 de Chapman- de la Luftwaffe alemana caían sobre Liverpool. Criado por sus tías y hermanas, frente a la defección de un padre marino mercante y a una madre sin muchos recursos, John definió a su familia como la de “Cinco inteligentes y fuertes mujeres […] Esa fue mi primera educación feminista […] Aquel conocimiento y el que yo no estuviera con mis padres, me hizo ver que los padres no son dioses”. 
 Su adolescencia, al igual que en una gran parte de la juventud de los 50’s, fue el punto de inflexión de su vida que por entonces se dirimía entre un conflictivo paso por la escuela secundaria -producto del desarraigo vivido en su infancia- y una efímera y frustrada carrera por las artes plásticas, ganándose así el mote de “payaso sin futuro”, en aquella Inglaterra de posguerra de la austeridad económica y racionamiento. 
 No fue hasta la mitad de aquella década donde Lennon encontró la razón de su vida con los rabiosos alaridos que provenían desde el otro lado del charco, puntualmente los EE.UU, de Elvis Presley, Buddy Holly y Little Richard que encontraron una catarsis en esos adolescentes de clase obrera nacidos bajo la destrucción de la segunda guerra mundial y criados en el racionamiento, los cuales muchos de ellos ni conocían el sabor de los helados y los caramelos hasta entonces y cuya infancia solo daba paso directo a la vida adulta. 
 Entre guitarras acústicas e instrumentos tan improvisados y rudimentarios como una simple tabla de lavar, la juventud inglesa daba sus primeros gritos a través de Skiffle, un subgénero que combinaba elemento del blues, jazz y el folk, considerado por algunos como “el rock and roll sin electricidad”. De esta forma sería el punto de inicio donde la juventud inglesa se transformará en una de las que más metabolizó al rock’n roll, dándole una estética y un sonido propio. 
 Lennon, como parte de esta juventud inconformista de posguerra, logra formar, después de varios intentos, su primera banda estable llamada The Quarrymen que, junto a Paul McCartney, mutarían hacia el rock and roll, abandonando el look de “Teddy Boys” por uno más rudo con botas, pantalones y chaquetas de cuero, transformándose así en el semillero de los futuros Beatles en aquellos finales de los 50’s y principios de los 60’s, más precisamente en su gira por Hamburgo de 1960. Fue en esa ciudad portuaria y salvaje de Alemania donde esos modestos y revulsivos Beatles, entre albóndigas, cervezas y anfetaminas, darían inicio al derrotero que los pondría en el pedestal de la historia del arte contemporáneo.

 Atardecer de un día agitado 

Comienzan los convulsionados 60’s e Inglaterra se ha transformado en una verdadera meca cultural. El floreciente crecimiento económico de la isla parece haber dejado atrás aquellos días de privaciones y estoicismo dando pie a un fenómeno conocido como Swinging London, término acuñado para describir aquel periodo caracterizado por una sensación de optimismo y hedonismo como así una gran avidez por las expresiones artísticas de vanguardia como Pop Art y otros iconos culturales que iban desde el Carnaby Street, las minifaldas de Mary Quant y los muy compactos Mini Cooper. 
 Los Beatles, ya más ‘aggiornados’ a la “alta costura” y los peinados mop-top de París, encabezan la llamada “invasión británica”, donde bandas de rock’n roll y como The Rolling Stones, The Who, The Kinks y The Animals dieron una nueva frescura a este género que parecía perecer ante el ocaso de sus primeros exponentes norteamericanos; iniciándose así un gran negocio para las productoras discográficas que estaban al acecho de encontrar nuevos talentos. No obstante, el género terminaba de expresar una rebeldía manipulada. Es decir, las productoras de televisión y los manager –en el caso de los Beatles ese rol fue asumido por Brian Epstein- dictaminaban qué tipo de canciones y cómo debían tocarlas, evitando así posibles censuras por parte del clero y el Estado, que seguían muy de cerca el fenómeno cultural, ante un gran mercado de juvenil. 
 Esta carrera meteórica, plagada de exposiciones públicas, agotadoras giras con fans fuera de control y las constantes presiones de su manager generaron en Lennon -el cual había sido condecorado en 1965, junto a toda la banda, como Miembro del Imperio Británico (MBE) por parte de la reina de Inglaterra- un vacío existencial que confesaría en la canción Help!. Tal vez aquella frase dicha por John en 1966 (“los Beatles son más famosos que Jesucristo”) intentaba, de manera catártica, devolverle su libertad como artista, rompiendo así con la pulcra imagen de teen idol que Epstein y el mercado había creado sobre él. 
 Es aquí donde se produce un nuevo punto de inflexión en la banda y en un Lennon agotado por el show business, dejando las giras y conciertos para dedicarse a la experimentación musical, donde desde los viajes al Oriente hasta el consumo de drogas se convirtieron en el transporte para alejarlos del ruidoso mundo del estrellato. Es, en esta etapa, donde graban discos conceptuales como Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (considerado por algunos como el primer disco de Rock Progresivo de la historia), El Album blanco y Abbey Road, negando así su esencia como banda para desarrollar su arte y ya sin la presencia determinante de su manager, muerto en 1967.

