jueves, 25 de mayo de 2023

El acuerdo de seguridad entre Estados Unidos y Papúa Nueva Guinea


Papúa Nueva Guinea está ubicada al norte de Australia 
El imperialismo avanza en un cerco contra China.

 Estados Unidos y Papúa Nueva Guinea, un empobrecido Estado insular ubicado en el Pacífico, suscribieron esta semana un acuerdo de defensa que apuntala el cerco de Washington contra China. Aunque han trascendido pocos detalles del mismo, versiones periodísticas indican que permitiría a las fuerzas yanquis el acceso al espacio aéreo y marítimo del país oceánico, incluyendo sus buques, puertos y aeropuertos. 
 Para sellar el compromiso, el secretario de Estado norteamericano, Antony Blinken se trasladó hasta la isla y se reunió con el primer ministro James Marape, en vísperas de un encuentro de naciones del Pacífico que se llevó a cabo en la capital, Port Moresby, en el que también participó la India. 
 El pacto, que aún debe ser ratificado por el parlamento local, desató protestas del movimiento estudiantil universitario en Lae y otras ciudades. Papúa Nueva Guinea es un destacado productor minero y cafetero, en el que un tercio de la población está sumergido en la pobreza extrema. Marape intentó despejar los cuestionamientos señalando que el convenio no pone en peligro las relaciones con Beijing. Y se atajó, diciendo que su nación no será la plataforma “para lanzar una guerra”. 
 Sin embargo, el acuerdo se inscribe en una avanzada norteamericana en la región. En febrero, Estados Unidos y Filipinas firmaron un pacto que refuerza la presencia militar yanqui en el archipiélago.
 En Corea del Sur, la Casa Blanca tiene casi 30 mil soldados desplegados. Hace pocas semanas, Joe Biden y el primer ministro surcoreano, Yoon Seok-Yeol, oficializaron la “declaración de Washington” que establece, entre otros puntos, la visita periódica de un submarino nuclear a aguas surcoreanas. 
 En la misma línea, Japón estudia la apertura de una oficina de coordinación con la Otan, la alianza militar atlántica encabezada por Estados Unidos, y puso en marcha un plan de rearme, con aliento estadounidense. 
 En septiembre de 2021, a su vez, el Pentágono selló una alianza militar con Australia y Reino Unido, el Aukus, que debutará con la construcción de un submarino nuclear en la nación de los canguros. Otra alianza con la que Washington busca impulsar su agenda en la zona es el Quad, en el que participan Japón, Australia y la India (que, sin estar 100% alineada con la Casa Blanca, comparte la animadversión hacia China). 
 A la par del acuerdo con Papúa Nueva Guinea, el imperialismo quiere disputar la influencia sobre los pequeños estados insulares de Oceanía. En ese camino, abrió embajadas en las Islas Salomón, Tonga y Kiribati, y entregó fondos de asistencia a la región. Las Islas Salomón, previamente, habían sido noticia por la firma de un acuerdo de seguridad, pero con China. 
 En resumen, el imperialismo libra su partida de TEG para acorralar al gigante asiático, como parte de su tentativa de colonización económica. 
 El resultado es un incremento de las tendencias bélicas, como se ve en el punto más caliente de la zona, que es Taiwán, donde se multiplican los ejercicios militares. La extitular de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, llevó las tensiones a un nuevo nivel el año pasado al visitar la isla. 
 La movilización de la juventud en Papúa Nueva Guinea, al igual que las recientes manifestaciones en Japón contra la reunión del G7, marca un camino para enfrentar el belicismo imperialista. 

