viernes, 12 de noviembre de 2021

Juan Manuel Fernández, Jubilados de la FSM. Campaña solidaria del MESC ante el 15N. Cuba se respeta


La política anticubana de Washington, la mafia de Miami y sus operadores internos.


Miriam Makeba, la Madre de todas las batallas africanas


A trece años de su fallecimiento, conmemoramos la vida, los sueños y la acción social y política de Miriam Makeba, quien luchó a brazo partido contra la segregación y opresión de los explotados. Nacida en 1932, en la ciudad de Johannesburgo, Sudáfrica, se ganó una reputación importante por su trayectoria artística, que la hizo conocida como Mamá África. 

 Antecedentes sociales y políticos 

Desarrollada durante siglos, la segregación racial y étnica se legalizó e instauró en Sudáfrica y Namibia en el año 1948. El Apartheid no solo consistía en la división de los diferentes grupos "raciales", acuerdo a la apariencia, la aceptación social o la ascendencia. Este régimen también impedía legalmente el acceso de los negros a los cargos públicos. 
 Miriam Makeba comenzó su carrera como cantante en los años cincuenta, con el grupo Manhattan Brothers. Después fundó su propia banda, The Skylarks, que mezclaba jazz con música tradicional sudafricana. En 1967 alcanzó fama internacional con “Pata Pata”, canción inspirada en una danza de las chabolas de Johannesburgo. En 1963, el gobierno sudafricano prohibió todos sus discos y le impidió regresar a su país. 
 A lo largo de su carrera, la diva sudafricana colaboró con algunos de los más renombrados artistas, como Paul Simon, - Simon & Garfunkel- o el «Rey del Calypso» Harry Belafonte, con quien alcanzaría el primer Grammy conquistado por una mujer negra (1996): “An Evening with Belafonte/Makeba” fue premiada como Mejor Grabación Folk. Durante su exilio en Estados Unidos, Miriam Makeba fue comparada con las grandes voces del momento como Ella Fitzgerald o Frank Sinatra. 
 Durante su vida, debió enfrentarse a adversidades tales como un cáncer de mama y otro de útero, ambos superados; un marido golpeador, el ya mencionado exilio, por causa de su activismo y compromiso político. Debido a su casamiento en 1969 con el activista negro trinitense Stokely Carmichael, líder del Partido Pantera Negra y a través de sus propias inquietudes artísticas, el contenido político que poco a poco fue inundando las canciones de Miriam Makeba la colocó en una lista negra. Las autoridades estadounidenses obligaron a la discográfica RCA a rescindirle el contrato, y poco a poco sus conciertos y giras se fueron cancelando. En Chile, Makeba actuó en la décimo tercera edición del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, en 1972. Al comenzar su actuación, dedicó "Pata Pata" a Allende y gritó “¡viva la revolución chilena!”.
 Nelson Mandela, tras su liberación, convenció a Makeba a que volviese a su país natal y le ofreció un cargo de ministra en su gobierno, que ella no aceptó. Makeba falleció el 10 de noviembre de 2008 en la localidad de Castel Volturno, en el sur de Italia, a causa de un paro cardiaco que sufrió poco después de participar en un concierto contra el racismo y la mafia en favor del periodista y escritor italiano Roberto Saviano, autor del libro Gomorra.

 Sergio Escalas
 10/11/2021

jueves, 11 de noviembre de 2021

¿Marcha o no marcha Archipiélago?


«Cuba no se doblega con amenazas ni con medidas coercitivas»


Entrevista a Carlos Fernández de Cossío Domínguez, director general para Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba. 

 Con una extensa experiencia diplomática que abarca numerosas responsabilidades, entre las que aparecen la de Delegado de la Misión Permanente de Cuba ante Naciones Unidas (1990-1994); embajador de Cuba en Canadá (1999-2004) y en Sudáfrica (2013-2017); representante de Cuba en el inicio del proceso de paz entre el gobierno de Colombia y las FARC-EP, y actualmente director general para Estados Unidos del Ministerio de Relaciones Exteriores (Minrex), Carlos Fernández de Cossío conversa con JR sobre importantes aspectos de las relaciones entre La Habana y Washington.

