domingo, 14 de marzo de 2021

¿Cuál fue el objetivo del golpe militar de 1976 en Argentina?


La misma clase dirigente que pidió el golpe militar abiertamente, gobernó junto a la junta militar genocida y se benefició económicamente con sus medidas, se pasó con su caída al credo “democrático”. Cada tanto, distintos voceros suyos insisten con la idea de la reconciliación de las fuerzas armadas con la sociedad. Pero el peso del repudio popular contra el genocidio, contra las medidas de impunidad y contra la acción represiva en los años de democracia obligan de conjunto a pronunciarse por un repudio cerrado a la última dictadura militar. Sin embargo, los discursos de las clases dominantes repudiando al golpe (que se van a dar en mayor intensidad en estos días por el 45° aniversario del golpe en parlamentos, medios de comunicación, materiales escolares y actos oficiales) pretenden ocultar los objetivos que persiguió en su momento. Escucharemos muchos discursos sobre “la vida” y “la democracia” que no dirán nada de por qué los militares tomaron el poder. 

 Ascenso obrero y terror patronal 

La huelga general de junio y julio de 1975 fue el punto más alto del ascenso obrero y juvenil, que se había iniciado con el Cordobazo en 1969. La huelga, iniciada por coordinadoras fabriles antiburocráticas con una gran presencia de las corrientes clasistas, se impuso contra la orientación de la CGT, y contra el gobierno peronista de Isabel Perón. Impuso la homologación de convenios laborales frenados por el gobierno, expulsó del gobierno a los odiados ministros Celestino Rodrigo, que había impulsado una brutal devaluación, y José López Rega, que presidía las bandas asesinas de la Triple A.
 Esta derrota política del gobierno de Isabel Perón y López Rega dejó en evidencia el fracaso del peronismo para contener la tendencia creciente a la independencia política de la clase obrera y la acción directa. Ni la primavera camporista de protagonismo de la JP ni el retorno de Perón y su pacto social, ni la represión a mansalva desde el Estado y la burocracia sindical de la Triple A habían logrado cerrar la situación que el Cordobazo abrió. El peronismo había agotado su utilidad para la burguesía en ese momento histórico. 
 En los meses posteriores se profundizó el giro represivo, con la firma de los decretos que le encargaban a las fuerzas armadas el “aniquilamiento de la subversión interna”. La presentación del golpe como una respuesta a la acción de las organizaciones guerrilleras es una fabricación. Estas habían recibido duros golpes para 1976, que las habían dejado casi desarticuladas. 

 El lobby empresario prepara el golpe 

Desde agosto de 1975, la casi totalidad de la burguesía argentina y el capital extranjero que actuaba en el país se congregó en la Asociación Permanente de Entidades Gremiales Empresarias (Apege), que se dedicó a promover el golpe de Estado. Reclamaban “la supresión directa de todos los obstáculos legales y de otro orden que traban la producción, afectan la productividad y dificultan la comercialización, entre otras las leyes de contrato de trabajo, control de precios y horarios de comercio”. Ricardo Balbín, jefe de la UCR, tradujo el planteo como la necesidad de suprimir a la “guerrilla fabril”. 
 El cambio de régimen (“obstáculos legales”) tenía por objetivo poder destruir el activismo obrero y las posiciones que habían constituido en comisiones internas, cuerpos de delegados y sindicatos recuperados. 
 Este cambio de régimen quería imponer a sangre y fuego la desvalorización de la fuerza laboral que el fracaso del Rodrigazo había frustrado. Para imponer este giro, la burguesía empezó acciones de sabotaje económico (inflación y desabastecimiento, la fuga de divisas, huelga impositiva) y una fuerte campaña política con solicitadas y notas periodísticas. 
 Desde febrero, la Agepe lanzó un lock-out patronal que tenía por objetivo instalar el gobierno militar y que vio su esfuerzo coronado con el nombramiento de uno de sus principales voceros, José Martínez de Hoz, presidente de Acindar y el Consejo Empresario Argentino, como ministro de Economía. 