 Gustavo Montenegro

La cultura del colonizado


En la sacrificada Hiroshima, la OTAN anuncia la escalada de la guerra imperialista


El fin de semana pasado tuvo lugar una reunión de los países del G-7, que es en realidad el directorio político de la OTAN. La OTAN es un conglomerado imperialista de alrededor de treinta naciones, que se divide, sin embargo, entre estados opresores y estados vasallos oprimidos. El evento, que tuvo lugar en Hiroshima, Japón, es un caso monumental de hipocresía, porque pretendió ser una suerte de homenaje a las víctimas del ataque atómico descargado, en 1945, por Estados Unidos, cuando la agenda de la reunión de marras contemplaba fundamentalmente nuevos planes de agresión militar en Ucrania y en Rusia, que podrían desatar una guerra nuclear. 78 años después del bombardeo atómico a Hiroshima y Nagasaki, Estados Unidos continúa respaldando y justificando esa acción genocida. Al igual que Japón con las masacres que cometió en China durante una década, los gobiernos norteamericanos se han negado sistemáticamente a reconocer la criminalidad de esos bombardeos. 
 La reunión del G-7 tuvo por objeto preparar minuciosamente lo que se ha dado en la llamar la “contraofensiva” de Ucrania contra el ejército de Rusia en toda la franja oriental que va de la frontera rusa hasta la península de Crimea. La “contraofensiva” incluye asimismo ataques al territorio ruso, a una escala superior a los atentados y acciones de comando que han tenido lugar recientemente. Se trata, entonces, no de una contraofensiva sino de una escalada militar de proporciones. Voceros de Estados Unidos y de Alemania han justificado esta escalada por la necesidad de golpear las rutas de abastecimiento militar transfronterizos al ejército ocupante. Se trata, sin embargo, de un reconocimiento a medias, porque los drones que atacaron el Kremlin o Crimea, o los misiles contra ciudades rusas, van mucho más allá de ese propósito. Biden, el presidente norteamericano, ha repetido infinitas veces su oposición a atacar territorio ruso por el temor de provocar una tercera guerra mundial. 
 El plato fuerte de la reunión de Hiroshima fue el anuncio de que se autorizaría la entrega al ejército de Ucrania de aviones F-16 que se encuentran en poder de países europeos, y que se entrenaría para su uso a varios miles de soldados ucranianos. Los F-16 tienen un radio de acción de 800 kilómetros, pero pueden portar misiles con un alcance de más de dos mil kilómetros, o sea bien adentro de Rusia. Una reciente filtración del Pentágono reveló que parte de los futuros pilotos son adiestrados por ‘consejeros’ de la OTAN en la misma Ucrania. La guerra de Ucrania por la “autodeterminación nacional” ha redundado, por el contrario, en su colonización más absoluta por parte de la OTAN. Una Ucrania independiente es inconcebible sin la expulsión revolucionaria de ese bloque imperialista de su territorio. Con el pretexto de colaborar con la financiación de la guerra, el gobierno ucraniano está procediendo, además, a una masiva privatización de tierras y empresas, en conformidad con un acuerdo con el FMI. Con la misma justificación se han reducido los salarios y se ha abolido el derecho laboral. La consigna que cerró la reunión del G-7 en Hiroshima fue “apoyar a Ucrania todo lo que sea necesario y por el tiempo que fuera necesario”, lo que ha llevado a muchos a advertir, luego de 15 meses de guerra, contra el peligro de “una guerra mundial”. Hasta ahora, la ayuda militar y económica de la OTAN a Ucrania ha llegado a la suma de 135 mil millones de dólares. Un gasto que deberá aumentar, aunque Estados Unidos ingrese en una improbable suerte de default, como consecuencia de haber alcanzado el techo legal permitido de endeudamiento de 31.5 billones de dólares. 