 —¿Cómo evalúa el comportamiento del presidente estadounidense Joe Biden en relación con Cuba? 
 —Sobre su comportamiento en general, habría que preguntarle al electorado estadounidense y, según varias encuestas y las elecciones parciales celebradas el 2 de noviembre, parece que la evaluación no es buena. Eso es válido para el caso nuestro. El presidente Biden prometió, no a Cuba, sino a sus electores, que corregiría la política anticubana de Donald Trump, la que él mismo criticó en la campaña. Ya se sabe que incumple esa promesa, que su política es la misma de Trump y que la única diferencia es que el anterior presidente hizo lo que prometió que iba a hacer.
 — ¿A qué se debe que el presidente estadounidense haya manifestado durante su campaña para llegar a la Casa Blanca que revisaría las medidas tomadas por Trump contra la Isla y después, lejos de eliminar algunas, lo que ha hecho es aumentarlas? ¿Está atado a los elementos de derecha cubanoamericana o a otras fuerzas más poderosas? 
 —Es algo difícil de responder. La mayoría de los observadores interpretaron que sus promesas electorales descansaban en su activa participación en el gobierno de Obama, en la impopularidad de las medidas anticubanas de Trump entre los políticos demócratas, en las posturas expuestas por muchos de los que han pasado a ocupar posiciones importantes en el gobierno de Biden, en el reconocimiento por parte de muchos de ellos de que las acciones de Trump se basaban en falsedades y sus consecuencias constituyen un injusto castigo contra el pueblo cubano. Cuba. No se doblega con amenazas ni con medidas coercitivas 
«Parece que casi todos estos observadores se equivocaron. Se alega que influyen en este escenario las prioridades electorales asociadas al estado de Florida. Esto no debe sorprender, conociendo la naturaleza corrupta del sistema político y electoral de Estados Unidos».
 —Donald Trump impuso por decreto la mayoría de las 243 medidas contra Cuba. ¿Biden podría hacer lo mismo para eliminarlas?
 —Trump fue actuando a medida que los sectores anticubanos le imponían demandas y que se iba haciendo evidente que Cuba no se doblega con amenazas, ni con medidas coercitivas, por muy extremas y abusivas que estas sean. Se trató siempre de actos presidenciales, todos dirigidos contra sectores claves de la economía y las fuentes legítimas de ingresos del país. Contrario a lo que se cree, el presidente de Estados Unidos retiene una gran capacidad de actuación, tanto en política interna como exterior. Biden, si lo deseara, puede hacer uso de esas prerrogativas. 
 — ¿Qué beneficios reales tendría para ambos países un mayor incremento de las relaciones? ¿En cuáles campos se podría colaborar para bien no solo de las dos naciones, sino también para el resto de la región? 
 —La analogía entre los dos países no es una forma correcta de analizar el tema, pues Cuba es la víctima de un conjunto extremo y abrumador de medidas económicas coercitivas con impacto severo sobre la vida del país, las potencialidades de desarrollo y el bienestar de la población. Estados Unidos constituye el país agresor, totalmente libre de medida hostil o coercitiva alguna por parte de Cuba. Es necesario tomar en cuenta esa realidad para evaluar los beneficios mutuos o respectivos.
 Las ventajas económicas para Cuba resultan evidentes, si se comprende que el bloqueo económico es el obstáculo fundamental para el desarrollo y la prosperidad de la nación. Para Estados Unidos están los beneficios políticos y morales de poder abandonar una política rechazada por la comunidad internacional, que es claramente cruel y abusiva, y que le provoca aislamiento. «Además, el presupuesto federal de Estados Unidos se ahorraría cientos de millones de dólares que se dedican a la hostilidad contra nuestra nación. 
 «Pero para ambos países está la ventaja de poder cooperar e intercambiar en temas bilaterales que son de relevancia, algunos de ellos asociados a la seguridad nacional, a la salud, al medio ambiente que compartimos. Y para los cubanos que viven a ambos lados del estrecho de la Florida, está el beneficio de los vínculos bilaterales, la conexión entre familias y amistades, los lazos de carácter afectivo».
 — ¿Cómo considera las campañas internacionales, de los movimientos sociales y de los cubanos residentes en el exterior para poner fin al bloqueo económico, comercial y financiero contra la Isla?
 —Es una contribución muy valiosa, con un peso moral muy importante.
 — ¿Ve alguna disposición de cambio a corto o mediano plazo de esas posiciones de Washington en relación con La Habana?
 —No es posible ignorar que el gobierno de Trump y posteriormente el de Biden identificaron la COVID-19 como aliada en la agresividad contra Cuba. Apostaron a que la pandemia sería capaz de contribuir a las presiones que sufre el país como resultado del bloqueo económico y que se materializa en depresión de los servicios públicos, escasez de bienes de consumo y alimentos, interrupción del fluido eléctrico, problemas con el transporte y dificultades hasta para garantizar los medicamentos. 
 «Ahora Estados Unidos apuesta a movilizar una provocación social en nuestro país, con la aspiración de recoger imágenes y escenas que le sirvan para generar una matriz de opinión negativa con respecto a Cuba, para lo que se auxilia de su poder monopólico sobre los medios de comunicación y las redes digitales. Consideran que no hace falta siquiera que suceda algo, sino elementos suficientes para crear una realidad virtual que se asuma como cierta. 
 «Hasta el momento no hay indicios de cambio en esa actitud, aunque resulte en un fracaso. Lo que queda claro es que nuestra perspectiva como nación no puede descansar en esa justa aspiración a una relación respetuosa y civilizada con Estados Unidos. 
 Seguiremos, entretanto, sosteniendo y promoviendo los intercambios productivos y amistosos con sectores diversos de ese país, en la medida en que el Gobierno estadounidense no logre prohibirlos u obstaculizarlos». 

