viernes, 8 de diciembre de 2017
miércoles, 6 de diciembre de 2017
Cuba formó a miles de jóvenes de África sin pedir nada a cambio: ¿a quién no interesa publicarlo?
Basado en un texto de Manuel Alejandro Hernández Barrios - Mesa Redonda.- Este año se celebra el 40 Aniversario de la fundación de las Escuelas Internacionalistas de la Isla de la Juventud, en Cuba.
Edición: Ana Gil.
martes, 5 de diciembre de 2017
Un hombre que alcanzó el cielo
Los enviados cubanos a combatir el virus del Ébola en las naciones de África Occidental dieron una lección de voluntad, valentía y profesionalismo a todo el mundo. Roberto Gómez Castellanos, doctor de una de las brigadas, ofrece su testimonio
Roberto Gómez Castellanos no es solo el jefe de la terapia intensiva del Hospital Militar Mario Muñoz Monroy, de Matanzas; también uno de los hombres más valientes que he conocido.
Lo veo pasar y sin pensar dos veces lo llamo: «Dóctor, ¿cuándo me va a conceder una entrevista?» Me mira sonriente, duda unos instantes y responde:
«En el momento que tú quieras, mijo». Quince minutos más tarde está sentado frente a mí en la mesa de mi propia casa.
Rápidamente su memoria recorre medio mundo, y llega en específico a esas tierras de Sierra Leona, en las que retó al Ébola.
–Cuando se expandió la noticia de la epidemia del Ébola, ¿imaginó que Cuba brindaría su ayuda?
–Sabía que Cuba enviaría ayuda, pero no pensé formar parte de ella. Ser seleccionado me asustó, me sorprendió, pero me gustó.
–Y la familia… ¿cuál fue su reacción?
–Regular. Ambigua. El niño no se mostró muy sensible en el sentido de ver el riesgo, pero mi mamá y mi esposa sí. La vieja ya tenía sus prejuicios por la edad y la distancia, y llegó a decirme que prefería que no fuera.
«Entonces le recordé una anécdota de mi niñez cuando no quería estar interno y ella me dijo: “Te voy a sacar de la beca si tú quieres, pero cuando te miren en el barrio y te digan ‘rajao’, ¿qué vas a hacer?” En ese momento se quedó en silencio, consternada, y explicó: “Está bien mijo, pero es que tengo miedo a que te pase algo y no sé si estaré viva para verte cuando vires”».
–¿Cómo fueron las relaciones entre los colaboradores cubanos?
–Al inicio resultó complicado porque todos éramos hombres y teníamos caracteres muy diferentes, pero luego nos entendimos bastante bien.
«Cuando nuestro instructor de la Organización Mundial de la Salud, un psiquiatra, nos convidó a evitar contacto físico con los pacientes, un grupo decidió acatar. Otros teníamos una inquietud: «La opción del psiquiatra es aparentemente buena, pero, ¿qué experiencia tendremos en caso de que uno de nosotros se enferme?», le dije a mis compañeros.
«Primero unos pocos y luego la mayoría seguimos la política de intervenir en la enfermedad siempre que fuera posible. Algo que también nos motivó fue sentir que no estábamos en vano en esa situación; si habíamos ido para dominar una enfermedad, no estaríamos conformes con hacer de cosméticos, debíamos actuar.
«Aumentó la preocupación por el de al lado. Todos nos manteníamos pendientes de quien tuviera un poco de malestar o algún síntoma, sobre todo de paludismo que nos afectó sobremanera».
–¿Cómo los veían los otros colaboradores internacionales?
–Ah, curioso. Al principio nos miraban como novatos, un personal excedente del Ministerio de Salud Pública –hace un gesto de desprecio con sus manos–. Esta idea se basó en que muchos de los empleados no tenían vínculo laboral en su país y su opción inmediata resultaba el contrato del Ébola. Pensaban que estábamos ahí porque nos convenía. Su postura parecía un tanto discriminatoria y no contaban con nuestra opinión para tomar decisiones.
«Ellos limitaban el tratamiento endovenoso por miedo a pincharse con la aguja infectada y nosotros, aunque sabíamos que representaba un riesgo, comenzamos a hacerlo; trabajamos de forma más invasiva con el virus y tuvimos grandes resultados.
Llegamos al punto de que siempre esperaban por los cubanos para comenzar los procedimientos de riesgo. Nos ganamos su respeto.
«En las reuniones y fiestas buscaban contacto con nosotros por las curiosidades de lo que suponía ser de Cuba. Las preguntas sobre Fidel siempre venían. Muchos terminamos siendo amigos».