 La prensa internacional da cuenta de una división de opiniones o planteos en los círculos de la OTAN acerca del propósito estratégico de las decisiones tomadas en Hiroshima. Son numerosos quienes sostienen que el objetivo de la “contraofensiva” debe ser forzar a una negociación, sea con más ventajas en el terreno, sea forzada ante el fracaso frente a un enemigo que habría construido una línea territorial de defensa poderosa. La reunión del G-7, sin embargo, se puso de acuerdo en lanzar una ofensiva contra China, para que cese sus acuerdos comerciales con Rusia, abandone sus pretensiones sobre el sector oriental del Mar de China y renuncie a sus objetivos de predominio tecnológico. De acuerdo a algunos medios, empresas privadas de China estarían contribuyendo con insumos fundamentales para la industria militar de Rusia. Los asistentes a Hiroshima votaron reorientar sus inversiones de “riesgo” de China hacia otros Estados y territorios. En el estado al que ha llegado la crisis, los armisticios o negociaciones de paz no tienen la capacidad de recuperar el equilibrio anterior a la guerra ni alcanzar uno nuevo. 
 Las propuestas del financista Elon Musk de entregar a Rusia los territorios ocupados y Crimea, y de anexar Taiwán a China, como Estado autónomo, tipo Hong Kong, responden a la utopía de llegar a un estado de ultraimperialismo, o sea a la fusión internacional de los monopolios más avanzados.
 La entrega a Ucrania de los F-16, como antes los misiles Himnars y Patriots, y el despliegue de cohetes supersónicos de parte de Rusia, invalida la posibilidad de continuar una larga “guerra de desgaste”, protagonizada exclusivamente por tanques y artillería. Mientras la OTAN se jacta de neutralizar los proyectiles que lanza Rusia contra la infraestructura de Ucrania, como si fueran los que dispara la Jihad desde Gaza, Rusia se ufana de ‘desactivar’ las baterías antiaéreas de la OTAN. La escalada de la guerra anunciada en Hiroshima será librada con armas de última generación. 
 Antes de alcanzar el carácter de una guerra nacional para Rusia, un ataque sistemático a su territorio por parte de la OTAN sería una catástrofe para la humanidad. Hay sectores del trotskismo (una minoría, la mayoría va a la rastra de la OTAN) para quienes la guerra, en su fase actual, tendría ese carácter nacional y una victoria de Rusia tendría alcances emancipadores. Caracterizan que Rusia fue “provocada” por la OTAN a responder con la invasión de Ucrania. En toda guerra imperialista, los bandos en pugna se sienten ‘provocados’ y justifican su contenido imperialista con argumentos defensivos. La Rusia de la oligarquía capitalista no reúne ninguna condición de oprimida; la invasión a Ucrania, por parte de Putin, responde a la defensa de sus intereses de clase opresores en la pugna internacional con el imperialismo establecido. Una victoria militar de Rusia es una fantasía reaccionaria; más aún porque ha establecido una división criminal entre los obreros de Rusia y Ucrania. En oposición a esta perspectiva revolucionaria, la IV Internacional plantea la unidad internacional del proletariado para poner fin al capitalismo y a sus guerras. 
 La lucha contra la guerra entre la OTAN y Rusia debe partir de una caracterización clara de su carácter imperialista y de su alcance mundial. Debe ser denunciada como la consecuencia y la expresión de la agonía mortal del capitalismo, que amenaza con una tragedia humanitaria sin precedentes. Esta comprensión debe servir para unir a los trabajadores en lucha de todo el mundo, para poner fin a la dominación del capital. 

