jueves, 7 de noviembre de 2024
El retorno de Trump y el retroceso histórico del imperialismo norteamericano
La disputa electoral en Estados Unidos no estaba tan cabeza a cabeza como coincidía el 99 % de las encuestas. Donald Trump ganó en los estados-bisagra y en votos a nivel nacional. En Nueva York, un bastión del partido Demócrata, los republicanos obtuvieron el mayor número de votos en décadas. El llamado de Kamala Harris a ir a votar (“we vote, we win”) se convirtió en un búmeran, porque la mayor afluencia electoral favoreció a su rival. El elevado número de delitos por los que debería comparecer ante la Justicia tampoco afectó a Trump, que ahora se beneficiará de una norma votada por la Corte Suprema de mayoría derechista, que ha suspendido la ley criminal para presidentes en ejercicio. El desenlace electoral culmina una crisis política que se había manifestado con mucha antelación, ante la evidencia de que Biden no reunía las condiciones para un segundo mandato. La posibilidad de retirarlo de la competencia electoral se adoptó con mucha demora, por el temor de que creara una vacancia de facto del poder en medio de guerras internacionales y de crisis políticas en varios países. La designación de Harris como candidata, sin pasar por el período de confrontación y selección en las primarias, privó al partido Demócrata de una compulsa de alternativas y le endilgó a la misma Harris el anatema de un títere del aparato partidario.
El retorno al poder de un candidato abrumado de demandas judiciales y de la responsabilidad de un intento de golpe de Estado -que incluía el asesinato de miembros del Congreso y de su exvicepresidente- es un hecho excepcional. Pero el propio Estados Unidos atraviesa una situación extraordinaria, como es el retroceso imparable de la primera potencia capitalista del mundo. Trump se ha vuelto a presentar como una alternativa de tránsito del bonapartismo al fascismo, como un recurso extremo, aunque no último; a los 77 años, ese lugar podría ocuparlo, controversialmente, su compañero de formula, JD Vance. Trump ha planteado una deportación masiva de inmigrantes y la infiltración masiva de las instituciones del Estado por camarillas de derecha, desde los servicios de Inteligencia y espionaje, hasta los organismos de supervisión impositiva, con acceso a las cuentas de los ciudadanos. Más de una vez ha declarado su intención de gobernar con la ley marcial.
Trump es la expresión política de la declinación del imperialismo norteamericano. Estados Unidos ha cedido a China el primer lugar en el comercio internacional y en cuanto al PBI. En el primer punto se encuentra por debajo del 25 % del intercambio, aunque se realice en dólares en un 60 % y tenga el 75 % de las reservas internacionales. Sigue en el primer lugar del PBI cuando es medido en dólares, pero es segundo de China en términos de poder adquisitivo. El recurso a los aranceles de importación frente a China muestra un país a la defensiva, que recurre por otro lado a multiplicar las sanciones financieras. La potencia de alcance global está quebrando las cadenas internacionales de producción, que cuenta con la presencia de China en cualquiera de sus eslabones.
Este retroceso se convierte en derrumbe cuando se cuentan las guerras perdidas o que han concluido en manifiesto fracaso. El ejército norteamericano ha sido puesto en fuga por los campesinos musulmanes de Afganistán. El pronóstico de Biden de que la OTAN no pararía en la guerra de Ucrania hasta llegar a Moscú, pronunciado en un discurso en Polonia, en 2022 ante tropas de Estados Unidos, luce de otro modo al cabo de tres años de guerra imperialista. Los rechazos a la conscripción y las deserciones amenazan con acabar con el gobierno de Zelensky y con el Estado ucraniano. Semejante cráter en la nación más grande de Europa encadenaría crisis generalizadas en todo el continente, incluida Rusia y, por sobre todo, Estados Unidos. Para las próximas semanas se espera la dimisión del gobierno de Olaf Scholz, en Alemania, y el adelanto de las elecciones. Macron y Pedro Sánchez viven contando sus días. Trump ha prometido salir de este enorme impasse estratégico, sin entrar en mayores detalles. Lejos de un adalid de la paz, el propósito es proceder a un reagrupamiento de fuerzas de un imperialismo en retroceso, para emprender guerras decisivas, concretamente contra China.
