miércoles, 16 de diciembre de 2020

La guerra en Etiopía y el riesgo de una desintegración nacional


Desde hace algo más de un mes, la situación política etíope viene estando sacudida por un violento conflicto armado entre las autoridades federales del país y el gobierno local de la norteña región de Tigray que se encuentra en manos del Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT). Los últimos días, los funcionarios del primer ministro Abiy Ahmed informaron la finalización del conflicto con la captura, por parte del ejército nacional, de la ciudad de Mekele, la capital regional. Sin embargo, grupos guerrilleros que responden al gobierno tigrayense siguen actuando en el interior, con lo que la crisis estaría lejos de haber sido superada. El disparador inmediato del choque ha sido el desconocimiento, por parte del gobierno de Ahmed, de los comicios legislativos celebrados en Tigray en contra de la ordenanza general que suspendía todo acto eleccionario por la pandemia. Por su parte, el FLPT acusa al gobierno central de ilegitimidad al no haber convocado elecciones a nivel federal en el momento correspondiente. Con todo, los motivos de fondo del conflicto, que se ha cobrado un indeterminado número de víctimas (pero se supone que se contarían de a miles), 1 millón de desplazados y 40 mil refugiados son más profundas que este diferendo sobre las disposiciones electorales. 

 El rompecabezas etíope 

 Etiopía, que cuenta con 110 millones de habitantes y 82 etnias fue gobernada históricamente de manera centralista por parte del poder político que residiera en Adís Adeba, la capital. La república federal, vigente en la actualidad, se constituyó en 1991 tras el derrocamiento del gobierno del Derg, un régimen de partido único alineado con la Unión Soviética. La caída del Derg, desplazado por la acción de grupos guerrilleros regionales sustentados por las ansias de mayor autonomía de cada etnia, en el cuadro del final de la URSS, dio paso al régimen vigente. 
 El Frente de Liberación Popular de Tigray, a pesar de basarse en una región que concentra solo el 6 por ciento de la población, jugó un papel determinante en la caída del gobierno prosoviético y, sobre la base de coaliciones con otros partidos locales, ha sido el agrupamiento político hegemónico en el país hasta 2018. Empero, lejos de la apariencia que buscaba transmitir el gobierno del FLPT, sus opositores denuncian que durante su gobierno la región y la etnia tigrayense fue beneficiada en demérito del resto del país. Etiopía conserva buena parte de su economía en el sector público, con lo que quien gobierna el país puede disponer de los recursos nacionales, de los beneficios obtenidos de los productos exportables (fundamentalmente café y gas natural) y de las ayudas financieras provenientes del exterior.

 El gobierno de Ahmed 

 El nombramiento de Abiy Ahmed en 2018 como primer ministro fue precedido por la destitución, en el marco de importantes protestas y actos de descontento étnico, por parte del parlamento, de su predecesor Hailemariam Dessalegn. Ahmed, de etnia oromo, la más numerosa del país, vino a romper con el esquema de poder previo desplazando de la coalición gobernante al FLPT. A la vez, puso fin al conflicto bélico con el vecino país de Eritrea, lo que le valió el premio Nobel de la paz, reconociendo la soberanía del mismo sobre la región de Badme, adyacente a Tigray por lo que los tigrayenses consideran el armisticio como una traición. El actual primer ministro, que contó con el apoyo de Estados Unidos en su asunción, se encuentra orquestando una política de mayor apertura y privatización económica. Si bien los EEUU buscan contar con un socio en una región en la que viene progresando la penetración china, su política ha oscilado, colocándose en el bando de Egipto y Sudán en el conflicto que sostienen con Etiopía alrededor de la construcción de una faraónica represa en el origen del río Nilo, habida cuenta las consecuencias que acarrearía sobre el cauce del mismo. En la actual crisis, el secretario norteamericano para África, Tibor Nagy, ha respaldado la acción del gobierno central contra Tigray. El gobierno del FLPT, por su parte, era un importante aliado del gigante asiático en el cuerno de África. Para China, Etiopía es un escenario clave en su expansión económica, siendo el cuarto país del continente en cuanto a capitales chinos invertidos (La Vanguardia 15/4). Incluso, el país asiático financia el 30% de la mencionada represa. 
 Si bien Ahmed podía ostentar hasta iniciada la pandemia números “positivos” en materia económica, como un crecimiento del PBI de un 7%, las contradicciones económicas en un país atravesado por una miseria estructural extendida, no pararon de acrecentarse, dando sustento a la profundización de las rivalidades étnicas. Desde el año pasado, el país viene siendo asolado por la peor plaga de langostas en décadas, aumentando el hambre en forma dramática. Solo en Tigray, más de 600.000 personas sobreviven gracias a la asistencia alimentaria. El FLPT acusa a Ahmed de desarrollar una persecución política, así como una orientación opresora contra las etnias minoritarias en lo que sería la búsqueda de conformar un gobierno autoritario. El descontento étnico no ha aflojado, sino que en distintas regiones se vienen realizando manifestaciones. La ofensiva militar del gobierno se explica, en cierto modo, por el temor a que el desafío del Tigray abra un efecto cascada. 
 La posibilidad de la disgregación nacional de Etiopía impulsada por las elites locales aliadas a uno u otro poder foráneo, en una suerte de analogía con el caso yugoslavo, está latente. La escisión de Eritrea en 1993 puede considerarse un anticipo de esta perspectiva.

 Poner fin a la miseria y al odio étnico

 En una de las regiones más pobres del mundo, arrasada por la expoliación de sus riquezas naturales por parte del imperialismo, solo el desarrollo de una organización de los trabajadores y campesinos, con un programa de independencia de clase y de pelea por un gobierno obrero puede superar los odios étnicos y dirigir las energías populares en contra de los responsables de la miseria y el saqueo: el imperialismo y sus socios locales.

 Leandro Morgan

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