–¿La experiencia de Sierra Leona le mostró una nueva cara de la vida o acaso de la muerte?
–De la vida. A la gente le sorprende si uno ve muchas personas muertas.
Desgraciadamente, mi trabajo como intensivista me adapta a este fenómeno. Lo más difícil era cuando nos encariñábamos con un niño y fallecía. Resultaba muy impactante por el vínculo, porque para ganarse su confianza había que invertir parte sensible de uno, de esa porción que un médico tanto tiene que reservar para no afectar su salud.
–¿Cuál fue el momento más emotivo durante la misión?
–En la despedida de dos niños jimaguas que fueron dados de alta. Me impactó que reconocieran mi voz y lo que yo había hecho aun cuando en aquellos momentos solo podían haber visto mis ojos y mi nombre escrito en el traje. Ahí fue cuando escribí para Cuba que había llorado por primera vez; y lo hice en verdad.
–¿Quedan secuelas de esa experiencia en su actuar diario?
–Permanentes. Los pacientes piensan que yo me limito de sus olores porque ahora paso visita con gorro y nasobuco; a veces se ofenden. Los tranquilizo diciendo que tengo catarro y no quiero perjudicarlos.
–¿Exageran los que lo llaman «héroe»?
–Creo que sí. Conozco a muchos que hubieran hecho lo mismo, aunque también a otros que se hicieron los sordos. Fui sin pensarlo; solo dije que allí había personas trabajando y, ¿por qué no yo? En el sentido de que hice algo extraordinario no lo acepto. Pero no desprecio un gesto de admiración por quien reconoce que fue algo bonito en bien de mucha gente; lo agradezco.
–¿Qué dejó en África?
–África es misteriosa y allí se me quedó la deuda de haber vencido ese misterio. Su estilo de vida muestra el principio de la sociedad porque ellos todavía viven en los orígenes. Me recuerdan al cubano antiguo; en Cuba ya no quedan muchas tradiciones, y ellos conservan casi todas.
–¿Piensa volver algún día?
No sé. Creo que regresar a África me gustaría, y si fuera específicamente a donde me quedó la deuda, en Sierra Leona, lo disfrutaría más. Allí, con nuestras diferencias ideológicas, sociales, políticas, idiomáticas, nos unimos en una idea, en un sueño. Y logramos alcanzar el cielo.
Mario Ernesto Almeida
Granma
Roberto Gómez Castellanos no es solo el jefe de la terapia intensiva del Hospital Militar Mario Muñoz Monroy, de Matanzas; también uno de los hombres más valientes que he conocido.
Lo veo pasar y sin pensar dos veces lo llamo: «Dóctor, ¿cuándo me va a conceder una entrevista?» Me mira sonriente, duda unos instantes y responde:
«En el momento que tú quieras, mijo». Quince minutos más tarde está sentado frente a mí en la mesa de mi propia casa.
Rápidamente su memoria recorre medio mundo, y llega en específico a esas tierras de Sierra Leona, en las que retó al Ébola.
–Cuando se expandió la noticia de la epidemia del Ébola, ¿imaginó que Cuba brindaría su ayuda?
–Sabía que Cuba enviaría ayuda, pero no pensé formar parte de ella. Ser seleccionado me asustó, me sorprendió, pero me gustó.
–Y la familia… ¿cuál fue su reacción?
–Regular. Ambigua. El niño no se mostró muy sensible en el sentido de ver el riesgo, pero mi mamá y mi esposa sí. La vieja ya tenía sus prejuicios por la edad y la distancia, y llegó a decirme que prefería que no fuera.
«Entonces le recordé una anécdota de mi niñez cuando no quería estar interno y ella me dijo: “Te voy a sacar de la beca si tú quieres, pero cuando te miren en el barrio y te digan ‘rajao’, ¿qué vas a hacer?” En ese momento se quedó en silencio, consternada, y explicó: “Está bien mijo, pero es que tengo miedo a que te pase algo y no sé si estaré viva para verte cuando vires”».
–¿Cómo fueron las relaciones entre los colaboradores cubanos?
–Al inicio resultó complicado porque todos éramos hombres y teníamos caracteres muy diferentes, pero luego nos entendimos bastante bien.
«Cuando nuestro instructor de la Organización Mundial de la Salud, un psiquiatra, nos convidó a evitar contacto físico con los pacientes, un grupo decidió acatar. Otros teníamos una inquietud: «La opción del psiquiatra es aparentemente buena, pero, ¿qué experiencia tendremos en caso de que uno de nosotros se enferme?», le dije a mis compañeros.