La victoria de Trump está asociada al empobrecimiento de la población trabajadora, en un proceso que lo emparenta a Milei. En efecto, Estados Unidos ha dominado la inflación con tasas de interés punitivas y producido un crecimiento promedio del 3 % anual en nueve meses seguidos. Pero los consumidores no han recuperado el poder adquisitivo que perdieron durante la pandemia y la inflación subsiguiente. En cuanto al crédito, al consumo y las hipotecas, la situación ha empeorado. No es lo que ha ocurrido con la Bolsa, que se ha valorizado un 60 % anual, que en el caso de las tecnológicas llega a los tres dígitos. Todo esto ha creado un nuevo patrón de distribución del ingreso. A diferencia de su gestión anterior, Trump ya no habla de proteger al “cordón oxidado” de las viejas industrias; ahora es el representante de los pulpos de Silicon Valley y de la economía digital, el campo de enfrentamiento con China –semiconductores, autos eléctricos, energía limpia- sin excluir, todo lo contrario, a las grandes petroleras, que son el arma de lucha contra la OPEC, Irán y Rusia, exportadoras de combustible a China. Para financiar los gastos de capital de este “capital tecnológico”, se ha comprometido a una baja extraordinaria del impuesto a las ganancias y otras formas de rédito patronal. Trump va a llevar al déficit fiscal a arriba de los 3 billones de dólares y a la deuda pública bien por encima del 120 % actual del PBI (a los 50 billones). Es un programa de guerra internacional contra los trabajadores. Trump va a crear, para el magnate Elon Musk, una secretaría de “desregulación”, como la que Milei inventó para Sturzenegger. Una piedra libre contra los derechos de los trabajadores. Trump promete convertir al dólar en un arma de guerra contra la competencia extranjera, mediante la devaluación dirigida; convertirá a la Reserva Federal en una dependencia del Gobierno, como lo han hecho Caputo y Milei. La Bolsa de Nueva York celebró la victoria de Trump con una fuerte suba de acciones, pero con un caída de la deuda publica, luego de un corto aumento al comienzo de la rueda bursátil. Las novedades para adelante serán la hiperinflación y un aumento fuera de serie del oro.
La lectura de la elección, por casi todos los medios de comunicación, ha vuelto a adoptar el modelo de ‘explicación’ clásico: la ‘culpa’ la tiene el gobierno saliente y el o la candidata que perdió. Existe la intención manifiesta de evadir una explicación de conjunto, sistémica, más aun, histórica. El régimen bonapartista, o sea, antidemocrático, donde el arbitraje político en la sociedad recae sobre un poder personal, es la expresión de que la sociedad capitalista ha entrado en un desequilibrio estructural, cuya tendencia última es el fascismo. La decadencia de la principal potencia imperialista es la decadencia del capitalismo como tal. China no cae fuera de esta decadencia; simplemente ha recorrido a una velocidad mayor el curso histórico del capitalismo. Ha entrado en una crisis, cuyas salidas engendran un enfrentamiento militar con sus rivales planetarios. La restauración capitalista ha llegado al tope de sus posibilidades en un sistema mundial en agonía. Esta tesis fundamental de la IV Internacional ha sido confirmada por la historia concreta.
Este cuadro histórico lleva a la creación de situaciones revolucionarias. Las “catástrofes” del capitalismo tienen una contrapartida dialéctica ineluctable. Se trata de convertir en ineluctables las victorias revolucionarias, que dependen en altísimo grado de la preparación y organización de la clase obrera de todos los países.
Jorge Altamira
06/11/2024
La explotación del trabajo convertida en ciencia
Una de las principales mistificaciones que envuelve al capitalismo tiene lugar cuando las diferentes variantes de la organización del trabajo son presentadas como parte de un proceso objetivo o “neutral”, en lo que refiere a la relación entre patrones y trabajadores.