 Hedelberto López Blanch, periodista, escritor e investigador cubano.

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Presentación del Ministro de Relaciones Exteriores ante el Cuerpo Diplomático acreditado en Cuba


Hace cien años surgía la bestia del fascismo italiano


A un siglo de la creación del Partido Nacional Fascista en Italia, ¿cuáles fueron las condiciones para su surgimiento y cuál fue su naturaleza social? Hace 100 años Benito Mussolini fundaba el Partido Nacional Fascista, dando los primeros rasgos definidos a un movimiento novedoso que en el contexto de la entreguerras se extendió por el mapa europeo. Era la respuesta contra-revolucionaria más extrema de las clases dominantes ante el ascenso revolucionario del movimiento obrero. Aquí analizamos las condiciones de su surgimiento y su naturaleza social.

 La crisis en la Italia de posguerra 

La Primera Guerra Mundial había golpeado duramente las economías europeas, dando lugar a una oleada revolucionaria que se extendió hasta 1921 y que hizo peligrar los cimientos de la sociedad capitalista. 
 En países como Italia el escenario era catastrófico. Tanto en el campo, donde la productividad había bajado por la gran participación campesina en la guerra, como en la industria; que expresaba las dificultades de reconversión de la industria bélica a una industria de paz. La demanda estatal de producción de la industria pesada se había reducido drásticamente en un contexto donde los flujos del comercio internacional no se habían recompuesto. Esta crisis industrial impactó de manera directa en el aumento del desempleo, que para fines de 1920 llegaba a 2 millones de personas. La lira italiana se devaluó y la inflación hizo caer aproximadamente un 35 % los salarios, golpeando el poder adquisitivo y deteriorando las condiciones generales de vida. 
 Sobre esta situación impactó la influencia política e ideológica de la Revolución Rusa, sobre todo en la clase obrera industrial concentrada en las ciudades del norte italiano como Milán, Génova y Turín. Esta última era conocida como la “Petrogrado italiana” por ser un foco de organización y protestas del movimiento obrero. “Cuando en julio de 1917 llegó a Turín la delegación enviada por el Soviet de Petrogrado a la Europa occidental, los delegados Smirnov y Goldemberg, que se presentaron ante una muchedumbre de cincuenta mil obreros, fueron acogidos con ensordecedores gritos de “¡Viva Lenin!, ¡Vivan los bolcheviques!”, relata Gramsci. [1] 
 El Partido Socialista italiano contaba con cierta tradición de lucha. A diferencia de la socialdemocracia alemana -que había encabezado la política de la Unión Sagrada con el gobierno para la guerra- había defendido la neutralidad durante la Primera Guerra Mundial. Por entonces, el Partido Socialista contaba con una importante influencia entre la clase obrera desde la dirección de la CGIL (Confederazione Generale Italiana del Lavoro) que en la posguerra pasó de tener 321.000 a 2.200.000 miembros en 1920; mostrando un proceso de avance organizativo. 