«Primero unos pocos y luego la mayoría seguimos la política de intervenir en la enfermedad siempre que fuera posible. Algo que también nos motivó fue sentir que no estábamos en vano en esa situación; si habíamos ido para dominar una enfermedad, no estaríamos conformes con hacer de cosméticos, debíamos actuar.
«Aumentó la preocupación por el de al lado. Todos nos manteníamos pendientes de quien tuviera un poco de malestar o algún síntoma, sobre todo de paludismo que nos afectó sobremanera».
–¿Cómo los veían los otros colaboradores internacionales?
–Ah, curioso. Al principio nos miraban como novatos, un personal excedente del Ministerio de Salud Pública –hace un gesto de desprecio con sus manos–. Esta idea se basó en que muchos de los empleados no tenían vínculo laboral en su país y su opción inmediata resultaba el contrato del Ébola. Pensaban que estábamos ahí porque nos convenía. Su postura parecía un tanto discriminatoria y no contaban con nuestra opinión para tomar decisiones.
«Ellos limitaban el tratamiento endovenoso por miedo a pincharse con la aguja infectada y nosotros, aunque sabíamos que representaba un riesgo, comenzamos a hacerlo; trabajamos de forma más invasiva con el virus y tuvimos grandes resultados.
Llegamos al punto de que siempre esperaban por los cubanos para comenzar los procedimientos de riesgo. Nos ganamos su respeto.
«En las reuniones y fiestas buscaban contacto con nosotros por las curiosidades de lo que suponía ser de Cuba. Las preguntas sobre Fidel siempre venían. Muchos terminamos siendo amigos».
–¿La experiencia de Sierra Leona le mostró una nueva cara de la vida o acaso de la muerte?
–De la vida. A la gente le sorprende si uno ve muchas personas muertas.
Desgraciadamente, mi trabajo como intensivista me adapta a este fenómeno. Lo más difícil era cuando nos encariñábamos con un niño y fallecía. Resultaba muy impactante por el vínculo, porque para ganarse su confianza había que invertir parte sensible de uno, de esa porción que un médico tanto tiene que reservar para no afectar su salud.
–¿Cuál fue el momento más emotivo durante la misión?
–En la despedida de dos niños jimaguas que fueron dados de alta. Me impactó que reconocieran mi voz y lo que yo había hecho aun cuando en aquellos momentos solo podían haber visto mis ojos y mi nombre escrito en el traje. Ahí fue cuando escribí para Cuba que había llorado por primera vez; y lo hice en verdad.
–¿Quedan secuelas de esa experiencia en su actuar diario?
–Permanentes. Los pacientes piensan que yo me limito de sus olores porque ahora paso visita con gorro y nasobuco; a veces se ofenden. Los tranquilizo diciendo que tengo catarro y no quiero perjudicarlos.
–¿Exageran los que lo llaman «héroe»?
–Creo que sí. Conozco a muchos que hubieran hecho lo mismo, aunque también a otros que se hicieron los sordos. Fui sin pensarlo; solo dije que allí había personas trabajando y, ¿por qué no yo? En el sentido de que hice algo extraordinario no lo acepto. Pero no desprecio un gesto de admiración por quien reconoce que fue algo bonito en bien de mucha gente; lo agradezco.
–¿Qué dejó en África?
–África es misteriosa y allí se me quedó la deuda de haber vencido ese misterio. Su estilo de vida muestra el principio de la sociedad porque ellos todavía viven en los orígenes. Me recuerdan al cubano antiguo; en Cuba ya no quedan muchas tradiciones, y ellos conservan casi todas.
–¿Piensa volver algún día?
No sé. Creo que regresar a África me gustaría, y si fuera específicamente a donde me quedó la deuda, en Sierra Leona, lo disfrutaría más. Allí, con nuestras diferencias ideológicas, sociales, políticas, idiomáticas, nos unimos en una idea, en un sueño. Y logramos alcanzar el cielo.
Mario Ernesto Almeida
Granma
domingo, 3 de diciembre de 2017
La Patria es…. El Yate Granma
En un yate con capacidad para 8 tripulantes, 82 cubanos liderados por Fidel entraron a Cuba el 2 de diciembre de 1956 decididos a ser “libres o mártires”, de esta historia se habla en esta Mesa Redonda, El Cuate, su dueño original; el director del Museo de la Revolución donde se guarda la reliquia y un fotógrafo testigo del tránsito de la nave por la historia de Cuba.
sábado, 2 de diciembre de 2017
Sobre el mangle

El desembarco. Ese momento exacto en que se agota una ruta, un medio de transporte, y cambia bajo los pies el agua por la tierra –lento, muy poco a poco, de una forma pesada, como una prueba de fe, de resistencia–, fue de todo el recomienzo de la gesta por la libertad de Cuba, la más grande premonición.