De acuerdo a ello, ciertos cambios en el régimen laboral planteados por las empresas tendrían un propósito genéricamente “positivo”, tanto para la patronal como para los trabajadores. El primer antecedente de esta impostura fue introducido por el capataz Frederic Taylor, estudioso y practicante de cómo economizar “métodos y tiempos” en la industria a costa de succionar hasta la última gota del esfuerzo de los obreros. Taylor, precisamente, bautizó a sus estudios como “gerencia científica” o “ciencia del trabajo”. Al criticar ese concepto, un socialista, Harry Braverman, señaló que la disciplina de Taylor “se introduce en el lugar de trabajo no como representante de la ciencia, sino como el representante de la administración patronal enmascarado en los arreos de la ciencia” (“Trabajo y capital monopolista”). Más adelante y con más ironía el mismo autor se va a referir a la “ciencia del trabajo” como “ciencia de la administración del trabajo ajeno”.
La presentación de la explotación obrera con una pátina aséptica o de neutralidad entre las clases dio otra vuelta de tuerca cuando se aludió a la “organización racional del trabajo” y, por lo tanto, se bautizó como “racionalización” a las políticas de despidos de trabajadores y sobreexplotación de la planta remanente. Taylor llamaba “jornada óptima de trabajo” a aquella donde el sometimiento a la dictadura patronal alcanzaba su máxima expresión. La “optimización” capitalista, que es el máximo beneficio a costa de la explotación obrera, es presentada como expresión del bienestar general –obreros y patrones-. Hay que agregar que los métodos de Taylor fueron rechazados desde el vamos por las organizaciones obreras y lo mismo ocurrió con la cinta de montaje de Ford, un verdadero tormento para los trabajadores. Durante varios años, la rotación de trabajadores -entre los que pasaban y los que se quedaban- en la fábrica de Ford resultó de 10 a 1. Este explotador yanqui -que financió a Hitler desde los Estados Unidos- sólo logró estabilizar un plantel laboral cuando endulzó su régimen negrero con incentivos salariales: los famosos “cinco dólares por día”. Braverman señala que, en la posguerra, la política de compensar a los trabajadores que permanecían en las industrias “racionalizadas” (sometidas a despidos masivos) con incentivos a la producción se convirtió en moneda corriente, pero ya con el apoyo de las burocracias sindicales.
Psicología y sociología del trabajo
Ninguno de estos incentivos resolvió la enorme tensión de la gran industria sometida a la “ciencia del trabajo”. En esas circunstancias, apareció la “psicología del trabajo” y luego la “sociología industrial”. La función de estas seudodisciplinas, presentadas como un ´servicio´ de la empresa a los obreros, no era otra que buscar la adaptación y aceptación de los trabajadores al régimen infernal de la fábrica. Al caracterizar el rol de estos profesionales en la gran corporación capitalista, Braverman señala que su rol “no es el estudio de las condiciones objetivas del trabajo, sino tan sólo el de los fenómenos subjetivos a los que éstas dan lugar: el grado de ´satisfacción´ o ´insatisfacción´ expresados en sus cuestionarios”. La razón de ello es clara: “el problema no es la degradación de hombres y mujeres, sino las dificultades levantadas por las reacciones, conscientes e inconscientes, a dicha degradación”.
El abordaje subjetivo de los cambios en el régimen de trabajo es necesariamente unilateral y facilita la manipulación de los trabajadores por parte de la patronal. La psicología humana es antagónica a la seudopsicología del trabajo y por una clara razón: la organización capitalista del trabajo es la fractura de la integralidad humana, en aras de lo que Marx llamó el “obrero parcelado” o mutilado. En efecto: la fábrica de la división del trabajo exacerba alguna destreza parcial del trabajador, a costa de anular al resto de sus potenciales conocimientos. Del mismo modo, las jornadas laborales extensas y agobiantes anulan las posibilidades del ocio y el tiempo libre. La única respuesta científica de la psicología a esta contradicción es la invitación al obrero a superar la mutilación a que lo somete el capital, reconstituyendo su individualidad en la fusión consciente con el conjunto de su clase, es decir, en un partido propio.
Flexibilidad laboral y manipulación
La manipulación de los trabajadores ha cobrado un nuevo capítulo con los llamados “nuevos métodos de trabajo” o “producción flexible”. Como ocurría con Taylor, estas prácticas, presentadas como progresos “técnicos” u “objetivos”, no han sido más que la adaptación de la planta laboral a los vaivenes de la crisis capitalista, es decir, a la incertidumbre de los ascensos y retrocesos bruscos en la producción.