 El biennio rosso y el ascenso revolucionario en Italia

 Este avance organizativo se correspondió con un fuerte ascenso de la lucha obrera entre los años 1919 y 1920. Por su profundidad y radicalización fue conocido como el “biennio rosso”, dos años que experimentaron un fuerte ascenso de la lucha tanto en las ciudades industriales, con huelgas y ocupaciones de fábrica, así como en el campo con la creciente acción de las ligas campesinas.
 Para magnificar el nivel de actividad de esos años, dice Cristian Buchrucker “los 384.000 huelguistas industriales y 900.000 rurales de 1913 pasaron a ser 993.000 industriales y 487.000 rurales en 1919, culminando en 1920 con 858.000 y 1.045.000 respectivamente.” [2]
 En estos años se extendieron los comités de fábrica que eran organismos de autoorganización inspirados en los soviets rusos (aunque no iguales a éstos, ya que no superaron el estadio de organización fabril). Sus miembros eran elegidos por asambleas de planta en las distintas fábricas por el conjunto de los obreros, estuviesen o no sindicalizados. En este sentido, su funcionamiento democrático representaba una superación de las estructuras sindicales clásicas ligadas al Partido Socialista y permitieron expresar la radicalización de la conciencia obrera. Estos comités avanzaron en ejercer un control importante al interior de las fábricas. Fueron una expresión del poder obrero al interior del proceso productivo y del poder económico burgués porque controlaban los procesos de trabajo, las condiciones de contratación y planteaban la consigna de la gestión obrera de la producción. 
 El punto más alto de este proceso se dio en abril de 1920 con una huelga general, con ocupaciones de fábrica contra el intento de las patronales de alargar la jornada de trabajo. Terminó transformándose en un gran cuestionamiento al poder burgués en las fábricas. La huelga duró un mes “movilizando, aproximadamente, a medio millón de obreros industriales y agrícolas, y afectó, por tanto, casi a cuatro millones de habitantes”. [3] 
 Frente a la continuidad de protestas por aumento de salarios, el empresariado organizado en la COFINDUSTRIA (que agrupaba a las grandes patronales como FIAT, Pirelli) extendió nacionalmente el lock out para derrotar el proceso. Los trabajadores respondieron continuando el proceso de ocupación de fábricas y las pusieron a funcionar bajo su control, custodiados por las Guardias Rojas que eran milicias de obreros armados.
 Para derrotar este proceso, el gobierno movilizó al Ejército a las principales ciudades. El Partido Socialista no organizó la autodefensa y, aunque los obreros obtuvieron algunas de sus reivindicaciones como aumentos salariales y pago de los días caídos, lo cierto es que se había dejado pasar una coyuntura estratégica para la disputa por el poder. La clase obrera mostró su combatividad y radicalidad, pero sin un partido revolucionario al frente que organizara toda esa fuerza social para la ofensiva insurreccional. Esto hizo que la energía se diluyera y las clases dominantes pasaron a la ofensiva buscando imponer una nueva relación de fuerzas. Para esto, recurrieron crecientemente a la represión estatal y para-estatal para restablecer el orden. 
 El fascismo fue el instrumento al que recurrieron para lograrlo, y su avance marcó el paso de una situación revolucionaria a una abiertamente contrarrevolucionaria. Por eso Trotsky planteó que la fortaleza del fascismo estuvo en la debilidad de la dirección revolucionaria: “los éxitos enormes y duraderos de Mussolini solo fueron posibles porque la revolución de 1920, luego de aflojar los contrafuertes y tirantes de la sociedad burguesa, no se llevó hasta el final. Mussolini planteó y puso en práctica su plan apoyándose en el reflujo de la revolución, el desaliento de la pequeño-burguesía y el agotamiento de los trabajadores.” [4] 