¿Qué otras cosas podrían ocupar las mentes de los hombres empapados de mar y de cansancio, que atravesaban el mangle; con una mano en la rama, la otra asida al fusil, a la espalda la mochila con menos peso de plomo que el que llevaban las botas enfangadas?
¿Qué otros pensamientos martillando sino el conteo obstinado de las dificultades sucesivas que empezaron después del abordaje, con las primeras olas de la náusea incontenible, del calambre en la estrechez, de la sed entre un sorbo y el siguiente, del hambre que antecede a la ración, al bocado?
Esas fueron las visibles, las más evidentes y colectivas. ¿Qué hay de las otras, humanas por naturaleza?
Del miedo del novato marinero que se sabe en una cáscara de coco en medio de una tormenta en el golfo; de la desventaja de un combate en el mar contra una nave artillada de los guardacostas mexicanos no aparecidos, por suerte; o contra esas otras dos que bien pudieron ser de la avisada marina batistiana, y no los barcos pesqueros que siguieron de largo; del susto por el compañero Roque, que los sobrecogió creyéndolo ahogado; del lamento por el levantamiento de un Santiago ajeno a los retrasos de la expedición…
Y entonces las boyas del canal de Niquero que no coinciden con la carta náutica, la duda sobre el punto justo de la costa, el rumbo que se corrige una vez, dos, tres, y el amanecer que apremia una decisión mayor –«por aquí mismo, ahora»–, apenas a dos kilómetros del playón despejado y firme.
Pero estaba cantado desde antes, desde el Moncada mismo, desde el juicio, el presidio, los peligros del exilio, los inconvenientes en los preparativos…
Nada se le da tan fácil a un revolucionario, porque una idea que es un sueño y quiere hacerse verdad, necesita fraguarse en el crisol del rigor y el sacrificio.
Por eso ahora es el agua hasta el pecho, el lodo que se abre con el peso de las armas, los pertrechos, la comida, el mangle y toda su flora cortante y resbaladiza, las lanchas areneras que los vieron en pleno desembarco cuando todavía faltaba el pelotón de retaguardia, aún sobre el yate blanco, ya sin petróleo para el escape previsto a Caimán Brac.
La mano que se aferra a las ramas cambia con la del fusil, pero los pies no tienen alternativas, ahora el mangle, ahora el fango, y en la cabeza martillando el pensamiento al compás de cada paso pesado, pesadísimo; que busca darse ánimo, inyectar desde la psiquis una fuerza que venza toda la angustia de creer que son demasiadas pruebas para un comienzo, para una guerra que todavía no sonó el primer disparo de combate en aquel grupo de 82.
Y es que al frente hay un hombre que guía, que compulsa, que incluso sin hablar empuja y hala, porque no retrocedió a los vientos ni las olas, y ordenó zafarrancho en las cercanías sospechosas, y detuvo la marcha amén del gran retraso hasta encontrar la aguja en el pajar que era Roque en el agua, y administró la estrechez, y pensaba y actuaba con antelación, como cuando colimaba los fusiles a pesar del oleaje; porque llegar a tierra siempre fue para él una certeza, tanto como hacer la guerra y vencer, sin otra opción: libres o mártires.
Fuera entonces todos los pensamientos, que este mangle sobre el que se camina es apenas el primero. La guerra es en sí misma un largo manglar, la Revolución la tierra firme.
Premonición. El primer refugio la casa de un campesino. ¿Cuál sería el más grande y salvador apoyo sino el de los guajiros de la Sierra?
Mala consecuencia la sorpresa de Alegría de Pío, la dispersión, la cacería sangrienta, la caída terrible de muchos y valiosos compañeros.
Pero hubo un Cinco Palmas, y otra vez un Fidel optimista, a una distancia en que el triunfo se ve, claramente. Bastan los siete fusiles, los hombres, la voluntad: «¡Ahora sí ganamos la guerra!».
Vino en el yate para eso, para hacer la guerra, para ganarla. Lo había dicho: «si salimos, llegamos; si llegamos, entramos; si entramos, triunfamos».
En el Granma salió, llegó y entró. Fidel hizo la guerra. La ganó.