 Revolution 

Los 60’s finalizaban y con ellos la inocencia y el hedonismo “Mod” se desvanecían frente a las rebeliones estudiantiles en Francia, los levantamientos contra la burocracia stalinista en Praga, la matanza de Tlatelolco, la lucha por los derechos civiles de la comunidad afrodescendiente y los movimientos antibélicos contra la guerra de Vietnam. Los “treinta años gloriosos del capitalismo” de posguerra comenzaban a tambalearse. Mientras que la nueva meca cultural parecía hacer pie en ciudades como San Francisco, en el movimiento Hippie y en una camada de nuevas bandas británicas que volvían a las raíces del blues, los Beatles parecían tener una postura ambigua a estos procesos sociales que expresaban sus contradicciones como artistas millonarios.
 La canción Revolution expresó las contradicciones que sentía particularmente Lennon frente a esto, fastidiado, en parte, de esa vida de estrella y, por otro lado, su imposibilidad de ver una salida, no sólo a los grandes problemas de la humanidad, sino a sus tormentos personales. Expresión de esto fue que hubo tres versiones, cada una con diferentes posturas, frente a las convulsiones sociales de aquel entonces.
 Sin embargo, el movimiento obrero y estudiantil de Inglaterra utilizaron las melodías de las canciones de los Beatles en las movilizaciones con letras propias como Yellow submarine, cuya versión cantada en las huelgas era “We all live on bread and margarine” (Todos vivimos de pan y margarina); la de los estudiantes de la LSE (Escuela de Economía de Londres) tenía una versión que comenzaba con “We all live in a Red LSE” (Todos vivimos en una LSE roja) o directamente como canción central en las movilizaciones realizadas contra la guerra de Vietnam en Nueva York en el año 1967. 
 Es en este periodo donde finalmente Lennon comenzaría una etapa de cuestionamientos artístico a su carrera con su primer disco solista Unfinished Music Nº 1 – Two Virgins; a sus convicciones políticas, al devolver la condecoración de MBE a la Corona Británica por medio de una irónica y ácida carta dirigida a la Reina Isabel y al primer ministro laborista Harold Wilson en protesta por por la implicación del Reino Unido en el asunto de Nigeria, Biafra y el apoyo a los EE.UU en Vietnam; y hasta afectivas, al conocer en 1968 al amor de su vida, la artista plástica y activista japonesa Yoko Ono. 
 Marcado por el nuevo rumbo que tomaba su carrera, Lennon decide abandonar a los Beatles en 1969, situación que dilataría un año más hasta llegar a la separación de la banda y su enemistad con McCartney por motivos comerciales. 

 “A working class hero is something to be” 