 Los fasci di combattimento: el ascenso del movimiento fascista 

Si bien existían múltiples organizaciones para-estatales de las clases dominantes, los grupos fascistas fueron logrando extensión nacional y capacidad de hegemonizar la violencia callejera. Por ejemplo, en las zonas rurales donde los terratenientes buscaban frenar la acción de ligas campesinas que reclamaban la posesión de la tierra, comenzaron a organizar la Asociación Civil de Bologna. Pero rápidamente los fascios locales de las camisas negras se convirtieron en la columna vertebral de este movimiento reaccionario. 
 Estos fasci di combattimento (grupos de combatientes) fueron los núcleos iniciales del movimiento fascista. Habían sido fundados en 1919 por Mussolini sobre la base del agrupamiento de soldados desmovilizados de la Primera Guerra Mundial y fuertemente descontentos por lo que entendían como una “victoria mutilada”, o sea la idea de que Italia había ido a la guerra para obtener conquistas territoriales que no le fueron reconocidas. Se trataba de grupos que adaptaba los métodos, simbología y vestimenta –como las camisas negras- de las tropas de choque de la guerra, los arditi, en la violencia organizada en las ciudades y aldeas para suprimir la acción del movimiento obrero y campesino. 
 En el contexto convulsionado de la posguerra, los fasci crecieron rápidamente. De 108 fasci en 1920, pasaron a 2200 en 1921 y en poco tiempo tuvieron unos 320.000 miembros armados. Su extensión numérica se correspondió con una ampliación de su base social, ya que de los iniciales grupos de ex combatientes se extendieron a sectores de la pequeño-burguesía: pequeños comerciantes, pequeños patronos, propietarios agrícolas, empleados, estudiantes, profesionales, abogados, que fueron radicalizando sus posiciones y buscando una salida de fuerza para restablecer el orden contra la perspectiva de una revolución socialista. 
 Estas milicias fascistas primero actuaban en las zonas rurales alrededor de las ciudades y hacían “expediciones punitivas” donde atacaban los locales socialistas, comunistas, anarquistas, amenazaban y -en muchos casos- asesinaban a los dirigentes. Luego comenzaron a operar en las ciudades para reprimir las huelgas, las movilizaciones y el proceso de organización obrera ante el amparo de las instituciones estatales. Como dijimos, si al comienzo la burguesía los utilizó como organizaciones auxiliares de represión, ante el ascenso de la lucha de clases comenzaron a ser cada vez más el punto de apoyo del poder burgués para imponer el orden. 
 En este sentido, Trotsky plantea que para cumplir su función histórica de rescatar al capital de su crisis, el fascismo recurre a la movilización de las capas sociales situadas inmediatamente encima del proletariado y que temen ser arrojadas a sus filas, o sea la pequeñoburguesía (profesionales, comerciantes, etc.) pauperizada por la crisis. 
 A nivel local y regional, los jefes fascistas actuaban como pequeños señores feudales que imponían el terror ante la complicidad de las autoridades, la prensa y el apoyo activo del gran empresariado. Periodistas de renombre como L. Eunadi, del Corriere della Sera, planteaban que “si algunas veces los sistemas expeditivos de los fascistas chocan con nuestra vieja mentalidad liberal, no se puede negar, sin embargo, que los fines que se proponen y el espíritu que los anima sean como para pedir indulgencia o provocar simpatía.” [5] 
 Este era el estado de ánimo reinante en los círculos liberales, que en términos políticos, tuvo su expresión en la creación del Bloque Nacional para las elecciones generales de mayo de 1921 entre la derecha clásica como el Partido Liberal italiano de Giovanni Giolitti, la Asociación Nacionalista Italiana de Enrico Corradini y el Partido Democrático Social, de Giovanni Colona, y los fascistas. Esas elecciones, donde el Bloque Nacional obtuvo el tercer puesto con el 19,07 % de los votos, permitieron a los fascistas acceder por primera vez a tener representación parlamentaria. Sobre ésta base, con el activo financiamiento de la COFINDUSTRIA y los grandes terratenientes, en noviembre de 1921 Mussolini impulsó la creación del Partido Nacional Fascista sobre la base de estos fasci, dándole a los mismos una estructura, coordinación y extensión nacional. 