Desde hace al menos tres décadas, los esfuerzos de la seudo “ciencia del trabajo” han estado dirigidos a adaptar el régimen de trabajo a esas fluctuaciones, a costa, naturalmente, de violentar conquistas laborales elementales -el descanso del fin de semana, la jornada laboral de 8 horas o el derecho a las vacaciones pagas y en el período de receso veraniego-. Lógicamente, estos avances patronales no podrían pasar sin ser “edulcorados” con alguna concesión parcial. Uno de los casos más evidentes ha sido el de la reducción de la jornada laboral a 7 horas en Francia -leyes Aubry- en 1998. La reducción a 35 horas semanales, sin embargo, tuvo como contrapartida el establecimiento de 1.600 horas anuales, que podían ser acomodadas a gusto del patrón. De ese modo, las patronales se ahorraban el pago de horas extras. Asimismo, la ley habilitó a negociaciones por empresa en torno del régimen laboral, lo cual abrió las puertas a diferentes variantes de intensificación del trabajo.
Aunque la reducción formal de la jornada fue presentada como “promotora del empleo”, el resultado no fue tal: el impacto de la “racionalización” -eliminación de horas extras, vacaciones en cualquier momento del año- superó al producido por la reducción de jornada. A despecho de esta cuestión de conjunto, las burocracias sindicales de Francia empujaron la reforma en nombre de un aspecto parcial: el “aumento del tiempo libre” como resultado de la reducción de la jornada. Obviamente, los trabajadores pagaban con creces esa concesión. En las décadas siguientes a las leyes Aubry, la flexibilidad laboral y la intensificación del trabajo no cesaron de crecer.
La burocracia sindical de Francia encontró también a sus teóricos. Un antiguo historiador y crítico de los regímenes del trabajo del capitalismo, Benjamín Coriat, se dedicó a pontificar sobre “los desafíos de la competitividad”, propugnando que las nuevas modalidades del trabajo flexible podrían conciliar los intereses del capital con los de la clase obrera.
Conclusión
La reducción de la jornada laboral y el derecho a no trabajar los fines de semana son aspiraciones que los actuales regímenes de trabajo del capital pisotean todo el tiempo y de modo creciente. La defensa o la conquista de esos derechos plantea una lucha contra las patronales y el Estado. Cuando la clase capitalista o los funcionarios “ofrecen” alguna de estas conquistas parciales en paquete, sólo lo hacen como parte de una manipulación para incrementar en términos generales el grado de explotación de los trabajadores. La presentación de una concesión unilateral como “conquista”, cuando se trata de una maniobra para hacer pasar un planteo flexibilizador de conjunto, es contribuir a que los trabajadores se adapten a la falsa “ciencia del trabajo”. Cuando la ciencia se convierte en un instrumento del capital contra los trabajadores, deja de ser ciencia y pasa a ser una apología del régimen social que vive del trabajo ajeno.
Marcelo Ramal
06/11/2024
miércoles, 6 de noviembre de 2024
martes, 5 de noviembre de 2024
Elecciones en Estados Unidos: la “trumpificación” de la política norteamericana
Este hecho no debería llamar la atención, pues los comentarios periodísticos destacan que la agenda que domina el escenario electoral ha sido la impuesta por el magnate inmobiliario. The Economist habla de una “trumpificación” de la política estadounidense. No importa quién gane en noviembre, Trump ha redefinido las agendas de ambos partidos. El semanario inglés ha ido más lejos y afirma que quien quiera que triunfe, las ideas de Trump ganarán. “Él, no Harris, ha fijado los términos de esta contienda”. Lo que sobresale es cómo los demócratas se han ido adaptando y asumiendo como propios en su plataforma planteos del ex presidente republicano.
La política migratoria de Harris consiste en respaldar la propuesta de reforma bipartidista más conservadora de este siglo. Entre sus disposiciones se incluye el cierre de las solicitudes de asilo cuando el flujo de migrantes irregulares sea elevado.