A partir de aquí se abre sin dudas el período más prolífico y creativo de la carrera solista de Lennon, acentuando una mayor radicalización de sus posiciones políticas y su activismo antibélico con piezas como Give Peace a Chance, Working class hero y Power to the People, llegando a dar su apoyo público a la guerrilla del IRA en contra de la opresión inglesa a Irlanda. En una entrevista que dio al periódico Red Mole, de la organización trotskista IMB, John exhorta a la juventud a salir “como Fidel, Marx o Lenin” a discutir y a convencer a los trabajadores para la revolución, planteando que para la misma “no puedes tomar el poder sin una lucha…”, echando por tierra la imagen hippie naïf que la prensa burguesa construyó tras su muerte. 
 Esta etapa quedaría cristalizada por el disco Imagine de 1971, una obra maestra donde se destacan temas como la etérea y simple canción de amor llamada Oh, my Love. 
 Pero sin dudas la canción que da título al disco -tal vez una de las mejores piezas de la historia de la música- es la mejor expresión sobre la capacidad de, valga la redundancia, imaginar (y luchar por) un mundo libre de todo mal, violencia y opresión, sin las bombas de Napalm, sin explotación, fronteras ni oscurantismo. Tal como el propio Lennon la definió: “Imagine no es otra cosa que Working Class Hero bañada de chocolate”.
 Instalado junto a Yoko Ono en Nueva York, su figura se convertirá en el blanco directo de la CIA y la administración Nixon, con varios intentos de deportación debido a su activismo antibélico, negándole la Green card hasta 1976. 
 Entraría así en una etapa oscura de su vida, signada por su lucha por permanecer en Norteamérica, su separación de Yoko Ono y sus adicciones con las drogas y el alcohol. Con algunos discos, donde se destacaron temas como Woman is the Nigger of the World, cuya letra es una crítica a la opresión de la mujer en la sociedad capitalista, Lennon cierra esta etapa con un último concierto, en 1974, en el Madison Square Garden, con la participación de Elton John. Se abriría a partir de aquí un período de silencio y reconciliación con Yoko Ono, como así el nacimiento de su segundo hijo, Sean.

 “You may say I’m a dreamer, but I’m not the only one”

 Es 1980, comienza una nueva década y tanto el mundo como John Lennon han cambiado.
 Mientras que en las calles de Londres proliferan los “nuevos raros peinados” de los New Romantics y en los suburbios del Bronx emerge un nuevo sonido al que algunos llaman Rap, un John Lennon adulto y sereno daba anuncios de su vuelta con su disco Double Fantasy, un nuevo trabajo producido por el mismo y Yoko, con colaboraciones del productor de Aerosmith Jack Douglas. Un álbum con una diversidad de sonidos que van desde la New Wave, el pop, el soul y hasta el Jazz. Se dice que la escucha del hitazo de B-52’s ‘Rock Lubster’ inspiró a Lennon y a Ono a componer este álbum, donde el propio John exclamó “¡Esto es Yoko Ono!” en cuanto la oyó en un club de las Bahamas, donde fue escrito parte del mismo. 
 Los historiadores musicales Schinder y Schwartz definen este momento de Lennon como “apasionado y revitalizado, después de encontrar la vida familiar estable de la que había sido privado en su propia juventud”.
 Casi como una ironía, en una entrevista que le dio a la revista Rolling Stone, el 5 de diciembre de ese año fustigó a sus críticos diciendo: “Sólo les gustan las personas cuando van hacia la cúspide… Yo no puedo volver a la cima nuevamente. Lo que quieren son héroes muertos, como Sid Vicious y James Dean. A mí no me interesa ser un héroe muerto”.

 Esa sería su última entrevista 

Su asesinato, trágico por lo que significó su arte y compromiso, dio lugar a una movilización de millones de personas que no pudieron más que llorarlo y despedirlo al son de sus mejores canciones e imaginando aquel mundo que ellas supieron sugerir. 
 Sin duda alguna, John Lennon, aquel niño sin familia, aquel díscolo de escuela, aquella estrella de rock’n roll con todas las contradicciones sociales y personales que el mundo de la fama y el show bussines condicionan, fue también aquel artista que le dio música al mundo que diferentes generaciones trataron y tratan de imaginar en cada lucha contra la barbarie y la explotación. 
 Desde los posters en las tantas habitaciones de los que ayer fueron jóvenes, pasando por los pibes de la guerra de Malvinas hasta las movilizaciones de “Justicia por Bulacio”, la imagen de Lennon con sus clásicos anteojos emergió hasta en los momentos más adversos de la historia. 
 40 años después algunos han tratado de imaginar cómo habría sido la vida de John Lennon si hubiera vivido. 
Desde las fotos trucadas con apps que envejecen hasta inclusive el hit Vallote grabado por su hijo Julian en 1984. Tal vez más que imaginar su vida de forma contrafáctica, lo que tiene sentido y vigencia es seguir imaginando (y luchando por) aquel mundo de Imagine. 

 Agustín Carucha

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