 El Partido Nacional Fascista: de movimiento “plebeyo” al programa del gran capital 

En relación a su composición social, para 1921 el 59 % de los miembros del Partido Nacional Fascista provenía de los estratos medios y altos, cuando en la estructura social italiana esos sectores no representaban más que el 35 % de la población. Al menos un 13 % de sus miembros eran jóvenes de las familias más ricas, que en la sociedad no representaban más del 1 %. 
 Esta composición social se correspondió con la evolución programática experimentada por el movimiento fascista. En el programa de los fascios de 1919, se proponía una “asamblea nacional” para dictar una nueva constitución, la participación obrera en el control de la industria, la nacionalización de la industria bélica, el impuesto progresivo al capital y la confiscación de las propiedades de la Iglesia y del 85 % de las ganancias de la guerra obtenidas por las grandes empresas. Ya en el programa de 1920 se cuestionaba la demagogia socialista que incentivaba los conflictos económicos pero desaparecieron las demandas de confiscación y nacionalización, y se acentuó el nacionalismo expansionista con demandas coloniales. 
 El programa agrario del fascismo en 1921 le daba todo tipo de garantías a los terratenientes latifundistas. En junio de 1921, en un discurso Mussolini se mostró partidario de devolver a la iniciativa privada toda actividad que no fuese seguridad, justicia, defensa y política exterior. El programa fascista de noviembre de 1921 directamente ponía énfasis en la defensa de los sectores medios y los consejos técnicos surgidos de las corporaciones. Se mostraba opuesto a la demagogia impositiva y financiera; y rechazaba el control estatal del capital. 
 Aludiendo a su base social y los intereses que expresa el fascismo, Trotsky plantea que “el régimen fascista ve llegar su turno porque los medios ‘normales’, militares y policiales de la dictadura burguesa, con su cobertura parlamentaria, no son suficientes para mantener a la sociedad en equilibrio. A través de los agentes del fascismo, el capital pone en movimiento a las masas de la pequeñoburguesía irritada, a las bandas del lumpenproletariado desclasadas y desmoralizadas, a todos esos seres a quienes el capital financiero empuja a la rabia y la desesperación. La burguesía exige del fascismo un trabajo completo: una vez que aceptó los métodos de la guerra civil, quiere lograr la calma para varios años”. [6]
Eso es lo que expresó el ciclo de ascenso del fascismo en Italia. Se fue consolidando como movimiento de masas militarizado que se postulaba como el único capaz de imponer el orden. En esta situación de crisis, en octubre de 1922, el Partido Nacional Fascista convocó a la marcha sobre Roma, una movilización de los fascistas desde distintas regiones hacia la capital para hacer una demostración de fuerzas en la que participaron entre 30.000 y 40.000 camisas negras. Luego de ésta, el Rey nombró Primer Ministro a Mussolini y le exigió formar gobierno. Mussolini asumió como primer ministro, formando un breve gobierno de coalición con distintos partidos liberales y católicos, para avanzar pocos años después en un régimen de partido único fuertemente represivo. Había comenzado la primera experiencia fascista en el poder. 

 Paula Schaller 
 Licenciada en Historia 
Lunes 8 de noviembre | 21:43 0

 [1] Gramsci, Antonio, “El movimiento turinés de los consejos de fábrica”, julio de 1920
 [2] Buchrucker Cristian, El fascismo en el Siglo XX. Una historia comparada, Emece, pg. 50. 
 [3] Gramsci, Antonio, “El movimiento turinés de los consejos de fábrica”, julio de 1920. 
 [4] Trotsky, León “Pilsdulski, el fascismo y el carácter de nuestra época”, La lucha contra el fascismo en Alemania, IPS-CEIP, Obras Escogidas 3, Buenos Aires, pg 466.
 [5] Buchrucker Cristian, El fascismo en el Siglo XX. Una historia comparada, Emecé, pg. 53.
 [6] Trotsky, León “¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán}”, La lucha contra el fascismo en Alemania, IPS-CEIP, Obras Escogidas 3, Buenos Aires, p. 118.