 Jorge Altamira 
 23/05/2023

lunes, 22 de mayo de 2023

El triunfo de la derecha en Grecia


Kyriakos Mitsotakis, primer ministro griego 

Las elecciones parlamentarias griegas le dieron el triunfo a Nueva Democracia, la fuerza de derecha que lidera el primer ministro Kyriakos Mitsotakis. Con un 41% y 146 diputados (cifras que están ligeramente por debajo de lo que había logrado en 2019), supera ampliamente a Syriza, que obtiene un 20% y 71 escaños. La formación del ex primer ministro Alexis Tsipras retrocedió más de diez puntos con respecto a la última elección, siendo la gran derrotada de los comicios. 
 A pesar de su victoria, el oficialismo no consiguió la mayoría absoluta de escaños (151), por lo que se abren dos variantes: un gobierno de coalición, o nuevas elecciones (fines de junio o principios de julio), en las que regiría un “premio” que otorga un bonus de diputados (hasta 50) a la fuerza más votada, con el propósito de facilitar la formación de un gobierno. Entusiasmado por los resultados de la primera vuelta, Mitsotakis quiere las nuevas elecciones, con la seguridad de poder lograr un gobierno monocolor de Nueva Democracia. 
 Además de Syriza, otra fuerza que sale golpeada es Mera25 (de Yannis Varoufakis, un exministro de Tsipras), que sacó menos del 3% y se quedó fuera del parlamento, incluso a pesar de haber sellado una alianza con Unidad Popular –otro desprendimiento de Syriza. El Pasok (partido socialista) saltó del 8 al 12% y también creció el Partido Comunista (KKE), que con el 7,5% se hizo de 26 escaños. En la extrema derecha, Solución Griega sacó un 4,5%, un poco más arriba que en 2019. Antarsya, un frente de izquierda anticapitalista conformado por el NAR y otras organizaciones, obtuvo un 0,54% (contra un 0,41% en 2019). De allí para abajo, otras formaciones de izquierda (maoístas y las dos fracciones del SU) obtuvieron resultados marginales. La abstención fue muy alta (casi 40%), pero estuvo por detrás de las dos elecciones previas. 

 La Troika no se fue 

El triunfo holgado de Nueva Democracia sorprende no solo por las medidas de ajuste aplicadas por el gobierno de Mitsotakis, sino también por las grandes huelgas y movilizaciones que desató la catástrofe ferroviaria de Tempe, en la que murieron 57 personas, a fines de febrero: las mayores protestas desde las que repudiaron a la Troika (Comisión Europea-Banco Mundial-FMI) en 2015. El primer ministro atribuyó el desastre a un “error humano”, pero el pueblo griego en las calles apuntó al vaciamiento y privatización del sistema ferroviario, que involucra tanto al gobierno de Nueva Democracia como a sus predecesores de Syriza y el Pasok. El gobierno de Mitsotakis se había visto afectado también por un escándalo de espionaje ilegal sobre dirigentes de la oposición y sobre sus propios ministros. 
 Para contrarrestar estos golpes políticos, Mitsotakis hizo campaña señalando que lo peor de la crisis griega ya terminó, debido al final (en agosto de 2022) de las políticas de “vigilancia reforzada” de la Troika, que desde 2010 monitoreaba la economía local. Este discurso es falso, porque Atenas sigue sometida a una supervisión que le exige un superávit fiscal (léase ajuste) durante décadas. En cuanto a los números, la deuda es aún más elevada que la que el país tenía en 2010. Alcanza el 170% del PBI, una de las más altas del mundo (El País, 21/5). El desastre de la intervención de la Troika se resume en que el PBI es un 25% inferior al de 2010, los sueldos cayeron un 30% y se produjo una desindustrialización masiva (Jacobin Lat, 20/5). Grecia tampoco escapó este último año a una disparada inflacionaria y un encarecimiento de la vivienda del orden del 40% (La Nación, 22/5). 
 En estas condiciones, el triunfo de Nueva Democracia se explica no tanto por méritos propios como por el impacto que aún tiene en la población la experiencia frustrada de Syriza (2015-2019). El gobierno de Tsipras, que se entregó al capital financiero y reforzó la influencia de la Otan en el país, provocó una fuerte desmoralización en las masas griegas, e incluso llevó a una recomposición de los dos partidos tradicionales griegos (Nueva Democracia y Pasok), que estaban en caída libre. 
 Las huelgas y movilizaciones que estallaron en febrero marcan un reanimamiento popular, pero que no se tradujo en un apoyo masivo a la izquierda. Es el gran desafío que se le presenta a la izquierda revolucionaria en la nueva etapa. 

 Gustavo Montenegro