Su política comercial implica mantener, en forma modificada, la mayoría de los aranceles que Trump impuso en su primer mandato. En materia fiscal, Harris mantendría la mayoría de los recortes que Trump firmó en 2017. En materia energética, se ha convertido en una adepta al fracking y ha formado parte de una administración que ha visto a Estados Unidos extraer más petróleo y gas que nunca antes.
Lo mismo ocurre en política exterior. La actitud hacia China es por cierta ilustrativa. Aunque Trump ha sido más confrontativo verbalmente que sus contrincantes, los demócratas han sido más duros en la práctica prohibiendo las exportaciones de tecnología a China e imponiendo fuertes aranceles a las importaciones de vehículos eléctricos chinos. La candidata demócrata, de todos modos, ha sido más cautelosa y ambigua que Biden en lo que se refiere a una confrontación con China y a la defensa de Taiwán, volviendo a reflotar la orientación de la “ambigüedad estratégica” que la Casa Blanca enarboló históricamente, según la cual Estados Unidos se abstuvo de indicar su postura en caso de conflicto entre el continente y Taiwán.
En Oriente Medio, Kamala Harris no se ha quedado relegada respecto a los republicanos en el respaldo al régimen sionista, a pesar de la presión desde dentro de su propio partido para que corte los suministros de armas a Israel. Tampoco parece tener prisa por revivir el acuerdo con Irán que Trump rompió; llamó al régimen islamista el mayor adversario de Estados Unidos y de Occidente. En el caso de Líbano, funcionarios del Partido Demócrata apoyan la invasión israelí como la posibilidad de avanzar en un rediseño de la región.
Por supuesto, persisten controversias sobre cuál es el compromiso de Estados Unidos con la Otan. Recordemos que, durante el mandato de Trump, se produjo un distanciamiento con las potencias occidentales aliadas que, luego, Biden se empeñó en recomponer. Obviamente, el apoyo a Ucrania es donde la brecha parece más amplia. Harris se ha comprometido a continuar con el sostenimiento económico y militar de Ucrania. Trump habla de arribar a un arreglo con Rusia y finalizar la guerra. El énfasis en lo que se refiere al belicismo está puesto contra China. Pero los términos para una salida de Ucrania siguen siendo extremadamente vagos y habrá que ver cómo Trump se reacomoda cuando haya que definir un compromiso concreto y establecer concesiones territoriales y la presencia militar rusa en territorio ucraniano. Hay demasiados intereses estratégicos en juego en un marco de presiones cruzadas de las potencias capitalistas y del establishment internacional para que el conflicto tenga una fácil y pronta resolución.
EEUU en su laberinto
Pero mientras los demócratas hacen un esfuerzo por desplazarse hacia el campo republicano, Trump va corriendo el arco hacia una política más extrema. En materia proteccionista, ha elevado la vara y propone implantar un arancel general del 20% y uno especial del 60% a todas las importaciones chinas. En materia tributaria, pretende convertir en permanentes todos los recortes de 2017 y reducir aún más los impuestos corporativos. Y disponer medidas aún más restrictivas en materia de inmigración. Sus diatribas que llegan al delirio (como aquella dirigida contra los centroamericanos, a quienes acusó de comerse las mascotas de sus vecinos) son funcionales a esa política discriminatoria de claro tinte fascista. Del “muro” de su gestión anterior pasamos a un plan de deportación masiva.
Las promesas de Trump, de todos modos, son extremadamente controvertidas, ya que podrían agravar la crisis económica que ya se registra en EEUU. Un aumento de los aranceles podría incentivar la inflación que está lejos de poder apagarse. Por otra parte, la guerra comercial a la que ha apostado EEUU no ha servido hasta ahora para revertir el desequilibrio de la balanza comercial estadounidense. Las sanciones y represalias comerciales tampoco han logrado asegurar la supremacía yanqui en alta tecnología, acosada por China y, sobre todo, por Taiwán.