 La guerra sucia contra la clase obrera

 La represión ilegal se concentró en toda la generación militante que había surgido en la etapa abierta con el Cordobazo, con especial hincapié en el activismo obrero. Datos citados por la Comisión Provincial de la Memoria bonaerense calculan que un 67% de los desaparecidos eran trabajadores. Los listados de activistas a secuestrar fueron elaborados por las propias patronales. En muchas grandes fábricas, los grupos de tareas actuaron dentro de sus puertas, llegando en la Ford de Pacheco, a establecer un centro de tortura dentro del predio de la empresa. 
 La eliminación de los convenios colectivos de trabajo, la prohibición del derecho a huelga y la intervención de los sindicatos formaron parte de un ataque general a las condiciones de vida de los trabajadores, que solo en un año de gobierno militar perdieron el 40% de su capacidad adquisitiva. 
 La burguesía nacional se concentró y se benefició extraordinariamente con los negocios con el Estado en esta etapa. Hubo una multiplicación del endeudamiento feroz, aumentando 7 veces la deuda pública y 3,7 la privada, y coronando el proceso en 1980 la estatización de sus deudas privadas, que pasaron a engrosar el capital de la deuda externa argentina, fuente de crisis económicas permanentes. 
 Este régimen de ofensiva a la clase obrera no pudo sustentarse exclusivamente en el personal militar. Los partidos patronales colaboraron con funcionarios en todos los niveles, desde cargos subalternos en los ministerios, a los gobiernos provinciales y municipales, donde la UCR aportó 310 intendentes al gobierno militar y el PJ 169. Fuerzas menores y centroizquierdistas, como el PSD (Partido Socialista Democrático) o el PI (Partido Intransigente), también tuvieron cargos. 
 La dictadura militar no fue un hecho irracional de un grupo de militares enceguecidos. Fue una política genocida de la clase dominante argentina, que sigue gobernando al día de hoy, para interrumpir un quiebre histórico de los trabajadores con su dominación. 

 Guillermo Kane

viernes, 12 de marzo de 2021

La CIA en la cultura: Frances Stonors Saunders



Entrevista a la escritora británica Frances Stonors Saunders (University of Oxford), autora del libro: "¿QUIÉN PAGÓ LA CUENTA? LA CIA Y A LA GUERRA FRÍA CULTURAL" [1999]. ¿Cómo operan las instituciones de inteligencia y espionaje en el campo específico de la cultura? ¿Qué papel juegan las Fundaciones en el financiamiento "desinteresado y altruista" de revistas, blogs de internet, exposiciones de pintura y centros de arte?

Crisis del sistema capitalista y vigencia del análisis marxista.


 

 En el marco del décimo aniversario de creación de la Sociedad de Economía Política del Paraguay, se llevó a cabo el ciclo de charlas denominado "Crisis política. Una mirada desde la economía política. Análisis de la última década.

martes, 9 de marzo de 2021

Seminario Simón Bolivar - Nestor Kohan


 

 Seminario sobre EL PENSAMIENTO DE SIMÓN BOLÍVAR y algunos debates contemporáneos (a cargo de Néstor Kohan, Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe – Universidad de Buenos Aires):
 - El posmodernismo y el abandono de la Historia
 - Desmontando la «deconstrucción» 
- La contrainsurgencia blanda y «soft» 
- Inspiraciones bolivarianas - ¿Marxismo liberal?
 - La tradición antibolivariana de Bartolomé Mitre 
- ¿Simón Bolívar versus San Martín?
 - ¿El esquema de Mitre invertido?
 - El proyecto político de Simón Bolívar 
- ¿Poscolonialidad o anticolonialismo? 
- La estrategia de Bolívar 
 - La doctrina del pueblo en armas
 - Bolívar y las fuerzas morales 
- Proyecto emancipador inconcluso 
- Proyecto bolivariano y nuevos sujetos 
- Patria Grande y Socialismo 
- Equívocos y manipulaciones 
- ¿Marx y Bolívar? 
- Simón Bolívar en el siglo XXI

Cuba prepara cien millones de vacunas contra el Covid19


lunes, 8 de marzo de 2021

Estados Unidos: nuevo collar para la reforma migratoria de Biden


Los límites del proyecto. 