Dilbert Reyes Rodríguez | dilbert@granma.cu
viernes, 1 de diciembre de 2017
Fidel y la democracia

Al escribir democracia no me refiero al concepto y la práctica dominante en el mundo “occidental”. Allí los candidatos, todos millonarios o ricos, son seleccionados por los partidos políticos periódicamente para disputarse los puestos de elección popular. Las campañas cuestan fortunas y ofertan a los candidatos mercadológicamente. Cuando surge una opción alternativa, se le intenta frenar mediante encarnizadas guerras, campañas mediáticas combinadas con el fraude electoral. Más aún, esa democracia admite que mandatarios electos como Mel Zelaya en Honduras, Fernando Lugo en Paraguay y Dilma Rousseff en Brasil sean derrocados con nuevas variables de los golpes de Estado. Sin olvidar los fracasados intentos de golpe contra Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa. Ni el golpe continuado y permanente en Venezuela contra el presidente Nicolás Maduro.
No me refiero a esa democracia sin pueblo sino a las que se practica en otros países como Venezuela, Bolivia y Cuba, denominados dictatoriales o autoritarios. Pero me centraré en Cuba, en su singular democracia con pueblo, viva y directa, practicada por Fidel Castro y el liderazgo revolucionario cubano desde el triunfo mismo de la Revolución. Una democracia ejercida en medio de largos años de campañas terroristas de la CIA, graves acciones de guerra biológica, invasiones y amenazas de invasión y un férreo bloqueo económico, comercial y financiero impuesto por Estados Unidos. Prefiero llamarle guerra económica pues dura ya casi 60 años y su objetivo declarado siempre ha sido rendir a Cuba por hambre, aunque no lo haya conseguido. Pero ha constituido un serio obstáculo al desarrollo económico de la isla y ha tenido y tiene altos costos en sufrimiento humano.
La democracia fidelista ha consistido en gobernar con el pueblo y para el pueblo, en escuchar su opinión sobre los temas políticos y económicos más importantes siempre que las circunstancias lo han permitido. Y también, desde que fue aprobada la nueva Constitución en 1976 por más del 97 por ciento de los electores sobre una asistencia a las urnas de 98 por ciento, en periódicas elecciones para los órganos de gobierno municipales, provinciales y nacionales.
Justamente, el 26 de noviembre, un día después de primer aniversario del paso de Fidel a la eternidad, concurrieron a votar, en las elecciones a delegados a las Asambleas Municipales en la isla, más de 7 millones 600 mil electores, equivalente a 85,94 del padrón. Considerando los votos válidos, que representan 91,7 del total, puede afirmarse que cuando menos esa proporción votó por los candidatos de la Revolución. Ya expliqué la semana anterior que son los vecinos los que eligen a los candidatos y deciden luego por quiénes votar.
Pero en Cuba la democracia, sin ser perfecta, lastimada por incomprensiones de burócratas y los límites materiales a que fuerzan el bloqueo y los errores, es mucho más que los días de elecciones. Es imposible enumerar los ingredientes de la democracia cubana en este espacio. Pero tomo dos ejemplos. Uno, la revolución cultural y educacional iniciada con la misma guerra revolucionaria y continuada con la extraordinaria Campaña Nacional de Alfabetización, que erradicó el analfabetismo en un año mediante una ejemplar y masiva participación del pueblo y, sobre todo, de los estudiantes. Cien mil jóvenes, dispersados por llanos y montaña convivieron con los analfabetos en sus casas. Aprendieron los alfabetizados pero tal vez más sus alfabetizadores. La alfabetización dio un impulso descomunal a la creación del prestigioso sistema de educación de Cuba.
¿Por qué los gobiernos neoliberales no erradican el analfabetismo ni impulsan sistemas de educación pública gratuitos y universales como ha hecho Cuba? ¿Es posible siquiera hablar de democracia con pueblos ignorantes y marginados? Escuché muchas veces a Fidel hacerse estas preguntas, inclusive cuando estaba en sus preparativos la Operación Yo sí Puedo que erradicó el analfabetismo en Venezuela y Bolivia y ha alfabetizado a millones en el mundo.
Otro vibrante ejemplo de democracia participativa y protagónica es la consulta seria y organizada al pueblo sobre los documentos del último Congreso del Partido Comunista de Cuba y los importantes cambios en la política económica y social del país desde 1992, práctica sistemática y contrastante con la de los gobiernos neoliberales, que han impuesto sus “reformas” estructurales mediante la manipulación, la fuerza y el engaño.
Ángel Guerra Cabrera
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