Los recortes impositivos que promete Trump no han logrado devolverle a EEUU el esplendor del pasado, como auguraba el líder republicano en su primer mandato. El temor fundado es que las supuestas ventajas tributarias no den el resultado esperado pero sí terminen por provocar un descalabro en las cuentas públicas y pueda llevar a un extremo la crisis de la deuda que ya está en curso. Trump ha propuesto restablecer una norma que permita a los estadounidenses deducir por completo los impuestos pagados a los gobiernos estatales y locales de sus facturas de impuestos federales. Eso podría costar un billón de dólares en la próxima década, que se suman al recorte ya nombrado del impuesto a las corporaciones.
Una preocupación obvia es que estos diversos recortes harían subir un déficit federal ya abultado. En una estimación publicada recientemente, el Comité para un Presupuesto Federal Responsable, un grupo no partidista, proyectó que el déficit subiría hasta el 12% del PBI para 2035 con Trump, frente al 7% del año pasado. Como resultado, la deuda nacional se dispararía a alturas vertiginosas.
Las elecciones norteamericanas se dan en un momento en que los peligros de una recesión son cada vez más fuertes. La desaceleración de la economía, que ya se constata en un cuadro donde las tendencias recesivas se abren paso en el concierto mundial, es un aviso de la pendiente económica que se viene, y es lo que está en la base de la decisión adoptada por la Fed de empezar a reducir la tasa de interés. Esta relajación monetaria, sin embargo, muy probablemente no logre evitar un aterrizaje de la economía estadounidense, pero sería suficiente para disparar un salto en la crisis de la deuda. Un debilitamiento del dólar provocado por un descenso de la tasa de interés aumentaría las tendencias ya existentes de los acreedores extranjeros a abandonar sus tenencias en moneda norteamericana y ahondaría todavía más las dificultades del Tesoro para financiarse. Algunas calificadoras bajaron la categoría de “triple A” que ostentaban los bonos del Tesoro y la propia Reserva Federal se ha visto obligada a comprar esos títulos para evitar un derrumbe.
El escenario mundial, dominado por las tendencias crecientes a la guerra comercial y la guerra misma, dificulta cualquier coordinación entre los Estados para pilotear la crisis y acentúa la fractura y dislocación de la economía mundial.
Cualquiera sea el ganador de las elecciones, va a tener que lidiar con estas contradicciones explosivas, que el intervencionismo estatal se revela cada vez más impotente para mitigar.
Fracaso de la democracia
Lo que revela como cuestión de fondo esta “trumpificación” es la decadencia y el fracaso de la democracia, que se está haciendo sentir en los países imperialistas y en particular en la principal potencia capitalista del muñido. La crisis capitalista ha hecho su trabajo implacable de topo y ha terminado socavando las bases de sustentación de la democracia imperialista.
A mediados del siglo XX, los hombres de la clase trabajadora constituían el núcleo de la base de votantes demócratas. “En las tres décadas que siguieron a la II Guerra Mundial, como consecuencia de las altas tasas de sindicación y la ausencia de competencia extranjera, que podía hacer bajar los salarios nacionales, los hombres de clase trabajadora ganaban a menudo lo suficiente para mantener a su familia, aunque sus cónyuges no trabajaran fuera de casa. A menudo ganaban lo suficiente para convertirse en propietarios (de hecho, existe una correlación histórica entre ciudades con altos índices de sindicación y altos índices de propiedad de vivienda” (“Bloque trumpista”, dossier, en Sin Permiso, 27/10).
Pero la economía que permitía a los hombres de clase trabajadora mantener a su familia y convertirse en propietarios de una vivienda ha desaparecido en gran medida del paisaje estadounidense. “Con la reducción de la afiliación sindical a un escaso 6% de la mano de obra del sector privado (frente al 40% de mediados del siglo XX), con una producción tecnológica y robotizada que reduce la necesidad de trabajadores en la industria manufacturera, la construcción y, quizás pronto, en el transporte (todos ellos sectores profesionales dominados por los hombres), y con una gran parte de la producción norteamericana deslocalizada a otros países, ya no existen los trabajos manuales o de cuello azul remunerados que permitieron a sus abuelos mantener a su familia y, acaso, enviar a sus hijos a la universidad. Y como la clase media obrera de la generación de sus abuelos ha desaparecido, ha aumentado vertiginosamente la diferencia de ingresos y riqueza entre los licenciados universitarios y los trabajadores que tienen sólo estudios secundarios (bachillerato)” (ídem).