 Congresistas demócratas presentaron un proyecto de reforma migratoria para “regularizar” la situación de los indocumentados. Se anunció como una iniciativa progresista y de revés total con las políticas expulsivas de Donald Trump. Sin embargo, se trata de una reforma completamente limitada, que somete a la mayoría de los migrantes a un largo peregrinaje hasta alcanzar una residencia permanente.
 Para empezar, de aprobarse, solo abarcaría a quienes ingresaron a Estados Unidos hasta el 1 de enero de 2021. El mecanismo consiste en la solicitud de una residencia temporal, que recién podría transformarse en permanente (la llamada green card) al cabo de cinco años. Y solo tres años más tarde podrían naturalizarse como estadounidenses quienes lo desearan (BBC, 21/1). Es decir, estamos hablando de un proceso de casi una década, en el medio del cual puede cambiar el color del gobierno y desandar el camino. 
 Además, podrán solicitarlo solo aquellos que estén al día con sus impuestos y no tengan ningún antecedente penal. A priori, esto último ya descarta a centenares de miles. Los distintos gobiernos demócratas y republicanos apuntaron a una criminalización de los inmigrantes, siendo detenidos por las más absurdas argumentaciones, desde la portación de rostro hasta la mera sospecha delictiva, sin pruebas ni órdenes judiciales. Durante la era Obama, su deportación se justificaba incluso con delitos menores, por ejemplo una infracción de tránsito. Y, además, como ninguna ley antimigratoria de Obama o Trump fue derogada, las solicitudes pueden blanquear sus antecedentes penales ante las autoridades y acelerar los trámites de deportación. 
 En el caso específico de los dreamers -comunidad que representa a jóvenes, la mayoría mexicanos, que llegaron al país de niños-, sí pueden solicitar en forma directa la residencia permanente y tres años después podrían naturalizarse. Pero los dreamers, cerca de un millón, son apenas una fracción de los más de 10 millones de indocumentados.
 Por último, aparecen los trabajadores agrícolas. Podrían acceder también a la residencia permanente, pero siempre y cuando puedan constatar que viven en Estados Unidos hace cinco años. Si tenemos en cuenta su ingreso ‘ilegal’ al país, más sus contrataciones en negro y más la ley Arizona (que criminaliza a los jornaleros), esta comprobación se hace sumamente difícil. Por otra parte, la precariedad de su status los sometería al capricho de las patronales. 
 Así las cosas, estamos ante un proyecto completamente limitado, que no barre con el estatus de segunda de los migrantes y apenas apunta a una inmigración más ordenada y una otorgación de credenciales en dosis homeopáticas. Por otra parte, el proyecto requiere del apoyo de un sector de los republicanos en el Congreso, lo que será usado por el gobierno como coartada para diluir aún más la medida. Una variante es que se fracture la ley en partes y solo se avance con los dreamers (La Nación, 18/2). También por eso, este sector está alertando que no quiere que sus padres queden excluidos. 
 En la cuestión migratoria se cuela un debate en la burguesía norteamericana. Biden acaba de derogar una medida de Trump que congelaba las visas de trabajo en industrias de alta tecnología “y una variedad de otras para trabajadores poco calificados” (ídem, 26/2). Señaló que cerrar la puerta a los migrantes “afecta a las industrias de Estados Unidos que utilizan el talento de personas de todas partes del mundo” (ídem). Es que sectores como las tecnológicas se valen de mano de obra barata y calificada migrante. La reforma tiene, como uno de sus puntos, un aumento modesto de los visados de trabajo.

 Aportes financieros, otra impostura 

La reforma promete, pomposamente, “solucionar los problemas estructurales de la migración” (El País, 19/2). Con su aprobación, se destinarían 4.000 millones de dólares a los gobiernos de El Salvador, Guatemala y Honduras, región donde se concentran las caravanas migratorias más numerosas. Según uno de los promotores de la reforma, confía que “contribuyan a mitigar la pobreza y la violencia que empujan a muchas personas a emigrar (…) y para crear centros de solicitudes de asilo para acceder a EEUU legalmente, evitando el peligroso viaje clandestino hasta la frontera”.
 Una impostura total. Cualquier desembolso de fondos solo apuntaría a reforzar la tutela del imperialismo en la región. Estados Unidos es responsable de la debacle de la zona, en la que promovió políticas de saqueo y apoyó dictaduras sanguinarias. Para mejorar las condiciones de vida de las masas, sometidas a un empobrecimiento creciente, no habrá un centavo. 
 Biden sí ha dado de baja los acuerdos de “tercer país seguro” suscriptos por Trump con los países ya mencionados (que solo se habían hecho efectivos en el caso de Guatemala), que facilitaban las deportaciones. Pero el despliegue represivo en la frontera con México quedará intacto. No queda claro qué ocurrirá con los acuerdos suscriptos entre Trump y López Obrador para contener la migración.

 Nuevos nudos, viejas ataduras

 Barack Obama es reconocido como “el Deportador en Jefe”, ya que su mandato expulsó la cifra récord de 2.5 millones de inmigrantes. Donald Trump aportó lo suyo con más de 950.000 deportaciones. En lo que va de mandato, Biden permitió 400 más (La Tercera, 10/2). Además, la designación de Cecilia Muñoz como Asesora de Inmigración trae malos augurios, ya que fue pieza clave de las deportaciones durante la era Obama, defendiendo la separación de familias y mentora de las jaulas donde se recluía a hijos de inmigrantes detenidos. Es decir que la nueva administración norteamericana ni siquiera garantiza el fin de la persecución. 
 Biden ha adoptado los limitados cambios en materia migratoria, en parte, bajo la presión de la rebelión popular de 2020. Pero no resuelve las problemáticas estructurales de las comunidades latinoamericanas y afrodescendientes, lo que requiere la acción común de éstas con el proletariado norteamericano, en lucha contra el gran capital y el Estado imperialista. Es necesario avanzar en la coordinación entre la izquierda estadounidense y los movimientos de defensa de los inmigrantes y la izquierda latinoamericana para derogar toda legislación represiva en este terreno.

 Gustavo Montenegro, Álvaro Chust