Esta falta de perspectivas se da especialmente entre los jóvenes. Esto es lo que explica que los trabajadores, y en especial la nueva generación, sean presa de las campañas antimigratorias. E incluso que haya logrado prender la demagogia proteccionista de defender los puestos de trabajo estadounidenses hasta en una fracción de la minoría latina y negra, donde los demócratas han retrocedido en la monolítica adhesión que tenían del electorado de ambos sectores.
La especulación que está haciendo el comando demócrata sobre la adopción silenciosa de posiciones más trumpista en los Estados más oscilantes y disputados que decidirían la elección no le está dando los resultados esperados pero sí ha servido para socavar el entusiasmo y adhesión en las franjas de la población que constituyen parte del bastión histórico de adhesión al voto demócrata. Si algo puede salvar a los demócratas es la reivindicación del aborto legal frente a la tentativa republicana de avanzar en su supresión en los Estados, apoyándose en el fallo de la Corte Suprema al respecto. Si bien Kamala Harris ha sido “moderada” a la hora de agitar los derechos de la mujer y en particular el derecho al aborto, esta bandera se ha revelado como suficientemente poderosa para lograr una corriente de adhesión mayoritaria entre las mujeres. Los sondeos muestran que Trump lleva una ventaja de 53 a 37% entre los jóvenes pero la relación se invierte en idéntica proporción entre las mujeres en favor de la candidata demócrata. Muy probablemente esto no sea suficiente para revertir la elección, con más razón si tenemos en cuenta que la suerte de los comicios pasa por el colegio electoral y el magnate inmobiliario podría ganar incluso aunque obtuviera menos cantidad de votos que su rival, como ya ocurrió en su primer mandato.
Cómo combatimos la derecha y el fascismo
El giro derechista tiene como principal exponente a Trump pero se propaga también entre los demócratas. Este viraje, incluyendo el auge de tendencias fascistizantes, echa sus raíces en la descomposición y descrédito de la democracia bajo el embate de la crisis capitalista que desmantela el estado de bienestar, incrementa la desigualad y socava la perspectiva de progreso de los trabajadores. Esto va de la mano de la consagración de un régimen autoritario que gobierne por encima de las instituciones democráticas, restringiendo las libertades e imponiendo un salto en la regimentación política y represión interna.
En este contexto, no nos podemos olvidar que quienes salieron a reprimir las tomas universitarias en apoyo a la causa palestina y desalojar a los estudiantes fueron los demócratas. Un Ejecutivo fuerte y un régimen policial se compadecen, por un lado, con la necesidad de hacerle frente a los crecientes antagonismos sociales dentro de las fronteras nacionales, y por el otro, responde a las tendencias a choques y guerras entre los Estados que plantea como requisito previo lograr disciplinar sus propios frentes internos.
Un adelanto de este fenómeno lo hemos tenido en el asalto del Capitolio promovido por Trump y no hay que descartar que se reproduzca en caso de que Trump no gane las elecciones. Una prueba de que estas tendencias están fuertemente instaladas es la impunidad que hubo frente a ese golpe de Estado hasta el día de hoy, empezando por la impunidad del propio Trump.
En este cuadro, pretender combatir a Trump recostándose y respaldando a los demócratas es un monumental error.
En este contexto, queda claro el callejón sin salida que representa la política de la izquierda demócrata y en primer lugar de los demócratas socialistas, que impulsan el apoyo a Kamala Harris. Esta corriente ha votado en favor de los créditos de guerra e inclusive algunos de sus miembros revindicaron el derecho a la defensa del Estado sionista. A diferencia de lo ocurrido hace cuatro años atrás con Sanders, esta vez ni siquiera postularon un candidato independiente. La lucha contra Trump y la derecha y el peligro fascista solo puede realizarse y tener porvenir en el marco de una política y movilización independiente, despojada de cualquier atadura con los demócratas y las variantes patronales. Es necesario construir una fuerza política revolucionaria en EEUU que le dé una expresión política a este reverdecer estudiantil que se ha puesto en evidencia en las tomas de las universidades y en la nueva generación U (en referencia a las “union” – sindicatos en castellano) que ha empezado a irrumpir en el movimiento obrero al calor de los conflictos gremiales que se vienen extendiendo en estos años recientes.
Pablo Heller
Condenan a los autores materiales del crimen de Marielle Franco
A pesar de las impactantes condenas dictadas por la jueza Lucia Glioche contra los exmiembros de la policía militar de Río de Janeiro Ronnie Lessa y Elcio Queiroz, sentenciados 78 y 59 años de prisión respectivamente, por los crímenes de la entonces concejal carioca Marielle Franco y su chofer, Anderso Gomes, la lucha por el castigo a todos los culpables no ha concluido. Los dos sicarios, sin embargo, cumplirán una pena mucho más acotada, de 13 y 7 años en cada caso, tras haber aceptado un acuerdo de colaboración con la justicia. El crimen fue cometido el 14 de marzo de 2018 y los expolicías resultaron apresados en 2019.
El juicio duró dos jornadas. Los sicarios confesaron el crimen que cometieron por dinero, según sus dichos, una cifra de dinero “que los encegució”. Lessa dijo que el asesinato fue ordenado por líderes de las milicias de Río de Janeiro, a quienes identificó como el diputado federal Chiquinho Brazao y su hermano Domingos Brazao, asesor del Tribunal de Cuentas de Río, quienes veían amenazado un negocio inmobiliario multimillonario por las acciones de la concejal, a quien consideraban “una piedra en el camino”. Lessa dijo también que antes de recibir la orden de asesinarla ni siquiera conocía a Marielle. También reveló que el objetivo original era el exdiputado del PT y actual presidente de Embatur Marcelo Freixo, “pero su alto nivel de seguridad y prominencia lo convirtieron en un blanco inviable”. Esta circunstancia, según su declaración, llevó a que Franco se convirtiera en el objetivo de las milicias (Infobae, 31/10).
Los presuntos autores intelectuales del asesinato fueron detenidos en marzo pasado junto al exjefe de la policía civil de la ciudad Rivaldo Barbosa, acusado de obstruir la investigación, aunque es también señalado como el verdadero articulador del plan criminal.
Los hermanos Brazao son políticos profesionales bolsonaristas. Domingos ha sido concejal y diputado antes de llegar al Tribunal de Cuentas del estado de Rio de Janeiro. Anteriormente se ha visto envuelto en sospechas de corrupción, vínculos con grupos criminales y milicias, e incluso un asesinato. Su hermano, Joăo Chiquinho, fue elegido concejal por primera vez en 2004, formó parte del Ayuntamiento de Rio durante 14 años y fue elegido diputado federal en 2019. Éste último es socio político de larga data de Flávio Bolsonaro y mantienen negocios inmobiliarios compartidos.
Pero la cadena de responsabilidades va mucho más allá. Los Bolsonaro son los verdaderos jefes de las milicias de Rio, cuyo estado gobierna el PL, su partido.
Se ha revelado que Elcio Queiroz visitó la residencia de los Bolsonaro, a su vez, vecinos de Ronnie Lessa. Renan Bolsonaro estuvo comprometido con la hija del sicario. Las investigaciones revelaron incluso que en el mismo dia del asesinato de Marielle Franco se realizaron varias llamadas telefónicas desde la casa de Bolsonaro a la hija de Lessa, quien vivía en Estados Unidos.
Por otro lado, la familia Bolsonaro tenía una relación asidua con Adriano da Nóbrega, lider de Escritório do Crime, una poderosa milicia. Flávio Bolsonaro empleó en su gabinete en la Asamblea Legislativa de Río de Janeiro a su madre y a su mujer, entre 2010 y 2018. Por si fuera poco, Flávio entregó a Antônio da Nóbrega una medalla en la cámara en 2005. Y el propio Jair Bolsonaro calificó de “héroe” a Antônio cuando fue asesinado en febrero de 2020.
La lucha por el castigo a los culpables del crimen de Marielle Franco no ha concluido.
Jacyn
01/11/2024
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